plumas estilográficas

Gabriela y otras heroínas de Jorge Amado

Jorge Amado (1912–2001) es uno de los más grandes escritores de habla portuguesa. Claro que él es bahiano. Eso marca diferencias. Sabe de bailes, danzas africanas, ritos oscuros emparentados con la macumba. Sabe de cocina, de sabores que mezclan el azúcar con lo salado, de otros aliños y condimentos. La cocina bahiana la tiene en la punta de la lengua. Pica y se hace agua la boca. Sabe de coroneles y de sus queridas, esas mulatas de piel de ambrosía y besos diabólicos, plantadas a todo lujo en una oculta casita en un rincón de San Salvador, esperando la visita del señor.

De todo esto escribió Jorge Amado, y mucho, pero él era abogado. Dicen que nunca ejerció. ¡Para que! Mucho lío, mejor un buen café y un fragante habano, pasándole la mano al vaso de contiene esa cachaza olorosa de Minas. De todo esto hablan sus novelas “Doña Flor y sus dos maridos”, “La tienda de los milagros”, “Capitanes de arena”, “Teresa Batista cansada de guerra”, “Tieta de Agreste” y “Gabriela clavo y Canela”. No son las únicas. Escribió cerca de cien o quizá más. Tuvo más premios que el mismísimo Pelé. Se codeó con Neruda y con el Gabo. Y ellos y muchos más que lo visitaban lo tenían que escuchar en silencio, con la boca abierta cuando Amado les contaba cosas de la cultura bahiana. Sabía tanto y tenía tanto que contar.

Jorge Amado murió en San Salvador, el 6 de agosto de 2001. Su cuerpo fue cremado y sus cenizas colocadas bajo tierra en el jardín de su residencia, en la Rua Alagoinhas, el 10 de agosto, día en que cumpliría 89 años.


Ernesto Bustos Garrido

 

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Sonia Braga, Jorge Amado
La actriz Sonia Braga es Gabriela en la película basada en la novela homónima de Jorge Amado. También hizo de Doña Flor, en Doña Flor y sus dos maridos.

De cómo el turco Nacib contrató una cocinera o de los complicados caminos del amor

Fragmentos de Gabriela Clavo y Canela

Jorge Amado

Dejó atrás la feria donde las barracas estaban siendo desmontadas, y las mercaderías recogidas. Atravesó por entre los edificios del ferrocarril. Antes de comenzar el Morro Da Conquista estaba el mercado de los esclavos. Alguien, hacía mucho tiempo, había llamado así al lugar donde los “retirantes” acostumbraban a acampar, en espera de trabajo. El nombre había pegado y ya nadie lo llamaba de otra manera. Allí se amontonaban los del “sertao” huidos de la sequía, los más pobres de cuantos abandonaban sus casas y sus tierras ante el llamado del cacao.

Jorge AmadoLos terratenientes examinaban el grupo recién llegado con el látigo golpeando sus botas. Los del “sertao” gozaban fama de buenos trabajadores. Hombres y mujeres, agotados y famélicos, esperaban. Veían la distante feria en la que había de todo, y una esperanza les llenaba el corazón. Había conseguido vencer los caminos, la “caatinga”, el hambre y las cobras, las enfermedades endémicas, el cansancio. Habían alcanzado la tierra pródiga, los días de miseria parecían terminados. Oían contar historias espantosas, de muerte y violencia, pero conocían el precio cada vez más alto del cacao, sabían de hombres llegados como ellos del “sertao” en agonía, y que ahora andaban con botas lustrosas, empuñando látigos de cabo de plata. Dueños de plantaciones de cacao.

En la feria había estallado una riña, la gente corría, una navaja brillaba a los últimos rayos del sol, los gritos llegaban hasta ahí. Todos los fines de feria eran así, con borrachos y barullos. De entre los del “sertao” se escapaban los sonidos melodiosos de un acordeón, y una voz de mujer cantaba tonadas.

El “coronel” Melk Tavares hizo una señal al ejecutante del acordeón, y el instrumento calló.

–¿Casado?

–No, señor.

–¿Quieres trabajar para mí?

Un buen acordeonista nunca está de más en una hacienda. Alegra las fiestas.

Decían de él que sabía elegir como nadie hombres buenos para el trabajo. Sus haciendas quedaban en Cachoeira do Sul, y las grandes canoas estaban esperando al lado del puente del ferrocarril.

–¿De agregado o de contratado?

–A elección. Tengo unas tierras nuevas, necesito contratados.

Los del “sertao” preferían contratos, el plantío del cacao nuevo, la posibilidad de ganar dinero por su cuenta y riesgo.

–Sí, señor.

Melk avistaba a Nacib y bromeaba:

–¿Ya tiene plantación, Nacib, que viene a contratar gente?

–¿Quién soy yo, “coronel”?… Busco cocinera, la mía se fue ayer…

–¿Y qué me dice de lo sucedido a Jesuíno?

–Así es.

–Una cosa así, de repente. Ya llevé mi abrazo a la casa de Amancio. Hoy mismo subo para la hacienda para llevar estos hombres. Con el sol, vamos a tener una zafra importante– y mostraba a los hombres escogidos, agrupados a su lado–. Estos del “sertao” son buenos para el trabajo. No es como esa gente de aquí que no quieren saber nada de trabajo pesado; lo que les gusta es andar vagabundeando por la ciudad.

Otros terratenientes recorrían los grupos.

Melk continuaba:

–El del “sertao” no mide el trabajo, lo que quiere es ganar dinero. A las cinco de la mañana ya están en las plantaciones y sólo largan la herramienta después que se pone el sol. Teniendo garbanzos y carne seca, café y trago, están contentos. Para mí, no hay trabajador que valga los que éstos del “sertao”, afirmaba, como autoridad en la materia.

Nacib examinaba los hombres contratados por el “coronel”, aprobando la elección. Envidiaba al otro, dueño de tierras, bien plantado en sus botas, seleccionando hombres para los cultivos. En cuanto a él, lo que buscaba era apenas una mujer, no muy joven, seria, capaz de asegurarle la limpieza de su pequeña casa, el lavado de la ropa, la comida para él, las bandejas para el bar. En eso había estado el día entero, andando de un lado para otro.

–Cocinera, por aquí es un problema… –decía Melk.

Instintivamente, Nacib buscaba entre las del “sertao” alguna que se pareciera a Filomena, más o menos de su edad, con su aspecto rezongón. El “coronel” Melk le estrechaba la mano porque ya le esperaban las canoas cargadas:

–Jesuíno se portó como debía. Hombre de honor…

También Nacib vendía sus novedades:

–Parece que viene un ingeniero para estudiar la bahía.

–Así oí decir. Tiempo perdido, porque esa bahía no tiene arreglo.

Nacib fue caminando entre los del “sertao”. Viejos y muchachos le lanzaban miradas esperanzadas. Pocas mujeres, casi todas con hijos agarrados a las faldas. Por fin reparó en una que aparentaba unos robustos cincuenta años, grandota, sin marido:

–Se quedó por el camino, don…

–¿Sabe cocinar?

–Para la mesa ajena, no.

Dios mío, ¿dónde encontrar cocinera? No podía continuar pagándoles una fortuna a las hermanas Dos Reis. Y casualmente en día de mucho movimiento, hoy asesinatos, mañana entierros… Y para peor, obligado a tragar el almuerzo y la cena del Hotel Coelho, una porquería de comida, sin gusto. Lo ideal sería encargar una cocinera a Aracajú, pagarle el pasaje. Paró ante una vieja, pero no tanto que ciertamente tuviera tiempo de morir al llegar a su casa. Doblábase sobre un bastón, ¿cómo habría conseguido atravesar tanto camino hasta llegar a Ilhéus? Daba pena verla, vieja y reseca, pareciendo un despojo humano. Había tanta desgracia en el mundo…

Fue cuando surgió otra mujer, vestida con harapos miserables, cubierta de tanta suciedad que era imposible verle las facciones y calcularle la edad, con los cabellos desgreñados, inmundos de tierra, y los pies descalzos. Traía una vasija con agua, que dejó en las manos trémulas de la vieja, que sorbió con ansias.

–Dios le pague…

–No hay de qué, abuela… –era la voz de una joven, tal vez la misma que cantaba “mondinhas” cuando llegara Nacib.

Gabriela, adormecida, introdujo la llave en la cerradura, resoplando por la subida; la sala estaba iluminada. ¿Habrían entrado ladrones? ¿O tal vez la nueva cocinera habría olvidado apagar la luz? Entró despacito y la vio dormida sobre una silla, con los largos cabellos esparcidos sobre los hombros. Después de lavados y peinados se habían transformado en una cabellera suelta, negra, acaracolada. Vestía harapos pero limpios, seguramente los que traía en su atadito. Un desgarrón en la falda dejaba ver un pedazo de muslo color canela, los senos subían y bajaban levemente al ritmo del sueño, el rostro sonreía.

–¡Mi Dios! – Nacib se quedó parado, sin poder creer. La miraba con un espanto sin límites; ¿Cómo se había escondido tanta belleza bajo el polvo de los caminos? (…)


Ernesto Bustos GarridoErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios, Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, funda-mentalmente en La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta y setenta fue Secretario de Prensa de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta transformarse en escritor.


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1 comentario en “Gabriela y otras heroínas de Jorge Amado

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