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Cuento breve recomendado: “Náufragos en la nieve”, de Luis Mateo Díez

Luis Mateo Díez
Luis Mateo Díez

 

NÁUFRAGOS EN LA NIEVE

Luis Mateo Díez (España, 1942)

El mismo día en que naufragó en la nieve el coche de línea de Beltrán, que venía de León y debía llegar al valle de Laciana, en alguna de las rutas de los valles Luna y Omaña, que en él confluyen, se perdieron mis hermanos Floro y Miguel. Ellos son los niños que se divisan en la fotografía, como si en la nieve regresaran de un más allá no muy lejano. El coche aparcado con el delantal de la nieve es el mismo que naufragó y que luego, tras el rescate, estuvo abandonado muchos días al pie de la casa de mis abuelos maternos.

Luis Mateo Díez, cuento
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Lo trajeron arrastrado por unas caballerías, el motor se heló y el coche nunca volvió a ser el mismo, renqueaba con el estertor de los bronquios averiados, se paraba en las cuestas, tuvieron que retirarlo antes de que hubiera cumplido los kilómetros que le correspondían. Aunque la certeza de ese cumplimiento no tenía reglamentación en los coches de línea de Beltrán, viejos fords, y dodges, de vida imprevisible, siempre eterna. Los autocares semejaban viejas gabarras que jamás entregarían el alma, aunque el cuerpo se desmadejara, y las revisiones y los recauchutados les diesen el pulimento de la subsistencia.

Era un día de noviembre, y se trataba de una de las primeras nevadas fuertes del año. Mis hermanos estaban con mis abuelos en La Magdalena, mis padres habían ido a Madrid y lo habitual es que ellos quedaran con los abuelos cuando mis padres viajaban, cosa que no podía complacerles más. Con los abuelos maternos vivía mi tío Miguel llamado Muralda, un patrocinador incondicional de los sobrinos. Muralda regentaba el bar donde paraban los coches de línea, y precisamente el trasiego de ese bar estaba entre los mayores alicientes para los sobrinos, que fuimos heredando la condición de ayudantes en todos los trabajos en que Muralda entretenía sus aficiones: pesca fluvial, jardinería, motos, apicultura. Y por supuesto la condición de barman tras una barra muy surtida, capaces de servir lo que el cliente demandara y, al tiempo, de consumir lo que nos diese la gana. Cinco hermanos, todos varones, enseguida muestran diversas inclinaciones y caprichos, y la bodega de un bar tan cuidado como el de Muralda contenía, entre otras cosas, un arsenal de conservas. El traguito de vermú era un buen aliciente y las caladas a los pitillos rubios daban cierta aureola de perfumado mareo.

No contribuyó Muralda al vicio de sus sobrinos, pero la verdad es que el vicio eran para él sus sobrinos. Yo he hecho siempre que he podido la reivindicación de ese parentesco como uno de los más entrañables y generosos, quien no haya tenido tíos como Muralda, o María, Esteban y Luciano, que con él formaron el trío familiar que mayor felicidad aportó a la infancia de aquellos cinco hermanos, no sabe lo que se puede cocer en un cierto orden de los afectos, donde nada se debe ni se evalúa ni se dice, todo se resuelve en el acompañamiento y la complacencia.

El coche naufragó entre Otero y La Magdalena. No había sido la mejor ocurrencia salir de León en una mañana tan amenazadora, pero en aquella ocasión el conductor era Piti y el cobrador Robledano, probablemente los más aguerridos servidores de la línea. Nevó desde que dejaron la ciudad y la nieve se hizo especialmente invasora en el alto de Camposagrado, y los viajeros comenzaron a arrepentirse en la sinuosa bajada, de modo que las lamentaciones se conjugaron con las pestes cuando ya el coche apenas podía avanzar y Robledano caminaba delante para que Piti no perdiese la referencia de la carretera. El cobrador había cubierto el cuerpo con periódicos, la liviana chaquetilla de mahón para nada servía y las botas y los pantalones apenas aguantaban la mojadura. Hubo un alivio en la demorada mañana, los copos se esparcieron en la ventisca, los viajeros contuvieron el miedo, mientras Piti intentaba animarles, con esa confianza con que el capitán del navío entretiene al pasaje.

Naufragaron. El coche quedó vencido entre la nieve. Las olas no se lo llevaban, lo sepultaban. El mar era un inmediato horizonte blanco, sin relieves. El pasaje había enmudecido, apenas los llantos de algunas mujeres se mezclaban con el rezo de un hombre que, al fin, se supo que era un misionero que volvía del Amazonas a su aldea de Sacarejo, alguien que no tuvo suerte a la hora de colgar la sotana ya que, además, volvía palúdico y medio ciego. Piti y Robledano hicieron cábalas sobre las medidas a tomar. El frío, la congelación, eran los mayores riesgos. El coche no respondía, el motor estaba muerto. Alguien tenía que pedir ayuda, y fue Piti quien tomó la resolución, convencido de que el esfuerzo de su compañero lo tenía extenuado, los temblores habían convertido a Robledano en un enfermo de San Vito.

El rescate se produjo con las correspondientes caballerías. Desde Otero se hizo la operación sin más riesgos de los previsibles, y fue entonces cuando Piti, desembarcado el pasaje, decidió quedar en el navío, como ese capitán que no abandona el mando, que se responsabiliza de lo que la Compañía puso en sus manos. Un coche herido de muerte, una gabarra entre la nieve que derrotaba la línea de flotación en la soledad más absoluta.

Supongo que los avatares de aquel suceso, vivido con minuciosa angustia y la correspondiente curiosidad, contribuyó a que nadie se percatase a lo largo del día de la desaparición de mis hermanos. El hecho es que ni Floro ni Miguel estaban donde debían, y el recuerdo que de ellos quedaba remitía a media mañana. La posibilidad de que anduviesen por cualquier casa, dada la disposición y propiedad con que podían hacerlo, suavizaba la preocupación, pero el día iba cayendo y la noche no daba soluciones.

Mis hermanos no estaban en ningún sitio. La verdad es que en ninguno estuvieron, aunque entre las cosas que Piti contó de su noche de capitán solitario en el navío naufragado hizo referencia a su compañía, quiero decir que los dos alipendes pasaron a ver al náufrago al que, al parecer, encontraron dormido sobre el volante, como si la vigilancia no le eximiera de la extenuación o el sueño.

No quiero que lo que cuento se contamine de cierta sensación de inoportuna fantasía. En la infancia de mis hermanos, también en la que compartí más intensamente con mi teórico mellizo, Antón, hay varios extravíos, perdiciones propias de eso que solía pasar en los cuentos de los niños perdidos. Nadie se iba de casa y, sin embargo, muchas veces desaparecimos, con frecuencia acompañados por amigos que tampoco daban fe de por dónde habíamos andado. Soy dueño de una infancia perdida, menos literaria de lo que aparentase, y también, aunque me dé cierta vergüenza confesarlo, de una adolescencia no menos extraviada. El hecho de ser cinco, todos varones, parecía avalar esa disposición de aventura y desaparición, en la que si alguno faltaba parecía notarse menos y, además, la costumbre de que alguien no estuviese donde debía no creaba excesiva alarma. El amparo se correspondía en la familia con una suerte de orientación previsible con regreso garantizado. Y no está de más, ahora que hablo de ello, que mencione a la persona que más nos quiso a todos, que ayudó a mi madre a criarnos, y que para mayor consuelo se llamaba precisamente Amparo. Está enterrada en el pueblecillo donde nació, acaso el más recóndito y hermoso de una provincia como León que tiene tantos: Vivero. Antón y yo buscamos su tumba sin nombre hace unos años. La certeza de su amparo nos guio a ella. Fue la otra madre. Rezó por nosotros cuantas veces nos supo perdidos, y jamás hizo de las desapariciones un drama.

Floro y Miguel volvieron tan campantes como se habían ido. Dijeron que habían dormido en Viñayo, que se habían acercado hasta Benllera, que Piti les había dado las gracias porque se le habían mojado las cerillas y no podía encender un cigarro. Ellos llevaban cerillas y un paquete de Buby, lo que Floro fumaba a escondidas y obviamente requisándolo del correspondiente cartón en el bar de Muralda.

No me resigno, finalmente, a no dejar constancia no ya de otros naufragios, en la nieve y en el monte, sino de la más sonada desaparición familiar, precisamente la de Floro, ya mayor, camino de Salamanca, donde avistó, quiero ser fiel a la terminología técnica, un objeto volante no identificado, y padeció la correspondiente abducción de los extraños seres que lo gobernaban. Una vez escribí un cuento a partir de esta historia verdadera, es un cuento que a mi hermano no le gusta nada. El más allá fue, en aquella ocasión, una amenaza virtual pero extraordinariamente poderosa.

Los hermanos perdidos le tenemos mucha envidia a Floro, el hermano mayor. Viajar en un platillo volante y a toda leche, como él decía, es algo que jamás se nos hubiese ocurrido. Lo que Floro vislumbró en la abducción ya sólo se lo cuenta a su nieto Carlitos, más interesado en esa historia que en las azarosas hazañas de su abuelo con una manada de osos pardos.

(El País, 19 de agosto de 2006)

 

Luis Mateo Díez
Luis Mateo y Miguel en La Magdalena

 

Comentario

Aunque me estaba resistiendo, tenía que suceder. Uno no es en vano hermano de un “famoso” escritor, y yo lo soy de Luis Mateo Díez, dos veces Premio de la Crítica y dos también Premio Nacional de Literatura, además del de la Crítica de Castilla y León, etc. Y, para acabar de rematarlo, Académico de la Lengua (en familia se le conoce como el Mateo o el Académico).

Pues bien, tenía que suceder, y sucedió que en esta sección de Cuentos Breves Recomendados del blog Narrativa Breve –en el que, por cierto, ya hay varios títulos suyos– apareciese un cuento en el que el encargado de la susodicha sección, yo mismo, fuese uno de los protagonistas de un relato del Mateo.

La culpa la tiene mi mujer, Paz.

–Deberías incluir en tu sección de Cuentos Breves Recomendados alguno de los cuentos familiares del Académico. Sobre vosotros, los hermanos, tiene varios muy curiosos, graciosos y, desde luego, muy bien escritos. Es una faceta del Mateo muy orillada y desconocida para sus fieles seguidores. Algún día puede que se editen reunidos y, parafraseando a Gerald Durrell, el libro podría titularse Mis hermanos y otros animales. Adelántate y vete publicando alguno de ellos. A lo mejor, el Mateo te encarga su edición. Para facilitarte el trabajo te brindo uno con el que me he divertido mucho. Se titula “Náufragos en la nieve”. No sé si te acuerdas de él. Los protagonistas sois Floro y tú y apareció hace mucho tiempo en El País. No está en ninguna recopilación de sus cuentos y con toda seguridad nadie se acordará ya de él. Yo lo incorporé al archivo de mi ordenador, “Cuentos para pasarlo bien en situaciones extremas”, y, cuando con mucha frecuencia me ronda la depre, ese es uno de mis preferidos con el que suelo espantar la tormenta que se me viene encima como la de la nieve en dicho cuento.

-Claro que recuerdo ese relato y yo también me he divertido al leerlo más de una vez, pero, Paz, es que tú y yo estamos en el ajo y conocemos todas las circunstancias e intríngulis familiares sobre las que se asienta la imaginación calenturienta del Mateo. Para un lector ajeno, lo que narra en ese cuento seguramente le resultará un tanto difuso o distante. La idea de una recopilación de los relatos familiares ya se me había pasado por la cabeza, pero el título que sugieres, descontextualizado de aquel tan divertido al que se refiere, no me cuadra por lo de y otros animales, ¡hasta ahí podíamos llegar! Yo me olvidaría de Mr. Durrell y apostaría por algo así como Orzo y sus hermanos y en este caso chuparía rueda de Luchino Visconti. –Orzo ya sabes que es el nombre literario asignado por el Mateo al nuestro hermano mayor, Floro, siempre en el papel de “malo de la película”. Sin embargo, el que yo pudiese publicar esa sugerida recopilación es francamente problemático porque el Académico con dificultad daría su visto bueno. Diría que son alucinaciones de un viejo profesor de Literatura, antólogo por profesión que, aunque a veces acierta, en este caso desvariaría con estrépito, seguramente debido a su edad ya demasiado provecta.

–Muy bien, pues déjate de proyectos quiméricos y haz lo que está en tu mano: publica en tu sección de Narrativa Breve este relato, con unas breves indicaciones familiares para que pueda ser mejor comprendido, y olvídate del Mateo, que parece que tiene mucho trabajo en la Academia.

Y me convenció, y aquí tienen ustedes, queridos lectores, un cuento de mi hermano en el que quien esto escribe es uno de sus protagonistas.

Hay en el relato un fondo geográfico-familiar real, como reales eran las duras nevadas muy parecidas a la que asalta el coche del relato. La Magdalena es un pueblo leonés de la comarca de Luna, situado casi en la mitad de la ruta que va desde León a Villablino y que allí se bifurca en dos carreteras, una que pasa por la comarca de Babia y otra por la de Omaña para confluir en el citado Villablino, capital del valle Laciana, al noroeste de la provincia y cerca del límite con Asturias. Allí nacieron los tres hermanos más pequeños, Antón, Luis Mateo y Fernando, y allí sitúa nuestro autor parte importante de su obra literaria.

En La Magdalena nacimos los dos hermanos mayores, Floro y yo y también nuestros padres Florentino y Milagros (Milos), pertenecientes a dos familias vecinas y muy unidas, formadas en el momento literario del cuento por nuestros cuatro abuelos y los tíos con los que los cinco hermanos pasábamos maravillosos veranos.

Real era la empresa Beltrán, cuyos coches cubrían aquella ruta con la doble bifurcación indicada, y uno de sus conductores, muy famoso, se llamaba Piti. Los coches hacían una parada en el bar de nuestro tío materno, Miguel (Muralda), padrino mío y personaje inolvidable que abanderaba nuestros baños en el río Luna, la pesca a mano, con arpón o trasmallo, las excursiones en bici a pescar cangrejos con rateles en Mora de Luna y las excursiones por el monte siempre acompañados por el perro Listo.

Y no quiero olvidar el verdadero y sentido homenaje que se hace de Amparo, la segunda madre de nuestra niñez. Y, en fin, todos los topónimos son reales y con resonancias muy cercanas y queridas en la familia, tan apegada a aquella delimitada geografía.

Pues bien, asentada sobre este panorama real y familiar, la imaginación efervescente del Mateo teje en pura ficción el presente relato. Relato que se desvía en tres únicos momentos: con la referencia al tío Miguel (Muralda), a Amparo y al final a Floro –aquí excepcionalmente sin el sobrenombre de Orzo. Las dos primeras están suficientemente explicadas en el cuento y en mi comentario, sin embargo la de nuestro hermano mayor merece una especial y detenida atención.

El día 13 de mayo del año 1973, Floro, cuando viajaba por motivos profesionales en dirección a Salamanca, a dieciocho kilómetros de la capital notó que el motor del coche empezaba a “ratear” y que de repente se paraba. Se bajó, lo empujó y lo dejó orillado en el arcén de la carretera. Levantó el capó y, cuando estaba intentado averiguar cuál era el problema, oyó una especie de silbido penetrante. A unos trescientos metros en un pequeño altozano a su derecha y de donde suponía que venía el sonido, vio un enorme objeto de forma circular, de color gris oscuro. No estaba apoyado en el suelo sino en suspensión a unos metros del suelo y tenía una considerable altura y enorme diámetro. Estupefacto, tuvo muy claro que se trataba de un platillo volante.

De pronto se abrió una puerta de grandes dimensiones y de su parte inferior se desprendió una rampa que no llegó a apoyarse en el suelo. Del interior de la nave salió un ser con formas totalmente humanas, aunque muy alto, enfundado en un traje, pegado a su cuerpo, de color gris oscuro. A lo lejos aparecieron tres naves muy pequeñas que se acercaron ralentizando su velocidad y se fueron introduciendo lentamente en la gran nave.

Terminada la operación, el personaje se introdujo en la nave nodriza, la rampa se recogió, la puerta se cerró y aquel artefacto se elevó unos metros y desapareció a una increíble velocidad.

Floro quedó tan impresionado que no tuvo conciencia de si aquella visión fuera una alucinación o realidad. Desconcertado, se acercó al coche, bajo el capó y, al sentarse y girar automáticamente la llave del contacto, el motor arrancó sin ningún problema. Los pocos kilómetros que faltaban para llegar a Salamanca los hizo como un autómata, con la mente en blanco. Cuando llegó al hotel se dio cuenta de que su reloj se había retrasado diez minutos. Era justo el tiempo que había durado el avistamiento.

A la mañana siguiente, al hojear en el desayuno el periódico local, se encontró en primera página grandes titulares con la noticia de que Platillos Volantes habían invadido la provincia de Salamanca con numerosos avistamientos en diversas localidades y con la coincidencia de una gran nave y dos o tres más pequeñas.

Este es muy resumido el relato que Floro hizo del extraño suceso vivido por él. En muchas ocasiones, e incluso mucho tiempo después y hasta hoy mismo, siempre mantuvo contra viento y marea la veracidad de aquel avistamiento.

Luis Mateo publicó en Las lecciones de las cosas (2004) un cuento titulado “Objeto Volador”, recogido poco después en la recopilación de todos sus cuentos escritos y publicados entre los años de 1973 hasta 2004, El árbol de los cuentos (2006). El relato está contado desde el punto de vista de un supuesto amigo, Armiño, y el autor solo se limita a transcribirlo con algún puntual comentario. Se trata de una extraña historia familiar cuyo protagonista se llama Orzo, el menor de cuatro hermanos uno de los cuales es Armiño. El Orzo de este cuento tiene un avistamiento de Platillos Volantes narrado con mucha similitud al de Floro, que arriba he descrito, pero, al final de la historia contada por Armiño, el lector se entera de que Orzo tuvo también una abducción –con el significado ratificado por la RAE: “Supuesto secuestro de seres humanos, llevado a cabo por criaturas extraterrestres, con objeto de someterlos a experimentos diversos en el interior de sus naves espaciales”. Esta abducción explica misteriosamente los sorprendentes sucesos familiares allí narrados.

Para finalizar, volviendo a nuestro cuento, resalto la soltura y gracia con la que el Mateo cuenta esta pseudohistoria familiar, las acertadas y originales metáforas –característica inequívoca de su estilo literario– entre las que sobresale la imagen marina que ya desde el mismo título campea a lo largo de todo el relato (naufragio, gabarra, capitán de navío, olas, mar, navío…) y en fin, otra seña de identidad suya es la aparición de personajes extraños y perdedores pero muy humanos, que pueblan sobre todo sus novelas y de los que aquí aparece un pequeño atisbo en el fraile misionero que regresa del Amazonas a su aldea leonesa, exclaustrado, palúdico y medio ciego. El Mateo en una lectura pública de este cuento comentó que, al escribirlo, se le había olvidado indicar que el sufrido exmisionero traía en su precaria impedimenta una cabeza reducida por los Jíbaros, allá en la cuenca amazónica al norte del río Marañón, y una cría de caimán disecada.

Y nada más. Perdonen mis sufridos lectores tantas referencias y divagaciones personales, pero es que me interesaba mucho explicar todas las referencias para que uds. pudiesen comprender mejor el cuento de esos náufragos en la nieve. Uno no sale todos los días como protagonista en un cuento de un “famoso” novelista y, encima, académico de la Lengua Española.

Miguel Díez R.

Luis Mateo Díez
Luis Mateo y Miguel en la montaña de la comarca leonesa de Omaña

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