Cuento de Antón Chéjov: El espejo curvo

 

Cuento de Anton Chéjov: El espejo curvo

Yo y mi esposa entramos al salón. Allí olía a moho y humedad. Decenas de ratas y ratones corrieron a un costado cuando alumbramos las paredes, que no habían visto la luz durante una centuria entera. Cuando cerramos la puerta tras de sí, el viento sopló y se movieron los papeles, que yacían por montones en las esquinas. La luz cayó sobre esos papeles, y vimos caracteres antiguos e imágenes medievales. De las paredes verdecidas por el tiempo colgaban los retratos de los ancestros. Los ancestros miraban con altivez, con severidad, como si quisieran decir:

“¡Si te azotamos, hermano!”

Nuestros pasos resonaban por toda la casa. A mi tos respondía el eco, ese mismo eco que alguna vez respondió a mis ancestros…

Y el viento aullaba y gemía. En el conducto de la chimenea alguien lloraba, y en ese llanto se percibía la desolación. Gruesas gotas de lluvia golpeaban las ventanas oscuras, nubladas, y su golpeteo producía angustia.

–¡Oh, ancestros, ancestros! –dije suspirando con intensidad–. Si yo fuera escritor escribiría, mirando estos retratos, un largo romance. Pues cada uno de estos ancianos fue alguna vez joven, y cada uno, o cada una, tuvo su romance… ¡y qué romance! Échale una mirada, por ejemplo, a esta viejecita, a mi tatarabuela. Esta mujer fea, deforme, tiene su historia interesante, en grado sumo.

–¿Ves? –le pregunté a mi esposa–, ¿ves el espejo que está colgado allí, en la esquina?

Y le señalé a mi esposa un gran espejo con marco de bronce negro que colgaba en la esquina, cerca del retrato de mi tatarabuela.

–Ese espejo tiene poderes mágicos: fue la perdición de mi tatarabuela. Ella pagó por él una inmensa cantidad de dinero, y no se separó de él hasta su misma muerte. Se miraba en él día y noche, sin cesar, se miraba incluso cuando comía y bebía. Al acostarse a dormir, cada vez, lo metía en su cama, y al morir rogó que se lo pusieran en el ataúd. No cumplieron su deseo sólo porque el espejo no cabía en el ataúd.

–¿Era coqueta? –preguntó mi esposa.

–Supongamos. ¿Pero acaso no tenía otros espejos? ¿Por qué se enamoró, precisamente, de este espejo, y no de algún otro? ¿Y acaso no tenía espejos mejores? No, querida, aquí se oculta algún secreto terrible. No de otra forma. La tradición dice que en el espejo hay un demonio, y que la tatarabuela tenía debilidad por los demonios. Por supuesto, es una sandez, pero es indudable que el espejo del marco de bronce tiene un poder misterioso.

Le quité el polvo al espejo, le eché una mirada y me carcajeé. A mi carcajada respondió sordamente el eco. El espejo era curvo, y mi fisonomía se combaba hacia todos lados: la nariz aparecía en la mejilla izquierda, y la barbilla se dividía e iba a un costado.

–¡Gusto extraño el de mi tatarabuela! –dije.

Mi esposa, indecisa, se acercó al espejo, le echó una mirada también, y al instante ocurrió algo terrible. Palideció, le temblaron todos los miembros y gritó. El candelero se le cayó de las manos, rodó por el suelo y la vela se apagó. Nos envolvió la tiniebla. Al instante, oí la caída al suelo de algo pesado: eso se caía mi esposa sin sentido.

El viento gimió aún de modo más lastimero, las ratas corrieron, los ratones caminaron por los papeles. Los cabellos se me pararon, y se agitaron cuando un postigo se desprendió de la ventana y voló hacia abajo. En la ventana apareció la luna…

Agarré a mi esposa, la abracé y la saqué de la morada de los ancestros. Se despertó sólo al otro día por la noche.

–¡El espejo! ¡Denme el espejo! –dijo, volviendo en sí–. ¿Dónde está el espejo?
Durante una semana entera no comió, no bebió, no durmió, todo el tiempo rogaba que le trajeran el espejo. Sollozaba, se arrancaba los cabellos de la cabeza, se agitaba y, finalmente, cuando el doctor anunció que podía morir de extenuación y que su situación era peligrosa en grado sumo, yo, venciendo mi miedo, fui abajo de nuevo, y le traje desde allí el espejo de la tatarabuela. Al verlo, se carcajeó de felicidad, después lo agarró, lo besó y clavó sus ojos en él.
Y ya han pasado más de diez años, y ella aún se mira en el espejo, y no se separa de él ni un instante.

–¿Es posible que sea yo? –murmura, y en su rostro se enciende, en lugar del rubor, una expresión de beatitud y éxtasis–. ¡Sí, soy yo! ¡Todo miente, excepto este espejo! ¡La gente miente, mi marido miente! ¡Oh, si me hubiera visto antes, si hubiera sabido cómo soy en realidad, no me hubiera casado con este hombre! ¡Él no es digno de mí! ¡A mis pies deben estar los caballeros más hermosos, más nobles!

Una vez, parado detrás de mi esposa, eché una mirada al espejo sin intención, y descubrí un secreto terrible. Vi en el espejo a una mujer de belleza cegadora, que nunca había visto en mi vida. Era un milagro de la naturaleza, era la armonía de la belleza, la gracia y el amor. Pero, ¿de qué se trataba? ¿Qué había sucedido? ¿Por qué mi esposa fea, no esbelta, parecía tan hermosa en el espejo? ¿Por qué?
Y porque el espejo curvo combaba el rostro feo de mi esposa hacia todos lados, y por esa mezcla de rasgos éste se hacía por casualidad hermoso. Menos más menos daba más[1].

Y ahora ambos, mi esposa y yo, estamos sentados ante el espejo y, sin separarnos ni un segundo, nos miramos en éste: mi nariz se mete en la mejilla izquierda, la barbilla se divide y se mueve a un costado, pero el rostro de mi esposa es encantador, y una pasión salvaje, demente se apodera de mí.

–¡Ja-ja-ja! –me río a carcajadas con salvajismo.

Y mi esposa murmura apenas audiblemente:

–¡Qué hermosa soy!

1Un espejo curvo puede devolver su aspecto original a un dibujo deformado con intención; a este fenómeno se le conoce como anamorfosis.

Título original: Krivoe zierkalo (Sviatochnii rasskaz), publicado por primera vez en la revista Zritiel, 1883, Nº 2, con la firma: “A. Chejonté”.

Imagen: Diego Velázquez, Venus at Her Mirror, 1644-48.

[1]

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