Cuento breve recomendado: “Los días perdidos”, de Dino Buzzati

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Dino Buzzati
Dino Buzzati

“Estos días en los que más de uno ha reflexionado sobre los posibles misterios del más allá, yo volví a pisar la librería para acercarme a la literatura de lo asombroso, lo insólito y lo sobrenatural, a la atmósfera tenebrosa y fantasmagórica que Dino Buzzati recreó en su último libro de relatos publicado en vida, en 1971. En esta obra he encontrado la mayor parte de sus turbias obsesiones: la dimensión misteriosa de lo real, el sentido del tiempo y de la espera, la pesadilla del miedo y de la muerte. Todo ello velado bajo la ironía y la capa engañosa de lo cotidiano y lo trivial. Con una prosa adictiva, mezcla de Poe y Kafka, construye relatos que producen desconcierto, pasmo y admiración”.

Tránsito Blum

 

 

cuento de Dino Buzzati, los días perdidos
Fuente de la imagen

 

LOS DÍAS PERDIDOS

(cuento)

 Dino BUZZATI (Beluno, Italia, 1906–1973)

 

Pocos días después de haber adquirido una lujosa finca y cuando volvía a casa, Ernst Kazirra avistó a lo lejos a un hombre que, con una caja sobre los hombros, salía por una pequeña puerta de la cerca, y la cargaba en un camión.  No le dio tiempo a alcanzarlo antes de que se marchara. Decidió seguirlo con el coche. El camión hizo un largo trayecto hasta lo más lejano de la periferia de la ciudad, deteniéndose al borde de un barranco. Kazirra salió del coche y se acercó a mirar. El desconocido descargó la caja del camión y, dando unos pocos pasos, la arrojó al barranco, que estaba lleno de miles y miles de otras cajas iguales. Se acercó al hombre y le preguntó:

–Te he visto sacar esa caja de mi finca. ¿Qué había dentro? ¿Y qué son todas esas otras cajas?

El hombre lo miró y sonrió:

–Todavía hay más en el camión, para tirar. ¿No lo sabes? Son los días.

–¿Qué días?

–Tus días.

–¿Mis días?

–Tus días perdidos. Los días que has perdido. Los esperabas, ¿verdad? Han venido. ¿Qué has hecho? Míralos, intactos, todavía enteros. ¿Y ahora…?

Kazirra miró. Formaban una pila inmensa. Bajó por la pendiente escarpada y abrió uno. Dentro había un paseo de otoño, y al fondo Graziella, su novia, que se alejaba de él para siempre. Y él ni siquiera la llamó.

Abrió un segundo. Había una habitación de hospital, y en la cama su hermano Giosuè, que estaba enfermo y le esperaba. Pero él estaba en viaje de negocios.

Abrió un tercero. En la verja de la antigua y mísera casa estaba Duk, el fiel mastín, que le esperó durante dos años, hasta quedar reducido a piel y huesos. Y él ni pensó en volver.

Sintió como si algo le oprimiera en la boca del estómago. El transportista se mantuvo erguido al borde del barranco, impasible, como un verdugo.

–¡Señor! –gritó Kazirra–. Escúcheme. Deje que me lleve al menos estos tres días. Se lo ruego. Al menos estos tres. Soy rico. Le daré todo lo que quiera.

El transportista hizo un gesto con la mano derecha, como señalando un punto inalcanzable, como diciendo que era demasiado tarde y que ya no había ningún remedio posible. Entonces se desvaneció en el aire y al instante también desapareció el gigantesco cúmulo de cajas misteriosas. Y la sombra de la noche descendía.

(Traducción revisada)

Las noches difíciles (Le notti difficili, 1971)

historia de Dino Buzzati
Fuente de la imagen

 

COMENTARIO

Dino Buzzati era un hombre serio, quizá por eso todo lo que escribió tiene una especial profundidad, como dicen que la tenía su mirada. Al contrario de lo que decimos de nuestra sociedad actual, que carece de valores, parece ser que Buzzati sí los tenía y por tanto escribió una larga serie de obras –cuentos breves, preferentemente– que muestran su elevada catadura moral. Pero tenía además una poderosa imaginación, que es lo que, sobre todo, necesita un buen narrador.

Tras haber escrito dos curiosas obras de ficción semi–infantiles (Bárnabo de las montañas, 1933, y El secreto del Bosque viejo, 1935)  –género al que volvió años después en La famosa invasión de Sicilia por los osos (1945)–, escribió El desierto de los tártaros (1940), una excelente y extraña novela sin acción en un desolado paisaje terminal.

También en este cuento que aquí comentamos hay un marcado clima de desolación, un triste ambiente crepuscular y, por supuesto, una evidente enseñanza moral. Como en otras ocasiones, estas visiones últimas del potentado señor Kazirra son también nuestras últimas visiones de unos días que se nos han perdido para siempre: nuestros últimos días perdidos. Y son tres los días que el señor Kazirra quiere recuperar. En primer lugar, una tarde de otoño a la vista de un paseo por donde se aleja Gabriella –su última novia, se supone– a la que él ni siquiera llama; al abrir la caja del segundo día aparece una habitación de hospital en donde, enfermo, le espera su hermano Josué, pero él no puede ir a verlo porque está de viaje de negocios. Y aún al abrir una tercera caja encuentra Kazirra a su perro Duk que le esperaba atado a la verja, ya viejo y enflaquecido, pero el buen señor ni pensó en volver.

Como era de esperar Kazirra quisiera recuperar por lo menos esos tres días, aunque sólo fuera esos tres, presididos por tres seres amados, aunque por él mal amados: la novia, el hermano y el mastín, tres compañeros de vida; pero el hombre encargado de tirar las cajas no le presta atención, sin duda porque le parece lo normal y corriente que todo el mundo quiera recuperar los días perdidos, el tiempo perdido, la vida perdida, cuando ya no queda tiempo para ello.

Como todos los ricos de todos los tiempos, Kazirra está dispuesto a pagar por lo que quiere conseguir; pero, como también es habitual en las personas adineradas, no acaban de enterarse de que no todo puede lograrse con dinero. Y lo normal es que no se pueda ir tras lo perdido, porque el tiempo no vuelve atrás y a la ocasión la pintan calva. Y el misterioso hombre de las cajas no sólo no le presta atención, sino que en determinado momento, tanto él como las cajas, desaparecen.

Buzzati remata su fábula no con una moraleja, sino con una frase inquietante que recuerda el famoso título de un libro y un poema del Premio Nobel italiano Salvatore Quasimodo: “Ed è subito sera”. Esta tarde crepuscular aquí, como allí la sombra de la noche, evoca la total y definitiva sombra de la muerte en que finaliza la vida.

Paz Díez Taboada

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