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Cuento sureño de Eudora Welty: Clytie

“La narrativa de Eudora Welty está marcada por el uso de elementos extraños en escenarios cotidianos, frecuentes, incluso burdos. Sin embargo, la utilización de acciones o personajes que se oponen a ese contexto de normalidad, permite que el desarrollo de la historia adquiera un ritmo rápido, en contraposición a la idea de lo habitual, y (re)construye el imaginario del lector, en lo que respecta a  situarse frente a la vida de las personas comunes; apuntala así, un juego de traslación simbólica sencilla desde lo estático, hacia lo dinámico en situaciones diarias, usuales.

A la autora norteamericana se la suele adherir a un subgénero de la novela gótica llamado gótico sureño que se diferencia del gótico –tradicional– en su trabajo conceptual de lo representativo, pues utiliza elementos supernaturales para consolidar la representación de la sociedad norteamericana. Mientras que el otro trabaja con lo supernatural con un objetivo menos englobante: crear suspense”.

Emilia Egas

Cuento de Eudora Welty: Clytie

Era al atardecer, las pesadas nubes plateadas parecían más grandes y anchas que campos de algodón, y, al poco, empezó a llover. Mientras aún brillaba el sol, empezaron a caer grandes gotas redondas sobre los calientes cobertizos de chapa, que empaparon las falsas fachadas blancas de la hilera de almacenes del pueblecito de Farr’s Gin. Una gallina y sus pollitos amarillos cruzaron corriendo la carretera, con gran inquietud; el polvo se convirtió en un sucio río y los pájaros bajaron volando hacia él inmediatamente, y se situaron a la orilla de los charcos para bañarse. Los perros de caza se levantaron de los porches de los almacenes, se sacudieron hasta el rabo y fueron a tumbarse dentro. Las pocas personas que estaban de pie como largas sombras junto a la calle entraron en la oficina de correos. Un muchacho golpeó con los talones descalzos a la mula, que empezó a cruzar lentamente el pueblo hacia el campo.

Cuando ya todos los demás se habían puesto a cubierto, la señorita Clytie Farr seguía aún inmóvil en la carretera, atisbando hacia delante, a su manera miope, y tan empapada como los pajaritos.

Solía salir de la vieja mansión a aquella hora de la tarde y recorría el pueblo a toda prisa. Al principio salía con un pretexto u otro y durante un tiempo se dedicó a dar en voz baja explicaciones que nadie podía oír. Después empezó a mandar que cargaran cantidades a cuenta, que, según la administradora de correos, jamás se pagarían, lo mismo que las del resto, aunque los Farr fueran demasiado finos para relacionarse con los demás. Pero ahora Clytie salía sin ningún objetivo. Salía todos los días y ya nadie hablaba con ella: parecía tener mucha prisa y no darse cuenta de quién le hablaba. Y todos decían que un sábado, con tantos caballos y vehículos, la atropellarían, pues siempre cruzaba la calle de aquella forma atolondrada y precipitada.

Tal vez fuera simplemente que la señorita Clytie estaba perdiendo el juicio, decían las señoras que tomaban el fresco en la puerta, igual que le había pasado a su hermana; y seguramente se quedaría allí sin más, esperando que la mandaran irse a casa. Tendría que escurrir bien toda la ropa que llevaba encima: la blusa y la falda y las largas medias negras. Llevaba uno de los sombreros de paja de la tienda de artículos de confección, con una vieja cinta negra de satén prendida para mejorar su aspecto, atado a la barbilla. Ahora, por la presión de la lluvia, mientras las señoras miraban, el sombrero había empezado a combarse hacia abajo lentamente, por ambos lados, y parecía todavía más absurdo y anticuado, como esas gorras viejas que ponen a los caballos. Y, con una paciencia casi de animal, la señorita Clytie seguía allí bajo la lluvia, los largos brazos inertes, un poco separados de los costados, como si estuviera esperando que llegase por la calle algo que la condujese bajo techado.

Al cabo de un rato sonó un trueno.

—¡Señorita Clytie! ¡Métase en algún sitio, que llueve, señorita Clytie! —gritó alguien.

La vieja señorita Clytie no miró siquiera a su alrededor, sino que cerró los puños, se los metió en las axilas, estiró los codos como alas de gallina y echó a correr, el pobre sombrero crujiendo y batiendo sobre sus orejas.

—Vaya, ahí va la señorita Clytie —dijeron las señoras, y una de ellas tuvo una premonición.

La señorita Clytie corrió hacia la casa bajo la lluvia torrencial por el sendero de los cuatro cedros negros mojados, que desprendían un olor acre como el humo.

—¿Dónde demonios estabas? —dijo la hermana mayor, Octavia, desde una ventana de arriba. Clytie alzó la vista a tiempo de ver caer la cortina.

Entró en el vestíbulo y esperó, temblando. Estaba muy oscuro y vacío. La única luz caía sobre la sábana blanca que tapaba el único mueble solitario, un órgano. Las cortinas rojas que había sobre la puerta del gabinete, sostenidas por manos de marfil, estaban inmóviles como troncos de árbol en la casa sin aire. Todas las ventanas estaban cerradas y todas las persianas bajadas; aun así, se oía el repiqueteo de la lluvia.

Clytie cogió una cerilla y avanzó hacia el poste de la escalera, donde un Hermes de bronce sostenía un artilugio de gas. E inmediatamente encima de este, iluminada, pero muy quieta, como una de las reliquias inamovibles de la casa, se erguía Octavia, esperando en las escaleras.

Estaba plantada sólidamente ante el cristal de color violeta y limón de la ventana, en el descansillo; con dedos arrugados e inquietos sujetaba el broche de diamantes que llevaba siempre al pecho de su largo vestido negro. Era un gran gesto inmarcesible de Octavia, aquel de acariciar el broche.

—No es suficiente ya que tengamos que esperar aquí… muertos de hambre —decía Octavia mientras Clytie aguardaba abajo—. Sino que tienes que escaparte, y no contestar cuando te llamo.¡Marcharse a vagabundear por las calles! ¡Qué vulgaridad…! ¡Qué vulgaridad, Dios mío!

—No te preocupes, hermana —consiguió decir Clytie.

—Pero siempre vuelves.

—Claro…

—Gerald ya está despierto, y también papá —dijo Octavia con el mismo tono de reproche, un tono muy fuerte, pues casi siempre estaba llamando a alguien.

Clytie fue a encender la cocina. Como si estuviera helada de frío, en pleno junio, se quedó quieta ante la puerta abierta del horno y pronto una expresión de interés y placer animó su rostro, que en los últimos años, pese al sombrero de paja, mostraba el paso del tiempo. Se reanudaba ahora algún sueño. En la calle había estado pensando en el rostro de un niño que acababa de ver. El niño, que jugaba con otro de la misma edad persiguiéndole con una pistola de juguete, al pasar a su lado la había mirado con una actitud tan franca, tan serena, tan confiada… Con aquel rostro pacífico y pequeño aún en el pensamiento, rosado como las llamas, como una inspiración que alejase cualquier otro pensamiento, Clytie se había olvidado de sí misma y se había visto obligada a quedarse quieta, allí donde estaba, en medio de la calle. Pero había empezado a llover y alguien le había gritado y no había podido llegar al final de sus meditaciones.

Hacía mucho tiempo ya que Clytie había empezado a mirar las caras y a pensar en ellas.

Todos te dirían que no había más de ciento cincuenta personas, negros incluidos, en Farr’s Gin. Sin embargo, a Clytie el número de rostros le parecía casi infinito. Ahora ya sabía contemplar lenta y detenidamente un rostro; estaba convencida de que era imposible verlo entero de inmediato, de una vez. Lo primero que descubría en un rostro era siempre que nunca lo había visto. Cuando empezó a mirar los semblantes reales de la gente, para ella dejó de existir la familiaridad. La visión más profunda y conmovedora del mundo entero tenía que ser una cara. ¿Era posible, acaso, comprender los ojos y las bocas de otras personas, que ocultaban algo que ella no sabía y preguntaban secretamente algo desconocido aún? Volvió a recordar la sonrisa misteriosa del viejo que vendía cacahuetes en la puerta de la iglesia. El rostro de aquel viejo pareció reposar un instante en la puerta de hierro del horno, aposentado en la melena del león. Había quien decía que el chico del señor Tom Bate, como se hacía llamar, tenía una cara tan insulsa como una semilla de sandía, no obstante, para Clytie, que veía granos de arena en sus ojos y en sus tiesas pestañas rubias, el muchacho podría haber salido del desierto, como un egipcio.

Pero mientras pensaba en el chico del señor Tom Bate, la golpeó en la espalda un ramalazo terrible de viento; se volvió. El largo visillo verde de la ventana se hinchó y brincó. La ventana de la cocina estaba abierta de par en par, la había abierto ella, claro. La cerró  despacio.

Octavia, que jamás bajaba al piso de abajo, Dios sabe por qué, nunca le habría perdonado una ventana abierta, de llegar a enterarse. Lluvia y sol significaban la ruina, según la mentalidad de Octavia. Clytie recorrió la casa cerciorándose de que estaba todo en orden. No era que la ruina en sí pudiera inquietar a Octavia. Ruina o intrusión, incluso con tesoros de incalculable valor, e incluso en la pobreza, no la asustaban en absoluto; era más bien una especie de fisgoneo desde fuera, y esto ella no lo perdonaba. Todo esto lo traslucía en su cara.

Clytie preparó las tres comidas en la cocina, pues cada uno tomaba cosas distintas, y preparó las tres bandejas. Tuvo que subirlas por las escaleras, en el orden correspondiente. Fruncía el entrecejo con gesto de concentración, pues le costaba mantener derechos todos los platos, bien encajados en los bordes, como habría hecho la vieja Lethy. Habían tenido que despedir a la cocinera hacía ya bastante tiempo, cuando su padre tuvo el primer ataque. Su padre le tenía mucho cariño a la vieja Lethy, había sido su aya y volvió del campo para verle cuando supo que se estaba muriendo.

Llegó y llamó a la puerta trasera, y, como siempre, ante cualquier intrusión por la puerta delantera o la trasera, Octavia atisbó desde la cocina y gritó:

—¡Fuera! ¡Fuera! ¿A qué demonios viene usted aquí?

Y aunque tanto la veja Lethy como su padre habían suplicado que les permitieran verse, Octavia se había puesto a gritar, como hacía siempre, y había expulsado a la intrusa. Y Clytie, como siempre, había permanecido muda en la cocina; aunque al fin, obedeciendo a su hermana, dijo también:

—Vete, Lethy.

Pero su padre no había muerto. En vez de muerto estaba ciego, paralítico, y solo podía emitir sonidos ininteligibles y tomar líquidos. Lethy volvía aún de vez en cuando por la puerta trasera, pero nunca la dejaban entrar, y el viejo ya no oía, ni siquiera podía suplicar que le dejaran verla. Solamente se admitía una visita en su habitación, una vez por semana: el barbero, para afeitarle. En tal ocasión nadie decía una palabra.

Clytie subió primero a la habitación de su padre y dejó la bandeja en la mesita de mármol que había junto a la cama.

—Quiero darle de comer a papá —dijo Octavia quitándole el cuenco de las manos.

—Tú le diste la última vez —dijo Clytie.

Renunciando al cuenco, bajó la vista hacia el rostro afilado que descansaba sobre la almohada. Al día siguiente tocaba la visita del barbero, y la barba negra despuntaba como un campo de agujas por las mejillas desoladas. El anciano tenía los ojos semicerrados. Era imposible saber lo que sentía.

Parecía realmente remoto, olvidado, libre… Octavia empezó a darle de comer.

Sin apartar los ojos del rostro de su padre, Clytie empezó a hablar con rapidez y amargura, con las palabras más disparatadas que se le venían a la cabeza. Pero pronto empezó a llorar y sollozar, como una niña pequeña a quien los grandullones hubieran tirado al agua.

—Ya basta —ordenó Octavia.

Pero Clytie no podía apartar los ojos del rostro sin afeitar de su padre y de su boca abierta e inmóvil.

—Y yo le daré de comer mañana si quiero —añadió Octavia.

Se levantó. Le caía sobre la frente el pelo tupido, que había vuelto a crecer después de una enfermedad y estaba teñido de un color casi  púrpura.  Los largos pliegues de acordeón que, empezando en el cuello, le caían a todo lo largo del vestido se abrían y se cerraban sobre sus pechos cuando respiraba.

—¿Te has olvidado de Gerald? —dijo—. Y yo también tengo hambre.

Clytie volvió a la cocina y llevó la cena a su hermana. Después, se la llevó a su hermano.

La habitación de Gerald estaba a oscuras, y Clytie tuvo que atravesar la barricada habitual. El olor a whisky lo impregnaba todo; incluso se inflamó el aire con el chispazo de la cerilla cuando encendió la lámpara.

—Es de noche —dijo luego Clytie.

Gerald estaba tumbado en la cama y la miraba. A la pobre luz de la estancia le pareció su padre.

—Queda más café abajo en la cocina —dijo.

—¿Me lo traerás? —preguntó Gerald. La miraba con expresión seria y cansada.

Se plantó ante él y le hizo incorporarse. Tomó el café mientras ella se inclinaba hacia él con los ojos cerrados, descansando.

Entonces Gerald la apartó a un lado y se derrumbó en la cama y empezó a contar qué bonito era cuando él tenía su propia casita al final de la calle, toda nueva, con todos los servicios, cocina de gas, luces eléctricas, cuando estaba casado con Rosemary. Rosemary… ella había dejado un trabajo en el pueblo vecino solo para casarse con él. ¿Cómo podía haberle abandonado luego tan pronto? De nada había servido haberla amenazado una y otra vez con matarla. De nada había servido haberle puesto un revólver en el pecho. Ella no lo había entendido. Él no había hecho más que saborear su dicha. Él solo había querido jugar con ella. En cierto modo, quería demostrarle que la amaba por encima de la vida y la muerte.

—Por encima de la vida y la muerte —repitió cerrando los ojos.

Clytie no le contestó, como hacía siempre Octavia durante estas escenas, en las que Gerald invariablemente terminaba llorando.

Fuera, junto a la ventana cerrada, empezó a cantar un sinsonte. Clytie separó la cortina y apoyó la oreja en el cristal. Había dejado de llover. El canto del pájaro sonaba en gotas líquidas que bajaban por árboles negrísimos y por la noche.

—Vete al infierno —dijo Gerald. Tenía la cabeza debajo de la almohada.

Clytie cogió la bandeja y dejó a Gerald con la cara tapada. A ellos no necesitaba mirarles la cara.

Eran sus caras las que se interponían.

Bajó precipitadamente a la cocina y empezó a cenar.

Los rostros de ellos se interponían entre el suyo y el de otra persona. Eran sus caras las que habían irrumpido hacía mucho, entrometiéndose y ocultando otra cara que la miraba a ella. Y ahora era difícil recordar su aspecto, o cuándo la había visto por primera vez. Debió de ser cuando ella era joven. Sí, en una especie de glorieta, y ella se había reído, se había inclinado hacia delante… y la visión de aquel rostro, tan pequeño como los demás rostros —el del niño confiado, el del viejo viajero inocente, incluso el del barbero codicioso y el de Lethy y los de los vendedores ambulantes que llamaban uno tras otro y se quedaban en la puerta sin que nadie contestara— y, sin embargo, distinto, sin embargo, mucho más… Aquel rostro había estado muy próximo al suyo, era casi familiar, casi inaccesible, y luego el rostro de Octavia se había interpuesto bruscamente y en otras ocasiones el rostro apopléjico de su padre, el rostro de su hermano Gerald y el rostro de su hermano Henry, con el agujero de la bala atravesándole la frente… Era solo porque se parecían a una visión por lo que examinaba los rostros secretos, misteriosos, nunca repetidos que encontraba en las calles del pueblo.

Pero siempre había una interrupción. Si alguien le hablaba, ella huía. Si veía que iba a encontrarse con alguien en la calle, ya se sabía que se escondería enseguida detrás de algún matorral y se pondría una ramita delante de la cara hasta que la persona desapareciera. Cuando alguien la llamaba por su nombre, primero se ponía roja, luego blanca, y era como si se sintiese defraudada, según comentó una señora en el almacén.

Además, cada día estaba más asustada. La gente se daba cuenta porque ya nunca se arreglaba. Durante años, de vez en cuando, salía con lo que ella llamaba el «modelo», todo verde cazador, un sombrero que le caía rodeándole la cara como un cubo, un vestido de seda verde, incluso zapatos verdes de puntera afilada. Si hacía buen tiempo, llevaba el modelo todo el día; y a la mañana siguiente volvía al vestido de manga corta y al sombrero viejo atado a la barbilla, como si el modelo hubiera sido un sueño. Hacía ya mucho tiempo que Clytie no se ponía aquel vestido para salir a la calle.

A veces, cuando una vecina, intentado ser amable o solo por curiosidad, le preguntaba su opinión sobre algo (por ejemplo, un tipo de punto de ganchillo) ella no escapaba, sino que, esbozando una sonrisita angustiada, decía con voz infantil: «Es bonito». Sin embargo, añadían siempre las señoras, ya nada que procediese de la casa de los Farr era bonito.

—Es bonito —dijo Clytie cuando la señora de la casa de al lado le enseñó el nuevo rosal que había plantado, todo florido.

Pero menos de una hora después salió corriendo de la casa, gritando:

—¡Mi hermana Octavia dice que tiene usted que quitar de ahí ese rosal! ¡Mi hermana Octavia dice que quite de ahí el rosal y lo aparte de mi valla! Si no lo hace, la mataré. ¡Quítelo! Y al otro lado de los Farr vivía una familia con un niño que siempre estaba jugando en su patio. El gato de Octavia se colaba por debajo de la cerca y él lo cogía en brazos. Le cantaba una canción que sabía.

Clytie salía corriendo de la casa, echando chispas, con el mensaje de Octavia.

—¡No hagas eso! ¡No lo hagas! —gritaba angustiada—. ¡Si vuelves a hacerlo, tendré que matarte! Y volvía corriendo al huerto y empezaba a maldecir. Lo de maldecir era nuevo y maldecía suavemente, como un cantante que entona por primera vez una canción. Pero era algo que no podía evitar.

Palabras que al principio la horrorizaban le brotaban ahora en torrente de la garganta, que pronto, sin embargo, sentía extrañamente descansada y relajada. Maldecía sola en la paz del huerto. Todos decían, con tono un tanto reprobatorio, que no hacía más que imitar a su hermana mayor, que años atrás solía salir a aquel mismo huerto y maldecir del mismo modo, aunque con una voz sonora y autoritaria que se oía hasta en la oficina de correos. A veces, a medio discurso, Clytie levantaba la vista hacia Octavia, que estaba en su ventana, y la miraba. Cuando Octavia dejaba caer al fin la cortina, Clytie se quedaba muda.

Por último, con una suavidad que era una mezcla de miedo,  cansancio  y amor, un amor abrumador, cruzaba la verja y se dirigía al pueblo, apretando cada vez más el paso hasta que sus largas piernas adquirían una velocidad insólita y ridícula. Nadie en todo el pueblo podría haber mantenido el paso de la señorita Clytie, decían, en igualdad de condiciones.

Comía también muy deprisa, sola en la cocina, tal como lo estaba haciendo ahora. Mordía de forma salvaje la carne del pesado tenedor de plata y mordisqueaba el huesecillo de pollo hasta dejarlo mondo y lirondo.

Cuando iba por la mitad de la escalera, recordó la segunda taza de café de Gerald y volvió a buscarla. Después de bajar las otras bandejas y lavar los platos, repasó puertas y ventanas para cerciorarse de que quedaba todo bien cerrado.

A la mañana siguiente, Clytie, mordiéndose los labios, sonriente, preparaba el desayuno. Lejos, por la ventana abierta, se veía un tren carguero que cruzaba furtivo el puente iluminado por el sol.

Pasaron unos negros por la calle, iban a pescar, y el chico del señor Tom Bate, que pasaba también por allí, se volvió hacia la ventana y la miró.

Gerald se presentó vestido y con las gafas puestas; dijo que pensaba ir a la tienda aquel día. La tienda del viejo Farr hacía ya muy poco negocio, y la gente apenas si echaba de menos a Gerald cuando no iba. En realidad, casi no podían saber si había ido o no, debido a aquellas botas grandes que, colgadas de un alambre, tapaban prácticamente un despacho que parecía una jaula. Una niñita en edad escolar podía atender a cualquier cliente.

Gerald entró en el comedor.

—¿Cómo estás hoy, Clytie? —preguntó.

—Bien, Gerald, ¿qué tal estás tú?

—Me voy a la tienda —dijo.

Se sentó rígido y ella despejó una parte de la mesa, delante de él. Octavia gritó desde arriba:

—¿Dónde demonios está mi dedal? Me has robado el dedal, Clytie Farr. ¡Me has quitado mi dedalito de plata!

—Ya empezamos —dijo Gerald exasperado. Clytie vio que sus labios delgados, finos, casi negros, se tensaban crispados—. ¿Cómo puede vivir un hombre en esta casa solo con mujeres?¿Cómo es posible?

Se levantó de un salto y dobló la servilleta exactamente por la mitad. Salió del comedor sin haber probado el desayuno. Clytie le oyó subir las escaleras camino de su cuarto.

— ¡Mi dedal! —gritaba Octavia.

Clytie esperó un momento. Acuclillándose con avidez, como una ardillita, tomó parte del desayuno en la cocina, antes de subir las escaleras.

A las nueve llamó a la puerta principal el señor Bobo, el barbero.

Sin esperar, pues nunca contestaban a la llamada, se permitió entrar y avanzó como un pequeño general por el vestíbulo. Vio el viejo órgano que nunca  destapaban  ni  tocaban, salvo en los funerales, y entonces no se invitaba a nadie. Siguió adelante, pasó de puntillas bajo el brazo de aquella estatua masculina y subió la oscura escalera. Allí estaban, alineados arriba, al final de la escalera, y todos le miraban con repugnancia. El señor Bobo creía firmemente que estaban todos locos; incluso Gerald, que a las nueve de la mañana ya había empezado a beber.

El señor Bobo era bajito y hasta que había empezado a ir a aquella casa una vez por semana se había enorgullecido siempre de ello. Pero no disfrutaba mirando hacia arriba desde abajo los cuellos suaves y largos, los rostros en relieve, repelentes y fríos de los Farr. A saber lo que le haría una de aquellas hermanas si hiciera un movimiento. (¡Como si fuera a hacerlo!) Cuando llegó al piso de arriba, desaparecieron y le dejaron solo. Alzó la barbilla y se plantó con las piernas rechonchas muy separadas, mirando a su alrededor. El pasillo del piso de arriba estaba completamente vacío. No había siquiera una silla donde sentarse.

—O venden los muebles por la noche —decía el señor Bobo a la gente de Farr’s Gin—, o son tan tacaños que no quieren usarlos.

El señor Bobo se quedó allí quieto y esperó a que le llamaran; le pesaba haber empezado a ir a aquella casa a afeitar al viejo señor Farr. Pero le había sorprendido tanto recibir una carta por correo… Una carta escrita en un papel tan viejo y amarillento que, en un principio, creyó que la habían escrito hacía mil años y no la habían entregado. La firma decía: «Octavia Farr», y no tenía siquiera el encabezamiento de «Querido señor Bobo». Decía escuetamente: «Venga a mi residencia a  las nueve en punto todos los viernes por la mañana, hasta nueva orden, para afeitar al señor James Farr».

Primero pensó que iría solo un día. Y después cada vez que iba pensaba que no volvería nunca, sobre todo porque no sabía cuán-do iban a pagarle. Por supuesto, tenía su encanto lo de ser la única persona de Farr’s Gin a quien permitían entrar en la casa (salvo el enterrador, que había entrado cuando el joven Henry se pegó un tiro, pero nunca había hablado de ello). Además, no era fácil afeitar a un hombre tan enfermo como el señor Farr… Era más difícil que afeitar un cadáver o a un tipo borrachísimo. Imagínate que estás así, decía el señor Bobo, no puedes mover la cara, no puedes levantar la barbilla ni estirar la mandíbula, ni siquiera mover los ojos cuando se acerca la navaja. El problema del señor Farr era que su rostro no ofrecía resistencia alguna a la cuchilla.

Su cara no se sostenía.

—No volveré nunca —concluía siempre el señor Bobo cuando se lo contaba a sus clientes—. Aunque me pagasen. Ya he visto bastante.

Pero allí estaba de nuevo, esperando ante la puerta de la habitación del enfermo. Esta es la última vez, pensó. ¡Lo juro por Dios!

Y se preguntó por qué no se moriría el viejo.

Justo en aquel momento salió de la habitación la señorita Clytie. Apareció con aquellos andares tan extraños, de lado, y cuanto más se le acercaba, más despacio se movía’.

—¿Sí? —preguntó nervioso el señor Bobo.

Clytie contempló aquel rostro pequeño y vacilante. ¡Qué miedo asomaba a sus ojillos verdes! Era un rostro patético, pequeño, codicioso; qué expresión tan afligida, como la de un gatito extraviado.

¿Qué sería lo que tan desesperadamente necesitaba aquella criaturita glotona?

Clytie se le acercó y se detuvo frente a él. En vez de decirle que podía pasar y afeitar a su padre, tendió la mano y, con una suavidad sobrecogedora, le acarició la mejilla.

Y durante un instante siguió plantada allí mirándole inquisitivamente, y él permaneció quieto como una estatua, como la estatua de Hermes.

A continuación, ambos lanzaron un grito desesperado. El señor Bobo se volvió y huyó, haciendo molinetes con la navaja. Bajó las escaleras y salió por la puerta principal; Clytie, pálida como un fantasma, se derrumbó sobre la barandilla. El horroroso olor a ron de laurel, a tónico capilar, el raspar horrible y húmedo de una barba invisible, los ojos densos, verdes y saltones… ¡lo que había cogido con su mano! Apenas si podía soportar el pensamiento de aquel rostro.

De la puerta cerrada de la habitación del enfermo llegó el grito de Octavia.

—¡Clytie! ¡Clytie! ¡No le has traído a papá el agua de lluvia! ¿Dónde diablos está el agua de lluvia para afeitar a papá? Clytie bajó dócilmente las escaleras.

Su hermano Gerald abrió de golpe la puerta de la habitación y la llamó.

—¿Qué pasa ahora? ¡Esto es un manicomio! Alguien ha  pasado  corriendo  por  delante  de  mi cuarto. Lo he oído. ¿Dónde escondes a tus hombres? ¿Por qué tienes que traerlos a casa?

Volvió a cerrar de un portazo y Clytie oyó que instalaba de nuevo la barricada.

Cruzó el vestíbulo y salió por la puerta de atrás. Se quedó quieta allí, junto al viejo barril de agua de lluvia y de pronto sintió que ahora aquel objeto era su amigo, tan oportunamente, y sus brazos lo rodearon casi con impaciente gratitud. El barril estaba lleno de agua de lluvia. Emanaba de él una oscura fragancia, una fragancia espesa, penetrante, como de hielo y flores y el rocío de la noche.

Clytie se inclinó un poco y atisbó en el agua, que se mecía lentamente. Le pareció ver una cara

Sí, claro. Era el rostro que había estado buscando, del que había estado separada. El dedo índice de una mano se levantó como para tocar la oscura mejilla, como para hacerle una señal.

Clytie se inclinó más, tal como había hecho para tocar la mejilla del barbero.

Era un rostro ondulante, inescrutable. Tenía las cejas fruncidas, como en un rictus de dolor. Los ojos eran grandes, profundos, ávidos casi, la nariz fea y descolorida, como si hubiese llorado mucho, la boca vieja y cerrada a toda comunicación. El otro lado de la cara lo cubría un pelo negro, alborotado y revuelto. Todo en aquel rostro la asustaba, y la conmovían los indicios de espera prolongada, de sufrimiento.

Por segunda vez aquella mañana, Clytie retrocedió y, al hacerlo, el otro rostro  retrocedió también.

Lo reconoció, reconoció aquel semblante, pero demasiado tarde. Siguió allí quieta, con  el corazón afligido, como si la pobre visión medio recordada al fin la hubiera traicionado.

—¡Clytie! ¡Clytie! ¡El agua! ¡El agua! —le llegó monumental la voz de Octavia.

Clytie hizo lo único que se le ocurrió. Dobló el cuerpo anguloso aún más y se inclinó y lanzó la cabeza al barril, la sumergió en el agua. Se hundió bajo la superficie chispeante en la profundidad amable y sin rasgos; y allí se quedó.

Cuando la vieja  Lethy la encontró  se había caído del todo en  el barril; las flacas piernas delicadas, con las medias negras, estiradas y abiertas, parecían unas tenacillas.

 

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