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Tres historias cortas, tres grandes cuentos sufís de Idries Shah

No digo nada nuevo cuando afirmo que no se necesitan muchas palabras para escribir un gran cuento. Pero si alguien lo duda, aquí dejo tres grandes historias cortas, de muy pocas palabras, a cuál de ellas mejor.

El autor es Idries Shah, considerado uno de los grandes maestros de la literatura sufí contemporánea. Shah destacó como un cuentista excepcional. Algunas de sus narraciones, como las tres que podéis leer a continuación, destilan sabiduría, espiritualidad, humor y defensa de los valores humanos.

Doy por hecho que os gustarán estas tres historias cortas, que tienen la virtud de conectar con todo tipo de lectores. Disfrutadlas y  compartidlas, por favor. :–)

 

Historia corta de Idries Shah: El uso de una lámpara

–Yo puedo ver en la oscuridad –se jactaba cierta vez Nasrudín en la casa de té.

–Si es así, ¿por qué algunas noches lo hemos visto llevando una lámpara por las calles?

–Es solo para que los otros no tropiecen conmigo.

 

Historia corta de Idries Shah: Detrás de lo obvio

Todos los viernes por la mañana Nasrudín llegaba al mercado del pueblo con un burro que ofrecía en venta.

El precio que demandaba era siempre insignificante, muy inferior al valor del animal.

Un día se le acercó un rico mercader, quien se dedicaba a la compra y venta de burros.

–No puedo comprender cómo lo hace, Nasrudín. Yo vendo burros al precio más bajo posible. Mis sirvientes obligan a los campesinos a darme forraje gratis. Mis esclavos cuidan de mis animales sin que les pague retribución alguna. Sin embargo, no puedo igualar sus precios.

–Muy sencillo –dijo Nasrudín–. Usted roba forraje y mano de obra. Yo robo burros.

Tres historias cortas, Idries Shah
Escritor sufí Idries Shah

 

Historia corta de Idries Shah: El río

Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al monasterio.

Cuando llegaron al río, una mujer lloraba en cuclillas cerca de la orilla. Era joven y atractiva.

–¿Qué te sucede? – le preguntó el más anciano.

Mi madre se muere.

–Ella está sola en su casa, del otro lado del río y yo no puedo cruzar. Lo intenté – siguió la joven–, pero la corriente me arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda… Pensé que no la volvería a ver con vida. Pero ahora… ahora que aparecisteis vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar…

–Ojalá pudiéramos –se lamentó el más joven–. Pero la única manera de ayudarte sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Está prohibido… lo siento.

–Yo también lo siento –dijo la mujer y siguió llorando.

El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:

–Sube.

La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito con ropa y montó a horcadas sobre el monje.

Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven.

Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de besar las manos del anciano monje.

–Está bien, está bien –dijo el viejo retirando las manos–, sigue tu camino.

La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomó sus ropas y corrió por el camino al pueblo. Los monjes, sin decir palabra, retomaron la marcha al monasterio….. Faltaban aún diez horas de caminata.

Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:

–Maestro, vos sabéis mejor que yo de nuestro voto de abstinencia.

No obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del río.

–Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que la cargas todavía sobre tu cabeza?

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