Dos historias en español para niños a partir de cuatro años

Hoy os traemos dos historias en español para niños a partir de cuatro años: “El gato con botas” y “El príncipe rana”. Dos cuentos infantiles que han hecho volar la imaginación de nuestros pequeños.  Al final de cada cuento incluimos un vídeo sobre cada uno de ellos.

El gato con botas narra una historia sobre una herencia dejada por un molinero pobre a sus tres hijos. Estos se reparten dicha herencia (un molino, un asno y un gato), y ahí, claro, comienzan los problemas para el hijo que se ha quedado con el gato. Por suerte, se trata de un gato muy pero que muy astuto…

El príncipe rana narra la aventura de una princesa que pierde una bolita de oro macizo en un pozo. Una rana se presta a sacar la bolita del pozo con una condición…


Vuestros niños podrán disfrutar con estos cuentos, uno de ellos sobre cómo superar la adversidad con astucia y el otro sobre la responsabilidad ante los compromisos adquiridos.

 

Cuento infantil: El gato con botas

Había una vez un molinero pobre que cuando murió sólo pudo dejar a sus hijos por herencia el molino, un asno y un gato. En el reparto el molino fue para el mayor, el asno para el segundo y el gato para el más pequeño. Este último se lamentó de su suerte en cuanto supo cuál era su parte.

–¿Y ahora qué haré? Mis hermanos trabajarán juntos y harán fortuna, pero yo sólo tengo un pobre gato.

El gato, que no andaba muy lejos, le contestó:

–No os preocupéis, mi señor, estoy seguro de que os seré más valioso de lo que pensáis.

–¿Ah sí? ¿Cómo? –dijo el amo incrédulo

–Dadme un par de botas y un saco y os lo demostraré.

Dos historias en español para niñosEl amo no acababa de creer del todo en sus palabras, pero como sabía que era un gato astuto le dio lo que pedía.

El gato fue al monte, llenó el saco de salvado y de trampas y se hizo el muerto junto a él. Inmediatamente cayó un conejo en el saco y el gato puso rumbo hacia el palacio del Rey.

–Buenos días majestad, os traigo en nombre de mi amo el marqués de Carabás –pues éste fue el nombre que primero se le ocurrió –este conejo.

–Muchas gracias gato, dadle las gracias también al señor Marqués de mi parte.

Al día siguiente el gato cazó dos perdices y de nuevo fue a ofrecérselas al Rey, quien le dio una propina en agradecimiento.

Los días fueron pasando y el gato continuó durante meses llevando lo que cazaba al Rey de parte del Marqués de Carabás.

Un día se enteró de que el monarca iba a salir al río junto con su hija la princesa y le dijo a su amo:

–Haced lo que os digo amo. Acudid al río y bañaos en el lugar que os diga. Yo me encargaré del resto.

El amo le hizo caso y cuando pasó junto al río la carroza del Rey, el gato comenzó a gritar diciendo que el marqués se ahogaba. Al verlo, el Rey ordenó a sus guardias que lo salvaran y el gato aprovechó para contarle al Rey que unos forajidos habían robado la ropa del marqués mientras se bañaba. El Rey, en agradecimiento por los regalos que había recibido de su parte, mandó rápidamente que le llevaran su traje más hermoso. Con él puesto, el marqués resultaba especialmente hermoso y la princesa no tardó en darse cuenta de ello. De modo que el Rey lo invitó a subir a su carroza para dar un paseo.

El gato se colocó por delante de ellos y en cuanto vio a un par de campesinos segando corrió hacia ellos.

–Buenas gentes que segáis, si no decís al Rey que el prado que estáis segando pertenece al señor Marqués de Carabás, os harán picadillo como carne de pastel.

Los campesinos hicieron caso y cuando el Rey pasó junto a ellos y les preguntó de quién era aquel prado, contestaron que del Marqués de Carabás.

Siguieron camino adelante y se cruzaron con otro par de campesinos, a los que se acercó el gato.

–Buenas gentes que segáis, si no decís al Rey que todos estos trigales pertenecen al señor Marqués de Carabás, os harán picadillo como carne de pastel.

Y en cuanto el Rey preguntó a los segadores, respondieron sin dudar que aquellos campos también eran del marqués.

Continuaron su paseo y se encontraron con un majestuoso castillo. El gato sabía que su dueño era un ogro, así que fue a hablar con él.

–He oído que tenéis el don de convertiros en cualquier animal que deseéis. ¿Es eso cierto?

–Pues claro. Veréis cómo me convierto en león

Y el ogro lo hizo. El pobre gato se asustó mucho, pero siguió adelante con su hábil plan.

–Ya veo que están en lo cierto. Pero seguro que no sois capaces de convertiros en un animal muy pequeño como un ratón.

–¿Ah, no? ¡Mirad esto!

El ogro cumplió su palabra y se convirtió en un ratón, pero entonces el gato fue más rápido, lo cazó de un zarpazo y se lo comió.

Así, cuando el Rey y el Marqués llegaron hasta el castillo no había ni rastro del ogro y el gato pudo decir que se encontraban en el estupendo castillo del Marqués de Carabás.

El Rey quedó fascinado ante tanto esplendor y acabó pensando que se trataba del candidato perfecto para casarse con su hija.

El Marqués y la princesa se casaron felizmente y el gato sólo volvió a cazar ratones para entretenerse.

FIN

EL gato con botas en vídeo

 

Cuento infantil: El príncipe rana

Hace muchos, muchos años vivía una princesa a quien le encantaban los objetos de oro. Su juguete preferido era una bolita de oro macizo. En los días calurosos, le gustaba sentarse junto a un viejo pozo para jugar con la bolita de oro. Cierto día, la bolita se le cayó en el pozo. Tan profundo era éste que la princesa no alcanzaba a ver el fondo.

–¡Ay, qué tristeza! La he perdido –se lamentó la princesa, y comenzó a llorar.

De repente, la princesa escuchó una voz.

–¿Qué te pasa, hermosa princesa? ¿Por qué lloras?

La princesa miró por todas partes, pero no vio a nadie.

–Aquí abajo –dijo la voz.

La princesa miró hacia abajo y vio una rana que salía del agua.

–Ah, ranita –dijo la princesa–. Si te interesa saberlo, estoy triste porque mi bolita de oro cayó en el pozo.

–Yo la podría sacar –dijo la rana–. Pero tendrías que darme algo a cambio.

La princesa sugirió lo siguiente:

–¿Qué te parecen mi perlas y mis joyas? O quizás mi corona de oro.

–¿Y qué puedo hacer yo con una corona? –dijo la rana–. Pero te ayudaré a encontrar la bolita si me prometes ser mi mejor amiga. Iría a cenar a tu castillo, y me quedaría a pasar la noche de vez en cuando –propuso la rana.

Aunque la princesa pensaba que aquello eran tonterías de la rana, accedió a ser su mejor amiga.

Enseguida, la rana se metió en el pozo y al poco tiempo salió con la bolita de oro en la boca.

La rana dejó la bolita de oro a los pies de la princesa. Ella la recogió rápidamente y, sin siquiera darle las gracias, se fue corriendo al castillo.

–¡Espera! –le dijo la rana–. ¡No puedo correr tan rápido!

Pero la princesa no le prestó atención.

La princesa se olvidó por completo de la rana. Al día siguiente, cuando estaba cenando con la familia real, escuchó un sonido bastante extraño en las escaleras de mármol del palacio.

Luego escuchó una voz que dijo:

–Princesa, abre la puerta.

Llena de curiosidad, la princesa se levantó a abrir. Sin embargo, al ver a la rana toda mojada, le cerró la puerta en las narices. El rey comprendió que algo extraño estaba ocurriendo y preguntó:

–¿Algún gigante vino a buscarte?

–Es sólo una rana –contestó ella.

–¿Y qué quiere esa rana? –preguntó el rey.

Mientras la princesa le explicaba todo a su padre, la rana seguía golpeando la puerta.

–Déjame entrar, princesa –suplicó la rana–. ¿Ya no recuerdas lo que me prometiste en el pozo?

Entonces le dijo el rey:

–Hija, si hiciste una promesa, debes cumplirla. Déjala entrar.

A regañadientes, la princesa abrió la puerta. La rana la siguió hasta la mesa y pidió:

–Súbeme a la silla, junto a ti.

–Pero, ¿qué te has creído?

En ese momento, el rey miró con severidad a su hija y ella tuvo que acceder. Como la silla no era lo suficientemente alta, la rana le pidió a la princesa que la subiera a la mesa. Una vez allí, la rana dijo:

–Acércame tu plato, para comer contigo.

La princesa le acercó el plato a la rana, pero a ella se le quitó por completo el apetito. Una vez que la rana se sintió satisfecha dijo:

–Estoy cansada. Llévame a dormir a tu habitación.

La idea de compartir su habitación con aquella rana le resultaba tan desagradable a la princesa que se echó a llorar. Entonces el rey le dijo:

–Llévala a tu habitación. No está bien darle la espalda a alguien que te prestó su ayuda en un momento de necesidad.

Sin otra alternativa, la princesa procedió a recoger la rana lentamente, sólo con dos dedos. Cuando llegó a su habitación, la puso en un rincón. Al poco tiempo, la rana saltó hasta el lado de la cama.

–Yo también estoy cansada –dijo la rana–. Súbeme a la cama o se lo diré a tu padre.

La princesa no tuvo más remedio que subir a la rana a la cama y acomodarla en las mullidas almohadas.

Cuando la princesa se metió en la cama, comprobó sorprendida que la rana sollozaba en silencio.

–¿Qué te pasa ahora? –preguntó.

–Yo simplemente deseaba que fueras mi amiga –contestó la rana–. Pero es obvio que tú nada quieres saber de mí. Creo que lo mejor será que regrese al pozo.

Estas palabras ablandaron el corazón de la princesa. La princesa se sentó en la cama y le dijo a la rana en un tono dulce:

–No llores. Seré tu amiga.

Para demostrarle que era sincera, la princesa le dio un beso de buenas noches.

¡De inmediato, la rana se convirtió en un apuesto príncipe! La princesa estaba tan sorprendida como complacida.

La princesa y el príncipe iniciaron una hermosa amistad. Al cabo de algunos años, se casaron y fueron muy felices.

FIN
Otros cuentos infantiles

El príncipe rana en vídeo

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