El cuento del tío en una historia de humor de Jardiel Poncela

el cuento del tío
Enrique Jardiel Poncela

El cuento del tío es el nombre que se da en algunos países latinoamericanos (Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia) a cierto tipo de estafa que se basa en generar confianza en la víctima para que esta se relaje y baje la guardia.

Unas veces por inocentes y otras por codiciosas, algunas personas son vilmente engañadas. En ocasiones la estafa consiste en dar dinero a cambio de recibir objetos de presunto valor (un boleto de lotería, un reloj, un cheque) que realmente no valen nada. El cuento del tío sería algo similar a lo que en España conocemos como el tipo de la estampita o el trocomocho.

Ernesto Bustos Garrido nos presenta un cuento de humor de Enrique Jardiel Poncela. Su historia va precisamente sobre el cuento del tío, y es muy divertida, por la escena en sí y por las reflexiones humorísticas y algo cínicas del autor.

 

 

Introducción al cuento, por Ernesto Bustos Garrido

Enrique Jardiel Poncela es más que nada un autor teatral que derivó ocasionalmente hacia la narrativa. Y cuando eso ocurrió, lo hizo con propiedad. Nació el 15 de octubre de 1901 en Madrid, y pobre como una rata falleció a causa de un cáncer en Madrid, el 18 de febrero de 1952. Su padre era periodista y su madre pintora. Al mudarse la familia, tuvo como vecino al poeta Manuel Machado, que influyó notoriamente en su vocación de escritor. En 1919 comienza a publicar en la revista Buen Humor, al tiempo que se involucra con Josefina Peñalver, de cuya unión nacerá su hija Evangelina.

Poncela estudió en los Padres Escolapios y publicó su primera novela, El plano astral, y su primera pieza teatral, La banda de Saboya, en 1922. En 1923 dio a luz dos novelas cortas, El hombre a quien amó Alejandra y El infierno. Posteriormente, se trasladó a Estados Unidos para trabajar como guionista en Hollywood, donde la Fox le contrató en 1932 para la versión castellana de algunas de sus películas. En 1936, iniciada la Guerra Civil, Poncela se encuentra en Madrid. El 16 de agosto fue detenido y retenido en una prisión clandestina por una denuncia falsa. Fue liberado y en 1937 logra pasar a Francia y después se traslada a Argentina. Al año siguiente regresa a España, fijando su residencia en la ciudad de San Sebastián.

De su abundante producción literaria rescatamos este cuento que es más bien un chascarro, una anécdota sobre una estafa. A este tipo de timos se les llama “el cuento del tío” y consiste en abusar de la buena fe de algunas personas. Hoy los delincuentes se han perfeccionado y aun estando en galera (en prisión), usando teléfonos móviles, llaman a personas incautas y les dicen que un hijo, un hermano, o un sobrino están detenidos por haber atropellado y dado muerte a un transeúnte. Agregan con dramatismo y estudiada convicción que para resolver el caso, la persona debe depositar una elevada suma de dinero o llevar a un punto de encuentro, joyas y otros haberes… de lo contrario el hijo, el hermano o el sobrino sufrirán las consecuencias. El cuento de Enrique Jardiel Poncela se llama “Los vecinos del principal derecha” y es una joyita de la narrativa humorística española.

Ernesto Bustos Garrido

 

 

Cuento de Enrique Jardiel Poncela: Los vecinos del principal derecha

Al llegar a mi patria, de regreso de la Argentina, hice lo que suele hacer todo el que se encuentra en mi caso: me instalé en un hotel y me dediqué a buscar un piso desalquilado.

Para un hombre con dinero, encontrar un piso desalquilado es cosa fácil. Yo traía mucho dinero de América y encontré rápidamente lo que necesitaba.

América había sido pródiga para mí. Es cierto que durante doce años trabajé furiosamente. Pero también es cierto que al cabo de los doce años de trabajo incesante, me hallé sin colocación y sin dinero. ¿Cómo volver a mi patria fracasado?

Una tarde paseaba por Palermo pensando esta triste cosa cuando tropecé con una gruesa cartera de cuero negro. La abrí; la cartera contenía una bolsita con diamantes y $150.000 en billetes. También contenía unas tarjetas y una cédula de identidad con el nombre y las señas de su dueño, pero como desde el primer momento había decidido quedarme la cartera, rompí las tarjetas y la cédula y procuré olvidar el nombre de aquel caballero, lo que logré enseguida, porque tengo una memoria fatal.

De este modo me hice rico en América. Y es que en América todo el que trabaja mucho acaba por hacer fortuna.

El cuarto que alquilé al llegar a mi patria era precioso. Lo decoré todo a mi gusto y comencé a vivir una vida sin preocupaciones, llena de molicie y de refinamiento. De vez en cuando invitaba a cualquier muchacha sin compromiso a pasar unos días en mi compañía, y cuando me sentía harto de su modo de reír o de su gesto al ponerse el pijama, la sustituía por otra. Este procedimiento de gustar el amor, como si fuese un piano de manubrio, es una de las bases en que durante años se ha sustentado la tranquilidad de los hombres solteros.

Pero una tarde, en esa hora romántica y húmeda del crepúsculo, estaba solo en casa, porque me hallaba en un momento de transición entre el piano pasado y el piano futuro. Alguien hizo sonar el timbre y como una tromba se me metió en casa una dama estrepitosamente perfumada con “gardenias pútridas”, de Lelong.

La dama atravesó el living–room, irrumpió en mi despacho y se dejó caer en uno de los sillones con la vista fija en el suelo, las cejas fruncidas y mordiéndose ligeramente el labio inferior.

el cuento del tío

La contemplé. Traía la cabeza destocada y se envolvía en un deshabillé de charmeuse  y terciopelo. Llevaba unos pendientes de ópalo y unas chinelas amaranto con los tacones rojos, iguales a los de los cortesanos de Luis XV. Era rubia, de un rubio frenético.

No quise romper el silencio porque, precisamente, al sentarse en el sillón, el deshabillé se había arrugado y dejaba al descubierto las dos piernas de la dama en una extensión suficiente para privar del habla a un orador famoso; cuanto más a mí, que hablo poquísimo. Detalle interesante: las medias que envolvían aquellas piernas prodigiosas eran de gasa, color “risa de sordo”.

Pero semejante situación no podía prolongarse. La dama alzó de pronto la cabeza y me dijo:

–Caballero: perdone usted esta intromisión. Soy la vecina del principal derecha. He tenido un feroz disgusto con mi marido y, llevada de la ira, me he ido de casa. Cuando he querido reaccionar estaba en la escalera. ¿Adónde ir así? Y se me ocurrió llamar en su piso. Si a usted le parece, charlaremos un rato, hasta que yo me tranquilice.

–Y es posible que usted consiga tranquilizarse, señora. Quien no podrá tranquilizarse seré yo mientras usted se obstine en mostrar enteramente la región de sus ligas.

La dama rectificó los pliegues de su deshabillé y me hizo de pronto esta pregunta insólita:

–¿Qué opina usted del amor?

–Creo –repuse para ayudarla en su propósito de quitarle tirantez a nuestra entrevista– que el amor es una especie de ascensor hidráulico; se le puede exigir que funcione bien durante cinco años; durante diez; durante quince; pero llega un momento en que se estropea y se niega a funcionar.

–¿Y entonces?

–Entonces, señora, hay que cambiar de ascensor o subir a pie; es inevitable.

La dama sonrió con esa sonrisa luminosa exclusiva de las personas inteligentes.

Luego se inclinó hacia mí, rodeó mi cuello con sus brazos y murmuró esta sola palabra:

–¡Ay!

Cuando una mujer suspira mientras rodea con sus brazos el cuello de un hombre, debe uno darse por enterado de que la dama tiene ganas de suspirar.

–Es usted capaz de enloquecer a cualquier mujer, amigo mío; sin embargo, nuestro amor es imposible. Yo lo sospecho: ¡imposible, sí!

Y se retorció un dedo, luego, dos; después, tres; y, al final, todos los dedos de la mano.

Entonces llamaron a la puerta.

–¡Mi marido!

–¿Usted cree?

Fui a abrir y, en efecto, entró el marido. Tenía un aire triste.

–Caballero –me dijo–. No me explique usted nada. Usted no tiene la culpa. ¡Ella ha sido la que ha venido aquí!… ¡Dios mío, qué vergüenza!

Rompió a llorar, me rogó un vaso de agua, y por tres veces le llevé coñac, tila y azahar.

Al volver yo al despacho me encontraba siempre al marido paseándose excitado, increpando a su mujer, y ésta tumbada en su silla, mirando la calle con gesto displicente.

Por fin, a las ocho de la noche, después de que efectué, trayendo agua, una agotadora labor de camello del desierto, decidieron volverse a su casa.

Ya en la puerta, el marido me estrechó enérgicamente las manos mientras me decía:

–Gracias, gracias…  Nunca olvidaré esto; nunca lo olvidaré.

Y se fueron.

Media hora después yo subía rápidamente la escalera y llamaba en el principal derecha. Nadie contestó a mis timbrazos. Entonces el portero, asomándose al hueco del ascensor, me advirtió que en el principal derecha no vivía nadie, pues el cuarto estaba desalquilado desde hacía seis semanas.

Esta noticia me produjo una gran contrariedad. Porque necesitaba hablar de nuevo con los vecinos del principal derecha para preguntarles si ellos habían visto por casualidad, una bolsita con brillantes que yo guardaba en el bargueño (3) de mi despacho y que había echado de menos al rato de marcharse de mi casa el matrimonio.

 

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Notas

1.– El charmeuse es una tela muy suave y ligera, conocida por su brillo. Hecha de seda o hilo de poliéster tejida en un tejido de satén, el charmeuse tiene un frente brillante y un lado posterior opaco. Este tejido fino se siente lujoso al tacto y parece caro. Charmeuse a veces se conoce con el nombre de crepe satén de vuelta. La palabra “charmeuse” proviene de una palabra francesa y se refiere a un aspecto del encanto femenino.

2.– Color risa de sordo: El azul turquesa sería el color elegido por la entidad matriz de los no oyentes en el mundo para representar a ese corporativo. Lo han adoptado como todo un símbolo institucional.

3.– El bargueño es un mueble de madera de origen español, fabricado entre los siglos XVI al XVIII, concebido para escribir o archivar papeles, y apto para poder ser transportado a lomos de una mula o burro. Los ejemplares lujosos pueden tener acabados en pan de oro y estar adornados con marfil, concha de perla u otros trabajos de taracea (técnica artesanal aplicada al revestimiento de pavimentos, paredes, muebles, esculturas y otros objetos artísticos). El nombre es de origen incierto, coincidiendo con el gentilicio de los habitantes del pueblo de Bargas en la provincia de Toledo (España). En otras lenguas europeas, estos muebles o sus émulos se denominan “cabinet” (en francés, inglés, alemán, portugués e italiano) y forman conjunto con los muebles de escritorio. (Wikipedia).


Ernesto Bustos GarridoErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


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