Diana Quer: la desaparición perfecta

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Recuerdo que siendo muy niño me impactó escuchar por primera vez la expresión “el crimen perfecto”. Una precoz inquietud lingüística me hizo reflexionar sobre la contradicción de que algo tan cruel como un asesinato fuera no solo bueno, sino el súmmum (o sumun, como recomienda la RAE) de lo bueno, esto es: perfecto. Entonces estaba lejos de comprender que el mundo es en sí una contradicción (cuanto más vivimos, por ejemplo, más cerca estamos de la muerte) y que no merece la pena concederle demasiada importancia a nada que resulte a primera vista discordante.

Asumidas ya las reglas del juego, durante un tiempo me entretuve sopesando no los aspectos filológicos del lado oscuro del ser humano y sus consecuencias, sino los conceptuales: ¿existía el crimen perfecto, como defendían algunos, o era imposible, como especulaban otros? ¿Pero por qué no iba a existir el crimen perfecto –me preguntaba yo– cuando son tantas las personas asesinadas al día en el planeta sin que sus autores materiales o intelectuales paguen por ello? Lo que los partidarios del no defendían –y defienden– es que los eficaces investigadores cuentan con tantos medios –tecnológicos y humanos– como para desbaratar cualquier crimen, por muy bien planificado que esté.

Y, sin embargo, el crimen perfecto existe, aunque CSI trate de confundirnos, de igual manera que existe la desaparición perfecta. Los datos no engañan: al menos un centenar de personas desparecen cada año en España. Hablamos de casos no resueltos, personas de quienes sus familiares no han vuelto a saber nada. Se esfumaron, eso es todo. Salieron un día de casa, a la luz del día, como ocurrió con el niño pintor de Málaga, David Guerrero Guevara, quien hace veintinueve años despareció a 150 metros de su casa, quizá para siempre. (Hace poco lo han declarado oficialmente muerto).

Diana Quer: la desaparición perfecta

Espero que no ocurra lo mismo con Diana Quer, cuyo caso he seguido desde el principio, no solo por el insano morbo de conocer el paradero de la joven, sino también por la fascinación de seguir a tiempo casi real el modus operandi de la Guardia Civil. Durante estos cuatro meses he consultado en los medios de comunicación las novedades de un caso que, cuanto más cerca parecía de su resolución –según cierta prensa amarillista–, más encallado estaba. Podría decirse que algunos hemos hecho un máster siguiendo los avances –o retrocesos, si se prefiere– de las investigaciones realizadas a partir de la aparición del teléfono móvil de la chica, hasta el punto de que ahora sabemos que, en caso de planificar una fechoría, es conveniente dejar el teléfono móvil en casa y establecer comunicación con los compinches mediante señales de humo.

Desgraciadamente, los avances tecnológicos no han servido para localizar a Diana Quer, al menos por ahora. Intuyo que para llevar a cabo con éxito un acto perfecto, sea un crimen, una desaparición o una boda, solo hay dos opciones: organizarlo todo al milímetro o no organizarlo en absoluto.

Los investigadores, ahora pendientes de una goma del pelo (enésimo giro en una investigación aparentemente sin rumbo), trabajan a presión, a sabiendas de que su consolidado prestigio no puede permitirse un traspié ante la opinión pública. De la pericia de los investigadores, tantas veces demostrada, y quizá del azar dependen que la desaparición de Diana Quer pierda de una vez para siempre su condición de perfectibilidad.

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo

Diana Quer, Cristiano Ronaldo y la mala prensa

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