Un cuento de José Luis Ibáñez Salas: De rojo y oro

cuento sobre torero de José Luis Ibáñez Salas

 

De rojo y oro

No está hecha la espera de nada, y ese aguardar a la muerte es lo más parecido al silencio que antecede al trueno de los tendidos, es un mar candente desprovisto de peces. El animal respira boqueando, precisamente como un pez al que se le ha sacado de sus aguas, y no es él precisamente quien espera nada, absolutamente nada, pues nada sobre lo que es la espera sabe ni ha sabido jamás. Él sólo es y no lo sabe un dios totémico anterior a Dios, un lienzo de vital importancia, sanguíneo y elocuente, con el que el hombre antiguo, eterno, acaba de intentar imitar a todos los dioses que en el mundo han sido y aún reinan. Los tiempos han recorrido el tiempo, con esa fugacidad infinita de los segundos arrastrados sobre el suelo de la historia de los hombres, hasta llegar a esta tarde de mayo en la ciudad de los españoles, donde muchos de ellos reniegan de serlo y reniegan de la comunión entre la divinidad del animal ensangrentado y la humanidad del diestro que hubo blandido una espada de verdad, antes de arrojarla con el desdén de los victoriosos al albero de oro por él zapateado y corrido por el ser que agoniza ahora sin ser capaz de esperar absolutamente nada. Roja es la tela que se enseñorea del círculo de muerte y de arte y de adoración desde su color excelso de prometeico príncipe de todos los principios. Y roja es toda las sangre que lleva minutos de ácido brotando a borbotones de solera del cuerpo todo del negro animal negro. Son las siete de la tarde. Las siete de una tarde de fuego que está dispuesta a estallar cuanto antes de júbilo ante la fama majestuosa que entre estos humanos iluminados va a quedarse prendida de por vida en el matador sudoroso que ahora sólo quiere abrazarse al toro que sí sabe ya que quiere morirse pero sigue sin esperar nada pues de nada está hecho a esta hora del día en que el destino sabía que habría de desvanecerse y quedarse muerto un instante de plata sobre la arena de la plaza.

José Luis Ibáñez Salas

 

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