Historias de la Patagonia. Mucho que contar para no llorar

 

Obreros de la Patagonia
Obreros de la Patagonia

Las tierras de la Patagonia, tanto chilena como argentina, están repletas de hazañas e historias desgarradoras. Son pagos regados con sangre. Allí fue donde la ambición de algunos, con la complicidad del Estado, mostró cuan cruel es el hombre cuando el afán de poder y riqueza lo enceguecen. He recorrido en fecha reciente estos parajes en un viaje de 8.575 kilómetros por tierra, en auto, y a veces en barco. En todas partes quedan huellas de esos años fundacionales, cuando gran parte de esos sitios aún estaba por conocer. Todavía quedaban como fantasmas vivientes algunos de los descendientes de los pueblos originarios que habitaron estos mares, esas cordilleras y esas pampas. Son los espíritus de tehuelches, onas, yaganes y alacalufes. En Puerto Edén subsiste hasta hoy una comunidad de kaweskar, también llamados como alacalufes, el pueblo primigenio que navegó en sus frágiles canoas cuanto canal y fiordo existían entre el golfo de Penas y la boca occidental del Estrecho de Magallanes. A muchos los mataron a pólvora y cuchillo; otros murieron contagiados por la sífilis. A los últimos los confinaron en galpones para que terminaran sus existencias tejiendo mantas y cestas y donde perdieron gran parte de sus palabras.

De esa gente son los tres relatos que encontré en libros olvidados y en páginas amarillas de viejos periódicos locales. Son textos anónimos que relatan historias de vida que por lo sencillas que son, causan mí estremecimiento.

Por Ernesto Bustos Garrido

* Pagos: lugares, querencias.


Ernesto Bustos GarridoAutor de la introducción: Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


 

Tres historias cortas sobre la Patagonia

 

Ahora me toca yo

Por Natalino

Oriundo de una isla de Chiloé habíase dejado caer por estos pagos en busca de una mejor suerte. Después de varias tentativas infructuosas en los frigoríficos, consiguió de un buen amigo y coterráneo, un caballo. Animado del característico optimismo del chilote, se pasó “al otro lado del alambre”.

Transcurrieron algunos años e improvisadamente un buen día se dejó de ver en una estancia chilena de lanares, en el momento en que el peonaje cargaba algunos camiones con fardos de lana.

Buena oportunidad se le presentó al hombre para lucir sus colosales fuerzas y su “acuyanado” acento en el hablar. Dirigiéndose a uno de los peones le dijo.

–Pónete y cargáte un fardo, a ver cuánto aguantás.

El peón se echó el fardo a la espalda y así dio algunos pasos.

–A ver, ahora ponéte vos –volvió a decir el recién llegado, a otro de los peones.

El aludido cargó el fardo y con él en la espalda logró dar algunos pasos más que el compañero.

–Muy bien té sabés portar, ché –dijo el argentinizado forastero, y tanteando un fardo para cargárselo en hombros, dijo:

–Ahora me toca yo”.

Por su manera de hablar, se delató que era chilote y no argentino…..

 

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Cuando el “gallego” Soto se apareció en Castro

El gallego Soto
El gallego Soto

Creo debió ser a mediados de abril del año 1922 cuando Antonio Soto Canalejo, escapando de la muerte en los malos días de la huelga grande en Río Gallegos (Argentina), se embarcó en Punta Arenas para viajar a Valparaíso. Era un día de sol cansado cuando el “Tarapacá” recaló en Castro y estuvo tres días cargando tablones de ciprés, alerce y coigue apellinado que las goletas traían desde la cordillera. En el muelle un centenar de chilotes esperaba embarcarse para emigrar a las salitreras, porque en el sur, en la Patagonia, aquellos que regresaban con el miedo pegado a los ojos, hablaban de matanzas y cárcel. Antonio Soto, un gallego hablador, se aburría en cubierta mirando ese pueblo de una sola calle que subía una colina. La calle después de mediodía se aletargaba de pájaros. Aburrido del mismo paisaje decidió bajar a recorrer el pueblo de esos chilotes que conoció, analfabetos, aparentemente sumisos, sin carácter, pero trabajadores hasta decir basta, ansiosos de ganar dinero porque en su tierra no había “laburo”. Se deslomaban para regresar a su tierra a comprar un campo, una yunta de bueyes, criar algunos animales para sobrevivir después de haber dejado hasta el alma en esas estancias de mucho trabajo y escaso sueldo.

En un bote Soto llegó hasta el desembarcadero. Allí vio un grupo de indios chonques viviendo en sus chalupones mientras otros vendían luche, cochayuyo, sartas de cholgas y chiguas de pescado seco amarrados con voqui. Recorrió la estación del ferrocarril y en calle Lillo vio los almacenes repletos de chilotes comprando azúcar, harina, tabaco y yerba mate para llevar a sus islas. Llegó a una plaza con enormes árboles y un pequeño quiosco rodeado de malezas. Caminó hasta ver un río que se perdía en la espesura.

Regresa cabizbajo soñando los paisajes de su Galicia natal que le recordaron esos chilotes de rostro blanco y boina negra; esas mujeres de rebozo negro y pañuelo de colores amarrados a la cabeza. Bajaba por calle Blanco mirando los enormes caserones de grandes puertas acogedoras y ventanas conteniendo nubes, casas de ricos, cuando desde la vereda de enfrente escuchó un:

–¡Don Antonio… hombre! ¿Qué hace por estos lados?

No le costó mucho reconocer al chilote Guenuman, patizambo y moreno, con su pantalón de huiñe y una carga de tejuelas sobre el hombro. Un abrazo de fraternal saludo y la conversación siguió toda la tarde en el bar de “Don Chilo”. Entre copa y copa fueron apareciendo nombres de fantasmas, hombres que por pedir no dormir en los galpones de esquila, los mataban. Los que se salvaban alquilaban en Gallegos o Natales miserables piezas ventiladas y desinfectadas cada ocho días, con apenas un lavatorio, agua abundante y botiquín. Allí a veces sobrevivían, a veces fueron asesinados. Pedían un paquete de velas y lumbre. La tarde del sábado la dejaban para lavar la ropa. Querían que no les descontaran del sueldo el colchón y la cama; deseaban dejar de trabajar a la intemperie en días de lluvias o fuerte ventarrón, y pedían la libertad de los dirigentes presos. Muchos, casi todos, fueron perseguidos y fusilados el mismo año cuando Irigoyen era Presidente de Argentina y abolía la pena de muerte en ese país.

Ya era oscuro cuando Soto habló de la Unión de los Proletarios y de justicia para el obrero; a un grupo de isleños que habían bajado de sus lanchas a beber un vino de olvidos y buenas alegrías, se les apareció la muerte, y más de alguno supo entonces por qué su hermano o su primo o su padre no regresó desde la Patagonia ni escribió una carta de escasas letras. Esas cartas que se hacían por encargo, y siempre traían huellas de felicidad y paisajes de abundancia, pero sobre todo, noticias trágicas. Los formaban en los patios o en la misma calle, les quitaban a agarrones sus pertenecías y sin pedir sus nombres fusilaban a centenares de chilotes: eran los Rogel, los Cuyul, los Naín y Raipillan, decía Antonio Soto con su acento gallego y hablaba de un Lázaro Cárdenas, un Oscar Mancilla, un Roberto Triviño Cárcamo, de García, Bahamondes, de Piloro Oyarzún que viajaron a buscar fortuna y se encontraron con la muerte más cobarde.

Antonio Soto, gallego de dura estirpe, recordó ese día que en Corrales Viejos, en Punta Alta, en la estancia Anita, vio la traición y escapó para Puerto Natales mientras allí se quedaban, porfiados a enfrentar las tropas del teniente coronel argentino, Héctor Benigno Varela; Facón Grande y el Chilote Otey, ese que de puro orgullo porque alguien lo trató de apatronado y le lanzó a la cara un despectivo; ¡Chilote, tenía que ser!, se quedó a enfrentar la muerte….. Pero esta historia mejor la cuenta Francisco Coloane y más vale aquí no repetirla.

Ya era oscuro y con la tristeza que corroe el alma y la pena por recordar amigos muertos, Soto se despidió de los chilotes y se alejó para irse a Valparaíso. En el muelle ya no quedaban emigrantes, arropados con ponchos y frazadas de lana dormían en cubierta. En los años que Antonio Soto vivió en Valparaíso se casa con Amanda Souper y después se traslada a Iquique.

La vida tiene sus vueltas y suele a veces repetir la historia. Años después empujado por nadie sabe qué desamparo, fantasma o remordimiento, Soto regresa a Puerto Natales, donde instala un cine que bautiza: “Libertad”; y en 1938 se casa con Dorotea Cárdenas, una chilota de Quinchao, con quien tendrá una hija, Isabel Soto. Con su nueva familia se traslada a Punta Arenas, donde falleció a los 65 años, el 11 de mayo de 1963.

En 1997 la Central de Trabajadores Argentinos conmemoró los cien años de su nacimiento y allí recién los argentinos supieron del fusilamientos de cientos de obreros en las estancias patagónicas. En El Ferrol, su pueblo natal en España, una calle lleva su nombre. Pero en Chiloé muy pocos saben que a principios del siglo veinte los chilotes en la Patagonia valían menos que un cordero.

 

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José Guenche, un cazador de leones

De una bitácora de viaje

El coronel Varela
El coronel Varela

“A la frente no se le puede disparar al león, es preferirle tirarle a la paleta, así la bala atraviesa el corazón”. De esta forma, relataba José Guenche el modo en que él solía cazar pumas en Isla Riesco, allá en la Patagonia salvaje, al sur de Punta Arenas, y donde hoy una compañía de capitales mixtos explota sin asco ni respeto por la naturaleza, una gran veta de carbón.

Al calor de unas brasas, conversábamos una muy fría noche de febrero de 2002, iluminados solamente por la tenue luz de una gastada candela. Afuera, el viento magallánico rugía con la fuerza de león colosal, sacudiendo con increíble facilidad a enormes y robustos árboles, principalmente lengas, transformados ahora por su imperio, en frágiles y endebles arbustos. Su acción delataba también la existencia de cientos de pequeñisimas rendijas –cual heridas abiertas y aún no sanadas en la improvisada choza, que permitían al ventarrón colarse, agitando con denuedo la frágil llama de la vela. A ratos parecía que finalmente se apagaría dejándonos al desamparo de la oscuridad, pero increíblemente volvía a erguirse iluminando con más fuerza y permitiendo, a veces, observar el brillo en los ojos de José, mientras relataba pormenores de la feroz lucha con el formidable animal.

Durante los más de diez años que he dedicado a recorrer la Patagonia –expedicionando el último tercio de Tierra del Fuego, las estribaciones de la Cordillera de Darwin, o explorando la salvaje Isla Hoste–, he conocido tipos realmente rudos, moldeados por la fragua de la naturaleza, en una de las regiones más indómitas del planeta. Aquí conocí a los “puesteros”, esos hombres que solamente saben de una estación en el año, la única que existe en estas vastedades, la más cruenta, la más fría, acompañados únicamente por sus caballos, y que viven la soledad y el destierro casi con naturalidad.

Están también los “bagualeros”, oficio inverosímil e inaudito de admitir en pleno siglo veintiuno, azuzándo a fieras jaurías de perros, que enceguecidas por el olor a sangre, acorralan a salvajes vacunos, los mismos que a comienzos del siglo pasado escaparon de sus captores para perderse en la inmensidad de los bosques y montañas patagónicas. En las profundidades, estas bestias han vuelto a sus primigenios estadios. Ahora huyen de sus perseguidores, los bagualeros, a quienes la venta de su carne les permite comer y vivir. Están también quienes se dedican a la domadura de ariscos y soberbios broncos salvajes de orígenes similares a vacunos baguales, extraordinaria lucha presentan antes de rendirse y someterse al verdugo que finalmente les arrebatará su atrevida libertad.

José Guenche había sido de todos éstos…. pero el oficio que más me gusta, era el de “leonero”, señaló él mismo con entusiasmo. Claro que uno siempre tiene al SAG (Servicio Agrícola y Ganadero), al acecho” se quejó. Para evitar problemas con la ley, una vez terminada la faena de caza, el leonero extrae el pellejo del felino, lo guarda bajo su montura, y el cuerpo pertenece a sus perros. Será el cuero, la prueba que permitirá el cobro de los honorarios contratados. “Entre ciento cincuenta y doscientos mil pesos, por cada león”, apunta, y una vez efectuada la transacción, procederá a quemar todo indicio de caza. Son los estancieros, normalmente, los eventuales patrones del leonero. Lo contratan, hastiados ya de sufrir la pérdida del ganado por la acción de los feroces felinos; finalmente optan por llamarles. Solución definitiva en una tierra en donde la convivencia de hombres y bestias no parece posible.

Fascinado por el relato, pregunto detalles de su labor. “Imagino que posee un buen rifle, de esos de largo alcance y precisión”, le digo aparentando un falso conocimiento de armas. Quedo perplejo con la inmediata respuesta. “No tengo rifle, no me gustan; utilizo solamente una pistola calibre 22; con ella y mis perros, basta”. Instantáneamente me lo imagino frente al león, ciento cincuenta kilos de puro músculo, capaz de saltos de más de diez metros, acorralado por los sanguinarios perros, desbordado por la adrenalina. ¡Imposible concebir la escena!

Él, divertido tal vez por mis muestras de asombro, comenta que no pocas veces debió ingresar al mismo cubil en donde las fieras suelen dormir. Sin posibilidad de cometer error alguno, descerraja todos los tiros de su arma, vaciándola por completo en el animal. “Es que no hay alternativa; cualquier duda es sinónimo de muerte segura”.

Y así continuó José relatando cómo perseguía durante días y días a su presa, acompañado tan solo por sus perros y armado con su pequeña pistola, chascarrillo de arma, frente a tan imponente animal. Son los perros, incansables cancerberos los que terminan por acorralarlo. El “lion” como lo mentan, cansado por una persecución de días, trepa a un árbol o se agazapa mostrando garras y colmillos; infernales ladridos habrán señalado al leonero el sitio exacto en donde habrá de tener lugar el enfrentamiento final. La bestia, acozada, suele atrapar entre las garras a alguno de los enceguecidos perros, lo sujeta por el cuello, el perro aúlla lastimeramente, último recurso para provocar el pavor entre sus perseguidores. Pronto llegará el leonero y pondrá fin a tan dispar y ruidoso enfrentamiento.

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