2 historias cortas de Paz Monserrat Revillo

Dos cuentos de la escritora Paz Monserrat Revillo, dos historias cortas que inciden en su serie de mujeres desesperadas. Dos relatos cortos para repensarse a uno mismo. 🙂

Paz Monserrat Revillo es una de las voces más prometedoras de la narrativa española actual. Ha coescrito libros de biología, materia en la que se formó académicamente, y el libro, en colaboración con Jordi de Manuel, 100 situacions extraordinàries a l’aula (Cossetània Edicions, 2014).

Puedes leer otras narraciones breves de Paz Monserrat Revillo en su blog Crónicas desenfocadas. O lee la entrevista que le hice con motivo de su libro de relatos Hormonautas (Nazarí, 2015)

Zafarrancho de limpieza

Últimamente me ha dado por mirar la casa. La miro con atención, como si se tratara de una casa ajena que veo por primera vez. Me paseo por las habitaciones husmeando, abriendo armarios, calibrando la disposición de los muebles. Todo me parece espantoso. Áspero, rancio y lleno de óxido. Hasta mi marido, sentado en su sillón, huele como si estuviera caducado, como si las polillas estuvieran haciendo galerías en su interior.

La semana pasada, un buen día me levanté dispuesta a tirar todo lo que le sobraba a ese horror en el que se había convertido mi hogar. Empecé por los libros del comedor. Los interrogaba uno por uno: ¿Cuánto tiempo hace que nadie te lee? ¿Cuánto polvo eres capaz de acumular? ¿Por qué estás tan amarillo? Si no se sabían defender, directos a la basura. Cinco carros llenos de literatura universal que se fueron hacia la planta de reciclaje. Luego seguí, sorteando al del sillón, que levantaba los ojos del periódico y miraba resignado por encima de las gafas. Una mesita, unas cortinas, los angelitos de porcelana de mi boda. Cuando acabé me fui a las habitaciones: ropa de mis hijos, la mitad de la mía, zapatos llenos de moho y todos los souvenirs de las estanterías.

Tiré y tiré. Con cada bolsa de tamaño industrial que bajaba a los contenedores me sentía más ligera, más eufórica. Una de las veces que pasé trajinando por el comedor pensé que mi esposo tenía un aspecto  mineral, apenas humano. Como un gran ídolo de bronce. Más denso que antes pero también más pequeño, como si hubiera menguado. Me hizo gracia la idea.

Después de vaciar mi hogar de todo lo superfluo, limpié a fondo armarios y estanterías, y pinté dos habitaciones mientras tarareaba remotas canciones de juventud. A esas alturas él era ya un personaje tan insignificante en mi cruzada particular contra el desorden que me pareció que podría caberme en la palma de la mano. Compré un sillón cómodo para leer, copas y tazas de café sencillas, agradables; tres pares de pantalones  y un chaquetón. Después paré.  Yo, en realidad, no soy nada consumista.

Todavía hoy tengo la costumbre de observar la casa con atención, con una mirada diferente. Con mi ojo entrenado ya no se me escapa ni un detalle que no armonice con mi nuevo hogar funcional y diáfano. Desde que los del Ayuntamiento me hicieron el favor de llevarse el sillón de skay donde solía leer mi marido, todo está en orden y una brisa fresca recorre las estancias. En cuanto salieron por la puerta recogí las gafas del suelo, barrí la montañita de serrín de debajo del sofá y fregué a fondo el  terrazo, que  desde entonces brilla como un espejo.

No hay que tener piedad con los muebles viejos, y menos si están infestados de carcoma.

dos historias cortas de Paz Monserrat Revillo
Escritora Paz Monserrat Revillo

Frenética

Cuando a las siete de la tarde se  aferra a su tacita de manzanilla con la mirada perdida mientras la gente entra y sale de la cafetería, es como si por un momento dejara de sentir que la tierra se desplaza treinta kilómetros cada segundo. La carrera ha empezado doce horas antes. Medio bocadillo antes de la primera clase. Tres clases más y una guardia con un grupo desconocido y difícil. Llegar a casa a las tres y media y que nadie haya acabado de hacer la comida. Sacar a los perros, también se han olvidado. Han quedado duros con las prisas y las amenazas, hay que reblandecer los espaguetis con otro hervor. Notar que la sangre también hierve un poco. Intentar descansar media hora antes de prepararse para llevar al pequeño a la sesión con la pedagoga que detectará qué demonios ocurre con su ortografía. Darse cuenta de que el mayor no le ha dejado el coche, tal y como quedaron ayer. Gritar y después quedarse quieta, como paralizada. Notar que el cuerpo se resiste a otro esfuerzo. Llorar un rato. Preocupar a la hija, que decide llamar a un taxi. Dejar al chico en el gabinete psicopedagógico y bajar a tomar algo. Disponer de una hora. Disfrutar como una posesa del calor que desprende la taza de manzanilla. Absorberlo. Agarrar la taza con  fuerza para tratar de frenar la velocidad de la traslación.  Intentar recoger todos los pedazos de su personalidad que se han dispersado en la explosión del día. Juntar en su cabeza a todas las personas, animales y plantas que la componen y la necesitan. Ponerlos en fila. Pasar lista. Dedicarles una mirada severa y luego deshacerse de ellos durante un rato, justo el tiempo que tarde en enfriarse la taza que aprieta como si en ello le fuera la vida. Convencerse de que sólo ha sido un mal día.

“Una mujer nunca puede decir yo. El yo femenino siempre es múltiple”. Elfriede Jelinek

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados

Deja un comentario

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.