Entrevista a Rafael Falcón Lahera

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someonePrint this page

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Rafael Falcón Lahera

Sin que sepamos nada de la última gota (Amazon, 2017)

Leer, decía Pennac, como amar, es un verbo que no admite imperativo. Creo que cualquier propuesta escolar que pretenda reincorporar a los jóvenes al mundo de la literatura debe pasar por recuperar el placer, las conexiones emocionales con la ficción y la eliminación de los miedos. En el espacio y el tiempo de la lectura y la escritura deberían cohabitar la pasión y la libertad. El docente haría bien en posibilitar ese espacio y ese tiempo, y en habitarlos. (R.F.L)

 

Rafael Falcón Lahera (Sevilla, 1975) es profesor de filosofía en el IES Vicente Cano, en Argamasilla de Alba, Ciudad Real. Ha coordinado el proyecto Cuentaminándonos, un taller de literatura para niños y adolescentes, y ha editado las revistas digitales Palabras Sueltas y Oionanda, centradas en la literatura y en la filosofía. Ha ganado el Accésit XXVI Premio Narrativa Breve de la UNED con el cuento “El avispero”, y acaba de sacar su primer libro en Amazon, una colección de relatos, en ebook y en papel, que lleva por título Sin que sepamos nada de la última gota.

Hablamos con él hoy sobre su trayectoria literaria.

 

Francisco Rodríguez Criado: Todo libro de literatura encierra en sí mismo una historia, especialmente los que son opera prima. Cuando uno ha publicado muchos libros, la edición de un nuevo título acaba –en muchos casos– por volverse costumbre. Pero el primer libro es siempre algo especial, porque marca un antes y un después, y obliga a su autor a plantearse ciertas cosas. En tu caso, ¿qué ha supuesto publicar este primer libro? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que escribiste el primer cuento hasta que el libro vio la luz?

Rafael Falcón Lahera: Es el primer libro en el sentido en que no ha habido uno anterior, pero no estoy seguro de que sea el primero de una serie. Desde luego, no me gustaría en absoluto que deviniera costumbre, escribir porque se ha escrito o publicar porque se ha publicado. Aunque, ciertamente, la publicación de esta colección de cuentos tiene algo de especial, no siento que marque un antes y un después. No sé, más bien experimento un completo desapego por el “después”, cosa que me produce tranquilidad. Supongo que la edad con que publico tiene algo que ver, pero también el hecho de ser capaz de encontrar otros caminos, en ocasiones colectivos, a mis necesidades creativas.

Todos los cuentos del libro fueron escritos entre el otoño de 2014 y el verano de 2016. Publicarlos es mi forma de superar ciertos miedos y compartirlos con más gente, más lectores. Hasta la fecha mis lectores podían contarse con los dedos de una mano. Ahora recibo comentarios de nuevos lectores que me hablan de los cuentos, de cómo logran perturbarlos y del modo en que los interpretan. Esta es la parte más especial.

Escritor Rafael Falcón Lahera
Escritor Rafael Falcón Lahera

En tu semblanza hay dos asignaturas de humanidades que coexisten: la literatura y la filosofía. ¿Hasta qué punto la inquietud filosófica supone un estrato para los relatos que podemos leer en Sin que sepamos nada de la última gota?

Cada uno de los relatos tienen su origen en una inquietud, por usar la palabra que propones, una inquietud que provoca un desajuste, luego una necesidad de búsqueda y, finalmente, un movimiento. Pero la inquietud no es filosófica o literaria, sino humana. Es el modo en que te posicionas frente a esa inquietud, el modo en que te desplazas respecto de ella, lo que hace que tu movimiento sea filosófico o literario, y que el resultado de lo que haces pueda ser llamado filosofía o literatura. Aunque en ocasiones la frontera entre una y otra no sean nítidas. Recuerdo las primeras líneas de “Lo superfluo y el error” de Jorge Wagensberg. “Todo lo que no es realidad, es una ficción de lo real”, decía. Filosofía y literatura son dos formas de ficción, aunque, en cierto sentido, provengan de un mismo latido, de una misma inquietud.

Desde luego, creo que podría hacerse una lectura filosófica de la mayoría de los cuentos. Pero también entiendo que la verdad que puedan contener estas ficciones que publico no podrían haber sido empaquetadas en un discurso filosófico. En ese sentido, la libertad del lenguaje literario respecto del filosófico le concede un cierto privilegio.

 

Sin que sepamos nada de la última gota ofrece una visión realista, dura, de las relaciones humanas y del lugar que ocupa el Hombre en el mundo. Son, por lo general, narraciones abonadas al desencanto, a la frustración, a la falta de motivaciones… Henry David Thoreau dijo –no sé si estarás de acuerdo– que “Casi todas las personas viven la vida en una silenciosa desesperación”. En esa línea están, creo yo, los personajes de tu libro. ¿Crees que estos personajes, sumergidos entre sombras, son representativos de la sociedad o son acaso excepciones?

No creo que sean excepciones y tampoco creo que los personajes que protagonizan mis cuentos sean especialmente sombríos. Quiero decir, son mujeres y hombres cualesquiera. Sus sombras no se deben a una posición marginal o a comportamientos patológicos, sino a su condición de humanos. Era Morin quien decía que el hombre es tan sapiens como demens, no en el sentido de que en ocasiones se comporte racionalmente y otras, movido por la locura, sino que su sapiencia contiene demencia y al contrario. Digamos que han crecido juntas, alimentándose. La literatura, al menos en la medida en que se esfuerza por comprender y representar al ser humano, tiene que atender a la complejidad de esta relación sapiens-demens.

En estos cuentos trato de moverme en torno a aspectos sombríos de seres que también son luminosos. Mis personajes sufren de soledad probablemente por la incapacidad para comunicarse de modo real con los otros y consigo mismos. Pero ni saben, ni quieren estar solos. Necesitan a los demás.

 

Como docente tratas de incorporar a los chavales al mundo de la literatura con diversas actividades culturales. Se dice muy a menudo que a los chicos no les interesa leer. ¿Crees que actividades como las que haces ayudan a revertir esta situación –si acaso fuera cierto el análisis de que la juventud lee muy poco?

Me gustaría pensar que sí, que valen la pena ciertas propuestas. Aunque para pensar mejor el problema yo hablaría de “reincorporarlos”, en esto soy muy de Pennac. Los niños aman y necesitan la literatura. Tienen el gen de la ficción. Escuchan cuentos antes de ir a dormir, lo exigen, e inventan cuentos de manera natural, forma parte del juego, del vínculo que los une a los otros y a sí mismos, y del crecimiento. Pero esta relación se tuerce en la escuela, de modo especial en la Secundaria. La literatura pasa a convertirse en una experiencia extraña y aparecen, tanto en la lectura como en la escritura, todos los miedos vinculados a un sistema que ha convertido una experiencia natural y placentera en una disciplinaria. Entonces aparecen los miedos y el displacer.

Leer, decía Pennac, como amar, es un verbo que no admite imperativo. Creo que cualquier propuesta escolar que pretenda reincorporar a los jóvenes al mundo de la literatura debe pasar por recuperar el placer, las conexiones emocionales con la ficción y la eliminación de los miedos. En el espacio y el tiempo de la lectura y la escritura deberían cohabitar la pasión y la libertad. El docente haría bien en posibilitar ese espacio y ese tiempo, y en habitarlos.

 

Afirmas que fuiste expulsado del mundo de la infancia. Esa sensación de orfandad, de nostalgia por épocas pasadas es bastante frecuente entre los escritores. ¿Sirve la literatura de consuelo a la hora de encarar el paraíso perdido de la infancia?

Creo que era Millás quien decía que la escritura abre y cauteriza heridas al mismo tiempo. La escritura de estos cuentos no me ha producido consuelo, tal vez liberación. Lo que sí he sentido es un grado enorme de consciencia y de libertad. En este último sentido, es la escritura la única experiencia donde encuentro una relación verdadera conmigo mismo, donde no me miento. Es posible que eso me acerque a la infancia de algún modo, no lo sé, pero la desnudez te convierte también en más vulnerable.

Puede que la lectura sea una experiencia más consoladora.

Entrevista a Rafael Falcón Lahera

Los cuentos de Sin que sepamos nada de la última gota están escritos en tono menor, aparentemente enfocados a resaltar las flaquezas de la condición humana. ¿Se puede escribir un libro de estas características en un momento de gran exaltación por la vida, o más bien hay que escribirlo mientras se comparte con los personajes cierto cansancio existencial?

Yo, al menos, no hubiera podido. La escritura de estos cuentos ha sido el modo personal de responder a una situación de desorden, de desajuste conmigo mismo y con el mundo. Aunque también es verdad que el ser humano es, en cierto sentido, un animal en perpetua crisis de sentido, lo que explica la existencia misma del arte. Un hombre feliz, exaltado, supongo que no se pone a escribir. Es necesaria una consciencia de incompletud.

Pero sí, esta colección es especialmente sombría y su escritura coincidió con una crisis personal.

 

¿Cómo ves el mundo de la edición de obras literarias en España?

No conozco ese mundo. Tenía estos cuentos para publicar, lo intenté en una convocatoria pública y fracasé. Luego opté por editarlos de este modo.

 

“El avispero” narra la reclusión voluntaria de un hombre en un armario que pretende huir de las visitas de los vecinos, que han tomado su casa como si de un club social se tratara. El cuento tiene cierto aire a metafórico que invita a reflexiones filosóficas, por ejemplo la pertinencia o no de asilarnos del mundanal ruido. En el siglo XXI, cuando estamos en gran medida intercomunicados, ¿hemos reducido los niveles de soledad o estamos igual que siempre?

Sí, es lo que Kant llamaba la insociable sociabilidad del ser humano. El protagonista, que se encierra voluntariamente, necesita de algún modo la presencia de sus vecinos en su casa, le tranquiliza. No sabe estar con ellos, tampoco sin ellos, y encuentra esa soledad compartida.

No estoy seguro de ser capaz de responder a tu pregunta y realizar comparaciones con tiempos pasados. Tampoco quiero construir discursos que ensalce tiempos pretéritos. Pero sí creo que como sociedad vivimos en una situación de crisis y que una de las manifestaciones de esa crisis tiene que ver con la soledad y con el fracaso de la comunicación con los otros. En cambio, como elemento positivo, creo que hay una consciencia creciente de esa crisis y, por tanto, hay movimientos individuales y colectivos hacia una nueva forma de estar en el mundo y con los otros.

Para la amistad, el amor, para hablarnos y escucharnos, para la democracia y para la escuela, necesitamos tiempo. Y vivimos en una mezcla de velocidad y miedo al vacío que no nos permite vivir plenamente todo lo anterior. Sin tiempo no hay experiencia real, y así la amistad, el amor o la educación devienen pura mercancía.

 

Tus alumnos de Diversificación publicaron el pasado año un poemario, DI VER SO, que recibió el VIII Premio Nacional de Educación para el Desarrollo. ¿Puedes explicarnos cómo nació este proyecto y cuáles eran sus objetivos?

Bueno, DI VER SO fue parte de un proyecto más amplio y complejo. Tenía que ver con el uso de la creación artística, fundamentalmente la poesía, como instrumento de empoderamiento y de sensibilización en relación a los Derechos Humanos.

Mi escuela, tu refugio surge en respuesta a las preguntas que, como docentes, nos hicimos a principios de curso sobre nuestra responsabilidad en relación a la llamada “crisis de refugiados”, así como a nuestro deber de trabajar en la construcción de una sociedad formada por individuos sensibles al drama que viven otros seres humanos, capaces de ser críticos, rebelarse y actuar ante situaciones de injusticia. Nos preguntamos, en definitiva, cómo debíamos transformar la escuela y nuestro trabajo en ella para convertirnos en seres humanos respetuosos y responsables.

La respuesta la buscamos en el arte.

 

Imaginemos el siguiente escenario: un alumno de universidad aprueba un examen con una nota de 6 sobre 10. El profesor se encuentra ante un dilema: el examen está plagado de faltas de ortografía y ahora duda entre aprobarlo y suspenderlo. Estas son algunas de esas faltas de ortografía que ha subrayado en rojo: habrir (en vez de abrir), becino (en vez de vecino), a ido (en vez de ha ido), pais (en vez de país), axfisia (en vez de asfixia), jente (en vez de gente)…

¿Crees que el profesor debería suspender el examen por las faltas de ortografía o, por el contrario, debería aprobarlo a pesar de ellas?

(Lee aquí la respuesta de Rafael Falcón Lahera).

Y, ya para terminar, ¿podría recomendarnos un cuento o un poema? 

“Un día vendrá”, de Ángel Zapata. Lo leí hace poco con los alumnos. Cualquiera de los cuentos de “La vida ausente”.

Y dos grandes poetas, amigos, editores de Libros de la Herida, José María Gómez Valero y David Eloy Rodríguez.

De José María:

LA CAÍDA

Como agua derramada sobre el agua,

así se desvanece ante los ojos

la línea que une las presencias,

la luz de oro del vínculo.

 

De David Eloy:

 

Sólo agarrados a las crines de lo crucial

no somos tristes.

Eso es viaje.

Solamente entonces.

 

 

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados