Cuento breve recomendado: ‘La princesa que se andaba en la nariz’, de Mercedes Chozas

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cuento la princesa
Mercedes Chozas

Dos vocaciones conforman la personalidad de Mercedes Chozas: la pasión por la enseñanza y la creación literaria, vocaciones que no se interfieren, al contrario se complementan y relacionan. Catedrática de Lengua Española y Literatura, ha sido profesora en varios Institutos de Educación Secundaria y se jubiló recientemente en el IES Ramiro de Maeztu de Madrid, donde ha impartido clases de Lengua y Literatura de 2.º de Bachillerato y de Literatura del Bachillerato Internacional (BI).

Toda su actividad docente ha estado dirigida a despertar el placer de la lectura en sus miles de alumnos: “Siempre busqué una selección de textos muy cuidadosa, acorde con la edad de los alumnos, textos que despertasen su interés, su sensibilidad, su imaginación y su placer estético. Las lecturas eran de todos los géneros literarios, pero para leer en el aula el teatro fue mi preferido, porque la participación de los estudiantes era inmediata y aprendían a dialogar de forma expresiva. Nunca tuve ningún grupo que no me pidiese que leyéramos más en clase”.

Movida por su interés al uso del teatro en clase, publicó el año 2007 Antología del teatro español, en la colección Austral de la Editorial Espasa: fragmentos muy seleccionados de nuestra gran dramaturgia, con la biografía sucinta de sus autores y una breve introducción a la obra a la que pertenecen los textos. Un libro muy recomendable a cualquier lector que busque una visión general del teatro español y, especialmente, a los profesores y alumnos de Enseñanza Secundaria y Bachillerato para el uso en el aula.

En el año 1995 realizó un trabajo con sus alumnos de COU, La mirada, la memoria y la voz de Valle, que mereció el premio Austral al mejor proyecto escolar sobre Valle-Inclán.

Su interés por el cuento –siempre con el mismo propósito de la proyección en clase, dio como resultados varios títulos. Palabras de cuento, premio Nacional de Literatura Infantil en 1979, publicado por la Editorial Miñón, Valladolid, 1980.

En 2002 publicó Antología de cuentos. Antes de los dieciocho, en la colección Austral de Espasa. Una acertada selección de autores tan importantes como Chéjov, Valle Inclán, Baroja, Carson McCullers, London, Cortázar entre otros. La intención de la antología queda bien explícita en sus propias palabras:

Desde que empecé a dar clases quise hacer una antología que reuniera cuentos cuyos protagonistas fueran muy jóvenes. Pensaba en un libro de cuentos con personajes cercanos a los alumnos para introducirlos en el mundo literario de manera natural. El título, Antes de los dieciocho, marcaba muy bien la frontera de la mayoría de edad y, a la vez, permitía incluir la infancia y la adolescencia, etapas de la vida llenas de promesas y esperanzas, y que dejan tantas huellas en nuestra personalidad. Al preparar la selección de cuentos, siempre tuve presentes a los lectores, por esa razón preferí una agrupación temática próxima a su educación sentimental: el primer amor, la crueldad, la despedida de la infancia, el desengaño, la fantasía para inventar trastadas, la dureza del trabajo, la vocación, la fortaleza, la relación con los adultos y la muerte. Creo que es el mejor camino para que reconozcan emociones y comportamientos de personajes con los que puedan identificarse.”

Sus labores, Editorial Calambur, 2009, es otro libro de catorce relatos en los que predomina el humor y la ternura al realizar la autora el retrato moral de dos generaciones que convivieron durante la segunda mitad del siglo XX, la de los que empezaba a ser jóvenes, al principio rebeldes y después acomodaticios, y la de sus padres conservadores pero que supieron adaptarse al cambio de aquellos años.

Además de otras obras, Mercedes Chozas es autora de dos importantes novelas: Las horas náufragas, Editorial Calambur, 2006, premio Río Manzanares de Novela, y Los abecedarios, publicada en la misma editorial en 2013.

En la primera, dos personajes femeninos rememoran la vida de tres generaciones: desde el mundo de la Galicia rural de los abuelos a la emigración a Madrid y las experiencias juveniles de los nietos en los últimos años de la dictadura.

En Los abecedarios se narra la vida de Águeda que, como se ha escrito, “tiene en común con los pícaros la orfandad, el servicio a distintos amos, la deshonra y el aprendizaje de muchas tretas para sobrevivir. En su camino de madurez desde las costas gallegas hasta el centro de Madrid, se guía por diversos abecedarios: el de las palabras, el de los cuentos y el de la experiencia. El Tesoro, de Sebastián de Covarrubias, el érase una vez y la vida forman una red que enlaza historia y fantasía con la fluidez de las narraciones bien contadas.”

Las dos novelas transcurren en dos escenarios particularmente queridos y conocidos por la autora: Galicia, donde ha pasado los veranos desde niña y se ha empapado del habla, del extraño y maravilloso paisaje, sus tipos y costumbres rurales, y Madrid el lugar de nacimiento, de vivencias universitarias, la dictadura franquista, la transición…

Miguel Díez R.

 

cuento la princesa que se andaba en la nariz
Raxó, Galicia | Imagen

 

 

LA PRINCESA QUE SE ANDABA EN LA NARIZ

Mercedes Chozas (Madrid, 1952)

Cuando era pequeña quería parecerme a muchas personas. En el colegio quería parecerme a dos niñas que me atraían con la misma fuerza a pesar de comportarse de manera contraria.

Una era bajita, vivaracha, con un pelo liso y escaso, del color de la mostaza; traviesa y deslenguada. Siempre tenía los dedos manchados de tinta y, al escribir, iba dejando sus huellas azules sobre las cuartillas como un rastro que condujera a algún lugar secreto. Se llamaba Silvia y a mí me daba envidia su desorden resuelto y su audacia para decir lo que se le antojara en cualquier momento.

La otra era alta, tenía el pelo marrón, tan rizado y tan abundante que siempre se lo ataba en una coleta gorda que le escondía el cuello y no dejaba ver la pizarra a quien se sentara detrás. Era pausada y segura. Sus movimientos parecían regalados por un más allá en que todo tenía un sitio exacto. Cogía la pluma entre el índice y el pulgar sin ninguna vacilación y la sujetaba con vigor y delicadeza. Sus cuartillas siempre estaban impolutas y, cuando escribía, iba llenando los renglones en líneas iguales, con una letra redonda y un poco apretada que se inclinaba hacia la derecha. La llamaban Patamen y a mí me daba envidia su orden heredado y su elegancia.

En casa de Silvia jugábamos a las tinieblas en un cuarto lleno de armarios y cachivaches. Bajábamos la persiana, apagábamos la luz y chillábamos como locas con los sobos de quien la pagaba, sobre todo si se trataba de sus dos hermanos, Manolo, que tenía catorce años, las manos largas y siempre iba de farol, o Ñaño, con doce, suave y tímido. Todas estaban coladas por Manolo y él se chuleaba vacilando todo el rato; a mí me gustaba Ñaño y en medio de las tinieblas hacíamos manitas.

A casa de Patamen íbamos a hacer trabajos de ciencias porque allí podíamos consultar las mejores enciclopedias de animales a nuestras anchas. Nos sentábamos alrededor de una mesa oscura y resumíamos lo más importante, luego calcábamos el dibujo y le dábamos color en el único cuarto de aquella casa que no parecía de niñas. Al terminar, su madre nos llamaba desde la cocina donde nos recibía con una merienda de rechupete, chocolate con churros y bizcochos. Patamen era la segunda de cinco hermanas seguidas y un hermano pequeño al que tenían requetemimado y al que nosotras hacíamos rabiar sacándole la lengua.

Los días en que copiaba a Silvia, me soltaba unos mechones de pelo sobre la frente aunque no me cayeran como a ella porque el pelo fosco no pesa y se disparata hacia arriba. Me mordía las uñas, me limpiaba las manos de tinta en el babi, llenaba los bolsillos de papeles y hacía una letra que se erguía o se abultaba de repente, formando líneas parecidas a montañas. Decía “cuatro y cuatro ocho, mierda para ti y para mí un bizcocho”, si alguien me pedía que me apartase, y “¡jolines!” cada dos palabras. Ponía una pierna doblada sobre la silla y me sentaba mal adrede, y, si me preguntaban en clase, respondía como si la nota me trajera sin cuidado.

Cuando me quería parecer a Patamen, alineaba los libros en el pupitre y colocaba en los huecos las cosas que mejor encajaran: el tintero, la goma gorda, la regla, el estuche, el secante. Revisaba los forros y las etiquetas y, si ya estaban muy usados, los cambiaba. Doblaba el pañuelo en cuatro y sólo utilizaba una puntita, guardándolo en el babi al que mantenía limpio y sin arrugas. Hacía todas las letras del mismo tamaño y apoyaba las manos como si no pesasen para no manchar las hojas. En clase me mantenía erguida y contestaba con calma y seguridad.

El fastidio era que no terminaba de copiar bien, por mucho que afinara nunca conseguía ni ser Silvia ni ser Patamen. Me quedaba a mucha distancia de mis modelos y me salía una caricatura. Aunque llevase los calcetines medio comidos, no llegaban a desaparecer del todo como le ocurría a Silvia. Y cuando me sentía orgullosa por haber contestado sacamuelas a la pregunta de ¿me cuelas?, a ella le oía palabras inimaginables que parecían sacadas de la bolsa de un bandolero. Decía: “maricojuñeta”, “rica, rasca, rasca, que te pica”. Y cientos de frescas que yo oía con reverencia. Y por mucho que me desgañitara en el patio o me moviera de aquí para allá, los gritos de Silvia eran mucho más agudos y su figura estaba en todas partes a la vez.

Con Patamen la copia se complicaba más porque yo no me conformaba con la simple apariencia de orden, yo pretendía alcanzar su desenvoltura, su naturalidad para hacer las cosas bien, como si no se pudiesen hacer de otra manera. Cuando jugábamos a balón prisionero, su modo de coger la pelota era perfecto, y no me cansaba de mirarla para aprender. Su posición era el centro y en primera línea donde le caían unos pepinazos tremebundos. Los recibía encogiéndose sobre sí misma sin separar los codos del cuerpo, con las dos manos arqueadas y dispuestas según la medida del balón. Luego, para lanzar la pelota, cogía carrerilla y con el brazo derecho impulsado desde atrás, disparaba un tiro que rompía las filas contrarias. Y lo más increíble era que después del partido su coleta no se había deshecho y sólo delataban algo de fatiga unas gotas de sudor apenas visibles en la parte alta de la frente, junto al pelo. Yo, sin embargo, terminaba siempre en el bando de las prisioneras, con la cara a punto de estallar, sin haber logrado esconder los agujeros por los que se me colaban todos los balones.

Además había otra pega, y supongo que eso sería lo más importante, y era que yo nunca hubiera podido ser ni una ni la otra, porque era una mezcla de las dos. Me agotaba fingir orden y seguridad, y tampoco aguantaba muchos días seguidos de niña alocada y a medio hacer. Siempre me he quedado en las medias tintas, con la impresión de ser la más divertida de los aburridos y la más aburrida de los divertidos; y, así, podría seguir hasta el agotamiento porque, en efecto, creo que soy la más lista de los tontos y la más tonta de los listos, o la más buena de los malos y la más mala de los buenos.

Por suerte esto me pasaba sólo en el colegio, en vacaciones o en casa era muy distinto; ahí me sentía libre, no tenía que demostrar nada; la vida iba haciéndose naturalmente. Con diez años yo era la mayor de seis hermanos, tres chicos y tres chicas, y cada uno iba ocupando el sitio que le dejaban los otros, sin más complicaciones que alguna pelea de vez en cuando. Las reglas estaban muy claras: si te salías de tu sitio te podían llover porrazos de todas partes, pero si respetabas a los de al lado, se sobrevivía en paz.

En verano íbamos a Raxó, un pueblecito pesquero a las orillas de la ría de Pontevedra, donde vivíamos casi tres meses de independencia, sin que nadie nos vigilara ni exigiera otra cosa de nosotros más que aparecer a las horas de la comida y de la cena; y donde podía dar rienda suelta a todos los parecidos que quisiese. Allí me encontraba con Juana, una amiga que me había buscado mi abuela en la playa. Nos conocimos con cinco años, cuando las dos ya arrastrábamos tres hermanos detrás y buscábamos otra niña de la misma edad que no necesitase ser cuidada. Aquella mañana estábamos haciendo un pozo. Cada día, al llegar a la playa, mi abuela nos animaba a construir algo antes de bañarnos. Golpeaba dos conchas de vieira que llevaba colgadas al cuello como si fuese una peregrina, y con voz de mando decía: “un volcán”. Y entonces todos los niños se acercaban y cumplían la orden junto a nosotros. Aquella mañana mandó hacer un pozo, y nos fuimos hacia la orilla para que fuera un pozo con agua. El mío era demasiado estrecho y apenas me cabía la mano; el de Juana era ancho y hermoso, en el fondo tenía agua y le había puesto algas alrededor. A mi abuela le gustó más que ninguno y me llevó a verlo. “No es un pozo, es un estanque,” dije, “pero es más bonito que el mío”. Y nos pusimos a buscar cangrejos y almejas para que pareciera de verdad.

A partir de entonces nos entendimos. Las dos estábamos hartas de ser las mayores y queríamos ser distintas de lo que éramos. Si alguien nos hubiese preguntado a quién deseábamos parecernos, las dos habríamos respondido sin vacilar que nuestro mayor deseo era ser chicos hasta los doce años para ser brutos y libres, y después regresar a la forma de mujeres para ser madres. Nuestros hermanos inmediatos eran varones. Pegaban duro con el puño cerrado, sabían muchísimas palabrotas y nadie les obligaba a poner la mesa ni a vestir a los más pequeños. Para parecernos a ellos, escalábamos las rocas del muro de la playa de Sinás. Enormes y muy lisas, nos triplicaban en altura y llegar hasta la cima suponía una proeza. Había que subir muy despacio, avanzando poco a poco, con los dedos de los pies y de las manos metidos en las grietas de la pared. Nunca conseguimos culminar porque éramos bastante patosas y las alturas nos daban mucho miedo, pero conseguimos unos cuantos arañazos, muchas rozaduras y endurecer la piel. Una vez en el suelo, contábamos las señales a ver quién tenía más, y a la mañana siguiente volvíamos a repasarlas y discutíamos si quedarían cicatrices o no. También considerábamos como parte de nuestra educación masculina tirar piedras, andar descalzas, mancharnos con chapapote, escupir lo más lejos posible y no peinarnos. Así que, durante los días en que queríamos ser chicos andábamos despelujadas, con los bolsillos llenos de piedras, las zapatillas sujetas al cuello por los cordones, el tizne del alquitrán ennnegreciéndonos brazos y pantorrillas, y la boca preparada para una descarga de salivazos. Lo curioso es que mientras nos duraba la murga de los chicos, no nos juntábamos con ellos. Nuestras imitaciones eran secretas y ni sometidas a tortura las hubiésemos revelado.

En otra cosa coincidíamos las dos: en la inconstancia. Nos atraían tantos modelos que los variábamos con mucha frecuencia a lo largo del verano, sin que nos importara la continuidad entre unos y otros. Nada tenía que ver con el aprendizaje masculino otro de nuestros calcos favoritos: el de Susana, que nos atraía con una mezcla de rechazo por lo que tenía de cursi y de seducción porque nos encandilaba. Era la hermana mayor de Ana Rosa, la musa de los contornos, una mezcla de Rocío Durcal y la jovencita del anuncio del plan Ponds, belleza en siete días; pretendida por todos los chicos mayores. Estábamos seguras de que podía ser la novia de Adamo o de los Brincos, y por mucho que la mirábamos, nunca veíamos ningún defecto en su físico, ni siquiera en los pies que considerábamos perfectos. La remedábamos en la playa, bien cerca del original. Primero, sacudíamos las toallas y, sólo, si estaban sin arena y sin arrugas, nos sentábamos cruzando una pierna sobre la otra y, al levantarnos, estirábamos la punta de los pies como si bailásemos. Nos bajábamos los tirantes del bañador por debajo de los hombros, cogíamos unas conchas y hacíamos que nos dábamos crema mirándonos a una piedra plana que era el espejo. Después nos tumbábamos muy estiradas y nos poníamos dos lapas encima de los párpados. El único problema era que Ana Rosa nos llamaba idiotas y memas, cada vez que nos pillaba, y entonces empezábamos a discutir gritando que podíamos jugar a lo que quisiésemos, y terminábamos enfadadas.

Otro de nuestros modelos preferidos eran las pescadoras, con las patelas rebosando de peces sobre sus cabezas, sin que el bamboleo de los andares alterase la carga, igual que bandejas volantes. Para copiarlas, nos escondíamos donde nadie pudiera ver cómo se nos caían los cestos y las canastas que nos colocábamos en la cabeza. Tampoco nos cansábamos de mirarlas, tan erguidas y a la vez tan onduladas, con sus caderas oscilando a derecha e izquierda, el cuello alto y redondos los brazos. Tiesas al caminar y tranquilas en reposo, con una mano en la cintura y la otra acompañando a las palabras, inquieta y descarada, y, allí arriba, en el aire, la carga ajena a lo que ocurría abajo. Algunas se iban a las rocas para limpiar el pescado y nosotras las seguíamos. “¡Eh, rapazas!, ¿queredes destripar os peixes?” Y en esos momentos sí que éramos felices metiendo las manos en el amasijo blando que nos manchaba de sangre, nos salpicaba y nos marcaba con su olor. Se introducía un dedo para rasgar la piel y arrastrar los desperdicios con decisión según veíamos hacer a las mujeres, y, luego, sumergíamos el pez en el agua para lavarlo bien. Las sardinas brillaban como hojas de cuchillos, y si las cogías por la cola, parecía que nadaban. A veces se nos rompía alguna o se escapaba, y nos caía un buen capón por parvas.

Juana era gorda, me sacaba la cabeza, el pelo le pesaba y si el aire lo movía, volvía a quedarse en su sitio. Casi siempre estaba contenta, no sabía decir mentiras y el demonio le daba tanto miedo como a mí. Resistía buceando casi dos minutos, se tiraba a bomba mejor que nadie y daba unos abrazos que apretaban muy fuerte y te aislaban del mundo. A ella le gustaba que yo fuese delgada y estudiosa, y que casi resistiera lo mismo buceando; y le hacía gracia mi mal genio y que fuese mandona. Las dos íbamos juntas a todas partes y no permitíamos que nadie se metiera con la otra. A pesar de querer parecernos a tantas personas, nos sentíamos muy orgullosas de ser niñas; en eso no teníamos dudas de ninguna clase, pertenecer a ese paréntesis de la vida al que llamaban infancia, nos situaba en un refugio del que estaban fuera los pecados gordos, las responsabilidades, la política y el aburrimiento. Disfrutábamos al oír a los mayores: ” Esto no es para niños” o “!Los niños fuera!” o “No les digas nada que son niños”, porque nos dejaban libres, lejos de un mundo en que todos ocupaban su sitio y no se salían de él. Nos sentimos completamente a salvo mientras no llegamos a los doce años, la docena nos parecía una cosa muy seria, una línea fronteriza que ya amenazaba con el porvenir. Por eso, el último verano en que todavía teníamos once, quisimos que nuestras imitaciones quedaran en la memoria de los demás y decidimos hacer teatro.

Yo elegí la obra: Pelos el Monaguillo, y también fui yo quién asignó los papeles: el rey , Ana Rosa; el dragón, Enma; Chan Chin Chon, Paloma; Pelos, Juana; y yo, la princesa. Todas se dieron cuenta de que me había cogido el mejor papel y protestaron, pero, al final, cada una aceptó su personaje. A quien más me costó convencer fue a mi hermana Paloma que se negaba a representar al chino, porque siempre le toceba hacer de indio, de negro o de oriental por su pelo rizado, su lengua de trapo y su nariz chata. Por fin empezaron los ensayos en la terraza de Juana. Fueron fatigosos y cargantes, Paloma cobró más de una vez hasta que acabó resignándose a la mala suerte de ser la hermana pequeña de la directora. Yo me convertí en una tirana que exigía ser puntuales, tener memoria y actuar con sencillez. Gritaba, reñía, cortaba, mandaba repetir y, de mala gana, las actrices me iban obedeciendo. Los últimos días antes de la representación preparamos el vestuario con ayuda de las madres, el rey llevaba una túnica, una toalla granate como manto y una corona de cartulina dorada; Chan Chin Chon, mi pijama amarillo; Pelos iba con una blusa blanca sobre un vestido rojo, un apagavelas de verdad y todo el pelo echado hacia delante en forma de taza; para el dragón nos hicieron una capucha verde con una boca enorme por la que asomaban unos dientes asombrosos y una larguísima lengua del color de la sangre; y la princesa vestía un camisón de su madre con un canesú repleto de puntillas y un lazo rosa en la cintura. No necesitamos preparar ningún decorado porque la terraza reunía todas las condiciones: una ventana doble, a ras del suelo, que se abría a una habitación más baja y que desde el principio fue la cueva del dragón, y cuatro escalones en la parte derecha por donde subían los actores al escenario.

A finales de Agosto se estrenó Pelos el Monaguillo sin ningún percance y con un éxito completo. Las entradas valían un duro y las vendían nuestros hermanos a la puerta de la casa. Eran cuadraditos de papel y tenían un número escrito para participar en una rifa. El público lo formaban nuestros padres y la pandilla de los mayores, y precisamente ese era el punto fuerte de la función, porque a todas nos gustaban los García Peñuela que eran cinco hermanos de Samieira medio novios de Susana y sus amigas, y cada una pensábamos en los efectos que produciría nuestra actuación en ellos. Ana Rosa perdió los nervios y salió llorando en la despedida del rey a su hija. La acotación lo decía claramente: llora, y, así, sus palabras salieron entre gemidos: ”Hija, ese terrible dragón no te escuchará y te devorará sin piedad… Eres lo más querido que yo tengo… !No, no quiero perderte!”. Chan Chin Chon gritó: “! Hololoso, hololoso, hololoso!”, de manera tan convincente que arrancó los primeros aplausos, y continuó de carretilla, segura ya de su importancia: “El dlagón pide que le entleguen a la Plincesa pala devolala. Una Plincesa tan buena, tan helmosa, tan quelida de todos… y si no, destluilá todo el leino.” Enma rugió fuerte tras su careta: “!Brr, brr, brr!… ! No, no, no! No es esta la princesa que yo esperaba. Tú eres demasiado bonita para que yo te mastique. !No, no, no! Yo no puedo deshacerte como a un polvorón… Pero !no te hagas ilusiones!… Más te valdría ser masticada por mí que llevar la vida que yo voy a darte… !Ja, ja, ja, ja!, bajaremos a mi reino, al reino sucio y maloliente de las Entrañas de la Tierra donde quedarás prisionera entre la oscuridad y las telarañas.“ Pelos se remangó y, entre risas, dobló el brazo izquierdo para mostrar que no tenía bolita como los hombres. El público ya estaba entregado y gritó “¡Viva Pelos!”, y aplaudió a rabiar después de que se acercara a la ventana y terminara de decir: “Ya estoy ante la cueva del dragón. ¡Qué mal huele! ¡Pfff!… ¡Si será guarro!… Esperaré a ver si sale… Tengo miedo, os aseguro que tengo muchísimo miedo. Pero me lo aguanto.” Y la princesa, yo, se creyó de verdad una princesa y desde su pedestal miraba a Lolo, segura de que la querría para siempre: “¡Dragón!… ¡Rey de las entrañas de la tierra! ¡Soy la princesa, que viene a ti para ser tu esclava!”

El momento más emocionante fue el saludo final. El público en pie gritaba ¡bravo! y no dejaba de aplaudir. Fueron unos minutos perfectos en que éramos a la vez nosotras y nuestros personajes; yo era una niña de diez años y era también una princesa guapa y dulce a la que todos querían. En ese instante me pareció que el mundo estaba bien hecho. Pero, en medio de la felicidad, me di cuenta de que las sonrisas y las miradas y los aplausos se dirigían sobre todo a Chan Chin Chon, a Pelos y al dragón, y que había más bravos y enhorabuenas para ellas que para mí. Luego, en la calle, ya vestidas de nosotras, los García Peñuela felicitaron a Juana por su papelón de Pelos y Lolo le dijo a Paloma que nunca había visto un chino que hablara tan bien el chino y a Emma que sus rugidos ponían la carne de gallina; y a mí ni me miró.

A la caída de la tarde, me separé de todos y fui a sentarme sobre las rocas. En los ratos melancólicos en que uno se da cuenta de que no es tan querido como se merece, se pueden hacer varias cosas: enfurruñarse, echarse a llorar, pellizcarse, morderse las uñas, dar puñetazos, patalear o meterse el dedo en la nariz. Eso hice yo. Y cuando ya estaba completamente concentrada en la labor de hacer pelotillas, escuché lo que decían Juana y Paloma mientras se acercaban: “Mira, la princesa se anda en la nariz”.

Sus labores, Madrid, Calambur, 2009

 



Comentario

La princesa que se anda en la nariz es el primer cuento que escribí y el que impulsó el libro de Sus labores. Es un relato autobiográfico que tuvo título antes de nacer pues aludía a una escena que me rondó por la cabeza durante meses: una niña vestida de princesa con el dedo metido en la nariz. Sabía que esa imagen era el embrión de una buena historia que tenía que escribir.

A muchas narraciones les basta con una escena para convertirse en relato, a otras, no. En este caso, faltaba algo importante que le diera más alcance, así que volví a recordar a la niña de once años que fui para reconocerme en ella, descubrí entonces que la imitación es uno de los principales estímulos que alienta el proceso de aprender y de hacerse mayores. Todos los niños desean parecerse a alguien en su camino hacia la adolescencia, eligen unos modelos reales o ficticios y, de este modo, desarrollan su personalidad. Desde luego, es un camino bastante complicado que se nutre de las imitaciones. Quizá ese vaivén entre el yo y el otro me dio la clave del cuento.

La protagonista de la historia quiere parecerse a muchos modelos: a otras niñas, a alguna jovencita presumida, a las pescadoras del pueblo y a casi todos los chicos que la rodean. Los imita y va cumpliendo años, hasta que llega a los once, momento en que intuye que se acabará su infancia y empezará una etapa más difícil. Pero entonces descubre que el teatro es un arte que le permite copiar de verdad y cuando representa a una princesa, se siente una auténtica princesa.

Y ahora sí que tenía los dos motivos temáticos para escribir la historia, la emulación y el dedo en la nariz. Esa suma de asuntos recuerda el binomio fantástico de Rodari, cuya técnica explica en La gramática de la fantasía. También Piglia habla de la necesidad de dos núcleos temáticos para que surja un buen relato. Principio que he aplicado a muchos de mis cuentos para lograr narraciones más redondas.

Mercedes Chozas

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2 comentarios en “Cuento breve recomendado: ‘La princesa que se andaba en la nariz’, de Mercedes Chozas

  1. Amigos
    Bueno, no entiendo su correo, pues mi anterior mensaje no fue publicado.
    Repito: Es un cuento excelente y una escritora admirable.

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