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Homenaje póstumo, un relato corto de Lamar Herrin

HOMENAJE PÓSTUMO

Lamar Herrin

(relato corto)

 

Título original: Last Respects

Publicado por primera vez en el número de febrero de 1983 de la revista norteamericana Harper’s Magazine.

Traducción: Eloy M. Cebrián

 

HOMENAJE PÓSTUMO

—Harry, ¿estás llorando?

—¿Qué?

—¿Estás llorando? ¡Sí que estás llorando! Harry, cariño, ¿qué te pasa?

—Nada… es sólo sudor, Lois, hace un bochorno espantoso.

—Harry, no te había visto nunca llorar.

—No estoy…

—¡Harry, acabas de sollozar!

—No…

—Párate a un lado, por favor. No puedes conducir y llorar a la vez. ¿Cómo vas a ver la carretera?

—No me pasa nada.

—Sí que te pasa. Estás llorando. Conduces por Oklahoma y lloras. ¡Míralo! Has vuelto a sollozar. Por favor, para el coche ahora mismo.

—Vale. Sólo un momento. Deberíamos llegar a Amarillo antes de que se haga de noche.

—¿Te corto una rodaja de melón?

—Sí, por favor. Te lo agradezco. Es este calor. Este calor… te deja aplanado.

—Pero ¿cómo puede hacerte llorar el calor, Harry?

—O a lo mejor es alergia…

—Harry, ni siquiera sabía que fueras capaz de llorar.

—Ya está bien, Lois… Aaaay, si nos quedamos aquí los camiones nos van a llevar por delante. Y este olor a gasoil es horrible.

—¿Para qué comer melón si antes no dejas de llorar? Deja de llorar primero, Harry.

—Calla un momento, Lois, ¿vale?

—Vale, cariño.

—No digas nada. No me preguntes nada.

—No, querido. Llora. Está bien.

—Eso voy a hacer.

—Y después me explicas por qué.

—Estoy tan sorprendido como tú, Lois —dijo Harry—. Cuando tenía diecinueve años me enamoré de una chica de Oklahoma. Estábamos ambos en el segundo año de universidad. Fue un otoño largo y suave. Nos veíamos después de clase e íbamos juntos a todos los partidos. Un día me dijo que iba a perderse el partido de bienvenida porque tenía que irse a su casa, pero que no me preocupara ni le escribiera. Que volvería pronto. Y al poco, me entero de que ha muerto. Una enfermedad rara de la sangre, según supe. Hasta esta mañana nunca había pisado su estado, pero todo eso ocurrió hace mucho tiempo y no tenía motivos para creer que me fuera a perturbar para nada el ir en coche por su estado. Entonces empezamos a pasar por todas esas poblaciones pequeñas. Y yo no paraba de pensar uno de esos pueblos (o una de esas granjas) podía ser el suyo, y al principio la sensación era casi agradable, tal vez un poco agridulce, como hojear un viejo álbum de fotos escolares al cabo de los años, cuando todo el mundo es ya quien estaba destinado a ser. Entonces… No sé qué pasó. De pronto todo se me hundió y yo caí de cabeza. Era como si todos los pueblos fueran el suyo, y todas las granjas, y yo no tuviera dónde sostenerme… Lo siento, Lois. Es muy absurdo, muy infantil. Hacía años y años que no pensaba en ella.

—¿Ella te quería?

—No lo sé. Creo que sí. Tenía también diecinueve años. Sonreía mucho. Hablaba con ese deje precioso del suroeste. Y éste era su estado. Creo que al cabo de un tiempo olvidé a la persona real que ella fue y empecé a identificarla con el estado de Oklahoma. Era un modo de superarlo, supongo. Todo eso fue hace veinticinco años, ¿sabes?

—Pero no lo has superado, ¿verdad?

—Oklahoma ha sido demasiado para mí.

—¿Cómo se llamaba?

—No lo sé. La verdad es que no consigo acordarme. Y esa ha sido una de las cosas que me han rematado, una de las razones por las que me he echado a llorar.

—¿En qué pueblo vivía?

—Hemos recorrido la mitad del estado y aquí es donde el golpe ha sido más fuerte. Podría ser cualquier sitio. A lo mejor allí mismo. ¿Sabes lo que quiero decir?

homenaje póstumo Lamar Herrin

Él levantó el brazo y señaló más allá de su esposa, sobre el arcén elevado de la Interestatal, hacia los campos. A una distancia de media milla más o menos, unos álamos de Virginia cobijaban una pequeña granja pintada de azul, un granero rojo, un silo de cereales. Había vacas en un campo adyacente. El heno de la pasada temporada había sido recolectado en gigantescos montones de aspecto lanudo. Las flores silvestres crecían entre los tramos de la cerca, y el verde pálido de los álamos y el verde ondulado de los pastos y los destellos amarillos de los pétalos eran como banderas, estandartes ondeando en la brisa que marcaban el lugar. Aquí empezaba. Allí terminaba. O allí. O más allá, donde los anuncios de concesionarios de automóviles y de comida rápida se elevaban sobre postes en el horizonte por encima de un grupo de árboles mucho mayor.

Una caravana de camiones sacudió su coche al pasar, escupiendo olas de monóxido por los tubos de escape.

—Bueno, aquí no nos podemos quedar —dijo su mujer.

 

 

 

Le pidió a su marido que se detuviera en un parque cercano, junto a la carretera. Llevaron la nevera portátil a una mesa de picnic a la sombra, y allí ella le fue entregando trozos de melón helado, al tiempo que, entre rodaja y rodaja, alisaba un mapa de los estados de las Grandes Llanuras que había colocado sobre la mesa. Con la punta del cuchillo trazó su ruta a lo largo de la Interestatal 40 hasta el punto impreciso, al este de Oklahoma City, donde calculaba que se habían detenido. Después, desplazando la punta del cuchillo hacia el sur, dijo: «We-wo-ka».

—¿Me estás preguntando si es ése su pueblo —aventuró su marido—, si el nombre me suena?

—Sí. We-wo-ka.

—No.

—Caddo.

—No.

—Mira, aquí hay uno gracioso. De éste te acordarías. Stringtown.

—Basta.

—¿Te suena Stringtown?

—No, mira, Lois, da lo mismo. Yo tenía diecinueve años. Dentro de un par de horas estaremos en Texas. Hace mucho calor. Seguramente eso… debilitó mis defensas.

—¿Tecumseh? ¿Calvin? ¿Coalgate?

—Es impropio de ti tomarte esto a broma.

—No me lo estoy tomando a broma. Tecumseh, Oklahoma. Calvin, Oklahoma. Coalgate, Oklahoma.

—No. No lo sé.

—¿Qué me dices de Antlers? ¿Y de Calera, Oklahoma?

—Vivía en un pueblo pequeño. Un pueblo muy pequeño. Ella misma se confesaba una pueblerina.

—Me parece que el sitio más pequeño que tengo es uno que se llama Boswell.

Los árboles del parque no llevaban mucho tiempo plantados y arrojaban una sombra delgada e inconstante. Bajo aquella sombra, Harry sudaba y decía que no con la cabeza.

Su esposa le cortó una última rodaja de melón, reteniéndola hasta que él elevó la vista y la miró. Ya no tenía rojos los ojos, pero en el centro presentaban una pesantez fina y localizada. Los de ella estaban llenos de entusiasmo juvenil. Le ofreció más melón, y su aroma flotó entre ambos con el olor agreste y dulzón de la carne de caza.

—Veinte años… —Ahora Harry comía mientras su mujer hablaba lentamente, moviendo la cabeza—. En veinte años jamás te había visto llorar. Durante veinte años me has sido fiel, ¿no es verdad, Harry?

—Sabes que sí.

—Y has sido buen padre, el sostén de tu familia. ¿Verdad que sí?

—Lo he intentado.

—Y lo has conseguido.

Ella sonrió, y un instante después sus labios adoptaban la expresión de que una idea —quizás inteligente, quizás traviesa— acababa de tomar forma en su mente.

—Creo que deberíamos buscarla —dijo.

—¿Buscarla? —repitió su marido con voz átona.

—Creo que deberíamos buscar el pueblo donde vivió. Y luego su tumba. —Ella se le acercó sobre la mesa, por encima de las cortezas de melón—. Sí —se fue entusiasmando con la idea—. Sí —y tocó con tres dedos la carne húmeda y pesada de su antebrazo, como comprobando su grado de firmeza o elasticidad—, así sabrás por qué estás llorando.

—Por toda Oklahoma… —empezó a decir Harry.

—No, para que no llores por toda Oklahoma. No quiero que llores por toda Oklahoma. —Dulce y suavemente, su mujer añadió—: Si has de llorar, quiero que llores únicamente por ella.

—Pero tendremos que buscar por toda Oklahoma —protestó él—. Es eso lo que quería decir.

—A lo mejor no —insinuó ella.

—Recuerda que éstas son nuestras vacaciones. Las primeras vacaciones sin niños que hemos tenido en muchos años. Acuérdate del Gran Cañón y del Desierto Pintado. Acuérdate de Las Vegas. Tú querías ver el Oeste.

—No has podido dejar atrás a Oklahoma —le recordó su mujer.

—Ya lo haré, no te preocupes por eso.

—De momento, y por lo que a mí respecta, Oklahoma ya está lo bastante al oeste.

Su mujer le dedicó una sonrisa victoriosa, cómplice. La tierra en torno a la zona de descanso de la Interestatal se ondulaba en dirección al valle, el pueblo y las granjas. Blancas nubes colgaban del incendiado cielo como si fueran también asentamientos humanos que se reconfiguraban cada vez que él elevaba la vista. Miró entonces a su mujer, Lois Ross, de soltera Lois Coskins, tres hermanos, madre de cuatro hijos; conocía todos sus datos personales. Una chica de Ohio. Allí nacida y allí criada.

—Lois, vas a tener que creerme —dijo Harry—. Ahora ni siquiera me acuerdo de su aspecto. No conocemos su cara, ni su nombre, ni el de su pueblo.

—Es por culpa del mapa —concluyó su mujer doblándolo—. Comprende todo el territorio de las Grandes Llanuras. Necesitamos uno que sea sólo de Oklahoma. Un mapa estatal. No hay prisa, pero vamos a comprar uno. Esto es Pequeño; Pequeño, Oklahoma. ¿De verdad un pueblo puede llamarse así?

—Pues sí, mi señora, y así es como se ha quedado.

—No era Pequeño, ¿verdad Harry?

—No, ella no habría vivido en un sitio llamado «Pequeño».

—¿Estás seguro?

—Sí, era demasiado… dinámica, demasiado resuelta para haber nacido en «Pequeño», Oklahoma. Lois, esto no va a funcionar.

—¿Qué te apuestas? Mira cuántos puntitos hay en el mapa. Lo único que tenemos que hacer es ir con cuidado y paciencia.

—¿Les puedo ayudar en algo, amigos?

El dependiente de la gasolinera —y probablemente también su dueño— era un hombre corpulento. Estaba plantado tras la caja registradora meciéndose sobre sus botas, desde los talones a la punta de los dedos, equilibrando su peso, inmaculadamente limpio excepto por las manos, que mostraban alguna suciedad en las partes callosas. Parecía bien surtido de chascarrillos y chismes locales, amén de complaciente con los viajeros y sus tontos problemas.

—Estamos buscando una población de Oklahoma cuyo nombre no recuerdo —dijo Harry.

—¿Cerca de aquí?

—Ni siquiera estoy seguro de eso. En Oklahoma, por alguna parte.

—Fiuuuuu —el dependiente lanzó un suspiro largo y sibilante. Le sonrió a Lois como diciendo «vaya lío tiene su marido».

—Es una ciudad muy pequeña —dijo Lois sumándose a la confusión del esposo ante la risueña incredulidad del dependiente— donde nació y creció una chica, y murió a la edad de diecinueve años. Una chica guapa. ¿Era guapa, verdad, Harry?

—Sí, era guapa —dijo Harry, y durante un instante su mirada se volvió ausente, el tono de su voz descendió bruscamente—. Bonita como Oklahoma —añadió.

—Muy bonita —dijo Lois.

El dependiente osciló sobre sus talones, sonrió y contempló, a través de la ventana rotulada en rojo, la calle principal de Pequeño, donde el sol hendía los cromados de los coches y el asfalto se licuaba lentamente. Le estaban tomando el pelo. Pero eso le hacía gracia también. La gente le divertía. Su filosofía era que, antes o después, a todo el mundo le da por hacer un poco el tonto.

—¿Nos puede ayudar? —preguntó Lois.

—Señora, Oklahoma está llena de ciudades pequeñas, y esas ciudades pequeñas están llenas de chicas guapas.

—Ésta en concreto murió a los diecinueve años.

Harry dejó escapar un sonido, un gemido que igual podía significar desconcierto, abatimiento, enfado o frustración; o incluso pudo ser un sollozo ahogado. El dependiente le lanzó una mirada seria, y otra a su esposa. Después, sonrió.

—A unas cuarenta millas al sur de aquí hay un pueblo que se llama Happyland. Podría ser allí.

—¿Harry? —dijo Lois—. ¿Te suena Happyland?

—No. Y no tiene gracia —dijo Harry.

—Ya sé que no —lo secundó Lois.

—Entonces puede que sea a quince millas al este de allí, en un pueblo llamado Non; Non, Oklahoma. A la gente le hace gracia el nombre porque significa que el lugar en realidad no está.

—¿Non, Harry?

—Vámonos, Lois. ¿Está pagada la gasolina?

—Está pagada —les aseguró el dependiente.

—¿Y el mapa? —preguntó Harry a su mujer.

—El mapa es gratis.

 

 

 

Regresaron a la Interestatal 40 en dirección oeste para dejarla, al cabo de media hora, por la salida de Shawnee. Poco después se registraban en el Ramada Inn y se tendían en las dos camas de matrimonio. Harry yacía en un estado de agotamiento e impotencia tan inmenso como los trigales y maizales de Oklahoma cuando se aferran a la suave y dilatada ondulación de la tierra. Él también se sentía ilimitado y al tiempo atado a aquella cama. Consideró por un instante la idea de que aquel estado simultáneo de estancamiento y fluidez fuera asimilable a la muerte, pero enseguida reaccionó al estímulo químico del ambientador del cuarto, y comenzó a pensar en la tensión de su espalda, consecuencia de las horas al volante, en la jornada interrumpida de su viaje, en el curioso interés que había despertado en su esposa aquella olvidada novia de juventud.

A una cama de distancia, más que curiosa, enormemente intrigada, su mujer yacía mirándolo. Ella trataba de imaginar la enorme distancia que habrían recorrido aquellas lágrimas, el hondo abismo del que habían brotado tras permanecer enterradas bajo los residuos que veinte años felices —o eso suponía— habían depositado sobre el único infortunio que su marido había sufrido. Ella ignoraba que él ya conocía la muerte. Los dos venían de familias longevas. Los padres de ambos aún vivían, igual que sus tías y tíos, hermanos y hermanas, sobrinas y sobrinos. Ni bebés nacidos muertos ni abortos, que ella supiera. Tenían cuatro saludables vástagos adolescentes que habían dejado repartidos entre amigos y abuelos para que sus padres, ellos dos, Harry y Lois, pudieran hacer aquel viaje. Sin embargo, una nube de muerte flotaba sobre Oklahoma. Y a través de ella relucían el sol, la hierba, el trigo, los pájaros, los animales, las flores, las casas. Era algo hermoso. La nube de muerte —como si de una solución perfectamente pura se tratase— hacía aflorar cada mota y chispa de belleza. ¿En eso pensaba su marido? ¿Era eso lo que rondaba por su cabeza? Con muchos años y muchos kilos menos, había sido un muchacho esbelto de diecinueve años, sano, feliz. Y entonces, de repente, las lágrimas lo habían anegado todo y aquel chico había quedado enterrado. Qué deprisa había olvidado él a la muchacha para llorar por Oklahoma, qué fácilmente se había corrido la tinta sobre el mapa para manchar los estados de Texas, Nuevo México, Colorado, Kansas, Missouri y Arkansas, todos los que tocaban Oklahoma.

Ella había sacado el mapa. Siguiendo con la uña la ruta 40, a través de Fort Smith y de Henryetta, dejó atrás la minúscula población de Pequeño y se detuvo cerca de Shawnee. Entonces llamó a Harry en voz muy baja, como si se dirigiera a un durmiente cuyo ensueño pudiera hacerse añicos al primer ruido del exterior. Harry, dijo ella, Lima, Lima, Harjo, Wye. Ella respiró quedamente y acto seguido contuvo el aliento. No, susurró él. Entonces Bowlegs, dijo ella sonriendo. Wolf, Maud. Y, antes de obtener respuesta,  tuvo que esperar a que unos viajeros con niños terminaran de subir la escalera, atravesaran el pasillo y entraran en su habitación. Estaba a punto de repetir los nombres cuando Harry le ahorró el esfuerzo. No, dijo. Y añadió: Prueba más al sur, el más pequeño que encuentres. Ella alcanzó el nombre de Ada, Oklahoma, y lo bordeó. Él dijo: Recuerdo su acento. Una de sus amigas la llamaba Tex. Lois estudió el borde septentrional de Texas. Los meandros del río Rojo formaban la línea del estado. El cartógrafo la había trazado con una especie de grosor intestinal. Encajadas en las curvas perezosas del río estaban las poblaciones.

Enos, Oklahoma, dijo ella, Enos, musitó para sí, buscando en su imaginación a la muchacha de aquel lugar que su marido pudiera haber conocido. Vio a Shirley Jones apoyada en un tallo de maíz y a un cantarín Gordon MacRae, de mofletes sonrosados, cabalgando entre los maizales. Ella sonrió, en absoluto desconcertada, tan sólo un poco desilusionada consigo misma, aunque, al fin y al cabo, no era más que un ser humano y se merecía un poco de diversión. Éstas eran sus vacaciones. Enos no era, dijo Harry. Entonces, Willis, dijo ella. Y Harry dijo: Era una chica de huesos fuertes, largos y rectos, pero no le sobresalían. No era Willis. Era… otra cosa. Él se detuvo, su voz desfalleció y se desplomó en torno a él de un modo poco varonil. Entonces, ¡Jesús! contuvo un respingo y ella oyó crujir los muelles. Él se estremeció, mientras recuperaba el vigor. ¿Qué cojones hacemos aquí? Dominando un pequeño ataque de pánico, ella siguió con el dedo la línea del río Rojo. Kemp, dijo ella, apartándolo. Yuba. Alegre, dijo ella, y le pegó entre los ojos mientras repetía, suavemente, ¡Gay, Oklahoma! El golpe lo derribó sobre la cama. Alterado, desprevenido, en ese instante la vio, pero antes de estar listo para capturar la imagen, ya se había ido. Lo que quedó era sólo espacio, el lugar donde había estado algo claramente femenino, algo formado por toscos cortes recientes, algo con el pelo revuelto. La boca convertida en un círculo exuberante. Seguía viendo los dientes y la lengua. No era Gay, dijo. Gay no es la palabra.

 

 

 

Harry siempre se levantaba el último. Ella trajo café en tazas de cartón. Abrió las cortinas lo justo para que penetrara el sol de un nuevo día de junio. En la mesa que había junto a la ventana, flanqueada por dos butacas poco mullidas, Lois había extendido ya el mapa. Su marido se sentó en la cama.

—Ayer —dijo ella— fuimos como críos jugando a detectives, y por tanto nos olvidamos de la primera regla del buen detective. Tratamos de situarnos en la misma escena del crimen, justo en el centro, pero para ver lo que nos rodeaba tuvimos que estar todo el rato dando vueltas. Y nos mareamos. Indisposición por exceso de trabajo detectivesco es un buen modo de describir lo que nos pasó ayer, ¿no te parece?

Ella había hablado de un modo natural, razonable y no exento de dulzura que, al igual que había hecho con el café, le pasó a él. Sé razonable tú también, parecía estar diciéndole.

—Y el calor —dijo su marido.

—Ayer lloraste, Harry. Ésa fue nuestra primera pista.

—… el calor… —murmuró el débilmente.

—No, esa explicación ya no sirve. No tiene sentido empezar otra vez por el principio—. Ella sorbía su taza de café con las piernas cruzadas. Parecía estar a la espera de que Harry bebiera de la suya. Lo hizo para complacerla, y se sorprendió al adquirir algo de su resolución y prestancia—. Lloraste     —continuó ella—, al no ser capaz de cruzar Oklahoma. Y no pudiste cruzar Oklahoma, dijiste, porque un amor tuyo de juventud había muerto. ¿Voy bien de momento? La claridad ayuda en estos casos.

Su marido asintió.

—Porque aquí es donde nos vemos obligados a teorizar un poco. En defensa propia, para poder permitirte disfrutar de nuestro matrimonio, de nuestros hijos y de estos veinte años, años razonablemente felices, que hemos pasado juntos, borraste el pueblo de la chica, borraste su nombre y su cara, y lo asimilaste todo a Oklahoma. Ella se convirtió en Oklahoma, lo que estaba bien, siempre y cuando tú no te aventuraras a venir. Pero una vez lo hiciste fue como si tuvieras que trasladarte de este a oeste, de norte a sur, sobre el cuerpo de ella. Pensabas que había muerto y así era, pero en tu mente ella había adquirido la belleza y la vitalidad de este lugar.

Aquí, con gesto teatral, Lois corrió completamente las cortinas. Una luz blanca inundó la habitación. Tras el fulgor se extendía el arco azul del cielo, del que pendían hinchadas nubes.

—Ella volvió a la vida —declaró su mujer con autoridad—, volvió a la vida de un modo enorme y hermosísimo —permitiéndose una discreta pomposidad oratoria en la voz— y tú la habías echado mucho de menos. Te conformaste conmigo y yo no podía competir con ella… con todo esto. —En lugar de señalar con rabia hacia el panorama que se extendía tras la ventana del hotel, Lois se lo ofreció, con la palma de la mano vuelta hacia arriba, y sonrió—. Entonces fue cuando empezaste a llorar. A veces notamos el sabor de las oportunidades perdidas, y las tuyas eran demasiado dulces para soportarlas. Lloraste y yo te di melón—. Ella se puso de pie para correr las cortinas—. Se sentó en el borde de la franja longitudinal de luz—. Creo que debemos encontrar esa tumba —concluyó.

Él se había quedado sin argumentos. Buscó el rostro de su esposa más allá de la luz y encontró su óvalo, la frágil línea gris de su cabello. El resto lo completó de memoria.

—¿Cómo?

—Sé el nombre de su pueblo —reveló ella.

—¿Lo reconoceré?

—Ya lo has hecho.

—No entiendo.

—He estado sentada aquí dos horas con este mapa mientras te miraba dormir. Cada quince segundos o así mencionaba una ciudad, muy bajito para que no te despertaras. Elegiste una, la repetiste y soltaste un gemido. Creo que elegiste la correcta.

—He soñado que estaba haciendo un examen —recordó Harry de repente—. Estaba sentado en una habitación llena de estudiantes, y a todos ellos se les permitía escribir sus respuestas, pero mi examen era oral. Eran preguntas comprometidas, preguntas sobre birlar en el supermercado y la masturbación y otras brutalidades adolescentes de todo tipo, y los examinadores no hacía más que cambiar. Tenía la mandíbula como agarrotada y la boca no me funcionaba. Al final me vine abajo y me eché a llorar. Y entonces tanto los examinadores como mis condiscípulos salieron en fila, como en procesión.

—¿Era yo quien te examinaba?

—No, creo que no.

—Déjame hacerlo ahora.

—Apenas te veo con esa luz.

—A ver, Harry. Te voy a nombrar cinco ciudades. Quiero que escojas la suya otra vez.

La invitó a proceder con un gesto. ¿Lo veía ella? Se le ocurrió que a pesar del café todavía estaba dormido, incluso más profundamente que antes. Dormido y soñando con un lúcido despertar, ya bien entrado el día, y con una luz radiante a la que regresaba tras una larga noche de sometimiento a las sombras.

De una lista escrita al dorso de un sobre del Ramada Inn, ella leyó:

«Bray, Oklahoma.»

«Clarita, Oklahoma.»

«Amber, Oklahoma.»

«Gene Autry, Oklahoma.»

«Nido, Oklahoma.»

Él la miró fijamente. La luz era un velo cegador idéntico a ella en altura.

—Nido —dijo él en un susurro—. Nido —repitió en voz alta.

—Es una palabra española. Fui abajo y busqué a alguien que supiera español.

Y le dijo a su marido lo que significaba.

—¿Nido?

—Nido —asintió ella—. Allí la encontrarás.

—¿Estás segura?

Ella se desplazó a través de aquel velo de luz hacia la zona sombría de la cabecera de su cama. Se movió con presteza, como una enfermera, pensó él, cansada de mimar a su paciente y resuelta a ponerlo en pie por métodos homeopáticos. Su cara, antes sobreexpuesta, ahora estaba oscura.

—Sí, estoy segura —dijo.

Él no lo estaba.

 

 

 

Hacia Wye, Pearson, Asher. Por la ruta 39 hasta la 3E al sur del estado, y Konowa, Byng, Stonewall, Tupelo, Wapanucka. Después, siguiendo la Ruta 38, hasta Arroyo de Fango, que relucía de un modo impropio de un pantano. Todo brillaba. Las nubes, la hierba, los tallos de maíz largos y ondulantes. La piel del ganado, los estanques orlados de sauces. La pintura de las casas, teñida de sol. Un perro. Fijándose bien, un niño muy pequeño. Y en la distancia los campos de trigo, meciéndose verdiazules en la brisa matutina. Diseminados por esos campos vio densos grupos de arbustos que señalaban la posición de los orificios de drenaje, y cerca de ellos, a lo largo de la orilla y en las primeras hileras de los cultivos, pétalos de amapola, tenues y rojos como gotas de sangre fresca. Todas las cosas —él conducía mientras su mujer consultaba la ruta y el nombre de las ciudades— relucían como recién estrenadas. Hasta el mismo aire poseía un lustre de lluvia reciente, tal vez fruto de las lágrimas que habían lavado sus ojos, pues no había caído ni una gota, pero no importaba. Eso era lo que veía. La monotonía de la autopista interestatal dio paso a las carreteras estatales y comarcales de doble sentido. Esas carreteras se sometían a las ondulaciones del terreno. Era lo que él deseaba y temía. Viajaron más y más al sur y esas ondulaciones se apoderaron de él como una droga.

—Esto no es justo para los chicos —dijo él expresando sus dudas en voz alta.

—Los chicos no lo entenderían —le aseguró su mujer.

—Me refiero a este tiempo de separación que se suponía que tomábamos para nosotros. Fue así como lo justificamos. Iba a ser nuestra segunda luna de miel, nuestro viaje al Oeste.

—Estás frenando, Harry —dijo su mujer—. No lo hagas.

—Los engañamos.

—No lo sabíamos. No sabíamos lo de Oklahoma. Creo que ni tú lo sabías.

—Tendremos que explicárselo. Tendremos que rendir cuentas.

—No lo entenderían, Harry. Imagínatelos sentados ahora mismo ahí atrás. ¿Qué pasaría con… con tu estado de ánimo, Harry? Ellos mirarían por la ventana y verían vacas y caballos y graneros y maizales. ¿Qué ves tú?

—Vacas y caballos y graneros y maizales.

—¿Qué ves de verdad?

—La veo a ella.

—Pues claro que sí.

—Me siento culpable. No puedo evitarlo.

—No, claro que no.

En las afueras de Kenefic, una colonia de silos de cereal con una calle principal de tiendas, ella indicó el camino hacia una carretera aún más estrecha, la 22 oeste. Los arcenes eran tan insignificantes que los cultivos cubrían el asfalto por ambos lados. Era como recorrer el surco de un maizal o de un trigal. El aire que levantaban al pasar provocaba remolinos en el trigo y arrastraba las verdes hojas de cereal y les arrancaba a las largas y húmedas espigas el aroma del grano, poderoso y sofocante, más animal que vegetal, excesivo como el desperdicio de que sea una sola semilla la que logre germinar. Él casi se desvanece. Su conducción se volvió vacilante. Éstos, dijo su esposa para calmarlo, para dirigirlo tan recto como recta era la carretera, son sus campos. Y aquél, dijo ella cuando terminó el trigal y los pastos les brindaron la vista del paisaje, es su pueblo.

No había pueblo, supo él en el instante de penetrar en la sombreada calle única. No había casas, ni uno de esos caserones victorianos, blancos y vetustos, con galería alrededor, ni una de esas humildes casitas prefabricadas remendadas de tablas. No había tiendas, ni iglesia, ni cine, ni consultas de médico o dentista, ni hotel para los visitantes, ni cárcel. No había calle principal. Él paró para que su mujer pudiera preguntar por el cementerio, y no vieron conciudadanos de ella con los que hablar, sólo hombres y mujeres, chicos y chicas. La que había elegido su esposa era una chica sobrealimentada que llevaba de la mano a un hosco mocoso de pelo como estopa, y ni la madre ni el hijo, o bien la hermana y el hermano, surgieron de detrás de su carne anónima para revelarse como vecinos de ella. La población —tres o cuatro manzanas de edificios bajos de color arena, camionetas, coches, tendidos eléctricos, señales de tráfico, pavimento cuarteado y sol— aullaba en sus oídos con un ruido blanco y desolado.

No había cementerio. Su mujer le señaló el camino. Se encontraba al norte de la ciudad, sobre la única cosa de los alrededores que se asemejaba a una colina. Él llevó el coche hasta el punto más alto y se apeó. Esto era Nido, Oklahoma, y detrás, entre las hendiduras de los arbustos y árboles circundantes, se veía más, mucho más, de aquel campo ondulado, verde brillante con manchas pardas. En aquel instante, mientras su mujer iba a buscar al vigilante y lo traía para que su marido, enfermo de amor, oyera lo que tenía que decirle, Harry notó la primera caricia con olor a pastos de una brisa que soplaba desde los campos. La brisa rozó sus sienes y sus párpados, se detuvo y trazó un tirabuzón en torno a la gruesa porción de piel que los años ha- bían descolgado bajo su barbilla. Él tembló. En la lejanía, como a veinticinco años de distancia, gimió. Entonces la brisa lo abrazó, soplando amplia y generosamente desde todo lo que se veía allá abajo. Ella estaba en la brisa. Y lo visitó en lugares en los que nunca lo habían visitado, con movimientos tan ágiles como los de un banco de peces. Él se sumergió en ella, un baño del tamaño de su estado. ¡Qué glorioso!, pensó él, ¡cuánto amor! De repente, sin previo aviso, todo había terminado. En aquel calor súbito e irritante él sintió cómo la carne empezaba a amontonarse sobre sus rodillas.

—A lo mejor este hombre nos puede ayudar —su mujer lo hizo reaccionar. Fiel a su palabra, había traído al vigilante del cementerio. Y tras él, Harry vio ahora las tumbas.

—Mi esposa no debía haberlo molestado —se disculpó.

—Ninguna molestia —dijo el encargado, pero Harry notó que no era sincero. El hombre tenía el aire directo y eficiente de un empresario, un empresario frustrado porque no había ningún negocio a la vista. Harry y su esposa no eran un negocio. El hombre lo supo de inmediato.

—Temo que estemos haciéndole perder el tiempo.

—Su mujer me ha dicho que vienen de muy lejos.

—Ohio —dijo Harry.

—No creo que volvamos a verlos otra vez por Nido, amigos. De vez en cuando aparece por aquí algún forastero. Luego no lo vuelves a ver. Han venido a localizar una tumba. —El hombre afirmó en lugar de preguntar, lo que le ahorró a Harry el mal trago de darle una respuesta. Se preguntó qué era lo que hacía exactamente este encargado de cara avinagrada. Desde luego, cuidar el terreno; espantar a los vándalos y a los gamberros; proteger el lugar del fuego, el agua, las hambrunas y las sequías; cavar las tumbas, llenarlas y sellarlas con una losa.

Todo perfectamente bajo control.

¡Qué ingrata en su trascendencia aquella labor de cuidar de los muertos! Ni rastro le quedaba de aquella brisa inspiradora. Harry se encontraba en una cámara estanca, en un espacio muerto, en un espeso caldo de muerte.

—No estamos seguros. A lo mejor no es éste el pueblo —alcanzó a decir.

—Nido, Oklahoma —dijo el vigilante.

—Sí, lo sé, dijo Harry.

—Llevo aquí cincuenta años. Sé todo lo que pasa abajo y lo que pasa aquí arriba, en esta colina. —Y remató su adusta baladronada con una muestra de generosidad aún más adusta—. Aprovechen ahora —dijo.

—Hace veinticinco años —empezó Harry— conocí a una chica, una chica de Oklahoma —entonces no pudo seguir. Desvió la mirada, desde los ojos del encargado, opacos como dos monedas gastadas, hacia los campos. Uno tras otro —trigo, pastos, ganado y maíz— lo transportaron hacia el horizonte. Él se frotó el sudor de la frente con el dorso de la mano y pensó: trigo, pastos, ganado y maíz— ¿Quién era ella? ¿Adónde se fue? ¿Sabía que se iba para siempre? Oyó a su esposa Lois decir:

—Era de un pueblecito de Oklahoma, de eso estamos seguros.

A continuación, el vigilante: «Oklahoma está llena de pueblecitos.»

Lois: «Éste probablemente estaba situado cerca de Texas.»

El vigilante: «Como otros muchos.»

Lois: «La chica era guapa.»

El vigilante: «Hay chicas guapas por todas partes. Oklahoma está bien surtida de ellas.»

Lois: «Murió joven. Tenía solo diecinueve años.»

El vigilante: «También les pasa a las guapas.»

Lois: «Mi marido cree que vivía en Nido.»

Entonces, el encargado, a modo de despedida: «Está usted en su casa.»

 

 

Recorrió las tumbas junto a su mujer. La mayoría estaban marcadas con lápidas de granito gris, y mientras desfilaban ante la primera hilera se detuvieron delante de cada una para leer las inscripciones. Al alcanzar el extremo de la fila, antes de dar la vuelta, Lois se dio cuenta de que su desmoralizado marido no resistiría si se paraban ante cada tumba, por tanto, con paso constante y criterio firme, lo obligó a saltarse aquellas que no respondían a su propósito. Y de ese modo dejaron de honrar los restos de los ancianos muertos, de los niños muertos, de los muertos en plena juventud, de los muertos en la ciénaga de la madurez, de los muertos en la rápida decadencia de los disolutos, de los muertos en las guerras de la nación. Lois lo obligó a pasar sin detenerse ante los recios monumentos de los ricos, ostentosamente esculpidos, y las sencillas losas de los pobres. Como fueron en su vida así eran en la muerte —en esta colina reposaba el almacén de toda la riqueza confiscada de Nido— pero ella apenas reparó en eso. Guió a su marido entre todo aquello. Como una serpiente al sol, reptaron anillo tras anillo hasta el centro del cementerio, hasta que alcanzaron el lugar donde yacían los muertos en la flor de la juventud.

Allí, con un susurro de advertencia, ella alertó a su marido:

—Hemos llegado, Harry. Aquí es donde debemos empezar. ¿Quieres seguir adelante?

Con un súbito recelo, como si lo hubiera traído aquí solamente para decir adiós, ella vio que su apesadumbrado marido asentía.

Entonces leyó: «Sally Jean Livingston. Nacida en 1945. Fallecida en 1965. La añoramos. Vivimos en la oscuridad. Que lo que nosotros perdemos, Dios lo gane para su gloria.»

—¿Harry?

Ella lo vio agitar la cabeza.

Después: «Holly Anne Armstrong. Nacida en 1921. Muerta en 1939. Se fue nuestra alegría, se fue el brillo de tus sonrisas. Te añora, cariño, la familia que has dejado. Nunca volveremos a ser los mismos.»

Y después: «Rebecca Young Summers. Nacida en 1899. Muerta en 1916. Dejas atrás a tus dolientes padres, hermano y hermana. Desde la primavera te precipitaste hacia el invierno, y nuestro es el frío, frío dolor.»

Y después: «Lucy Bliss Todd. Nacida en 1954. Muerta en 1972. Lloremos nosotros para que los ángeles se regocijen. Acéptala, Señor, como la más preciosa ofrenda que podemos hacer.»

—¿Harry?

Ajeno en apariencia, él negó con la cabeza.

Ella lo mantuvo a su lado La hilera se extendía recta y prolongada. Si pretendían llegar al final antes de morir ellos mismos de cansancio, tendría que limitarse a leer los nombres.

«Mary Lou Fields.»

«Emily Appleton.»

«Susana Wells.»

«Nancy Brooks.»

«Rosemarie Miller.»

«Elizabeth Olmstead.»

«Hope Bryant.»

Después, sólo la mitad:

«Dorothy.»

«Missie.»

«Kate.»

«Amy.»

«Melanie.»

«Phyllis.»

«Claire.»

La cadencia de su paso se contagió a su voz y con ella, finalmente, llegó la ira. Y se encontró pronunciando los nombres con un desafío doliente y mesurado, pidiendo cuentas por lo inexplicable, exigiendo la defensa de lo indefendible, pero era tan inútil como escupirle al viento. Ese viento que no empezaba ni terminaba nunca, ese viento, el que se levantaba en los campos de cultivo de Oklahoma y soplaba insaciable sobre esta colina.

Una sonrisa amarga tensó sus labios. ¿Eran éstas las hijas de Nido o sólo aquellas que habían caído del árbol? ¿Dónde había ido mamá pájaro?

—«Katherine Lee Lovejoy» —leyó ella.

Junto a ella su marido dejó escapar un único gemido, consciente y quedo, como un gesto de deferencia con los muertos. Sus ojos, como dos grandes charcas suspendidas, rebosaban de lágrimas.

—Es ella, ¿verdad, Harry? —preguntó su mujer.

Él permaneció allí quieto, con la tierra tirando de sus piernas, nalgas, vientre, pecho, brazos, cara y de sus orejas de alargados lóbulos. Desabotonándole la camisa y los pantalones, ambos ya húmedos. Desatándole los zapatos.

Ella leyó: «Nacida en 1938. Muerta en 1957. Kathy, cariño, no estés triste. En vida convertiste cada día en un deleite. En la muerte nos muestras el camino hacia nuestro auténtico hogar. Sé valiente, obediente, generosa, laboriosa y alegre. Sé tú misma, Kathy, mucho más y mucho mejor de lo que te permitió esta pobre carne que te fue concedida. Muy pronto nos reuniremos en el cielo.»

Ella se volvió para mirar a su esposo. Él tenía todo el rostro empapado.

—¿Es eso sudor o llanto, Harry? —preguntó ella sin necesidad, pues sabía que era ambas cosas.

—Es ésta… Kathy Lovejoy… ¿verdad, Harry? —susurró ella de nuevo.

Él respiraba agitadamente, sus rodillas temblaban. Con gran esfuerzo y desgana aún mayor, negó con la cabeza.

—Pero estás llorando. ¿Por qué lloras entonces? —le preguntó.

—Hay tantas, Lois —dijo él, cada palabra casi un sollozo, apenas inteligible, cada palabra una gota vertida para regar la hierba de las tumbas—. Hay muchas más de las que pensé que habría.

 

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