El rapto de las princesas y la felicidad, según Heródoto y Kapuściński

El rapto de las princesas y la felicidad
Así vio el pintor Jacobo Comin (álias) Tintoretto el rapto de Helena, la esposa del rey Menelao de Esparta, a manos de París, príncipe de Troya, llamado también Alejandro. (Museo de El Prado)

 

 

El rapto de las princesas y la felicidad, según Heródoto y Kapuściński

Mientras (Heródoto) busca una respuesta a la más importante de las preguntas que se ha planteado, es decir, ¿en qué hunde sus raíces el conflicto entre Oriente y Occiddente, por qué las relaciones entre ambos son tan hostiles?, Heródoto muestra un comportamiento de lo más cauteloso. No grita “!Lo sé!, ¡yo sé!” Todo lo contrario: se oculta en la sombra para destacar respuestas de otros. Esos otros, en este caso, son los hombres más cultos de Persia y mejor instruidos en la historia. Pues esos persas cultos, dice Heródoto, afirman que del conflicto Oriente-Occidente no son causantes ni los griegos ni los persas, sino un tercer pueblo, los fenicios, itinerantes mercaderes profesionales. Son los fenicios los que han iniciado la práctica de raptar mujeres, proceder que ha desencadenado toda esa tormenta.

Veamos (dice Kapuściński): en el puerto griego de Argos, los fenicios raptan a la hija real que atiende al nombre de Io y la llevan en barco a Egipto. Luego, varios griegos se presentan en la ciudad fenicia de Tiro y raptan a la hija real Europa. Otros griegos raptan a la hija del rey de los colcos, Medea. A su vez, Alejandro de Troya (Paris) rapta a Helena, esposa del rey griego Menelao, y se la lleva a Troya. En revancha, los griegos invaden la ciudad. Estalla la gran guerra cuya historia ha inmortalizado Homero.

Heródoto cita un comentario de los sabios persas:

“En opinión de los persas, esto de robar a las mujeres es a la verdad una cosa que repugna a las reglas de la justicia; pero también es poco conforme a la cultura y civilización el tomar con tanto empeño la venganza por ellas y, por el contrario, el no hacer ningún caso de las arrebatadas es propio de gente cuerda y política, porque bien claro está que si ellas no lo quisiesen de veras, nunca hubieran sido robadas”.

Y como prueba Herótodo –dice Kapuściński– aduce el asunto de la princesa Io tal como lo presentan los fenicios: “Niegan haberla conducido al Egipto por vía del rapto y, antes bien, pretenden que la joven griega, de resultas de un trato nimiamente familiar con el patrón de la nave, como se viese con el tiempo próxima a ser madre, por el rubor que tuvo que revelar a sus padres su debilidad, prefirió, voluntariamente, partir con los fenicios, a fin de evitar de este modo su pública deshonra”.

¿Por qué empieza Heródoto su descripción del mundo por el nimio (según los sabios persas) asunto de mutuos raptos de muchachas? Pues porque observa las reglas del mercado mediático: para venderla, la historia tiene que ser interesante, debe contener algo picante, algo que cause sensación, un suspense… Y relatos en torno a raptos de mujeres cumplen estas condiciones a la perfección.

Heródoto –según Kapuściński – vive a caballo entre dos épocas. Aún domina la tradición oral, pero ya empiezan los tiempos de la historia escrita. Es posible que el ritmo de vida y el trabajo de Heródoto fuese el siguiente: primero emprendía un largo viaje durante el cual reunía materiales y luego, al regresar, iba de una ciudad griega a otra y en ellas organizaba algo parecido a “encuentros con el autor”. En cuyo curso hablaba de sus experiencias, impresiones y observaciones. Tal vez con esos encuentros se ganara la vida y, también, se costease nuevos viajes, así que debía esforzarse por convocar al mayor número de personas posibles, a poder ser, un público multitudinario. De manera que le convenía empezar con algo que llamase la atención, suscitase la curiosidad, supiese a sensacionalismo. Toda su obra está salpicada de pasajes destinados a atraer, a sorprender y a asombrar a un público que, aburrido sin estos ingredientes, se habría marchado antes de tiempo, dejando al orador con la faltriquera vacía.

Sin embargo, sus relatos sobre raptos de mujeres no buscan sólo causar sensación fácil con sus ambivalencias y picanterías, pues allí mismo, en el mismísimo comienzo de sus inquisiciones, Heródoto intenta formular su primera ley de la historia. Su aspiración está dictada por lo siguiente: a lo largo de sus viajes ha acumulado ingente cantidad de material, de varias épocas y de un sinfín de lugares, y quiere hallar y definir algún principio que ordene ese listado – a primera vista caótico e interminable- de meros hechos. ¿Es posible alcanzar tamaño objetivo? Heródoto dice que sí. Que el principio de halla en la respuesta a la pregunta: ¿quién ha empezado? ¿Quién fue el primero en cometer injuria? Teniendo ante los ojos esa pregunta, nos resulta mucho más fácil movernos por los complicados y zigzagueantes meandros de la historia, explicarnos a nosotros mismos las razones y las fuerzas que la empujan.

¿Qué papel desempeña la venganza? El miedo a la misma, ante su condición de terrible e inexorable, debería disuadir a cada uno de nosotros de cometer una acción indigna y dañina para otros.

La segunda ley de Heródoto, que atañe no sólo a la historia sino también a la vida del hombre, se resume en su frase. “La felicidad humana nunca es duradera”. Y nuestro griego –apunta Kapuściński– demuestra esta verdad, describiendo los dramáticos, estremecedores avatares de la vida del rey de los lidios, Creso, semejantes a los del bíblico Job, del cual Creso tal vez fuera precursor.

Lidia, su reino, era un poderoso estado asiático situado entre Grecia y Persia. En él acumuló, guardada en sus palacios, una gran riqueza, esas montañas de oro y plata que lo hicieron célebre en el mundo entero y que enseñaba gustoso a sus visitantes. Todo esto sucedió a mediados del siglo VI antes de Cristo, varias décadas antes de que naciese Heródoto.

Un buen día llegaron a Sardes, la capital de Lidia, todos los varones sabios que a la sazón vivían  en Grecia, y entre todos ellos el más célebre fue el ateniense Solón (poeta, padre de la democracia ateniense, Solón gozaba de fama de sabio). Creso rey lo recibió en persona y ordenó a los sirvientes enseñarle el tesoro; luego, seguro de la gran impresión que éste causaría al huésped, le dirigió estas palabras: (Cita de Heródoto) “Entre tantos hombres, ¿has visto alguno hasta ahora completamente dichoso? Creso hacía esta pregunta porque se creía el más afortunado del mundo”.

Solón sin embargo –refiere Kapuściński– lejos de satisfacer todas sus expectativas, en lugar de la lisonja nombró como los más afortunados a varios atenienses caídos en el campo del honor y añadió: (De nuevo cita de Heródoto) “Creso, ¿a mí me hacéis esta pregunta; a mí, que sé muy bien cuán envidiosa es la fortuna, y cuán amiga es de trastornar a los hombres? Al cabo de largo tiempo puede suceder, fácilmente, que uno vea lo que no quisiera y sufra lo que no temía. Supongamos sesenta años el término de la vida humana. La suma de sus días será de veinticinco mil doscientos, sin entrar en ella ningún mes a intercalar. Pues en todos estos días, no se hallará uno solo que por la identidad de sucesos, sea enteramente parecido a otro. La vida del hombre, ¡oh, Creso! Es una serie de calamidades. En el día sois un monarca poderoso y rico, a quien obedecen muchos pueblos; pero no me atrevo a daros aún ese nombre que ambicionáis, hasta que no sepa cómo habéis terminado el curso de vuestra vida…Antes de decir: ¡Soy feliz!… En suma, es menester contar siempre con el fin; pues hemos visto frecuentemente desmoronarse la fortuna de los hombres a quienes Dios había ensalzado”.

En efecto, después de la partida de Solón –cuenta Kapuściński citando a Heródoto–, los dioses impusieron a Creso un castigo muy severo, seguramente porque se había considerado el más feliz de los hombres.

Nota: La historia cuenta que Creso tenía dos hijos; uno sordomudo y el otro sobresaliente, llamado Atis. Protegía y mimaba al segundo como a la niña de sus ojos. A pesar de ello durante una cacería, casual y accidental, un huespes de Creso llamado Adastro, mató a Atis.

*** Fragmentos tomados del libro “Viajes con Heródoto” de Ryszard Kapuściński (Editorial Anagrama, Barcelona/España 2004-2006). Biblioteca Viva-Plaza Egaña (Santiago-Chile).


Ernesto Bustos GarridoErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios, Pontificia Universidad Católica de Chile y Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, funda-mentalmente en La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta y setenta fue Secretario de Prensa de la Presidencia de Eduardo Frei Montalva, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta transformarse en escritor.

 

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados

Deja un comentario

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.