Cuento corto de Saki: Los lobos de Cernogratz

 

Cuento corto de Saki

Saki es el seudónimo del escritor de origen escocés Hector Hugh Munro (18 de diciembre de 1870 -14 de noviembre de 1916). Empleó este alias por nostalgia o quizás afectación. Ambas actitudes las llevaba en su personalidad y las dejó patentes en sus cuentos y relatos. Nació en el puerto de Akyab en la antigua Birmania. Su padre, con raíces en Escocia, era el inspector general de la policía birmana. A los dos años el pequeño Hugh quedó huérfano. Su madre, Mary Frances Mercer, murió en 1872, corneada por una vaca. Este incidente lo marca e influirá posteriormente en su escritura.

Al quedar huérfano, solo y en país extranjero, el padre decide enviarlo a Londres y lo coloca bajo el cuidado de dos tías solteronas e insoportables. Las mujeronas lo maltrataban y porfiaban por inculcarle los modos de la época y además la cuestión religiosa. Esos años en Piltin, Devonshare, son para olvidar.

Por fortuna para Hugh, pronto su padre se retira del servicio policial y regresa desde oriente para encargarse personalmente de la educación de su hijo, ya adolescente. Cuando los dos están frente a frente, el padre encuentra a un muchachito “quebradizo” (lo define de esa manera) y además de carácter raro. Intentará moldearlo de otra manera, a través de buenos preceptores y de muchos viajes, que es el arte de formar voluntades entre los británicos de aquellos tiempos.

De este modo el joven Munro fue educado en el Pencarwick School de Exmouth, y en el Bedford Grammar School. En 1893, siguiendo el ejemplo de su progenitor, ingresó en la policía birmana. Tres años más tarde, su mala salud (enfermó de malaria) le obligó a regresar a Inglaterra.

Comienza a escribir y sus fuentes de inspiración en los primeros cuentos, son los años vividos bajo la sombra de sus odiosas tías. Cultiva la sátira social, revelándose como un maestro del estilo. Un buen indicio se observa en su famoso relato “Sredni Vashtar”. El seudónimo “Saki” se ha relacionado a menudo con el del copero que aparece en el “Rubáiyát” de Omar Khayyam. Otros afirman que es el nombre de un monito de cola muy larga que vive en las selvas ecuatorianas.

Iniciada la Primera Guerra Mundial, el joven se alista en el ejército británico a pesar de no tener edad reglamentaria. Parte a Francia como sargento de los Fusileros Reales. En la mañana del 13 de noviembre de 1916, durante la batalla de Beaumont Hamel, un francotirador le dispara y lo mata.

Después de su fallecimiento, fechado el día 14 de noviembre, su hermana Ethel destruyó la mayor parte de sus papeles, redactando seguidamente su versión particular de la historia familiar, resaltando que H. H. Munro nunca contrajo matrimonio.

Saki –dice el ensayista y escritor Carlos José Restrepo– comulgaba con la creencia romántica de que no es posible desatender impunemente el misterio de la naturaleza, el instinto, la bestia, el niño, o como quiera que se llame, pero ya no resolvía aquella falta mediante la escapada a lo sublime. Más bien se limitaba a registrar una fea caída en el horror o en el ridículo, como en el cuento “Los lobos de Cernogratz” (The Wolves of Cernogratz), que es un lamento conservador con un remate modernista. O una caída en ambas cosas, pues un final atroz es además la humillación de toda compostura. Acaso no cabía otra salida.

Ernesto Bustos Garrido

Cuento corto de terror de Saki

Cuento de Saki: Los lobos de Cernogratz

–¿Y no hay viejas leyendas vinculadas al castillo? –preguntó Conrad a su hermana.

A pesar de ser un próspero comerciante de Hamburgo, Conrad era el único miembro de carácter poético de una familia eminentemente práctica.

La baronesa Gruebel alzó sus abultados hombros.

–En estos viejos sitios no faltan las leyendas. Son fáciles de inventar y no cuestan nada. En el caso presente, dicen que cuando alguien muere en el castillo todos los perros de la aldea y las fieras del bosque aúllan la noche entera. No sería agradable escucharlo, ¿verdad?

–Sería misterioso y romántico –dijo el comerciante de Hamburgo.

–De todos modos no es verdad –dijo la baronesa, llena de complacencia–. Desde que adquirimos el lugar hemos podido comprobar que nada de eso ocurre. Cuando mi buena suegra murió en la pasada primavera, todos prestamos atención, pero no hubo aullidos. Se trata simplemente de un cuento que le imprime dignidad al lugar sin costo alguno.

–La leyenda no es como usted la ha contado –dijo Amalie, la vieja y peliblanca institutriz.

Todos volvieron hacia ella la cabeza, llenos de asombro. De costumbre se sentaba a la mesa en silencio, compuesta y apartada, sin hablar nunca, a menos que alguien le dirigiera la palabra; y eran pocos los que se tomaban la molestia de entablar conversación con ella. Hoy la invadía una locuacidad insólita. Siguió hablando, con voz rápida y excitada, mirando al frente y al parecer sin dirigirse a nadie en particular.

–Los aullidos no se escuchan cuando alguien muere en el castillo. Sólo cuando alguien de la familia Cernogratz moría aquí los lobos venían de lejos y de cerca y se ponían a aullar en la linde del bosque justo antes de la hora final. Únicamente unos cuantos lobos tenían sus guaridas por estos lados, pero en aquellas ocasiones los guardabosques decían que se contaban por montones, deslizándose en la oscuridad y aullando en coro. Y entonces los perros del castillo, la aldea y las granjas de los alrededores empezaban a ladrar y aullar de miedo y rabia contra el coro de los lobos; y cuando el alma del moribundo abandonaba el cuerpo se escuchaba el estrépito de un árbol que caía en el parque. Eso es lo que pasaba cuando moría un Cernogratz en el castillo de sus ancestros. ¡Pero si un forastero muere aquí, es claro que ningún lobo va a aullar y ningún árbol se va a desplomar! ¡Ah, eso no!

Había un dejo desafiante, casi despreciativo, en estas últimas palabras. La bien alimentada y demasiado bien vestida baronesa le clavó una mirada colérica a esa anciana anticuada que se había atrevido a abandonar la apropiada y usual posición de humildad para hablar con tanto irrespeto.

–Todo indica que está muy enterada de las leyendas de los Cernogratz, Fräulein Schmidt –dijo incisivamente–. No sabía que las historias familiares se contaban entre las materias que se supone usted domina.

La respuesta a este sarcasmo fue todavía más inesperada y asombrosa que el arrebato verbal que lo había motivado.

–Soy una Cernogratz –dijo la vieja–; y por eso conozco la historia familiar.

–¿Usted, una Cernogratz? ¡Usted! –sonó el coro incrédulo.

–Cuando nos arruinamos –explicó ella– y tuve que salir a dar clases particulares, cambié de apellido. Me pareció más apropiado. Pero mi abuelo basó gran parte de su infancia en este castillo y mi padre solía contarme muchas historias acerca del lugar; y, como es lógico, me aprendí todas las historias y leyendas familiares. Cuando a una sólo le quedan los recuerdos, los guarda y desempolva con especial cuidado. Poco me imaginaba, cuando entré a trabajar con ustedes, que algún día me traerían a la antigua residencia familiar. Casi desearía que hubiera sido a otra parte.

Reinó el silencio cuando dejó de hablar, hasta que la baronesa desvió la conversación a un tópico menos embarazoso que el de las historias familiares. Pero más tarde, cuando la vieja institutriz se hubo retirado sigilosamente a sus quehaceres, se armó una algarabía de burlas y escarnios.

–¡Qué impertinencia! –bramó el barón, dejando que sus ojos saltones asumieran una expresión de escándalo–. ¡Imagínense, esa mujer hablando así en nuestra mesa! No le faltó sino decirnos que no éramos nadie. Y no le creo ni una palabra. Es una Schmidt y nada más. Seguro estuvo hablando con algún campesino sobre la antigua familia Cernogratz y se apropió de su historia y sus leyendas.

–Quiere darse importancia –dijo la baronesa–. Sabe que dentro de poco habrá pasado la edad para trabajar y se quiere ganar nuestra simpatía. ¡Su abuelo, ya lo creo!

La baronesa también tenía sus abuelos, pero nunca jamás se jactaba de ellos.

–A que su abuelo era ayudante de despensa o algo así en el castillo –se burló el barón–. Esa parte del cuento puede ser verdadera.

El comerciante de Hamburgo no dijo nada; había visto lágrimas en los ojos de la anciana cuando hablaba de guardar los recuerdos… o quizás, por ser tan imaginativo, creyó haberlas visto.

–Le voy a dar aviso de despido apenas terminen las fiestas de Año Nuevo –dijo la baronesa– Hasta entonces voy a estar demasiado atareada para arreglármelas sin ella.

Pero de todos modos tuvo que arreglárselas sin ella, pues con el frío penetrante que empezó a hacer después de Navidad la vieja institutriz cayó enferma y tuvo que guardar cama.

–¡Qué provocación! –dijo la baronesa, mientras sus huéspedes se calentaban a la lumbre del hogar en una de las últimas tardes del año que moría–. En todo el tiempo que ha estado con nosotros no recuerdo que nunca haya estado gravemente enferma; quiero decir, demasiado enferma para cumplir con su trabajo. Y ahora que tengo la casa llena y podría servirme de tantas maneras, corre a caer postrada. La compadezco, desde luego. Se ve mermada y decaída, pero de todas formas la cosa es sumamente molesta.

–Muy molesta –convino la mujer del banquero, llena de comprensión–. Es el frío intenso, me figuro. Acaba con los viejos. Y este año ha estado extraordinariamente frío.

–Las heladas de diciembre han sido las más fuertes en muchos años –dijo el barón.

–Y ella ya está muy vieja –dijo la baronesa–. Ojalá la hubiera despedido hace unas semanas; así se habría marchado antes de que le sucediera esto. ¡Eh, Wappi! ¿Qué te pasa?

El perrito faldero había saltado de repente de su cojín y se había metido, en un solo temblor, bajo el sofá. En ese mismo instante los perros del castillo rompieron a ladrar llenos de furia, y a lo lejos se oyeron los ladridos de otros perros.

–¿Qué será lo que inquieta a esos animales? –preguntó el barón.

Y entonces los humanos prestaron atención y captaron el sonido que suscitaba en los perros tales muestras de rabia y temor: un prolongado y quejumbroso aullido que subía y bajaba, de modo que ahora parecía provenir de leguas de distancia y ahora se arrastraba a través de la nieve y parecía brotar al pie de los muros del castillo. La fría y famélica miseria de un mundo congelado, la implacable voracidad de la naturaleza, en combinación con otras melodías desoladas e imposibles de definir, parecían concentrarse en aquel grito lastimero.

–¡Lobos! –exclamó el barón.

La música se avivó en un violento estallido que parecía venir de todas partes.

–Cientos de lobos –dijo el comerciante de Hamburgo, que era un hombre de poderosa imaginación.

Movida por un impulso que no habría sido capaz de explicar, la baronesa dejó a sus invitados y fue hasta la estrecha y triste habitación en donde la vieja institutriz yacía contemplando el paso de las horas del año que moría. Aunque el frío de la noche invernal era cortante, la ventana estaba abierta. Con una exclamación de escándalo a flor de labios, la baronesa corrió a cerrarla.

–Déjela abierta –dijo la anciana, con una voz que, pese a su debilidad, tenía un tono autoritario que la baronesa jamás había oído salir de su boca.

–¡Pero se va a morir de frío! –protestó.

–De todos modos me estoy muriendo –dijo aquella voz–; y deseo escuchar la música que hacen. Han venido de todas partes a cantar la música funeral de mi familia. Es bello que hayan venido. Soy la última Cernogratz que morirá en nuestro viejo castillo y ellos han venido a cantarme. ¡Escuche qué tan recio llaman!

El grito de los lobos se elevaba en el aire estancado del invierno y flotaba alrededor de las murallas con lamentos sostenidos y desgarradores. La anciana descansaba en el lecho, el rostro iluminado por una mirada de felicidad por mucho tiempo postergada.

–Váyase –le dijo a la baronesa–. Ya no estoy sola. Soy parte de una antigua y noble familia…

–Creo que está agonizando –dijo la baronesa cuando volvió a reunirse con sus huéspedes–. Creo que lo mejor sería mandar por un doctor. ¡Y esos horribles aullidos! ¡Ni por mucho dinero me dejaría cantar esa música fúnebre!

–Esa música no se compra con ninguna cantidad de dinero –dijo Conrad.

–¡Escuchen! ¿Qué es ese otro sonido? –preguntó el barón cuando se oyó el ruido de algo que se partía y desplomaba.

Era un árbol que caía en el parque.

Hubo un momento de silencio forzado, hasta que habló la esposa del banquero.

–Es el frío intenso lo que parte los árboles. Y también fue el frío lo que trajo tal cantidad de lobos. Desde hacía muchos años no teníamos un invierno tan frío.

La baronesa se apresuró a convenir en que el frío era la causa de esas cosas. Y fue también el frío de la ventana abierta lo que causó el ataque cardíaco que hizo innecesarios los servicios del doctor para la vieja Fräulein. Pero el aviso de prensa quedó muy lucido:

El día 29 de diciembre, en Schloss Cernogratz, falleció Amalie von Cernogratz, durante muchos años dilecta amiga del barón y la baronesa Gruebel.

Una aguja en un pajar

Al leer con detención el texto del cuento, llama la atención la frase “El grito de los lobos se elevaba”… En un comienzo se piensa en una equivocación de traducción, puesto que todos coinciden en que los lobos no gritan, si no que aúllan. La acción de gritar es casi exclusiva del hombre.

Texto en inglés

The cry of the wolves rose on the still winter air and floated round the castle walls in long–drawn piercing wails; the old woman lay back on her couch with a look of long–delayed happiness on her face.

Texto en español

El grito de los lobos se elevaba en el aire estancado del invierno y flotaba alrededor de las murallas con lamentos sostenidos y desgarradores. La anciana descansaba en el lecho, el rostro iluminado por una mirada de felicidad por mucho tiempo postergada.

A fin de aclarar la duda, he buscado el texto original de este cuento y efectivamente el autor usó la palabra “cry” que se traduce como “grito”.  Aun así lo correcto habría sido “The howling of the wolves… Licencias del escritor…

Ernesto Bustos Garrido


Ernesto Bustos GarridoErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios, Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, funda-mentalmente en La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta y setenta fue Secretario de Prensa de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta transformarse en escritor.

 

narrativa_newsletterp

¿Si te gustó el post, compártelo, por favor!Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someoneShare on Tumblr

Artículos relacionados