Cuento corto de Alicia Steimberg: El sexo, la muerte y los medios

 

Cuento Alicia Steimberg, sexo, muerte

Un señor de 60 se tomó una pastilla azul junto con el café mientras su compañera, distraída, recorría los vestidos de las otras mujeres que comían en el restaurante para comprobar que otra vez el negro hace furor.


No referiré, por inútiles, los pequeños acontecimientos que ocurrieron desde la toma de la pastilla hasta el momento de la penetración propiamente dicha, donde, de todos los lugares posibles, este señor se encontró con su muerte. No conozco a los actores de la tragedia ni las circunstancias exactas en que el alma del hombre voló a un mundo mejor; el diario que leí publica una foto de familiares que lloran en el entierro, entre ellos un chico, tal vez hijo o nieto del muerto, a quien veremos asediado por desconocidos que, micrófono en mano, le preguntan: “¿Qué se siente cuando el papá de uno muere por haber intentado una erección mejor?”.

Y a la amante, si ella lo permite: –¿Puede decirnos con exactitud qué longitud del miembro viril había penetrado en su cuerpo cuando ocurrió el deceso? –No sé, dos, tres centímetros.

–¿Usted llegó al orgasmo? –¿Tengo que responder a esa pregunta? –Al público le debemos la verdad, señorita.

–Señora.

–¿Estaba casada con el difunto? –No, estuve casada con mi ex marido. Tengo derecho a conservar el título de señora aun después del divorcio, soy madre de varios hijos. Además ya casi no se usa el “señorita”, está pasado de moda.

–¿La erección bajó de inmediato cuando se produjo el deceso? –!Ah, no, señor! –¿Es decir que usted, en esas trágicas circunstancias, dedicó tiempo a observar qué sucedía con el falo, en lugar de pedir auxilio de inmediato? –No, no, yo pedí auxilio de inmediato; el número de emergencias estaba bien visible, pegado al teléfono.

–Curioso. En una casa particular esos números están pegados en la base del teléfono, por una cuestión de estética.

–No estábamos en una casa particular. Estábamos en un hotel.

–¿Por qué? –Unsustained.

–¿Qué quiere decir eso? –Lo dicen en los juicios públicos en las películas norteamericanas cuando el juez no admite que se hagan ciertas preguntas.

–Esto no es una corte de justicia. Es un programa de televisión.

–Eso creía, señor. Que la erección continuaba lo comprobé después, porque se notaba cuando lo taparon con una sábana, y la mortaja hubo que plegarla para disimular que continuaba en el ataúd. Con respecto a lo anterior, estábamos en un hotel porque en mi casa o en la suya…

–Perdón, me están haciendo señas para indicarme que se nos terminó el tiempo.

–Creí que eso ya no se decía más…

–Buenas noches, señorita.

–Señora…

CLARIN, Domingo 09 de agosto de 1998

Cuento seleccionado por Ernesto Bustos Garrido

Tres grandes narradoras argentinas: Alicia Steimberg, Liliana Heker y Cristina Civale

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