Bandidos en La Patagonia

Bandidos en la Patagonia

Por Ernesto Bustos Garrido, desde Coyhaique (Patagonia chilena)

Bandidos en La Patagonia
Ascencio Brunel

Lo motejaron como “el demonio de la Patagonia” en un atractivo lienzo o cartel para aventar el clima de crimen e injusticia que campeaba en las tierras más australes del mundo a través de su persona. En esto, no cabe duda, no hubo justicia con su nombre. Fue a mi juicio y de otros cronistas, un chivo expiatorio porque se construyó maliciosamente en torno a él una leyenda maldita con el fin de encubrir a malos policías y encumbrar a políticos venales que, sin ciertas hazañas de su persecución, jamás habrían cobrado fama, poder y riqueza.

Es cierto, vivió en una época en que no existía ni Dios ni ley en los confines de la tierra austral, ese espacio salvaje, frío y ventoso habitado por tribus de cazadores, pescadores y recolectores, en el cual la vida de cualquier cristiano valía menos que una colilla de cigarro botada en la cuneta. Quizás cometió algunos ilícitos, pero es difícil precisar si fue en defensa de sus intereses o porque la necesidad lo arrinconó contra las rugosas varas del palenque.

 

Se llamaba Ascencio Brunel y dicen que llegó a la Patagonia desde las tierras planas de la República Oriental del Uruguay. Otros fijan su origen en la calle central de Chile, con un paso obligado por las islas Malvinas. Desde allí saltó alrededor de 1890 a la ciudad chilena de Punta Arenas, donde era posible escapar del largo brazo de la ley. Vivió entre aventureros, exploradores y bandidos. Los mal llamados colonizadores buscaban oro, pieles y mujeres. Los estancieros les pagaban con prendas, licores y víveres por matar a los indígenas. Debían llevarles una mano, una oreja, la lengua o una mama en el caso de las mujeres

El cronista argentino Jorge Díaz Bustamante asegura que Brunel “en Punta Arenas cometió un homicidio, debido a un asunto de faldas. Debió huir robando dos caballos. Prófugo de la justicia inició una vida marcada por el delito, la que con el paso del tiempo se convertiría en leyenda”.

Por aquel entonces –agrega– la región de Ultima Esperanza recién comenzaba a poblarse. Allí se refugió Brunel; fue esta su mejor guarida. Recorrió toda la región cazando y capturando animales baguales, preferentemente caballos. Esto no evitó, por supuesto, que robara en más de una oportunidad el ganado de los indios tehuelches o de los colonos que encontraba a su paso.

El verdadero Butch Cassidy
El verdadero Butch Cassidy

Sus andanzas comenzaron a ser conocidas y fue buscado por policías y colonos de Chile y Argentina. Un caballo muerto sin lengua era señal de que Ascencio Brunel rondaba por allí, ya que este era su bocado preferido.

Una vez estando preso en Ushuaia le contó su vida o parte de ella a un juez deseoso de establecer la verdad. Brunel le habría confesado: “Fueron las policías chileno y argentina –afirmaba– quienes me encauzaron por esta vía. Yo era un mozo joven atrevido y capaz, y carabineros y comisarios me mandaban alternadamente a uno y otro lado de la frontera para robar caballos por su cuenta, ya que siempre carecían de los necesarios para realizar sus recorridas. La policía argentina me enviaba a territorio chileno y la chilena al argentino. Ambas corrían a parejas en cuanto a las recompensas ofrecidas que prometían y nunca cumplían: Cuando les traía regalos que codiciaban, me cosían a palos y azotes, cuando no”.

 

La captura de Ascencio Brunel, según relato de Long Jack

Habiendo vendido mi rancho y el derecho al campo que ocupaba en Cerro Cazador (Long Jack era cazador, y de ahí el nombre del Cerro), me encontraba pasando el invierno en la comisaría de Tres Pasos (cerca de Última Esperanza), a la espera de juntarme con alguien que tuviera por rumbo la región de los lagos. Cualquiera de éstos, el lago Argentino, Viedma o San Martín, eran para mí como tierra prometida.

Cierta madrugada vimos llegar una cabalgata de cinco jinetes, quienes traían un herido, que a primera vista parecía cadáver. Se trataba de un hombre semidesnudo, semiescarchado, en estado preagónico, sin señas de vida.

El comisario, furioso por el trabajo en perspectiva, los recibió en forma destemplada, pero luego tuvo que admitir como verídicas sus declaraciones, pues todos eran personas de responsabilidad, estancieros o vecinos conocidos, (entre ellos Max Huppratt, a quien conocí años después y quien me confirmó la veracidad del relato de Long Jack)

Un peón, al recorrer uno de los campos de la estancia (cuyo nombre no recuerdo), había encontrado los restos de una vaquillona recién carneada y se apresuró a dar cuenta en la estancia. Como en esos días habían menudeado los delitos de abigeato y robo de hacienda, que todos cargaban a la cuenta de un matrero chileno de la zona, de nombre Montenegro, el dueño de la estancia envió a toda prisa a buscar algunos vecinos para perseguir a los cuatreros, antes que la nevazón borrara sus rastros. Dirigidos hacia la cordillera iniciaron la marcha al entrar la noche, y después de varias horas divisaron un fogón bien escondido en un barranco. A prudente distancia dejaron atados los caballos, y tratando de evitar todo ruido se acercaron cautelosamente al campamento.

Cerca ya, aunque sin distinguir la gente del fogón, oyeron con asombro las notas de una canción patriótica inglesa. Al grito de alto y orden de entrega que dio la partida, una voz contestó: “No tiren”; pero en el mismo instante sonó un tiro, que afortunadamente no dio en blanco alguno. Ascencio —pues era él— declaró luego que no había tenido intención de tirar y que el disparo se le había escapado. Pero la contestación consistió en cinco tiros simultáneos hacia el sitio de donde había partido la voz.

Todo quedó en silencio, pues ninguno de los cinco se animó a averiguar en seguida el resultado de la descarga. A la luz de la madrugada siguiente, cuál no sería su asombro al no encontrar ser viviente alguno, y sí tan sólo rastros de un hombre que se arrastraba por la nieve desangrándose. Siguiendo los rastros dieron en la orilla de un río con el cuerpo de un desconocido, escarchado, rígido, que no era Montenegro como todos creían. De todos modos quedaba capturado el cuatrero, y lo cargaron sobre un caballo para llevarlo a la comisaría.

Más de uno preguntará por qué los estancieros no avisaron antes a la policía y emprendieron la caza sin autorización. La razón está en que la policía de entonces, mal organizada, poco se cuidaba de las quejas de los estancieros, y éstos se veían obligados a hacerse justicia por propia mano. ¡Cuánto cambio desde entonces!

“Cuando bajaron el bulto, que ellos creían cadáver, uno dijo: “Es extraño, pero me parece que vive todavía”. Lo llevaron a la cuadra y lo revisaron. Tenía cinco balazos en el cuerpo, pero no estaba muerto. El frío y la congelación le habían salvado la vida al impedirle que se desangrara. Se le hizo una cura precaria y el bribón, fuerte a pesar de todo, la soportó sin chillar y en pocos días mejoró”.

Juan Bautista Varioleto
Otro famoso bandido de La Patagonia: Juan Bautista Varioleto

La leyenda de Brunel

“El asombro fue general cuando las indagaciones probaron que el individuo era Ascencio Brunel, el legendario bandolero temido desde la provincia argentina de Río Negro hasta Punta Arenas. Cuando llegó a la comisaría estaba casi desnudo, con unos trapos atados con hilos y tientos de lonja por única vestimenta, sin más cobija que una manta utilizada como montura. Durante su convalecencia no quiso comer más que carne y medio cruda.”

(Este relato, como se ve, coincide bastante con el de Holdich, sacado de otra fuente, con la principal diferencia de realizarse la captura en el corazón del invierno y no entre las “nieves de Navidad” como erróneamente lo refiere el inglés.)

La leyenda sobre su vida afirma que sólo comía la lengua de los animales yeguarizos que mataba, y que con este único fin robaba los animales. Lo cierto es que nunca se pudo comprobar que vendiera un solo caballo robado.

En poco tiempo recobró la salud, y de la pelea sólo le quedó una renguera por haberle entrado una bala en el cuerpo por la cadera, saliéndole cerca de la rodilla, y como yo lo cuidaba con esmero, trabamos amistad. Era una persona de bastante instrucción, y no me mezquinó el relato de sus hazañas de bandido. “Fueron las policías chilena y argentina –afirmaba– quienes me encauzaron en esa vida; yo era un mozo joven, atrevido y capaz, y carabineros y comisarios me mandaban alternadamente a uno y otro lado de la frontera para robar caballos por su cuenta, ya que siempre carecían de los necesarios para sus recorridas. La policía argentina me mandaba a territorio chileno y la chilena al argentino. Ambas corrían parejas, principalmente, en cuanto a recompensas que prometían: regalos cuando les traía lo que codiciaban, palos y azotes cuando no.

Una vez completamente restablecido, recobró la libertad con fianza de su hermano, que tenía estancia en las cercanías, pero en vez de agradecer a éste, aprovechó su paso junto a él para robarle hasta el lazo. Desapareció de Última Esperanza, y por un tiempo no se oyó hablar más de Brunel.

Tal es el relato fiel de lo que me contó Jack en 1903, un año antes del crimen de la Vega del Finado (mayo de 1904).

 

No era robo, sino una broma

Fred Otten un aventurero con piel de colono afirmaba haber conocido a Brunel en los tiempos de su mocedad, y contaba que a él le había robado cierta vez una manada entera. Después de campearla muchos días la encontró bien rodeada en el lago San Martín, precisamente donde hoy está la estancia Elena, de los hermanos Lively. No faltaba un solo animal, y según pobladores que habían hablado con el cuatrero, éste había manifestado haberlo hecho en broma, “para darle un trabajito a su amigo el gringo, pues nunca había hecho daño a un gaucho nómade como él”.

Son muchos los cuentos que se urdieron sobre la vida de Brunel, y casi todos están de acuerdo en afirmar que nunca fue un asesino; no tenía alma ni cinismo para el crimen. Según alguna declaración, parecería que quien disparó sobre Volmer fue un chileno de apellido Sepúlveda, limitándose Brunel a despeñarlo con una puñalada.

Una de sus hazañas habría tenido por escenario a la ciudad de Trelew. Lo habían detenido y se encontraba encerrado con esposas en un cuarto del segundo piso del cuartel, cuando llegó de afuera el comandante y dejó el caballo –como solía hecerlo– con las riendas sobre la montura cerca de una ventana. Quiso la casualidad que esta ventana estuviera precisamente debajo del cuarto de él, y éste aprovechó sin vacilar la oportunidad para saltar sobre el lomo del animal y alejarse a toda carrera. Las esposas se habrían encontrado más tarde en un lugar cerca del río.

En las tolderías del cacique tehuelche Kankel sorprendió cierta vez a algunas chinitas que andaban buscando leña, y pasando a todo galope alzó a una de ellas, que le gustaba, sin que los indios que lo persiguieron lograran darle alcance. Volvió la china a los pocos días, pero sea por miedo, o acaso por simpatía, nunca declaró a donde la había llevado.

En otra ocasión robó a los pobladores del Río Chico toda la caballada y fue a refugiarse con ella en su guarida al otro lado del Río Leona, donde no habiendo entonces ni balsa ni población podía vivir tranquilo dejando pastar sus animales en los campos vírgenes de ese rincón.

Causó general extrañeza el que Ascencio se hubiera juntado con otros tres participantes en el crimen de la Vega del Finado, pues era característica su afición a actuar independientemente, como “lobo solitario”. Sus únicos compañeros eran los caballos, perfectamente adiestrados, y se dice que había enseñado a dos de ellos a galopar siempre a la par, de manera que si uno se le cansaba en la fuga prolongada, saltaba sin detenerse sobre el lomo del otro, siempre en pelo, pues no usaba montura.

Durante su larga permanencia en la Comisaría afirmó a Long Jack que no lo hubieran detenido en aquella ocasión si hubiera hecho caso al presentimiento de sus caballos, que fueron a buscarlo varias veces como para que huyera. Estaba seguro de que la policía no se molestaría, y nunca creyó que los estancieros saldrían a perseguirlo con la noche perra que hacía.

La última vez que oí hablar de este romántico outlaw, por fuente fidedigna se afirmaba que tras de algunos años de cárcel de Palermo recobró la libertad y se marchó al Chaco, donde compró una estancia. Durante su cautiverio recibía visitas de muchos admiradores y admiradoras, quienes le regalaban dinero para que se estableciera honradamente.

 

Del libro Patagonia Vieja, de Andreas Madsen, F65,119-124

Caballos en La Patagonia


Ernesto Bustos GarridoErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


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