Los excluidos de Elfriede Jelinek, una bomba de tiempo

Los excluidos asoma en la narrativa de Elfriede Jelinek –premio Nobel de Literatura 2004– como una obra extraña. Se observa una arquitectura múltiple. Puede ser una novela de difícil lectura (de hecho lo es), pero también es un ensayo, un discurso en prosa, o una profunda reflexión escrita sobre las secuelas que deja la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto en la sociedad austriaca.

La tierra de los grandes músicos fue tocada por las garras del nazismo y dejó huellas profundas de terror y muerte. Los excluidos aunque no pretende ser una obra reivindicativa a favor de los judíos, los gitanos y otras etnias menores que sufrieron los excesos demenciales de Hitler y su camarilla de asesinos, es una advertencia para los dirigentes del mundo, porque excluidos los hay en todas partes y son una bomba de tiempo. Los hechos y acontecimientos desde los 60 en adelante lo demuestran. El terrorismo de los últimos tiempos, en Inglaterra, Francia, España e Italia son una expresión de ese mundo excluido y no comprendido.

La novela apunta a la desintegración de las familias, a los cambios radicales en la conducta de los jóvenes, a las huestes nazis que todavía sobreviven, escondidas, agazapadas, con nueva piel, aprontándose para el próximo zarpazo; apunta de denunciar la ceguera de los más viejos para ver esa explosión de frustraciones y desamparo. Los hermanos Rainer y Anna Witkowski, hijos de un exoficial nazi, la paliducha Sophie con sus millones a cuestas y el esperpento de Hans, un obrero joven que está desquiciado por el afán de igualarse con los muchachos ricos, deambulan por las calles de Viena, en busca de víctimas para desquitarse de sus propias incapacidades. Quieren un cambio, aunque no saben para dónde ir. Quieren borrarse de sus familias. Lo único que les motiva es el odio, mejor si es sin razón. Es lo que saben hacer casi a la perfección. Y así lo expresan o, mejor dicho, así lo escribe Elfriede Jelinek, que como una reportera, libreta en mano, recorriendo los suburbios vieneses en busca de la mierda y la escoria que dejó la guerra, para contarla o al menos dejarla como un testimonio desgarrador.


Ernesto Bustos GarridoAutor de la introducción: Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


 

 

1991 AUSTRIA. Vienna. 1991. Elfriede JELINEK, Imagen

Los excluidos

Elfriede Jelinek

(Fragmento)

En una noche, a finales de los años cincuenta, se produce un atraco en el parque municipal de Viena. Durante dicho suceso, atacan a un paseante las siguientes personas: Rainer María Witkowski, su hermana gemela Anna Witkowski, Sophie Pachhofen, antes Von Pachhofen y Hans Sepp. Rainer María Witkowski toma su nombre de Rainer María Rilke. Todos tienen unos dieciocho años, salvo Hans Sepp, que es dos años mayor, aunque también él carece de madurez. De las dos muchachas, Anna es la que exhibe una mayor rabia y lo demuestra al aproximarse más que ninguno al asaltado. Hace falta mucho valor para arañarle la cara a un ser que le está mirando a uno de frente (aunque no se puede ver mucho porque todo está oscuro), y más para verlo reflejado en sus pupilas. Porque los ojos son el espejo del alma, que, a ser posible, debería quedar incólume. De otro modo se podría pensar que el alma se ha ido al garete. Precisamente, Anna debería dejar en paz a este individuo porque tiene mejor carácter que el de ella. Porque él es la víctima y ella la malhechora, La víctima es siempre mejor, porque es inocente. La verdad es que en nuestros días, es todavía posible encontrar numerosos criminales inocentes. Estos se asoman amistosamente a través de ventanas ornadas de flores para saludar, llenos de recuerdos de guerra, al público. Otros ostentan altos cargos. Y en medio de todo, geranios. Todo debería quedar definitivamente perdonado y olvidado para que todo pudiera volver a empezar.

Más tarde, una vez que se está mejor informado, se llega a saber que la víctima era el encargado de una empresa mediana y que estaba integrado en una economía doméstica ordenada hasta el último detalle, algo que Anna detesta especialmente. El orden y la pulcritud van contra su naturaleza, que, tanto desde dentro como desde fuera, es cualquier cosa, menos pulcra.

Los jóvenes se adueñan de la cartera de este individuo y, por si esto fuera poco, le propinan una terrible paliza. Anna se ensaña con él, pensando en qué suerte haber encontrado al fin donde desahogar mi rabia, en vez de dirigirla contra ella misma, que ciertamente no sería lo más indicado. Y además, está bien que me pueda lucrar. Ojalá lleve mucho dinero dentro (en realidad no era demasiado). Hans arremete contra él a puñetazos con sus manos endurecidas por el trabajo manual. Como hombre recurre a las modalidades más viriles de violencia: puñetazos y cabezazos malintencionados (la clásica embestida de carnero); la tristemente célebre patada en la espinilla se la cede a Sophie, quien la practica sin cesar. Como dos émbolos de una complicada maquinaria que se adelantan alternativamente. Parecía como si no quisieras ensuciarte los dedos sino solamente los pies, le dice posteriormente Rainer, abrazándola cariñosamente, pero con un grito reprimido, provocado por una patada en la rótula, se apresura a alejarse de ella. A ella eso no le gusta.

Rainer, que se considera el amigo íntimo de Sophie (por eso la había tomado en sus brazos), hurga violentamente en el traje de la víctima en busca de la cartera, pero no la encuentra inmediatamente (al final, la consigue). Acto seguido la asesta un rodillazo en el estómago, y el hombre, ya practicamente fuera de combate, emite un sonido gutural y escupe un salivazo viscoso. No se llegó a ver sangre porque estaba a oscuras.

Esto se define como brutalidad contra un indefenso y, por consiguiente, es absolutamente innecesario, dice Sophie tirándole del pelo al abatido, como si pelara una gallina. Lo innecesario es precisamente lo mejor, contesta Rainer, que aún tiene ganas de pelea. En eso habíamos quedado. Lo innecesario es la regla de oro. A mí me parece aún más interesante lo necesario, argumenta Hans, a quien le gusta el dinero de manera singular, y no ha apartado la vista del monedero. El dinero carece de importancia, opina Rainer, mientras escupe sobre la cartera. ¿Qué crees que lleva ahí dentro, cientos o miles?

El dinero no es nuestro lema, interviene tímidamente Sophie, que es una niña mimada y cuyos padres lo tienen a espuertas.

Bañado en sudor, Hans sigue golpeando a la víctima como una máquina desalmada, capaz de destruir el alma de los que encuentre a su alrededor. Es así, precisamente, como lo ven los hermanos: como una máquina. A Anna esta máquina le parece hermosa desde hace tiempo y supone que dentro de poco Sophie opinará lo mismo. Esto puede ser el germen de una discordia. Los puños de Hans caen como grandes mazas y vuelven a subir únicamente para tomar nuevo impulso. ¡Ay!, gime por lo bajo la víctima, pero casi no le quedan fuerzas. Y también: ¡Policía! Pero nadie le oye. Esto es motivo suficiente para q     ue Anna le dé una patada en los huevos, ya que, por principio, está en contra de la policía, como desde siempre lo han estado los anarquistas. El hombre enmudece horrorizado, se encorva y se mece un rato hasta quearse absolutamente quiero. Ya tienen el dinero. Fin

 

*** Fragmento extraído del libro “Los excluidos”, de la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2004, Elfriede Jelinek. Traducción de Carmen Vásquez del Castro. Editorial Random House Mondadori. Santiago de Chile, abril de 2005. Biblioteca Viva-Egaña (Chile).

 

 

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