Una historia corta de Mario Benedetti: Los novios

Cuando se elogia, se ensalza, se eleva a los séptimos cielos y se coloca en los altares a tanto escritor que hace su faena como corresponde, no puede uno dejar de pensar en lo ciegos que somos. Nos encandilamos con nombres que a veces alumbran apenas o que de pronto dan algún destello, pero nos olvidamos de aquellos que en el oficio son permanentes, son grandes, pero grandes de verdad. Uno de éstos es Mario Benedetti, uruguayo, un cuentista de estirpe, un cuentero de nota, un escritor hecho y derecho. Tanbién un ser excepcional.

Alianza Editorial (Libros de Bolsillo, Madrid, 1994) compiló y reunió en un gran texto algunos de los mejores cuentos de este escritor uruguayo que hizo escuela. Se titula así simplemente: “Cuentos”.  Uno de ellos, el llamado “Los Novios” es un buen ejemplo de cómo se construye una historia y cómo se desarrolla. El texto entretiene y atrapa desde el comienzo. En el arranque Benedetti traza los heridos de la casa que va a construir. Pone en escena a los protagonistas e insinúa qué harán ellos más adelante. El lector presiente para dónde va el tren, pero no sabe en qué estación se detendrá o en qué punta de rieles cambiará de recorrido. Benedetti entrega muchas historias dentro de la principal. Son como los aliños de un gran caldo que se probará al final. Los hechos narrados no tienen ni gran  espectacularidad, ni resonancia. Son pasajes rutinarios pero escritos con encanto, con delicadeza, con cariño. Los que se dicen novios van madurando a medida que pasa el tiempo y todo hace prever un altar para ellos, pero con rosas marchitas. La relación nunca llegó a la sima, sin embargo podría derivar en un rompimiento. Así se fueron dando las cosas, pero al final, la historia deviene en otro rumbo, y zás, aparece el punto final imprevisto que nos deja una mezcla de sabores dispares en la boca. ¿Gusto a sal? ¿Gusto a almíbar, a limón, a cal, a tierra, a mares? Todo; y esa es una gran repostería o una gran cocina; digo yo.

Ernesto Bustos Garrido

Los novios, Mario Benedetti

 

Los novios

1

 

Al principio yo la saludaba desde mi vereda y ella me respondía con un ademán nervioso e instantáneo. Después se iba a los saltos, golpeando las paredes con los nudillos, y, al llegar a la esquina, desaparecía sin mirar hacia atrás. Desde el comienzo me gustaron su cara larga, su desdeñosa agilidad, su impresionante saco azul que más bien parecía de muchacho. María Julia tenía más pecas en la mejilla izquierda que en la derecha. Siempre estaba en movimiento y parecía encarnizada en divertirse. También tenía trenzas, unas trenzas color paja de escoba que le gustaba usar caídas hacia el frente.

Pero, ¿cuándo fue eso? El viejo ya había puesto la mercería y mamá hacía marchar el fonógrafo para copiar la letra de Melenita de Oro, mientras yo enfriaba mi trasero sobre alguno de los cinco escalones de mármol que daban al fondo; Antonia Pereyra, la maestra particular de los lunes, miércoles y viernes, trazaba una insultante raya roja sobre mi inocente quebrado violeta, y a veces rezongaba: “¡Ay, jesús, doce años y no sabe lo que es un común denominador!” Doce años. De modo que era en 1924.

Vivíamos en la calle principal. Pero toda avenida 18 de julio en un pueblo de ochenta manzanas, es bien poca cosa. A la hora de la siesta yo era el único que no dormía. Si miraba a través de la celosía, transcurría a veces un bochornoso cuarto de hora sin que ningún ser viviente pasase por la calle. Ni siquiera el perro del señor Comisario, que, según decía y repetía la negra Eusebia, era mucho menos perro que el señor Comisario.

Por lo general, yo no perdía tiempo en esa inercia contemplativa; después del almuerzo me iba al altillo y, en lugar de estudiar el común denominador, leía como un poseído a julio Verne. Leía sentado en el suelo, incómodamente tirado hacia adelante, con la prevista consecuencia de unos alegres calambres en las pantorrillas o una opresión muscular en el estómago. Bueno, qué importaba. Después de todo, era un placer cerrar la puerta que me comunicaba con el mundo y con mamá, no porque yo fuera un solitario vocacional, ni siquiera por vergüenza o resentimiento. Tan sólo era un disfrute disponer de dos horas para mí mismo, construirme una intimidad entre esas paredes rugosamente blancas, y acomodarme en la franja de sol, cuidando, claro, de que Verne permaneciera en la sombra.

La dulce modorra, el compacto silencio de esas tardes, estaban aliviados por voces lejanísimas, gritos que eran casi susurros, ruidos indescifrables, y también unas bocinas tan gangosas como después no he vuelto a escuchar. Frente a mí el cielo estaba quieto, sin una nube, como otra pared. A veces esa monotonía celeste me ponía los párpados pesados y mi cabeza acababa por inclinarse hacia un costado, por lo menos hasta que encontraba la pared y el polvo de cal me llenaba la oreja.
 No guardo una excesiva nostalgia de mi infancia. Conservo en cambio un melancólico recuerdo de ese altillo vacío, sin muebles ni estanterías, con sus toscas paredes, su cielo incandescente y sus baldosas de un desvaído color remolacha.

La soledad es un precario sucedáneo de la amistad. Yo no tenía amigos. Los mellizos de Aramburu, el hijo del boticario Vieytes, el Tito Ugomarsino, los primos Alberto y Washington Cardona, venían a menudo a casa, ya que sus madres y la mía mantenían una antigua relación llena de hábitos comunes, de chismes cruzados, de comuniones compartidas. Así como hoy se habla de profesionales de la misma promoción, en 1924 las mujeres de una capital departamental se sentían amigas a partir de su encuentro en un solo nivel histórico: el de la primera comunión. Confesar, por ejemplo: “Con Elvim y con Teresa tomamos juntas la primera comunión”, significaba, lisa y llanamente, que a las tres las unía un vínculo casi indestructible, y si alguna vez, por un imprevisto azar que podía tomar la forma de un viaje repentino o una pasión avasallante, una compañera de comunión se apartaba del grupo, de inmediato su descomedida actitud era incorporada a la lista de las más increíbles traiciones.

Que nuestras madres fueran amigas y se besuquearan toda vez que se encontraban en la plaza, en el Club Uruguay, en los Grandes Almacenes Gutiérrez, en la afelpada penumbra de sus días de recibo, no alcanzaba para decretar una gentil convivencia entre los más ilustres de sus vástagos. Cualquiera de nosotros que acompañase a la madre en alguna de sus visitas semanales, después de pronunciar un respetuoso: “Yo bien, ¿y usted, doña Encarnación? “, pasaba automáticamente al fondo a jugar con los hijos de la dueña de casa. Jugar significaba las más de las veces apedrearse de árbol a árbol, o, en mejores ocasiones, acabar a las trompadas, revolcados en la tierra, los bolsillos desgarrados y las solapas definitivamente mustias. Si yo no me peleaba con más asiduidad era por temor a que María Julia se enterase. Por encima de sus pecas, María Julia contemplaba el mundo con una sonrisa de satisfecha comprensión, y lo curioso era que esa comprensión abarcaba también al equipo de adultos.

Era un año menor que yo; sin embargo, cuando le hablaba tenía que sobreponerme previamente a esa misma bocanada de timidez que complicaba mis relaciones con los viejos, con Antonia Pereyra, con los respetables en general.

Ella vivía en la calle Treinta y Tres, a cuatro cuadras de la plaza, pero pasaba muy a menudo (por lo menos, tres veces en la tarde) por la puerta de la mercería. Eso al menos había oído decir a Mamá y a Eusebia, pero la muerte de sus padres era un tema prohibido. El Tito Lagomarsino me procuró la versión que circulaba en la cocina de su casa: que el padre, antiguo empleado de la Sucursal del Banco República, había falsificado cuatro firmas y se había suicidado antes de que nadie hubiera descubierto la módica estafa de veinticinco mil pesos. Según la misma fuente de rumores, poco después “la madre había muerto de dolor”.

Había, por lo tanto, dos sentimientos muy diversos, casi contradictorios, en las relaciones del pueblo con María Julia: la lástima y el desprecio. Era la hija de un estafador, estaba por lo tanto deshonrada. De modo que no resultaba una compañía especialmente deseable, ni siquiera una aceptable camarada de juegos para el renglón hijas en aquel reducido mercado departamental. No obstante ello, era una inocente, y esta teoría había sido convenientemente difundida por el padre Agustín, un sacerdote panzón y gallego, que aprovechaba sus engoladas recomendaciones de piedad para cargar las tintas sobre el suicida, “un impío que jamás había pisado los umbrales de la casa de Dios”. El resultado de esa dualidad era que las buenas familias estaban siempre dispuestas a sonreírle a María Julia cuando la encontraban en la calle, incluso a pasarle la mano sobre el pelo en desorden y después murmurar: “Pobrecita, ella no tiene la culpa”. Con eso quedaba cumplida la cuota de cristiana misericordia, y a la vez se ahorraban fuerzas para cuando llegara la hora de cerrarle las puertas de todas las casas, apartarla de todas las cofradías infantiles y hacerle sentir que estaba algo así como marcada.

 

2

Si hubiera dependido sólo de mi madre, estoy seguro de que no habría podido verme a menudo con María Julia. Mi madre tenía una normal capacidad de lástima y de comprensión; no constituía lo que Eusebia llamaba un corazón petrificado, pero era sin embargo una esclava de las convenciones y los ritos de aquella orgullosa éste de almacenemos, boticarios, tenderos, bancarios, empleados públicos. Pero el asunto también dependía de mi padre, que si bien podía ser un malhumorado, un tímido, un neurasténico, de ningún modo soportaba esas variantes semicanallescas de la injusticia. Claro que en su pasión por lo correcto, había también un destello de terquedad; uno no podía estar muy seguro en cuanto a ese impreciso límite en que él dejaba de ser exclusivamente digno, para ser, además, simplemente porfiado.

Bastó, por lo tanto, que en el curso de una cena, mamá dejara constancia de la aprensión con que la aristocracia del pueblo miraba la presencia de la hija del estafador, para que el viejo se pusiera automáticamente de parte de la chiquilina.

Y allí terminó mi soledad. No la soledad angustiosa y amarga que después iba a convertirse en mal endémico de mis treinta años, sino la soledad atrayente y buscada, la soledad exclusiva que todas las tardes me esperaba en el altillo, ese reducto hasta el que llegaba el pulso tranquilo de la siesta del pueblo, de la siesta total. A ese feudo de mi primera, entrañable intimidad, tuvo acceso un día el saco azul de María Julia. Y María Julia, claro. Pero el saco azul fue lo que más me impresionó: todo su contorno resaltaba sobre la cal de las paredes y hasta parecía estar inscripto en un halo celeste, de vacilantes límites.

Ella llegó una tarde, autorizada por mi padre para jugar conmigo, y la encandilante novedad de tenerla allí, agregada a la preocupación de doblegar mi timidez no me dejaron comprender, en un primer momento, la claudicación que eso significaba. Porque María Julia penetró en tierra conquistada y allí se instaló, como si sus derechos sobre el altillo fueran equivalentes a los míos, cuando en verdad ella era una recién llegada y yo en cambio había demorado un año y medio en imaginar en todos sus detalles aquella especie de refugio inexpugnable, del que cada mancha en la pared tenía un contorno que para mí representaba algo: la cara de un viejo contrabandista, el perfil de un perro sin orejas, la proa de un bergantín. En rigor, la invasión de María Julia sólo tuvo efecto sobre las paredes reales, el cielo azul, la ventana real. Como esos países provisoriamente subyugados, que, por debajo de las botas del invasor, mantienen una subterránea vivencia de sus tradiciones, así preservaba yo, en vigilado secreto, todo cuanto había imaginado respecto el altillo, a mi altillo. María Julia podía mirar las paredes, pero no podía ver qué representaba cada mancha; podía tal vez, escuchar el cielo, pero no sabía reconocer en aquel silencio la llamada lejana de las bocinas, los amortiguados fragmentos de los gritos. A veces, nada más que para confirmar el mantenimiento de mi zona privada, le preguntaba qué podía representar esta o aquella mancha. Ella miraba la pared con ojos bien abiertos, y luego, con voz de quien dicta una ley, se expedía con lacónica certeza: “Es una cabeza de caballo”, y aunque yo sabía que en realidad era una cabeza de perro sin orejas, no por eso dejaba que en mi boca se formara ni una sola sonrisa de presunción o de desprecio.

Pero no todo aquel período estuvo colmado por sus aires de dominadora o mi estrategia de dominado. En alguna ocasión María Julia dejaba caer imprevistamente alguna confidencia. Creo que en el fondo de su nervioso orgullo, ella me reconocía el rango y el derecho de ser su primer y único confidente. “Yo sé que en todo el pueblo me miran como un bicho raro. ¿Y sabés por qué? Porque papá hizo un calotito en el Banco y después se mató. “Así llamaba a la estafa: no calote sino calotito. Lo decía con una naturalidad cuidadosamente fabricada, como si en lugar de muertes y delitos estuviera hablando de juguetes o navidades. “Tía dice siempre que lo que la gente le reprocha a papá, no es el calotito sino el suicidio.

“A mí el tema me dejaba bastante confuso. En casa no existía el hábito de llamar a las cosas por su nombre. El arma preferida de mamá era el rodeo; el viejo, en cambio, usaba y abusaba del silencio alunado. Por eso, o quién sabe por qué, lo cierto era que yo no tenía la costumbre de la franqueza, así que no podía responder de inmediato cuando María Julia me apremiaba con preguntas como ésta: ¿Vos qué pensás? El suicidio, ¿es una cobardía?” Once años. Tenía once años y preguntaba eso. Claro, me obligaba a interrogarme. A veces, cuando ella se iba y yo me quedaba solo, me ponía a pensar tensamente, trabajosamente, y al cabo de media hora no había conseguido solucionar ningún problema de metafísica infantil, pero en cambio había logrado un dolor de cabeza estrictamente adulto. En definitiva no podía imaginar el suicidio. Tampoco la muerte lisa y llana. Pero por lo menos la muerte era algo que un día llegaba, algo no buscado. El suicidio, en cambio, era sentir gusto por esa estéril, repugnante nada, y eso era horrible, casi una locura. Que esa locura fuese asimismo arrojo, o simplemente cobardía, significaba para mí un problema sólo secundario.

No vaya a pensarse, sin embargo, que fuéramos criaturas anormales, de esos pequeños monstruos que en cualquier época y en cualquier familia se alzan de pronto para trastrocar el sistema y los ritos de la infancia, raros engendras que en vez de jugar con muñecas o con trompos, extraen mentalmente raíces cuadradas o conversan sobre silogismos. No. Sólo ahora aquellos temas solemnes adquieren para mí una importancia que entonces no tuvieron; sólo mis posteriores contactos con el misterio o la muerte, otorgan una aureola de muerte o de misterio a nuestros diálogos de entonces. Cuando yo tenía doce años y ella once, el suicidio, la nada, y otros rubros no menos sobrecogedores, sólo representaban una breve interrupción en la lectura o en el juego.

La imagen esclarecedora llegó un sábado de tarde, no en mi altillo sino en la plaza. Yo venía con mi madre de los Grandes Almacenes Gutiérrez. Frente al busto de Artigas, mi madre y su tía se saludaron y todos nos detuvimos. Era una experiencia nueva, vernos y hablamos en público. En realidad, sólo vernos. Mientras las mujeres hablaban, ella y yo permanecimos callados y quietos, como dos artefactos. En el momento no comprendí bien. Yo era tímido, eso estaba claro, pero, ¿y ella? De pronto, la tía nos miró y le dijo a mi madre: “¿Vio, doña Amelia? Son inseparables”. Maldita la gracia que le hizo a mi madre. “Sí, son buenos compañeros”, asintió con angustia. Pero a la otra no la desviaban así como así. “Mucho más que buenos compañeros, son realmente inseparables.” Y agregó después con un guiño de empalagoso complicidad: “¿Quién sabe, eh, doña Amelia, qué pasará en el futuro? “ Toda la zona del pescuezo que bordeaba el saco azul, quedó roja a manchones. Yo sentí un imprevisto calor en las orejas. Pero a esa altura ya sonaba otra vez la voz áspera y sin embargo confianzudo: “Mire, doña Amelia, cómo se ponen colorados.” Entonces mamá me atenazó el hombro y dijo: “Vamos.” Todos dijimos adiós, pero yo miraba fijo el busto de Artigas. Sólo después, cuando mamá y yo entramos en la Farmacia Brignole a comprar creta mentolada, sólo entonces me di cuenta de que había adquirido una certeza.

De modo que dos días después, en el altillo, lo que pasó fue una meta confirmación. Yo leía Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno; era divertido, pero no me reía. Nunca pude reírme cuando leo en voz baja. De pronto levanté los ojos y encontré la mirada de María Julia. Vi que se mordía el labio superior. Me sonrió, nerviosa. “No podés leer, ¿verdad?” Yo podía leer, claro. Pero me dio no sé qué contradecirla y meneé la cabeza. “¿Y sabés por qué?” Quedé inmóvil, esperando. “Porque somos novios”. Yo cerré el libro y lo dejé al costado. Después, suspiré.

 

3

“Un hombre derecho”, dijo Amílcar Arredondo, señalando el cajón. Yo hubiera querido levantar la cabeza y mirarlo, nada más que para ver cómo era eso, cómo lucía el rostro imperturbable del hombre que había arruinado y enfermado al viejo.

No le sentó el trasplante. Una de esas personas acostumbradas a su pueblo. Lo sacaron de allí y ya vieron: se acabó. “Ahora sí lo miré. En ese momento encendía el cigarrillo de don Plácido, mi padrino, y su rostro estaba casi tan compungido como ufano. Puta, qué asco”, murmuré, y Arredondo, que captó por lo menos mi mirada, se acercó a ponerme una mano en la nuca. “Hay que resignarse, Rodolfo. Hay que aprender del coraje de tu pobre viejo.” Las cosas que hay que oír. El coraje de mi pobre viejo. Después de todo, qué importaba Arredondo. Era un canallita, como tantos otros, de aquí o del Interior. Al vicio le había visto enseguida el lado flaco. O quizá desde el principio el viejo fue consciente de que este avivado iba a ser su ruina. Un canallita como tantos otros. No todas las víctimas se morían. El viejo, en cambio (callado, como siempre) se murió.

Algo de cierto había en eso de la falta de adaptación al transplante. En Montevideo, el viejo se aburría. Ya no había piezas de género que extender sobre el gastado mostrador, ni viejas clientas que revisaran el muestrario de festones, ni solteronas que compraran sedalina. Durante treinta años había anhelado el descanso con modesto fervor, una vez que lo había obtenido, se había quedado inmóvil, con los ojos lejanos, cada vez más incrustado en sí mismo.

Yo podía comprenderlo. Mamá, no. Ella, a los quince días de pormenorizar su nostalgia de la vida pueblerino, a los quince días de repetir y repetir que la ciudad le resultaba asfixiante, ya había conseguido amistades: dinámicas señoras de impertinentes y busto horizontal, dedicadas fervorosamente al chisme y a la beneficencia, tranquilas porque sus hijos concurrían a la Sagrada Familia y sus maridos al Club de Bochas, siempre mejor dispuestas a perdonar los excrementos de sus perritas que las contestaciones de sus sirvientas, buenas amas de casa que se esperaban de zaguán en zaguán para comentar, con aterrorizados movimientos de cejas y de labios, el eficacísimo vaivén de las tres o cuatro pizpiretas del barrio. Mamá no podía comprenderlo, porque ella siempre fue patológicamente sociable, pero yo sí podía entender al viejo. Sin necesidad de esforzarme, sólo mediante el fácil recurso de exagerar hasta la caricatura mis primeras reacciones, mi propio desacomodamiento ante el transplante.

Después que don Silberberg compró la mercería, vino un período que pareció de fiesta. Mamá hablaba abundantemente en las comidas, haciendo proyectos, acomodando imaginarios muebles, diseñando futuras alfombras. Papá sonreía. Pero era una sonrisa sin alegría, la mueca amable, desanimada, de un hombre que se retira del trabajo sin odiarlo, simplemente porque le llegó la hora del descanso. Allá, en el pueblo, todavía lo sostenía la actividad del último inventario, las despedidas de los amigos, la puesta en marcha de su sucesor. Luego, en Montevideo, cuando alquilamos el apartamento de la calle Cerro Largo, el viejo se desarmó, creo que debe haber pensado que su vida se había quedado sin motivo y sin sostén.

Yo a veces me le acercaba y trataba de hablarle. Quise llevarlo al fútbol, al cine, a pasear simplemente. Sólo me aceptaba la última de esas invitaciones, una vez cada diez, y nos íbamos al Prado, en un ruidoso tranvía de La Comercial. En el trayecto iba tan callado, que algún optimista le hubiera creído nada más que absorbido por el espectáculo de la gente, del tránsito de las calles con tupida arboleda. Pero en realidad él no miraba nada. Se dejaba llevar, simplemente. Y sólo por afecto hacia mí, a fin de que yo creyese que él se estaba distrayendo, a fin de que yo me sintiera verdaderamente influyente, seguro de mí mismo, vocacionalmente poderoso.

Alguna tarde, después de caminar un rato entre los árboles, se sentaba en un banco y me dirigía alguna pregunta que quería ser personal y, como nunca llegaba a serlo, me dolía. “Y bueno, ahora que tenés veinte años, ahora que ya votás y sos un hombre, ¿qué es lo que te preocupa?” Mi respuesta no importaba. Tampoco él estaba demasiado atento. Formulando la pregunta, había cumplido, y no era cosa de golpear dos veces en la misma conciencia.

Cuando apareció Arredondo, con el proyecto de colocar ventajosamente los pocos miles de pesos obtenidos con la venta de la mercería, más otros pocos que el viejo tenía en títulos, más un seguro a mi nombre que vencía en esos meses, cuando apareció Arredondo con todas sus falsas cartas en la mano, todo estaba maduro para recibirlo. El viejo se dejó convencer con una expresión de incredulidad que en cualquier otro hubiera sido de fastidio. Esa noche, después de la cena, mientras mamá estaba en la cocina, le pregunté: “¿No le ves cara de cretino, de vividor?” “Posiblemente”, dijo, y se acabó. No hubo otro comentario. Simplemente, cuatro días más tarde, hubo la aceptación del plan Arredojido, quien recibió la noticia con una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos que inadvertidamente subastaban su alma. En realidad, no podía creer en tanta dicha.

Todo falló, naturalmente: desde las acciones de Fiecosa hasta los préstamos en cadena. Mamá gritó tenazmente durante cuatro horas, después tuvo un colapso. No bien se recuperó, empezó a reprocharle al viejo de la mañana a la noche la desgraciada inversión. Quizá el viejo no había contado con esa cantinela. Quizá había confiado en derrotar por una sola vez a su intuición. Lo cierto fue que el derrumbe lo consumió, lo deshizo, literalmente acabó con él. Cuando mamá se dio cuenta de que la hora del reproche había pasado, el médico ya había pronunciado la palabra trombosis.

Ahora el viejo estaba allí, junto a Arredondo y junto a mí. Yo tenía una tristeza que excedía el ánimo, una tristeza que también era corporal. Me miraba las manos y éstas también estaban sucias de tristeza. Hasta ese momento yo había oído decir “triste” y el corazón se me había llenado de una oleada romántica, de una agradable melancolía. Pero esto era otra cosa. Me sentía triste y pesado, triste y vacío. La tristeza, ahora que la tocaba, era algo más bien asfixiante, pegajoso, una cosa fría que uno no podía sacarse de la cara, de los pulmones, del estómago. Quizá yo habría deseado para él una vida mejor. Mejor no es tampoco la palabra. Que su vida hubiera tenido una pasión vitalizadora, un odio estimulante, qué sé yo, algo que le hubiera puesto en los ojos ese mínimo de energía que parece indispensable para sentirse poseedor de una rebanada de verdad.

Nos habíamos tenido afecto, era cierto. ¿Y eso qué? Probablemente no habíamos sabido nada el uno del otro. Una incapacidad de comunicación nos había mantenido a prudente distancia, postergando siempre el intercambio franco, generoso, para el cual, por otras razones, estábamos bien dotados. Ahora él estaba allí, rígido, ni siquiera en paz, ni siquiera definitivamente muerto, y toda consideración era ya inútil, por lo menos tan inútil como puede parecer un brillante alegato cuando ya ha vencido sin remedio la última de las prórrogas.

Abrí los ojos y Arredondo no estaba. Respiré con alivio. Sin embargo, había una mano apoyada en mi hombro. Una mano liviana, o, por lo menos, que se afanaba en no pesar. Yo no estaba en disposición de adivinar, de hacer pronósticos, de modo que pensé en un nombre, un solo nombre. Después de todo, era bastante insólito que pensase en María Julia, pero acaso se debiese al cansancio. No la veía desde antes de que bajáramos a la capital. Sin embargo, era ella. Primero tomé su mano, después la senté a mi lado, en el sofá. No lloraba. “Una fina atención de su parte”, pensé, y me sentí profundamente ridículo. En la tristeza se fue abriendo paso una cuña de afecto, de infancia compartida. María Julia, entonces. Parecía más tranquila. Y más alta, claro. Y quizá menos segura de sí. Y con menos pecas. Y sin el saco azul.

Durante un buen rato, estuvo callada. Su mirada no era la corriente moneda de pésame. Evidentemente, me investigaba a fondo, pero hubo además algún parpadeo de cariño, de cosa recuperada, de precisa memoria.

Fue a partir de ese momento que me sentí mejor.

 

4

En la casa de la calle Dante, yo me sentaba siempre en la misma silla, frente al mismo cuadro alegórico (una mujer desnuda, con un pálido rostro puro ojos, que surgía intacta de una terrible hoguera, en la que había innumerables llamas con cabezas de monstruos) y hacía repiquetear los dedos en la misma veta de la mesa de roble. Yo llegaba a las nueve de la noche y por lo común me recibía la tía, vestida siempre de impecable negro, con un encaje pectoral que dejaba entrever una zona ineluctablemente fláccida surcada de venitas casi violáceas y con dos verrugas simétricas que contribuían a dejar malparado el sentido estético de Dios o por lo menos el de sus vicarios en el acto de crear cuerpos al azar.

“Nena, llegó tu novio”, decía la tía, volviendo la cabeza hacia el fondo y pronunciando la ve corta como sólo consiguen hacerlo ciertas maestras de primer grado. Desde su cuarto, María Julia gritaba: “Ya voy, Rodolfo”, y entonces comenzaban a correr los inevitables quince minutos de monólogo exterior, durante los cuales la señora me abrumaba a preguntas acerca de mi trabajo, de política, de bueyes perdidos.

En realidad, ella no tenía necesidad de mis respuestas. Con una sola carraspera sabía dar un tema por clausurado, y así, casi sin que el respiro tuviese una repercusión en el inocuo encaje, encontrar algo de pecaminoso en todo cuanto caía en la órbita de su observación, de su conocimiento, de su fantasía, la cual no era, por cierto, abundante, ni siquiera concentrada, pero incluía en cambio una activa disposición para desglosar el chisme y revitalizarlo.

María Julia comparecía, al fin: “¿Verdad que hoy está hecha un primor?”, preguntaba la tía y yo quedaba automáticamente sumido en un silencio en el que se diluían todos mis cumplidos. El primor era una muchacha de veintiocho años, que empezaba a perder su expresión infantil sin haber adquirido aún otra sucedáneo, de mayor plenitud, con el pelo corto y suelto, los brazos desnudos y un vestido con un prendedor de colores vivos y un cinturón ancho, liso, de un solo tono generalmente verde oscuro o marrón), con hebilla dorada.

Me daba la mano, retirándola en seguida. Después se sentaba en la silla número dos, la que tenía manchado el tapizado. Entonces la tía me decía: “Con tu permiso, Rodolfo.” Arrancaba con un impulso que parecía imposible de ser frenado por lo menos hasta la cocina, pero en realidad se detenía en la habitación contigua, desde donde iniciaba su vigilancia, dispuesta a aparecer en el espacio que mediaba entre el segundo beso y el tercero.

La medida de precaución era más vale innecesaria, ya que la sobrina sabía defenderse; y se defendía. No precisamente con reproches o con falsos pudores, ni siquiera con un amanerado desamor. Su defensa era más sutil que todo eso, algo que quizá podía calificarse como una denodada resistencia a la emoción, o como el designio de contemplar desde fuera todo transporte sentimental en el que ella misma estuviese implicada. Por ejemplo: para besar nunca cerraba los ojos. Por otra parte, si estábamos de pie y abrazados, yo tenía conciencia de que ella, por encima de mi hombro, se miraba en el espejo de la pared. Su divisa podría haber sido: “No entregarse”, siempre que esa no entrega se hubiera referido a algo más que al sosegado cuerpo.

Aparte de eso, no oponía resistencia. Me abandonaba sus manos (“de pianista” decía la tía), se prestaba mansamente a mis caricias, incluso revelaba cierto placer cuando yo le pasaba una mano por el pelo, ahora bastante más oscuro que la paja de escoba. Pero lo peor de todo era que esa actitud estaba impidiendo algo más importante: que yo mismo me sintiera inscripto en aquel marco de escenas que debían ser de amor.

Hablábamos, también. Ella se refería con frecuencia a un tema que era de su predilección: la muerte de mi viejo. Claro que no se detenía en la muerte y retrocedía más aún, hasta llegar a Arredondo y su ingenua, previsible, trampa. Parecía entender que la palabra estafa nos hacía socios, colegas, camaradas qué sé yo. Su padre había sido estafador; el mío había sido estafado. Con su entusiasmo en tratar este asunto, María Julia parecía querer inculcarme la convicción de que ella y yo (ya que la deshonestidad había rozado tanto a su padre como al mío) éramos algo así como hijos de la estafa. “Cuando a tu papá le hicieron el calotito”, decía refiriéndose al plan Arredondo y empleaba el mismo diminutivo que había usado, diecisiete años atrás, en el altillo, al narrarme los motivos de aquel suicidio.

Martes y jueves eran noches de visita, pero los sábados íbamos al cine. Los tres. No sé por qué la tía no se sentaba nunca junto a María Luisa, sino junto a mí. Quizá, a los efectos de cumplir su guardia, desde allí la visibilidad era mejor. De todos modos, su proximidad no era lo que se dice un placer. Había un suspiro entrecortado que siempre terminaba en tos asmática, y, más aún, en aquellos casos en que el film apelaba a las mejores reservas sentimentales del espectador, la tía lloraba con un hipo casi eléctrico que provocaba un desagradable temblor en varios respaldos a la redonda. Afortunadamente María Julia no participaba de esa permeabilidad a la emoción. En la pantalla podía aparecer la más estremecedora de las escenas, desde una simple abuelita rodeada de nietos inefables, hasta el fantasma de la tuberculosis provocando toses premonitorias en una noche de bodas; las buenas mujeres de la platea podían sonar sus narices cuando el apuesto teniente no volvía de la guerra a los amantes brazos de su novia encinta. Todo podía ser extremadamente conmovedor; sin embargo, al encenderse las luces, era más que seguro que María Julia tendría sus ojos brillantes pero secos, y, además, que formularía su comentario de rigor: “Qué cosa. Nunca puedo olvidarme de que no están viviendo, sino representando.”

En mis relaciones con María Julia, con la tía, con la casa entera, había barreras que yo nunca podría atravesar, de eso estaba seguro. jamás llegaría a saber qué se pretendía exactamente de mí. La tía siempre me hacía propaganda de María Julia (su peinado, sus labores, sus postres) en el mejor estilo de las suegras del Centenario, pero nunca manifestaba urgencia ni preocupación respecto al casamiento. La sobrina, por su parte, no hacía preparativos. Cuando las de Corrales o las de Uslenghi, que a veces abandonaban la casa de la calle Dante en el preciso momento de mi arribo, le hacían alguna broma sobre “el ajuar”, ella sólo decía: “Ya habrá tiempo de pensar, ya habrá tiempo. “Yo a veces tenía la impresión de que las dos mujeres me consideraban como algo demasiado seguro, y eso sólo en parte me fastidiaba, ya que en el fondo más infalible de mí mismo tenía que reconocer que era cierto que yo era un candidato demasiado seguro.

Tenía mis dudas, claro. Siempre las tuve. Sobre todo dudas acerca de mis propios sentimientos. ¿Quería yo a María Julia? Más claramente, ¿la quería como para hacerla mi mujer? Quizá mi teoría y mi versión del amor fueran rudimentarias, pero de todas maneras uno tiene sus sueños y en los sueños uno amas es rudimentario. Bueno, ella no se correspondía con esos sueños. Yo la necesitaba, sin embargo, y esa necesidad se hacía patente de muy diversos modos: por ejemplo, cuando pasaba varios días sin verla me entraba una desazón, una extraña inquietud que iba desacomodando los sucesivos niveles y compartimientos de mi vida diaria. Aquí y allá me ocurrían cosas de las que yo sabía por adelantado que en María Julia no hallarían otro eco, otra repercusión, que un simple comentario, tan bien educado como insincero. Pese a todo, tenía que hablar con ella, tenía que saber que ella estaba juzgando mis acciones y mis reacciones, que era mi testigo, al fin. Llegaba el martes, llegaba el jueves, y cuando sentados frente a frente en el comedor, yo comenzaba a hablar de mis modestas peripecias, la sensación de necesidad se me diluía sólo con ver sus ojos.

Estaba, asimismo, el deseo. Mi deseo. Ella no tenía esas preocupaciones. Para mis manos era mujer, la mujer tal vez. Es bastante probable que la primera mujer que tocamos pueda llegar a convertirse en la unidad de deseo para el resto de nuestros días, y sobre todo, de nuestras noches. Yo deseaba a María Julia, pero ¿cuándo?, pero ¿cómo? No habría podido darme cuenta de que ella besaba con los ojos abiertos, si yo, a mi vez, no hubiera abierto los míos.
      En cierta oportunidad mi madre me dijo algo que me molestó: “No te olvides de avisarme el día en que María Julia te haga feliz. “ Pero, naturalmente, mi madre nunca la había podido tragar.

 

5

El día en que cumplí treinta y siete años, me encontré con el Tito Lagomarsino en Mercedes y Río Branco. Estaba feliz porque Marta, la hija de Nélida Roldán, había salvado un examen monstruo. Lo cierto fue que caminamos hasta Dieciocho y Ejido, y allí estaban Nélida y la muchacha. Hacía como cinco años que yo no veía a Marta. La felicité por su éxito y ella contó entonces cómo se le había caído el lápiz de labios en pleno examen y cómo ella y el presidente de la mesa se habían agachado al mismo tiempo para recogerlo, y cómo se habían mirado por debajo de la mesa: “Yo creo que el pobre tipo me salvó nada más que para que yo no les contara a los profesores lo ridículo que quedaba allá abajo, con la peluca ladeada sobre la oreja.”

De pronto me sentí reír, y casi me asusté. Parecía la risa de otro, la risa de algún ser afortunado, poseedor de una vida plena, altamente satisfactoria, casi diría triunfante. No es conveniente reírse con una risa ajena, así que de inmediato me quedé serio y desconcertado. Marta, en cambio, parecía muy segura de sí misma y de su anécdota, y a la tercera mirada me di cuenta de que era simpática, linda, dulce, alegre, inteligente, etc. Cuando Tito mencionó no sé qué entrevista para la que estaban citados a las tres y cuarto, y yo tuve que separarme y le di la mano a Marta, me prometí solemnemente volver a verla, sin testigos de estorbo.

Sólo dos meses después pude cumplir mi promesa. Encontré a Marta en un café, frente a la Universidad. Estuvimos hablando exactamente una hora y media. De nuevo reí con la risa del otro, pero esa vez me preocupó menos. En la hora y media supe yo de ella, y ella de mí, mucho más de lo que hubiera podido caber en todas las conferencias intercambiadas con María Julia en nuestros años de noviazgo y costumbre. Todo fue tan fluido, tan espontáneo, tan natural, que a ninguno de los dos nos pareció nada raro que de pronto mi mano estuviera en su mano, que nos miráramos a los ojos como dos adolescentes o dos tontos. Menos extraño pudo parecer que una semana después nos acostáramos juntos y que por primera vez se cumpliera el deseo de mi padre y me sintiera vocacionalmente poderoso.

Hay que reconocer que Marta era, sobre todo, un cuerpo, pero como tal no tenía desperdicio. Ahora bien, en Marta el espíritu no molestaba para nada, puesto que se adaptaba espléndidamente al impecable envase. Tenerla abrazada, estrecha o laxamente, pasar mis manos por cualquier zona de su piel, era siempre una experiencia tonificante, una transfusión de optimismo y de fe. En las primeras veces asistí, con una especie de ingenuo asombro, a la comprobación de cuán insuficiente podía ser mi primitiva unidad de deseo; pero pronto aprendí a multiplicarla.

Era casi maravilloso que mis manos, mis vulgares e inhábiles manos de siempre, de buenas a primeras pudieran volverse tan eficaces, tan activas, tan creadoras. Había por fin una carne que respondía, una piel con la que era posible dialogar. Marta no me preguntaba nunca por mi novia. Perdón. Ahora me acuerdo que me interrogó: “¿Alguna vez te acostaste con ella?” Respondí que no, en voz tan alta que yo mismo quedé sorprendido. Mi negativa sonó como un rechazo, casi como un exorcismo. Marta primero sonrió divertida, luego me miró con piadoso estupor.
      En definitiva falté algún jueves a la calle Dante. De parte de María Julia no hubo admoniciones ni reproches. Sólo la tía me consagró una larga advertencia sobre el tedio que conduce al pecado. En lo sustancial, estuve totalmente de acuerdo.

 

6

La tía me alcanzó el pocillo. Como siempre, poca azúcar. Revolví lentamente el café con la cucharita imitación plata peruana. Como siempre, me quemé los dedos.

Hacía dos años que habían quitado el cuadro con la hoguera simbólica y la mujer puro ojos. En su lugar habían colgado uno de esos almanaques suizos que tienen un Enero 1952 con asombrosas montañas pulcramente nevadas y primorosas casitas a las que sólo falta darles cuerda para que entonen su Stille Nacht, Las sillas habían sido retapizadas con una tela a franjas, verdes y grises, que no coincidía con la variante criolla de estilo inglés en que había sido concebido el comedor.

Tampoco la tía permanecía invariable. No más encaje pectoral. Una bufandita de dacrón y lana rodeaba el pescuezo de gallina. La mirada era pálida y llorosa. Cuando la mano derecha llevaba a los labios el pocillo, la izquierda temblaba y hacía tintinear sonoramente la cucharita sobre el plato. Hacía ya algunos meses que me trataba de usted y había suspendido sus elogios acerca de las habilidades domésticas de la sobrina.

No había perdido la costumbre de preguntar, pero ahora la estructura del interrogatorio era el caos en estado de pureza. Una serie de preguntas podía incluir, pongamos por caso, averiguaciones sobre la próxima huelga del transporte, sobre la fecha de mi licencia anual, sobre una receta de ravioles de choclo que mi madre guardaba como un tesoro.

El otro jueves me había mirado en los ojos con una chispa de amargura. Luego, con la resignada displicencia de alguien que ha guardado mucho tiempo una moneda y de pronto se da cuenta de que la misma ha perdido todo su valor, me había soltado la revelación: Nos equivocamos con usted, Rodolfo. María Julia creyó que podía dominarlo para siempre. Pero es usted quien ha ganado. Ayudado por el tiempo, claro”.

La confesión no me había sonado del todo extraña. Era como si, sin decírmelo a mí mismo, yo hubiese tenido conciencia de que ése había sido mi mejor recurso. ¡Y era la tía quien lo había visto! Y no sólo visto, sino pronunciado. Por mero formulismo, le pregunté qué había querido decir, pero ya ella se había reintegrado a su anarquía mental, y solamente se consideró obligada a agregar: “Es horrible cómo han subido los precios del lavadero. No se puede vivir”.

Ahora no decía nada. Simplemente hacía ruido con la boca cuando sorbía el café y aun cuando no lo sorbía. Para mí, no había dudas. María Julia, hija de un estafador, me había a su vez estafado a mí, hijo de un estafado. Su estafa se había nutrido de recuerdos infantiles, de comprensión cuando la muerte del viejo, de paciencia sin reclamos durante tantos años de noviazgo, de afectuosa pasividad frente a mi muestrario de caricias. Su estafa consistía en haber rodeado nuestras relaciones de suficientes sucedáneos del amor y del deseo como para hacerme creer que ella y yo habíamos sido realmente novios a través de cuatro lustros, deformados ahora en la memoria por la malsana corrección y el largo aburrimiento. La estafa había sido, analizándola mejor, una venganza contra aquel pueblo de ochenta manzanas que la había señalado, que la había despreciado y, lo peor de todo, que la había tolerado. Sin buscarlo, yo había asumido la representación de ese pueblo, me había convertido en una especie de símbolo. Ahora, sólo ahora podía reconstruirse todo el cálculo, todo el planteo, desde la estudiada declaración del altillo (“¿Y sabés por qué? Porque somos novios”) hasta el exagerado interés por la cretinada de Arredondo, desde la amistosa mano sobre mi hombro en la última jornada junto al viejo, hasta nuestros veinte años de pobres besos en el comedor. Era evidente que los soportes de su cálculo habían sido mi timidez y su paciencia. Si bien María Julia no había hecho jamás ningún reclamo, si bien no me había recriminado nunca la prolongación de nuestras relaciones, había estado siempre fanáticamente segura de que yo no tomaría la iniciativa ni para casarme ni para romper.

Ésta, sobre todo, había sido su carta de triunfo: mi cortedad le permitía vengarse en mí de la injusticia de todos, pero, además, le permitía reducirme a cero, aniquilar mi vida para siempre. Claro que María Julia no había contado con Marta. Tal vez su único error de cálculo. Oh, fueron pocos meses. Marta está ahora en Paysandú, casada con Teófilo Carreras, arquitecto y contratista. Pero esos pocos meses le alcanzaron a ella Dios la bendiga) para realizar su obra, su admirable obra de salvar a un condenado, de hacer rendir los sentidos (mis sentidos) muy por encima de su valor de tasación. Porque, evidentemente, en eso a María Julia se le había ido la mano: me había tasado demasiado bajo.

Aparentemente, todo había seguido igual, pero su reseca, perpleja virginidad había sabido registrar que mis manos no eran ya las mismas, y, también, que su pasividad había empezado a provocar en mí un amago de asco. Toda una novedad. Por otra parte, ya era tarde para cualquier transformación (hasta besaba con los ojos cerrados) perca no lo era para que ella intuyese que alguna decisión se aproximaba. Para mí, en cambio, todavía no era tarde. En absoluto.

Le devolví el pocillo a la señora, y ella dijo: “Está refrescando. Siempre refresca a esta hora”. Después se levantó y me dejó solo. A los cinco minutos apareció María Julia, María Julia de cuarenta años, mi novia. Se sentó junto a mí, me mostró y demostró su profundo cansancio, parpadeó cuatro veces seguidas. Su mano estaba posada sobre el ángulo de la mesa de roble; tenía una especie de urticaria, esos lamparones de insuficiencia hepática que le vienen cuando come frituras.

Hablaba de sus amigas, las de Uslenghi: “Gladys quiere que la acompañe a Buenos Aires. ¿A vos qué te parece?” Sentí que la odiaba con un poder casi inagotable. Sentí que no la necesitaba, que nunca más la necesitaría. Sentí que Marta me había limpiado de una monstruosa pesadilla, de una asquerosa presión sobre mi inerme, desarticulada conciencia.

“¿A vos qué te parece?”, repitió con voz de condenada. Y era cierto, estaba condenada. La libertad tenía sus ventajas, pero ahora que ella estaba segura de mi alejamiento, desconcertada por mi rechazo) mucho mejor que la libertad era el desquite. De modo que decidí decírselo con toda naturalidad, como si hablara del tiempo o del trabajo. “No, mejor no vayas. Así te vas aprontando. Quiero que nos casemos a mediados de julio”.

Tragué saliva y, simultáneamente, me sentí feliz, me sentí miserable. El calotito estaba realizado.

 

Mario Benedetti, Montevideanos, 1959

Cuento de Mario Benedetti: Sábado de Gloria

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