Tierras flacas para los campesinos pobres

Portada de la novela Las Tierras Flacas del escritor mexicano Agustín Yáñez.

Vigoroso mural de la vida provinciana. Así se ha caracterizado y definido la narrativa de Arturo Yáñez, un escritor nacido en el estado de Jalisco, México. Él mejor que nadie supo captar los quehaceres del campesino y su relación con la tierra. Su novela, Las Tierras Flacas, se puede inscribir en una trilogía junto a La creación (1959) y La Tierra Pródiga (1960). En Las Tierras Flacas, el relato sustituye la vida de la ciudad por la vida del campesino. Es un tiempo del México rural, después de la Revolución, con una problemática social y abuso de poder por parte de gobernantes, la Iglesia, y los terratenientes opresores, sus aliados.

Agustín Yáñez nació en Yahualica, municipio de Jalisco, en 1904 y murió en la Ciudad de México, en 1980. Fue un reconocido humanista, político y escritor. Su obra consta de más de 30 libros, de los cuales, 17 de los cuales se encasillan en la narrativa. Fue gobernador de Jalisco y secretario de Educación Pública Federal de 1964 a 1970. Presidió la Academia Mexicana de la Lengua, y en 1973 recibió el Premio Nacional de Letras.

Juan Frajoza, quizá el mejor conocedor de la obra de Yáñez, sostiene que al escritor le perjudicó haber sido el gobernador del estado de Jalisco (1953-1959).  Aun así Las Tierras Flacas resume “la cosmología y cosmogonía del alma ranchera”.

La trama transcurre en un lugar ficticio llamado la Tierra Santa, pero que en la realidad alude a los Altos de Jalisco. “Yáñez da los pormenores de la vida ranchera antes de que comience el movimiento cristero”. Este fue un período de luchas fratricidas en algunos estado de México, cuando se enfrentaron con furia y salvajismo los católicos (llamados despectivamente cristeros) con los partidarios de terminar con todo vestigio de iglesia, curas y religión.

Según Juan Frajoza, la novela pone al campesino entre la disyuntiva de defender la tradición y el valor de la tierra o aceptar la mal llamada modernidad con la llegada al medio rural de las máquinas de coser y otros artefactos del progreso.

El experto en la obra de Yáñez considera que la importancia de Las tierras flacas es de carácter lingüístico y costumbrista y señala que es una obra para los lectores que todavía son devotos del criollismo.

En el fragmento extraído, el narrador del episodio es el esposo de Merced, un tal Rómulo.

Nota: La Guerra Cristera fue un conflicto armado en México que se prolongó desde 1926 hasta 1929. El Presidente Plutarco Elías Calles promulgó leyes anticlericales, por la cual los católicos debieron levantarse en armas para defender su fe, siendo miles de ellos encarcelados y ejecutados. Se estima que fueron 250.000 personas las que murieron en esta guerra absurda.

Por Ernesto Bustos Garrido

Agustín Yáñez
Agustín Yáñez, escritor y político

Crónica de un alumbramiento

Fragmento Extraído de la novela “Las Tierras Flacas” (*)

Agustín Yáñez

 

La pobre de Merced. Para no ir más lejos. Al nacer Teófila. Llevábamos diez o más años de casados. De nada servían luchas: remedios, oraciones, reliquias, procesiones, promesas al Ojo de la Divina Providencia y a Todos los Santos que por acá conocemos y veneramos. Con el brete de la familia, Merced hacía todo lo que las viejas de los ranchos vecinos le aconsejaban: beber jugos de distintos árboles, recogidos en las noches de luna nueva; yerbas raras, traídas de lejos; baños a jicarazos en algún camposanto y a media noche; unciones de manteca revuelta con pelos y huesos molidos de quien sabe qué animales dañinos; emplastos de injundia y yemas de cóconas que fueran de tal o cual color, o de boñiga de vaca recién parida y de toro en brama; hasta ensalmos o invocaciones a los espíritus y al mismo Demonio, Dios nos perdone. Y nada. Casi nos habíamos resignado con la voluntad de la Divina Providencia, cuando su Ojo, que se venera en la Ermita del Cruce, nos hace el Milagro. Que gusto le habría dado al abuelo saber de un bisnieto por parte mía.

Se le llegó a Merced la hora. Y allí fue lo bueno con otros trabajos peores. Comenzó al venir del ojo de agua con un cántaro al hombro y otro en la mano. Era media mañana. Toda la tarde y la noche fue de dolores cada vez más fuertes. Una detrás de otra comenzaron a llegar mujeres con intención de ayudar. Decidieron hacer una lumbrada de chiles para que Merced tosiera y se impulsara. La encerraron en la humareda brava. Por poco se muere ahogada. La encontramos desmorecida como los que padecen la tosferina o los niños que de llorar tan recio parecen desmayarse.

Doña Matiana, Agustín Yáñez
Doña Matiana o Martina conocía de partos y pariciones, jaculatorias y ungüentos.

La dejaron reposar un rato. Se habían juntado todas las mujeres del rancho y otras de los ranchos vecinos, traídas por la novedad o por compadecidas. Matiana, que por mal nombre le decimos la Madre Matiana, las dirigía. El cuerpo de la pobre Merced, y el cuarto, se hallaban llenos de medallas, imágenes, escapularios, cordones, bolsitas con reliquias de Santos, huesos y pelos de Animales Feroces, o con Yerbas Mágicas que le daban a oler de cuando en cuando; el Cordón de San Blas en el cuello y la Medida del Báculo de Santo Domingo de Silos en la barriga; Matiana le daba de vez en cuando a besar el cuadro de San Ramón Nonato, que siempre lleva en esas ocasiones aunque se presenten fáciles; mi cuñada Cenobia trajo la copia chica, en madera de colorín, de la Mano de la Providencia que tienen en su casa y es de una sola pieza, muy de admirarse por la perfección del palo, que se abre para formar los Cinco Dedos, y no ha faltado quien diga que se dio de milagro; Cenobia se la ponía en la mano y hacia que la apretara en puño a la hora más recia del dolor; las buenas gentes hablan acarreado con todo lo Santo y Milagroso que tenían en sus casas, porque así somos de unidos en estos ranchos a la hora que alguno se halla en apuro y hasta nos olvidamos de nuestras propias necesidades por acudir a las de los vecinos; muchas Velas Benditas, todas las que se hallaron en el rancho, estaban prendidas en el cuarto; con esas luces, las mujeres parecían rueda de brujas: iban y venían, se quedaban paradas, compadecidas, las más de ellas inútiles, curiosas, no más estorbando.

La dejaron reposar un rato después de la humareda de chile dentro del cuarto. A todos nos lloraban los ojos. En vista de que no adelantaba el negocio, pasado un rato, Matiana se subió a la cama de tablas, diciendo que afianzaran los banquillos; montó sobre la pobre de Merced, y esto es furgonearle la barriga como si estuviera moliendo nixtamal sancochado en un metate de piedra resbalosa. —Me la vas a matar, no seas bárbara —le grité; me quiso comer con ojos de lumbre: —Lo que has de hacer es quitarte de entremetido y salírteme orita mismo, que estás estorbando mucho esto y por tu presencia no adelanta —gruñó sin dejar de furgonear —, ¡como si no fueran gracias tuyas las que Merced está pagando!, ¡Chistoso entremetido!

Así son los hombres: a la hora de las consecuencias no más retuercen las manos y ponen los ojos en blanco: ¡debieran sufrir como las mujeres! Que te salgas, ¿me oyes? —La obedecí. Me duele pensar todavía que quién sabe si no más estuviera yo esperando ese pretexto de que me corrieran para salirme y no seguir viendo padecer a la pobre de Merced, ¡uno es tan cobarde a veces! Muchos amigos estaban en el patio; don Epifanio el primero y más reata; me hizo dar un buen trago de aguardiente; trató de tranquilizarme con historias peores; ¡Buena gente!

Había luna nueva, que alcanzaba a iluminar bien el patio y las caras apesadumbradas de don Epifanio y los demás amigos. Merced seguía en un vivo grito, que nos cortaba las palabras y hasta la respiración. Hubiéramos querido taparnos las orejas: lo veía bien en los ojos de los acompañantes y yo mismo sentía el arranque, aunque nos aguantamos como los hombres. Pronto se acabó la botella de don Epifanio, y sacaron otra. Todos chupe y chupe. Se acabó mi jícara de tabaco y mis hojas de maíz. Don Epifanio mandó traer más a su casa. Seguimos chupando y haciendo correr de rato en rato la botella. Seguían los gritos. Una mujer salió, atravesó a la cocina y de paso dijo:

—La van a colgar: no hay más remedio.

 

Glosario

Brete: estar en un aprieto o ser sujeto de amenazas o presiones.

Baños a jicarazos: baños medicinales realizados con un tazón o vasija de porcelana o greda. También terminar lo que se está haciendo de forma rápida y descuidada. Ejemplo: dio un jicarazo al texto y lo llevó a la rotativa.

Cóconas: semillas de coco.

Boñiga: bosta de vaca o de cualquier animal, rumiante o no.

Chiles: ají mexicano

Furgonear: expresión que aparece en varias lenguas e idiomas como un modismo (quechua, aragonés, italiano). No está claro su significado. Sin embargo, puede ser reclamar.

Colgar a la parturienta: Método de parición empleado en distintas comunidades campesinas de Asia y América Latina.

 

(*) El título (Crónica de un alumbramiento) es del compilador.
Ernesto Bustos GarridoAutor de la introducción: Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


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