Cuento escondido de Augusto Roa Bastos

El Cristo tallado por Gaspar Mora, el leproso

Por Ernesto Bustos Garrido

En algunas zonas rurales de América Latina se emplea la palabra diligencia para referirse a la realización de un trámite, a la tarea de cumplir un encargo, de ir a un punto específico con un propósito determinado. “Voy a hacer una diligencia”, dice la gente del pueblo, y este anuncio expresa claramente que dicha persona saldrá en demanda de un deber.

En este texto de la novela Hijo de hombre del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos se da esa situación. Un leproso (constructor de instrumentos musicales), poco antes de morir, talla en madera nativala figura de un Cristo. Sus conocidos aseguran que lo hizo para tener compañía en aquel exilio obligado al que él mismo se sometió, de cara a su enfermedad rechazada por muchos. Una vez que lo sepultan, sus más cercanos rescatan el Cristo y lo llevan en procesión a la iglesia, donde el cura lo rechaza de inmediato. Su argumento es que el tallador no era un hombre creyente y vivía en pecado. Su postura desata una polémica en el pueblo y los aldeanos se dividen en dos bandos irreconciliables. El cura incluso no permite que la imagen quede cerca de su iglesia y los amigos del leproso se la tienen que llevar a otra parte. Macario, el líder de los partidarios de la entronización del Cristo en la iglesia y viejo amigo del leproso, encabeza la oposición al cura y decide trasladar la figura a la cumbre de un cerro cercano donde se erigirá un santuario en recuerdo del fallecido artesano.

El cura monta en cólera. Está empecinado en borrar de la faz de la tierra toda huella que dejara el leproso, un hombre muy querido por las gentes, por su bondad y sabiduría. Entonces le ordena al sacristán una tarea perentoria. A partir de ese momento el sacristán se transforma en el “diligenciero”.

Augusto Roa Bastos

El diligenciero

Augusto Roa Bastos

(Cuento oculto)

Esa misma tarde, mientras se despojaba de los ornamentos, el cura habló en la sacristía con el campanero, un muchacho rengo y granudo, que también hacía de sacristán.

–Después de mi ida, esa imagen debe desaparecer. No quiero fomentar la idolatría entre mis feligreses…

El muchacho estiró el cuello largo y escrofuloso y miró al cura sin entender. El incensario, del que se hallaba descargando las cenizas aún humeantes, tintineó al chocar contra el suelo.

–Cuando me vaya, vas a hacer lo que dijo Goiburú –prosiguió el cura en el tono a la vez confidencial y autoritario que había adoptado con el muchacho.

–¿Cómo Pai?

–Lo que oíste. Vas a quemar esa talla a escondidas, de noche, sin que nadie te vea, en el monte. Después enterrarás las cenizas y te coserás la boca. ¡Mucho cuidado! Le echarán la culpa a Goiburú, a quien sea… Qué sé yo… Será mejor. Esto tiene que acabar –se dijo a sí mismo–. ¿Me has oído?

–¿Quemar al Cristo, Pai? ¿Yo? –hipó el campanero.

La cara granujiente estaba desencajada entre el temor que le inspiraba la orden y la duda de no haber comprendido bien. La nuez la subía y bajaba por el pescuezo del muchacho.

–¿Yo? –volvió a gorgotear.

–Sí, vas a quemar eso…. –farfulló el cura dando un tironazo al cajón de la cómoda.

–¡Quemar el Cristo! ¡Jhake ra ´e!

–¡No está bendito todavía! Hasta ahora es un trozo de madera no más.

–¿Y cómo, Pai? –bisbiseó el muchacho, mirando de reojo hacia afuera–. Desde que lo trajeron del monte, hacen guardia por turno para cuidarlo. ¡Y tienen sus machetes!

–Irás a ver en mi nombre al sargento de la jefatura. Él te dará ayuda…–se veía que él mismo no estaba muy seguro de lo que decía. Sus palabras se apagaron en un murmullo difuso.

Se enfundó el guardapolvo y fue a la Casa Parroquial, donde revisó el sobado cuaderno de anotaciones, mientras le cebaban un mate. Poco después pidió su cabalgadura y se alejó de prisa por el camino, rumbo a Borja, sin saludar a nadie, contra su costumbre. No se quedaba siquiera para la misa del domingo.

Lo creyeron disgustado todavía por el incidente.

El sacristán lo siguió un trecho. Iba más rengo y cabizbajo que nunca.

 

*** Extraído de la novela Hijo de hombre de Augusto Roa Bastos. Editora Eterna Cadencia. Buenos Aires 2011. Gentileza de Biblioteca Viva. Mall Plaza Egaña. Fundación la Fuente. Santiago, Chile.

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