Un tal Lucas, un tal Julio Cortázar

Un tal Lucas, un tal Julio Cortázar
Julio Cortázar

El tal Lucas es el mismo tal Julio. Desde allí, parapetado tras esa identidad de niño o adolescente,  el escritor lanza sus dardos y sus ideas a veces excéntricas y geniales, a veces extemporáneas, sobre lo humano y lo divino. En sus escritos exhibe un pensamiento transgresor como sus “tips” de cómo lustrarse los zapatos o de cómo hacer el amor en una bicicleta. La crítica ha dicho que Un tal Lucas más que un libro con historias y ficciones es un compendio genial contra los tontos graves. Y no deja de estar en lo cierto.

El libro reúne una colección de ideas negras, de sandeces geniales, de un teatro con luces apagadas y los actores dándole al segundo acto, de velas sin pabilo y de picarones sin hoyo. Julio Cortázar amaba lo diferente. Él mismo un día leía en éxtasis a Baudelaire y más tarde se iba al boxeo a ver cómo Monzón le sacaba a mierda al “Mantequilla Nápoles”.

Veamos tres ejemplos de su original forma de combatir las voces de los tontos graves.

Por Ernesto Bustos Garrido

 

De “Un tal Lucas”, de Julio Cortázar





El verba volant les parece más o menos aceptable, pero lo que no pueden tolerar es el scripta manent¹, y ya van miles de años de manera que calcule. Por eso aquel mandamás recibió con entusiasmo la noticia de que un sabio bastante desconocido había inventado el tirón de la piolita² y se lo vendía casi gratis porque al final de su vida se había vuelto misántropo. Lo recibió el mismo día y le ofreció té con tostadas, que es lo que conviene ofrecer a los sabios.

–Seré conciso –dijo el invitado–. A usted la literatura, los poemas y esas cosas, ¿no?

–Eso, doctor –dijo el mandamás–. Y los panfletos, los diarios de oposición, toda esa mierda.

–Perfecto, pero usted se dará cuenta de que el invento no hace distingos, quiero decir que su propia prensa, sus plumíferos.

–Qué le vamos a hacer, de cualquier modo salgo ganando si es verdad que.
–En ese caso –dijo el sabio sacando un aparatito del chaleco–. La cosa es facilísima. ¿Qué es una palabra sino una serie de letras, y qué es una letra sino una línea que forma un dibujo dado? Ahora que estamos de acuerdo yo aprieto este botoncito de nácar y el aparato desencadena el tirón que actúa en cada letra y la deja planchada y lisa, una piolita horizontal de tinta. ¿Lo hago?

–Hágalo, carajo –bramó el mandamás.

El diario oficial, sobre la mesa, cambió vistosamente de aspecto; páginas y páginas de columnas llenas de rayitas como un morse idiota que solamente dijera

–Échele un vistazo a la enciclopedia Espasa –dijo el sabio, que no ignoraba la sempiterna presencia de ese artefacto en los ambientes gubernativos. Pero no fue necesario porque ya sonaba el teléfono, entraba a los saltos el ministro de cultura, la plaza llena de gente, esa noche en todo el planeta ni un solo libro impreso, ni una sola letra perdida en el fondo de un cajón de tipografía.

Yo pude escribir esto porque soy el sabio, y además porque no hay regla sin excepción.

 

Lazos de familia

Odian de tal manera a la tía Angustias que se aprovechan hasta de las vacaciones para hacérselo saber. Apenas la familia sale hacia diversos rumbos turísticos, diluvio de tarjetas postales en Agfacolor, en Kodachrome, hasta en blanco y negro si no hay otras a tiro, pero todas sin excepción recubiertas de insultos. De Rosario, de San Andrés de Giles, de Chivilcoy, de la esquina de Chacabuco y Moreno, los carteros cinco o seis veces por día a las puteadas, la tía Angustias feliz. Ella no sale nunca de su casa, le gusta quedarse en el patio, se pasa los días recibiendo las tarjetas postales y está encantada.

Modelos de tarjetas: “Salud, asquerosa, que te parta un rayo, Gustavo”. “Te escupo en el tejido, Josefina”. “Que el gato te seque a meadas los malvones, tu hermanita”. Y así consecutivamente.

La tía Angustias se levanta temprano para atender a los carteros y darles propinas. Lee las tarjetas, admira las fotografías y vuelve a leer los saludos. De noche saca su álbum de recuerdos y va con mucho cuidado la cosecha del día, de manera que se puedan ver las vistas pero también los saludos. “Pobres ángeles, cuántas postales me mandan”, piensa la tía Angustias, “ésta con la vaquita, esta con la iglesia, aquí el lago Traful, aquí el ramo de flores”, mirándolas una a una enternecida y clavando alfileres en cada postal, cosa de que no vayan a salirse del álbum, aunque eso sí clavándolas siempre en las firmas vaya a saber por qué.

 

Vida de artistos

Cuando los niños empiezan a ingresar en la lengua española, el principio general de las desinencias en “o” y “a” les parece tan lógico que lo aplican sin vacilar y con muchúsima razón a las excepciones, y así mientras la Beb es idiota, el Toto es idioto, un águila y una gaviota forman su hogar con un águilo y un gavioto, y casi no hay galeoto que no haya sido encadenado al remo por culpa de una galeota.

A mí me parece esto tan justo que sigo convencido de que actividades tales como la de turista, artista, contratista, pasatista y escapista deberían formar su desinencia con arreglo al sexo de sus ejercitantes. Dentro de una civilización resueltamente androcrática como la Latinoamericana, corresponde hablar de artistos en general, y de artistos y de artistas en particular. En cuanto a las vidas que siguen, son modestos pero ejemplares y me encolerizaré con el que sostenga lo contrario.

 

*** Un tal Lucas. Editorial Santillana 1996–2000–2001. Impreso en España




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