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Dos microrrelatos alemanes

Microrrelato de Bertolt Brecht: Muerte de una mujer piadosa

La hermana de mi abuela era muy piadosa. Tenía una renta anual de cuatrocientas coronas y una habitación en casa de su hermana, mi abuela. Entregaba a ésta todo su dinero y de ese dinero se compraba lo que ella necesitaba. Además ganaba una suma adicional tejiendo medias, a 25 ores el par. Esa ga­nancia la destinaba a los pobres. Nunca usaba joyas, ni siquiera un broche. Usó el mismo vestido durante treinta años. En la segunda mitad de su vida aprendió, sin profesores, griego y latín; pero aun así continuó viviendo con sólo dos libros: una biblia y un pequeño catecismo. Llegó a los 85 años; pero su lucha contra la muerte duró tres días enteros. En su delirio hablaba mucho de Napoleón, a quien había admirado en su juventud. Además, continuamente intentaba rezar, pero había olvidado las palabras del Padrenuestro. Eso la hacía sufrir mu­cho. Aquella muerte terminó con el resto de mi fe en Dios.

 

Microrrelato de Herman Hesse: La ejecución

En su peregrinación, el maestro y algunos de sus discípulos bajaron de la montaña al llano y se encaminaron hacia las murallas de la gran ciudad. Ante la puerta se había congregado una gran muchedumbre. Cuando se hallaron más cerca vieron un cadalso levantado y los verdugos ocupados en llevar a rastras hacia el tajo a un individuo ya muy debilitado por el calabozo y los tormentos. La plebe se agolpaba alrededor del espectáculo. Hacían mofa del reo y le escupían, movían bulla y esperaban con impaciencia la decapitación.

–¿Quién será y qué delitos habrá perpetrado –se preguntaban unos a otros los discípulos– para que la multitud desee su muerte con tanto afán? Aquí no se ve a nadie que manifieste compasión ni que llore.

–Supongo que será un hereje –dijo el maestro con tristeza.

Siguieron acercándose, y cuando se vieron confundidos con el gentío los discípulos preguntaron a izquierda y derecha quién era y qué crímenes había cometido el que en aquellos momentos se arrodillaba frente al tajo.

–Es un hereje –decía la gente muy indignada–. ¡Hola! ¡Ahora inclina su cabeza condenada! ¡Acabemos de una vez! En verdad ese perro quiso enseñarnos que la ciudad del Paraíso tiene sólo dos puertas, ¡cuando a todos nosotros nos consta perfectamente que las puertas son doce!

Asombrados, los discípulos se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:

–¿Cómo lo adivinaste, maestro?

Él sonrió y, mientras echaba de nuevo a andar, dijo en voz baja:

–No ha sido difícil. Si fuese un asesino, o un bandolero o cualquier otra especie de criminal, habríamos visto entre las gentes del pueblo pena y compasión. Muchos llorarían y algunos hasta pondrían el grito en el cielo proclamando su inocencia. Al que tiene una creencia diferente, en cambio, se le puede sacrificar y echar su cadáver a los perros sin que el pueblo se inmute.

 Los mejores microrrelatos

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