La princesa y el plebeyo

Cuento de amor: La princesa y el plebeyo

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La princesa y el plebeyo

 

“La princesa y el plebeyo” es un conocido cuento a la antigua usanza que pone de manifiesto cuáles son los límites personales ante el amor caprichoso y en cierta manera no correspondido. Este cuento breve encierra una tremenda lección de vida.

Al final de la lectura ofrezco una de las versiones en vídeo del cuento

 

LA PRINCESA Y EL PLEBEYO

Una bella princesa buscaba consorte. Aristócratas y adinerados señores llegaron de todas partes para ofrecer maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos y tronos. Entre los candidatos estaba un joven plebeyo que no tenía más riquezas que amor y perseverancia.

Cuando le llegó el momento de presentarse, dijo: “Princesa, te he amado toda mi vida. Como soy un hombre pobre, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor… Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. Esa es mi dote”.

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, respondió: “Tendrás tu oportunidad. Si pasas la prueba, me desposarás”.

El pretendiente soportó los vientos, la nieve y las noches heladas. Con la vista fija en el balcón de su amada, se mantuvo firme en su empeño día tras día. De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la figura de la princesa, la cual, con un noble gesto y una sonrisa, aprobaba la faena.

Algunos optimistas habían empezado a planear los festejos. Al llegar el día noventa y nueve, todos los pobladores acudieron a animar al joven. Todo era alegría y jolgorio, hasta que de pronto, cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante el asombro de todos, el muchacho se levantó, y sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar.

Semanas después, cuando el plebeyo deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca le preguntó por qué se había retirado cuando estaba a un paso de lograr la mano de la princesa. Con lágrimas mal disimuladas, contestó en voz baja: “Si ella no me ahorró un día de sufrimiento, ni siquiera una hora, un minuto…no merecía mi amor­”.

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