Entrevista a Pedro Menchén

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Pedro Menchén, entrevista, Francisco Rodríguez Criado

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Pedro Menchén

La felicidad no espera

Sapere Aude, 2016

“Es difícil, si no imposible, saber el porqué de las cosas, ya que el universo es infinitamente pequeño e infinitamente grande y nos falta perspectiva para ver dónde estamos o a qué pertenecemos. Pero, al menos, me hice una idea aproximada del mecanismo de las cosas que nos rodean y, después de escribir el diario, comencé a ver una pequeña luz al final del túnel, la cual me permitió orientarme y caminar con un poco más seguridad a partir de entonces. Así que, respondiendo a tu pregunta, es cierto que el diario me ayudó”.

El escritor manchego Pedro Menchén ha publicado recientemente dos libros de diarios en la editorial Sapere Aude. Después de Diario de un escritor frustrado (2016), repaso personal al oficio de vivir y de escribir, acaba de ver la luz La felicidad no espera, que narra la experiencia en la carretera de tres jóvenes sin dinero: un exmarinero, el personaje narrador y un exiliado uruguayo. A bordo de un Seat 850 viejo y achacoso, recorren las poblaciones de Lugo, El Ferrol, La Coruña, Santiago, Oviedo, Santander, Bilbao, San Sebastián y Zaragoza. La relación entre los tres jóvenes sufre numerosos altibajos, hasta el punto de que a veces hacen su vida por separado, para luego reencontrarse y proseguir la aventura.

Hablamos hoy con Pedro Menchén sobre La felicidad no espera y sobre su trayectoria como escritor.

Francisco Rodríguez Criado: Este año has publicado dos libros, dos diarios escritos hace mucho. Diario de un escritor frustrado fue concebido en su mayor parte entre 1979 y 1981, y La felicidad no espera narra un viaje por el norte de España, redactado entre febrero y marzo de 1984. La primera duda que tengo es por qué has tardado tanto en publicar estos diarios, concebidos tres décadas antes.

Pedro Menchén: En realidad, son esa clase de textos que uno dejaría póstumos, así que me he adelantado un poco publicándolos en vida. Cuando los escribí, no estaba seguro de querer publicarlos, pero con el paso del tiempo me pareció que había en ellos cosas curiosas y que podían aportar algo sobre la época en que fueron escritos. Estos dos diarios, junto a otros dos que incluí en mi autobiografía, Escrito en el agua (uno sobre mi experiencia en el ejército y el otro sobre mi relación con Gregorio Prieto, un pintor de la Generación del 27), los había reunido, muchos años antes, en un solo tomo, una especie de documento autobiográfico, con el título general de Diario de un escritor frustrado, para el que incluso escribí un prólogo, pero nunca me decidía a publicarlo y así fueron pasando los años. Luego incluí dos de esos diarios en mi autobiografía y los otros dos, que quedaron un poco descolgados, son los que he publicado ahora por separado. En cierto modo, son una especie de adelanto de la segunda parte de mi autobiografía, todavía no escrita.

F.R.C.: Aunque está escrito a modo de diario, La felicidad no espera se lee como una novela. Los personajes, la trama y la motivación recuerdan a En el camino, que Jack Kerouac escribió para rememorar su viajes junto a sus amigos de faenas por Estados Unidos y México entre 1947 y 1950. Con este tipo de libros tengo una sensación ambigua: por una parte me resultan muy atractivos de leer, y por otra me perturban. Es una atracción extraña, supongo que porque aúnan el placer de la aventura con cierta búsqueda interior a la deriva. ¿Qué te resultó más edificante, escribir el diario o la aventura de viajar con dos personas aparentemente tan diferentes a ti?

P.M.: El diario de La felicidad no espera es en realidad un cuaderno de campo, donde tomaba notas apresuradamente de las experiencias que vivíamos y de los lugares que visitábamos. No puedo, por tanto, compararlo con el libro de Jack Kerouac, por más que eso me halague. Además, es mucho más breve. A decir verdad, estuve tentado de escribir un libro más extenso, con el material del diario, dándole una mayor consistencia literaria, pero ya era demasiado tarde (eso hubiera estado bien a los pocos meses de realizar el viaje, no 30 años después). Me di cuenta, por tanto, de que no tenía sentido y lo dejé como estaba. El viaje para mí fue una especie de aventura, ya que nunca había estado anteriormente en los lugares que visitamos (ni he vuelto después a la mayoría de ellos) y el hecho de ir en un coche que estaba ya para el desguace, con aquellos dos tipos tan pintorescos, sin apenas dinero y todo lo demás, pues lo hacía aún más emocionante. Hay que tener en cuenta que en aquella época muy poca gente de este país viajaba por placer. No existía el turismo de masas. Además, yo no conduzco, por lo que hacer un viaje tan largo, en un coche, era algo completamente inédito para mí, y un pequeño lujo que he podido permitirme después muy pocas veces. Escribir el diario fue una tarea que me impuse a mí mismo y que cumplía metódicamente cada noche, antes de acostarme. De lo que me alegro ahora, pues me ha permitido conservar los detalles de una experiencia que habría olvidado por completo.

F.R.C.: En un momento del libro, el personaje narrador confiesa que si ha de elegir entre la literatura y la vida, escogería la vida. ¿En qué se diferencia la literatura de la vida, y en qué se parecen? ¿Debemos creernos a esos escritores que afirman que su vida es la literatura, como si no existiera nada más para ellos?

P.M.: Muy buena pregunta. Se nota que tú mismo eres escritor y que te afecta el tema. Pues verás, desde niño, cuando me sentía solo y triste y no encontraba cariño o comprensión en los demás, yo aprendí a consolarme y a buscar refugio en la literatura. Cuando la vida se me negaba o cuando yo me sentía apartado de la vida, la literatura era mi tabla de salvación. Puedo decir, por tanto, que sobreviví gracias a la literatura. Sin embargo, cuando era feliz, no me acordaba de la literatura. Prefería jugar y divertirme con los demás niños. Por lo tanto, de un modo inconsciente, separé la vida de la literatura. O diferencié la literatura de la felicidad. Sólo cuando estaba triste, se me ocurría escribir un poema o un relato. Y mis diarios (pues escribí muchos de niño y de adolescente, algunos de los cuales destruí) eran también refugios en los que buscaba consuelo cuando me sentía solo y triste. Después, con los años, la literatura se convirtió en una vocación, en una costumbre, en una forma de vida, pero inicialmente había sido una vía de escape, un asidero, un refugio, una terapia para el alma cuando sufría alguna crisis y estaba prácticamente al borde del suicidio. No, yo no diría jamás que todo es literatura o que mi vida solo es literatura. No quisiera ser tan pedante. La vida es la vida y la literatura… pues una de las cosas que adornan la vida, que ennoblecen la vida, que dan sentido a la vida.

F.R.C.: En todos tus libros, al menos en todos los que yo he leído, está presente la temática gay. ¿Qué diferencias encuentras –si acaso hay alguna– entre escribir desde y sobre la homosexualidad en los años 80 y hacerlo ahora, tres décadas después?

P.M.: Yo siempre he sido el mismo en ese sentido, en los 80 y ahora, ya que nunca estuve en el armario y nunca tuve que inhibirme o disfrazar mis sentimientos. Jamás he sufrido rechazo o marginación por parte de nadie, ni siquiera durante el franquismo; jamás he sido víctima de la homofobia. Debe de ser porque, desde el principio, me acepté y me respeté a mí mismo y la gente respeta a quien se respeta. Ya en mi primer libro, publicado en 1988, efectivamente, sale a relucir en algunos relatos el tema gay, pero también he escrito historias donde los personajes son completamente heterosexuales. Sea como fuere, yo nunca he querido que el tema gay sea, por sí mismo, un asunto argumental de mis libros. Del mismo modo que la heterosexualidad no es tampoco un asunto argumental en los libros de los autores heterosexuales. El tema gay sale inevitablemente en mis libros, pero de un modo casual o accidental y siempre con la misma naturalidad que la heterosexualidad en los libros de los autores heterosexuales. Mis personajes son de todo tipo. Los gays conviven y se relacionan con los heteros igual que en la vida diaria. Por suerte, en este país, todos tenemos ya los mismos derechos. Pero del mismo modo que no trato de ocultar a mis personajes en un armario, tampoco quiero hacer exhibicionismo homosexual. Ya sé que hay autores que han convertido en un género la homosexualidad, autores muy famosos que sólo escriben desde y para la homosexualidad. Yo, desde luego, no soy de esos.

La felicidad no espera, Pedro Menchén, entrevista

F.R.C.: Siempre se ha dicho que escribimos para que nos lean. Sin embargo, el diario es un género que suele estar muy asociado a la intimidad. Quien más y quien menos siempre guarda un secreto, y el diario tiene cierta aureola de confidente de nuestros pensamientos privados. ¿Podrías escribir un diario íntimo, tan íntimo que descartaras su publicación, rechazando así convertir al lector desconocido en destinatario de tus pensamientos?

P.M.: Creo que no. Lo más íntimo que podía decir de mí mismo ya lo dije en mi autobiografía, Escrito en el agua, así que nadie se va a escandalizar de lo que pueda decir después. Tengo unos cuantos diarios más, escritos en los últimos 15 años, agrupados tres de ellos en un solo libro, que pienso publicar algún día. Pero no digo en ellos nada que no pudiera decir cualquier autor en una novela (mimetizándose, o no, con algún personaje). Sea como fuere, no sería yo el primer autor que publica diarios íntimos en vida. Ya lo han hecho Jaime Gil de Biedma y otros autores. Aunque yo nunca hablo en mis diarios de sexo y ese tipo de cosas. Nunca me ha gustado el sexo explícito en la literatura ni en el cine. El diario, para mí, es un género como cualquier otro. Resulta muy adecuado para hacer introspección, para analizar y estudiar la vida, para conocerse uno a sí mismo mejor y, por lo tanto, al ser humano en general. Es literatura psicológica o psiquiátrica, pero ¿qué literatura no lo es de un modo o de otro?

F.R.C.: En el prólogo de Diario de un escritor frustrado escribiste que comenzaste a redactarlo para explicarte el porqué de las cosas, para entender el mundo que te ha tocado en suerte. ¿Lo has conseguido?

P.M.: Es difícil, si no imposible, saber el porqué de las cosas, ya que el universo es infinitamente pequeño e infinitamente grande y nos falta perspectiva para ver dónde estamos o a qué pertenecemos. Pero, al menos, me hice una idea aproximada del mecanismo de las cosas que nos rodean y, después de escribir el diario, comencé a ver una pequeña luz al final del túnel, la cual me permitió orientarme y caminar con un poco más seguridad a partir de entonces. Así que, respondiendo a tu pregunta, es cierto que el diario me ayudó.

F.R.C.: Por cierto, ¿te consideras un escritor frustrado?

P.M.: No y sí… Como escritor, me siento satisfecho de mí mismo. Da vergüenza decirlo, pero es verdad. Quiero decir que ya no tengo la inseguridad y las dudas que me atormentaban en 1979. Creo que encontré mi propia voz, que tengo una técnica y un estilo muy definidos. Escribo lo que deseo y como lo deseo. Sin embargo, no he encontrado el cauce para difundir adecuadamente mis libros. Soy un autor marginal, un outsider… Y, aunque no puedo quejarme, pues tengo lectores muy fieles que me siguen y recibo emails muy a menudo de gente que me lee con entusiasmo y que aprecia lo que hago, en realidad no he conseguido todavía el éxito literario y, en ese sentido, sí que podría sentirme un escritor frustrado. Pero, como digo, no debo quejarme, ya que seguramente lo que me pasa es por mi culpa. En realidad, yo no aspiro a ser famoso ni rico. No quiero salir en la tele. No soporto las presentaciones de libros y ese tipo de cosas… Yo lo único que quiero, como cualquier escritor, es que mis libros lleguen al mayor número de personas. ¡Pero que a mí me dejen en paz! Y las cosas no funcionan así, ¿verdad?

F.R.C.: Intuyo que La felicidad no espera te habrá servido para refrescar al Pedro Menchén del pasado. ¿Qué diferencias encuentras entre el hombre que fuiste y el que eres?

P.M.: Yo era muy ingenuo de joven, muy inocente, muy torpe. Me costó mucho aprender las cosas más básicas y sencillas. Durante mucho tiempo me odié a mí mismo por eso, pues era consciente de mi torpeza. Vivir es un arte muy difícil y yo no dominaba ese arte. En un mundo más primitivo, no hubiera sobrevivido ni dos días. Pero después, poco a poco, comencé a aprender lo esencial para moverme por el mundo, comencé a adaptarme y también a aceptarme. No obstante, cuando escribí el diario, yo tenía 31 años y había superado esa etapa. Ya era básicamente el mismo que soy ahora. Desde luego, no he aprendido todavía el arte de vivir, pero sí el de sobrevivir en un mundo civilizado, donde todo está diseñado para favorecer a los torpes. Al releer el diario me he reconocido muy bien a mí mismo. Y casi me ha gustado ser quien soy. Algo verdaderamente sorprendente en quien se ha odiado tanto a sí mismo. Sigo teniendo el mismo criterio sobre muchas cosas, los mismos gustos, las mismas manías.

F.R.C.: Cuentas en una entrada de La felicidad no espera que Eduardo Haro Teclen te devolvió un manuscrito y 500 de las antiguas pesetas en concepto de gastos de envío por el dinero que tú mismo habías tenido que desembolsar para enviárselo. Me pareció un gesto tan caballeresco como inusitado, al menos en el mundo de la edición que yo conozco. ¿Los editores de antes eran diferentes a los de ahora, o la anécdota de Haro Teclen hay que considerarla un caso aislado?

P.M: Bueno, Eduardo Haro-Teclen no era editor, sino crítico de teatro de El País. Yo le mandé mi obra para que la leyera y me diera su opinión, y, a ser posible también, para me ayudara a encontrar a quien pudiera representarla. Pero poco después de mandarle mi obra empecé a corregirla y, además, Haro Teclen tardaba en contestarme, así que me puse nervioso y le pedí sin más que me la devolviera. El hombre así lo hizo disculpándose porque no había tenido tiempo todavía de leerla y me adjuntó 500 pesetas por los gastos de envío, lo que era insólito, ya que él no había solicitado dicho envío y, además, seguro que no me gasté 500 pesetas, sino 200 o 300. Pero Haro-Teclen era un hombre muy amable, así que no me extraña nada. Por cierto, algunos años después consideré que aquella obra de teatro no era lo suficientemente buena y la destruí. Sobre lo que me preguntas acerca de los editores, te diré que los de entonces eran exactamente igual que los de ahora: lo rechazaban todo por principio, si no tenías recomendación de nadie. Aunque, eso sí, devolvían siempre los manuscritos.

F.R.C.: El personaje narrador de La felicidad no espera alterna el relato de sus malandanzas con sus compañeros de viaje con cartas que envía a un amigo en las que le cuenta cosas que a veces contradicen –o al menos desdicen– la información que acabamos de leer en el propio diario. ¿Cuál era tu intención al ofrecerle al lector una visión doble del relato de los hechos?

P.M.: Pues precisamente constatar la curiosa contradicción entre ambas versiones. Y es que la visión que podemos tener de las cosas cambia según el momento o incluso según el interlocutor que tenemos en ese momento. He sido el primer sorprendido al descubrir tales contradicciones. Así, por ejemplo, digo sobre Zaragoza, en el diario, que es “una ciudad sin ningún encanto. Sólo tiene dos o tres calles del centro interesantes”, que “ni siquiera han sabido cuidar el entorno del río Ebro, que es feo, sucio y destartalado”, etc. Sin embargo, en una de las postales que le mando a Beño, digo justo lo contrario: “Zaragoza es una ciudad bonita, aunque algo destartalada y llena de contrastes. Cruzar el río Ebro y contemplar desde el puente la basílica de El Pilar ha sido una de las experiencias más emocionantes de este viaje”. ¿Con qué nos quedamos? Alguien que ha leído el libro me ha sugerido que quizá la segunda opinión, más positiva, la escribí después del encuentro en la plaza de España con aquel chico. El flechazo amoroso hizo que mi visión de Zaragoza cambiara por completo. Pudiera ser.

F.R.C.: Y, para terminar, ¿puedes recomendarnos un cuento o un poema para los lectores de Narrativa Breve

P.M.: Pues, ya que me lo pides, recomiendo el poema “Lo fatal”, de Rubén Darío, que acabo de leer esta misma tarde y que me ha emocionado muchísimo:

Muchas gracias por responder a nuestra entrevista. Te deseamos lo mejor en lo personal y lo literario.

PM.: Muchas gracias a ti, Francisco. Te deseo lo mismo. Eres un magnífico escritor y el mejor entrevistador que he tenido jamás.

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