Cuento de Manuel Pastrana Lozano: El pasajero

El pasajero
© Xavier Nájera / Fuente de la imagen

Apareció de repente sin que yo me diese cuenta, sin hacer ningún ruido, tal vez mientras yo acomodaba mi equipaje. Ahora estábamos solo él y yo en la cabina. Era una presencia asombrosa, que no tenía para mí explicación posible. Durante el trayecto estuvo casi todo el tiempo observándome, unos ojos sin brillo que sobresalían desde una cavidad profunda y oscura. Lucía un atuendo inverosímil, fantasmagórico, jamás visto en mi vida, y su edad parecía indefinible. Era un personaje inesperado, surgido desde las tinieblas. ¿Qué hacía en el compartimiento y de dónde había salido?

–¿Viaja usted en la misma dirección que yo, con destino a Obaba? –le pregunto temeroso–. La próxima estación es la última y ya estamos llegando.

–No, de ningún modo. Ni lo piense. Ninguna estación podría acogerme, no advertirían mi presencia. Solamente yo puedo conocer mi destino, que usted no podría ni siquiera imaginar –me dice con su voz sombría. Luego de unos instantes, prosigue–: Y por favor, no me hable de su vida.


–¿Ah, sí? Explíqueme, entonces, qué es lo que pretende, en definitiva, quién es usted y por qué ha surgido en este vagón desde la nada y decidido a hablarme si es que ya conoce mi vida.

–No se excite con lo que voy a contarle. Sepa que provengo de lo interminable, y viajo siempre desde él y hacia el infinito, donde no existen ni el espacio ni el tiempo. Soy pasajero del pasado, del presente, del futuro, del más acá, del más allá, del todo, por donde usted quiera tomarlo. Soy anterior al estallido inicial y a los de muchos que lo precedieron. Si usted quiere, todopoderoso.

–¿Cómo es eso, y para qué me lo cuenta?

–Ya verá usted. Tome con calma lo que voy a indicarle. No se sobresalte, sería en vano. He venido para decirle que usted ha escogido el tren descaminado, sin rumbo, que lo conducirá a ninguna parte. Tampoco busque explicaciones inútiles, no intente comprender, perderá su tiempo sin remedio. Es su destino inevitable.

Y desaparece de súbito, tal como apareció al inicio. Miro por la ventanilla y contemplo atónito que no hay vestigios de una estación, de una parada, no hay andenes ni señales de vida, no se ve gente esperando en las cercanías. Sólo una neblina difusa. ¿Es de noche, de día? No hay nada. ¡Nada! El tren continúa sin pausa su camino, sin asomos de detenerse, como si su trayecto sin fin fuese perpetuo, conocido desde siempre. Imagino, aterrado, que tampoco existen ni maquinista ni guardavías. Tan sólo el convoy desierto que rueda imperturbable, conducido por una mano imaginaria. Es un vacío irracional, sin sentido. ¡Dios mío, qué es esto!

Reaparece el extraño personaje, y me dice:

–Tu viaje es hacia la nada, y vienes desde la nada, te imaginaron como un proyecto de hombre que no resultó, y tendrás que conformarte por el resto de una vida que nunca fue ni podrá ser, ese será tu destino eterno en este universo en el que no existes –afirma finalmente el espantoso fantasma.

Y desaparece por última vez.

 

 

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