Cuento de Leonid Andreiev: La nada

Ernesto Bustos Garrido ha elegido como otro de sus arranques (o inicios) literarios preferidos el que abre el cuento LA NADA, del escritor ruso Leonid Andreiev.

Damos la narración completa después de la introducción de Bustos Garrido, que justifica por qué el inicio del relato de Andreiev es uno de sus arranques preferidos.

Y al final ofrecemos un cuento popular latinoamericano: Pedro Urdamales engaña al Diablo.

LA NADA es un cuento breve de tintes tragicómicos. Recomiendo otra narración (larga) más realista sobre la muerte escrita por otro grande de la literatura rusa. Me refiero a La muerte de Ivan Ilich, de Tolstói.

Esta historia corta de Andreiev que puedes leer a continuación forma parte del libro de relatos Los siete ahorcados.

 

 

Los “pactos con el diablo” en un cuento de Leonid Andreiev

Por Ernesto Bustos Garrido

 

El Arranque del cuento LA NADA, del autor ruso Leonid Andreiev, utiliza la fórmula espacial pasado-presente. El narrador está en tercera persona y el tiempo literario es muy actual, al menos en lo fresco que están los hechos y dada la ubicación privilegiada del testigo (está en primera fila). Cuenta la historia en cuestión con gran fidelidad en los hechos, Cada detalle del episodio es limpio y transparente más allá de la fantasía. No se aprecian nubes ni humos envolventes, pese a ser una narración de miedo y mucha fantasía.

El empleo del tiempo verbal en pretérito imperfecto indica claramente que los hechos ya ocurrieron, están en el pasado, sin embargo se plantean como si hubieran ocurrido ayer o apenas unas pocas horas. “Se estaba muriendo”, dice en el comienzo.

El narrador omnisciente –ese que lo sabe y controla todo–  tiene el control total de los hechos para que la historia resulte atractiva y creíble Ha escogido el momento en que el protagonista está a punto de morir. Es sin duda la esencia del relato junto a la convención del viejo moribundo con el diablo, y el resultado posterior de ésta.

Se está muriendo –como se ha adelantado– una persona mayor, importante, y que no quiere morir por su gran apego a la vida. Sufre más por la muerte misma, que por las causas de ésta. Está enfermo, pero sin mucho drama físico. Sólo cansancio. Pero está aterrorizado y el narrador es testigo de su gran sufrimiento. Su cuerpo está poniéndose frío, lo mismo que su corazón.

Antes, cuando la muerte estaba lejos para él, pensaba mucho en ella, pero sin terror. Veía su desenlace desde otra perspectiva. Para él morir sería liberarse de su entorno y de las personas que siempre lo estaban adulando. Deseaba vivir solo un poco tiempo más; algunos días, tranquilo, en paz, y luego, a descansar, pero de pronto aparece en su casa un personaje, un pobre diablo, “ordinario como muchos”, dice el narrador, y así toma cuerpo la historia donde “la nada” es como la última palada de tierra sobre el ataúd.

 

El fondo de la historia tiene que ver con un paradigma universal. El grueso de la humanidad quisiera prolongar un poco más su vida, o quizá, no envejecer como envejecemos hoy día. Para ello sirven los llamados “pactos con el diablo”, una fórmula de creencia y uso que está presente en la vida cotidiana y también tanto en la literatura popular como en la narrativa más académica. Este es el caso planteado por Leonid Andreiev, el autor.

Luego de los primeros finteos o escaramuzas del viejo con la posibilidad cercana de su muerte, el autor, mediante un diálogo casero y rampant,e intenta liberar al lector del posible miedo que pudiera  causar la presencia de una muerte que pareciera inminente, y del demonio. El pacto aparece como lo más natural del mundo.

Entonces el viejo dignatario y el diablo conversan como si uno fuera un cliente y el otro un vendedor de seguros. Y todo, ahí, ahora, casi en este mismo momento. ¡Genial la técnica del autor! ¿Y el descenlace: fino e inteligentemente bien urdido.

 

*** Omnisciencia: Del lat. omnis ‘todo’ y scientia ‘ciencia’.

  1. f. Conocimiento de todas las cosas reales y posibles, atributo exclusivo de Dios.
  2. f. Conocimiento de muchas ciencias o materias.

 

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Cuento de Leonid Andreiev: La nada

Se estaba muriendo un alto dignatario, viejo, importante; un gran señor que tenía mucho apego a la vida. Era para él muy penoso morir; no creía en Dios ni comprendía por qué moría y lo dominaba el terror. Era horrible ver cómo sufría.

Su vida era grande, rica y llena de interés; su corazón y su cerebro estaban siempre preocupados y satisfechos. Pero estaban cansados, agotados, casi como todo su cuerpo por otra parte, que se iba enfriando poco a poco. Sus ojos y sus oídos, acostumbrados a ver y oír siempre lo bello, estaban igualmente cansados, y la alegría misma pesaba demasiado sobre su pobre corazón, harto trabajado. Cuando todavía no se estaba muriendo pensaba en la muerte; algunas veces con cierto placer. Se decía que le daría el reposo, que le libraría de todos aquellos abrazos, muestras de estimación y relaciones que tanto le fastidiaban. Sí, lo pensaba con placer; pero ahora, estando a punto de morir, sentía que un horror indescriptible penetraba en su alma.

Quisiera vivir todavía un poco, aunque no fuera más que hasta el lunes próximo, mejor aún hasta el miércoles o jueves. Pero no sabía con precisión el verdadero día de su muerte, ya que en la semana hay solamente siete.

Y precisamente aquel día desconocido se presentó ante él un diablo muy ordinario, como muchos. Se introdujo en la casa disfrazado de cura; pero el alto dignatario comprendió enseguida que el diablo no había ido allí por ir, y se puso alegre. “Una vez que el diablo existe, la muerte no es realidad; por el contrario, la inmortalidad es algo real. En rigor, si la inmortalidad no existe se puede prolongar la vida vendiendo el alma en condiciones ventajosas”. Esto era evidente, casi claro.

Pero el diablo tenía un aspecto cansado y aburrido. Durante un rato bastante largo no dijo nada y miró a su alrededor con una mueca de disgusto, como si se hubiera equivocado de dirección. Esto inquietó al dignatario, que se apresuró a ofrecer un sillón al diablo. Pero aun después de sentado el diablo conservaba su aire aburrido y guardaba silencio.

“¡Helos aquí tales como son! –pensó el dignatario examinando con curiosidad al visitante–. ¡Dios mío, qué hocico tan desagradable! Ni en el infierno debe pasar por guapo.”

–Yo me lo figuraba a usted de otro modo –dijo en voz alta.

–¿Qué? –preguntó el diablo haciendo un gesto.

–Yo no me lo figuraba a usted así.

–¡Tonterías!

Todo el mundo le decía lo mismo al verle por primera vez, y esto le fastidiaba.

“Y sin embargo, no puedo ofrecerle té o vino –se dijo el dignatario–. Quizá ni siquiera sepa beber.”

–¡Bueno, ya está usted muerto! –comenzó el diablo con tono flemático.

–¿Qué es lo que dice usted? –exclamó indignado el dignatario–. ¡Estoy vivo todavía!

–No diga tonterías –respondió el diablo, y continuó–: Está usted muerto… Y bien, ¿qué hacemos ahora? Este es un asunto serio y hay que tomar una decisión…

–Pero ¿es de veras que… estoy muerto? Puesto que hablo…

–¡Ah, Dios mío! Cuando sale usted de viaje, ¿no tiene que pasar por la estación antes de subir en el tren? Ahora está usted en la estación, precisamente…

–¿En la estación?

–Sí.

–Ahora comprendo. Entonces, ¿esto ya no es yo? ¿Y dónde estoy yo? Es decir, mi cuerpo…

–En una habitación vecina. Le están lavando ahora con agua caliente.

Al dignatario le dio vergüenza, sobre todo cuando pensó en su vientre cubierto de espesas capas de grasa. Pensó además que son siempre las mujeres quienes lavan a los muertos.

–¡Esas costumbres estúpidas! –dijo con cólera.

–Eso no es cuenta mía –objetó el diablo–. No perdamos tiempo y vamos al grano… Tanto más cuanto que empieza usted a oler mal.

–¿En qué sentido?

–En el sentido más ordinario; se empieza usted a pudrir, y eso huele muy mal. ¡Pero ya estoy harto de sus preguntas! Tenga la bondad de escuchar bien lo que voy a decirle: no lo he de repetir.

Y en términos lleno de enojo, con una voz cansada de repetir siempre la misma cosa, expuso al dignatario lo que sigue:

El viejo dignatario muerto tenía ante sí dos perspectivas a elegir: o pasar a la muerte definitiva, o bien aceptar una vida de un género especial un poco extraño, capaz de provocar dudas. Tenía libre la elección. Si elegía lo primero sería la nada, el silencio eterno, el vacío…

–”¡Dios mío, eso precisamente era lo que me daba siempre horror!”, pensó el dignatario.

–Eso era el reposo imperturbable –dijo el diablo examinando con curiosidad el techo tallado–. Desaparecerá usted sin dejar ninguna huella, sin existencia. Tendrá un fin absoluto, no hablará usted jamás, ni pensará, ni deseará nada, ni experimentará alegría ni dolor; nunca pronunciará la palabra “yo”; en fin, no existirá usted ya, se extinguirá, cesará de vivir, se hará nada…

–¡No, no quiero! –gritó con fuerza el dignatario.

–¡Y, sin embargo, eso sería el reposo! Eso también vale algo. Un reposo tal que es imposible imaginársele más perfecto.

–¡No, no quiero reposo! –dijo decididamente el dignatario mientras su corazón cansado no imploraba más que reposo, reposo, reposo.

El diablo alzó sus hombros peludos y continuó con un tono fatigado, como el viajante de un almacén de modas al fin de una jornada de trabajo.

–Pero, por otro lado, voy a proponerle a usted la vida eterna…

–¿Eterna?

–Que sí. En el infierno. No es eso precisamente lo que usted hubiera deseado, pero así y todo es la vida. Tendrá usted algunas distracciones, conocimientos interesantes, conversaciones… y sobre todo conservará su “yo”. En fin, habrá de vivir usted eternamente.

–¿Y sufrir?

–Pero ¿qué es eso del sufrimiento? –y el diablo hizo una mueca–. Eso parece terrible hasta que uno se acostumbra. Y debo decirle a usted que es precisamente de la costumbre de lo que se lamentan allí.

–¿Hay allí mucha gente?

–Bastante… Sí, se lamentan tanto que últimamente hasta hubo perturbaciones bastante graves: reclamaban nuevos suplicios. Pero ¿dónde encontrar esos suplicios nuevos? Y, sin embargo, aquellas gentes gritaban: “¡Esto es la rutina! ¡Esto se ha hecho trivial!”

–¡Qué brutos son!

–Sí, pero vaya usted a llamarles a la razón. Felizmente, nuestro Maestro…

El diablo se levantó respetuosamente y su rostro adquirió una expresión aún más desagradable. El hombre hizo también un gesto cobarde para manifestar su respeto.

–Nuestro Maestro ha propuesto a los pecadores que se martiricen ellos mismos…

–¿Una especie de autonomía? –dijo sonriendo el dignatario.

–Sí, lo que usted quiera… Ahora los pecadores se rompen la cabeza… ¡Vamos, querido, hay que decidirse!

El otro reflexionó, y teniendo ahora plena confianza en el diablo le preguntó:

–¿Qué me recomendaría usted?

El diablo frunció las cejas.

–No, en cuanto a eso… no soy amigo de dar consejos.

–Entonces no quiero ir al infierno.

–Muy bien, será como usted guste. No tiene usted más que poner su firma.

Desplegó ante el dignatario un papel muy sucio, que más bien parecía un moquero que un documento tan importante.

–Firme aquí –y señaló con su garra–. Digo, no, aquí no. Aquí se firma cuando se elige el infierno. Para la muerte definitiva es aquí donde hay que firmar.

El dignatario, que había cogido ya la pluma, la dejó en seguida sobre la mesa y suspiró.

–Naturalmente –dijo con un tono de reproche–, eso a usted lo mismo le da; pero a mí… Dígame, si gusta: ¿con qué se martiriza allí a los pecadores? ¿Con el fuego?

–Sí, con el fuego también –respondió con flema el diablo–. Tenemos días de asueto.

–¿De veras? –exclamó con alegría el hombre.

–Sí, los domingos y días de fiesta se descansa. Y además hemos introducido la semana inglesa: los sábados no se trabaja más que desde las diez de la mañana hasta el mediodía.

–¡Vaya, vaya! ¿Y por Navidad?

–Por Navidad, lo mismo que por Pascuas, se dan tres días libres. Aparte de esto se da un mes de vacaciones en el verano.

–¡Vamos, eso es muy liberal! –exclamó el otro con alegría–. No me lo esperaba… Pero dígame, en rigor ¿aquello es malo, lo que se dice malo, malo?…

–¡Tonterías! –respondió el diablo.

El dignatario tuvo un sentimiento de vergüenza. El diablo estaba visiblemente de mal humor; probablemente no había dormido aquella noche, o bien hacía mucho tiempo que estaba mortalmente aburrido de todo aquello: de dignatarios muriéndose, de la nada, de la vida eterna…

El dignatario vio barro en la pierna derecha del diablo. “No son muy limpios”, se dijo.

–Entonces –repuso el hombre–, ¿es la Nada?

–La Nada –repitió el diablo como un eco.

–¿O la vida eterna?

–O la vida eterna.

El hombre se puso a reflexionar. En la habitación vecina habían terminado ya el servicio fúnebre en su honor y él seguía reflexionando. Y los que le veían en su lecho mortuorio, con su rostro grave y severo, no adivinaban qué extraños pensamientos asaltaban su cráneo frío. Tampoco veían al diablo. Olía a incienso, a cirios ardiendo y alguna otra cosa más.

–La vida eterna –dijo el diablo pensativo, cerrando los ojos–. Se me ha recomendado muchas veces que les explique lo que eso quiere decir. Creen que no me expreso con suficiente claridad; pero ¿es que estos idiotas la pueden comprender?

–¿Es de mí de quien habla usted?

–No solamente de usted… Hablo en general. Cuando se piensa en todo esto…

Hizo un gesto de desesperación. El dignatario intentó manifestarle su compasión.

–Le comprendo. Es un oficio penoso el suyo, y si yo por mi parte pudiera…

Pero el diablo se enfadó.

–¡Le ruego a usted que no toque a mi vida personal o me veré obligado a enviarle a usted al diablo! Se le presenta una cuestión y usted no tiene más que responder: ¿la muerte o la vida eterna?

Pero el dignatario seguía reflexionando y no podía decidirse. Fuera porque su cerebro comenzara a abismarse o porque nunca hubiera sido muy sólido, el dignatario se inclinaba más bien a la vida eterna. “¿Qué es eso del sufrimiento?”, se decía. ¿No había sido toda su vida una serie de sufrimientos? Y, sin embargo, amaba la vida. No temía los sufrimientos. Pero su corazón cansado pedía reposo, reposo, reposo…

En este momento se le conducía ya al cementerio. A las puertas del departamento de donde había sido jefe se detuvo el cortejo y los curas dieron comienzo a un oficio religioso. Llovía, y todo el mundo abrió los paraguas. El agua a chorros caía de los paraguas, corría por el suelo y formaba charcos en el pavimento.

“Mi corazón está cansado hasta de las alegrías”, continuaba reflexionando el dignatario, al que conducían al cementerio. “No pide más que reposo, reposo, reposo. Quizá sea demasiado estrecho mi corazón, pero estoy terriblemente cansado…”

Y estaba casi decidido por la Nada, la muerte definitiva. Se había acordado de un corto episodio. Fue antes de caer enfermo. Tenía gente en casa, se reían. Él también reía mucho, a veces hasta llorar de risa. Y, sin embargo, precisamente en el momento en que se creía más feliz sintió de repente un deseo irresistible de estar solo. Y para satisfacer este deseo se escondió, como un muchacho que teme que lo castiguen, en un rinconcito.

–¡Pero despache usted! –le dijo el diablo con tono disgustado–. ¡El fin se acerca!

Hizo mal en pronunciar aquella palabra; el dignatario casi se había decidido por la muerte definitiva, pero la, palabra “fin” le espantó y experimentó un deseo irresistible de prolongar su vida a cualquier precio. No comprendiendo ya nada, perdiéndose en sus reflexiones, no pudiendo tomar decisión neta, remitió la solución al Destino.

–¿Se puede firmar con los ojos cerrados? –preguntó tímidamente.

El diablo le echó una mirada bizca y respondió:

–¡Siempre tonterías!

Pero probablemente todos aquellos tratos le tenían fatigado; reflexionó un instante, suspiró y puso de nuevo ante el dignatario el pequeño papel, que más bien parecía un moquero sucio que un documento importante.

El otro tomó la pluma, sacudió la tinta, cerró los ojos, puso el dedo sobre el papel y… precisamente en el último momento, cuando había firmado ya, abrió un ojo y miró.

–¡Ah, qué es lo que he hecho! –gritó con horror, arrojando la pluma.

–¡Ah! –le respondió como un eco el diablo.

Las paredes repitieron esta exclamación. El diablo, marchándose, se echó a reír. Y cuanto más se alejaba, más ruidosa se hacía su risa, semejando una serie de truenos…

En este momento se procedía ya al entierro del alto dignatario. Los pedazos de tierra húmeda caían pesadamente, con un ruido sonoro, sobre la tapa del ataúd. Podría creerse que el ataúd estaba vacío, que no había nadie dentro: tan sonoro era aquel ruido.

 

 

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cuento de Leonid Andreiev
Escritor ruso Leonid Andreiev

 

Breve biografía  de Leonid Andreiev

 

Leonid Nikoláievich Andréyev (Oriol, Rusia, 1871–Finlandia, 1919) fue un escritor y dramaturgo ruso que lideró el movimiento del Expresionismo en la literatura de ese país. Estuvo activo en la época entre la Revolución de 1905 y la Revolución Bolchevique de 1917 que terminó por destronar a la monarquía zarista.

Aprendió a leer a los seis años y fue un consumidor de libros incansable. Su padre era alcohólico y le hizo mucha falta en su etapa de juventud.

Estudió Derecho en Moscú y San Petersburgo, pero abandonó sus empeños para seguir la carrera literaria. Fue reportero para un periódico moscovita, cubriendo la actividad judicial, con un desempeño de muy bajo perfil.

Su primer relato fue sobre un estudiante pobre, una narración basada en experiencias personales. Sin embargo, no fue hasta que Máximo Gorki lo descubrió por unos relatos aparecidos en el Mensajero de Moscú (Moskovski véstnik) y en otras publicaciones, que empezó realmente la carrera literaria de Andréyev.

Fue muy prolífico, incluso hasta el momento de su muerte. Su primera colección de relatos apareció en 1901 y vendió un cuarto de millón de ejemplares en pocos meses. Tras su publicación, fue aclamado como la nueva estrella literaria en Rusia, donde su nombre pronto se hizo célebre. En 1902 publicó su narración corta, titulada “En la niebla” de gran aceptación.  Sus dos historias más conocidas son “Risa roja” (1904) y “Los siete ahorcados” (1908).

Durante su vida literaria estuvo fuertemente influido por la filosofía pesimista de Nietzsche y Schopenhauer. ¿Sus temas?: la muerte, la incomunicación, la soledad del hombre contemporáneo, el miedo y la locura.

Siempre un idealista y un rebelde, Andréyev pasó sus últimos años en la pobreza, y su muerte prematura por una enfermedad cardíaca, pudieron causarla los discutibles resultados de la Revolución Bolchevique. A diferencia de Gorki, Andréiev nunca consiguió adaptarse al nuevo orden político. Desde su casa en Finlandia, donde se exilió, dirigió al mundo manifiestos contrarios a los abusos bolcheviques.

Estuvo casado con la condesa Wielhorska, sobrina nieta de Tarás Shevchenko. Su hijo fue Daniil Andréyev, poeta y místico, autor de Roza Mira.  La nieta de Leonid Andréiev, la escritora estadounidense Olga Andrejew Carlisle, publicó una colección de sus cuentos, titulada “Visiones”, en 1987.

 

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Cuento popular latinoamericano: Pedro Urdemales engaña al diablo

 

*** Pedro Urdemales es un personaje de la mitología popular de Latinoamérica –especialmente Chile– que tipifica al pícaro, el pillo o el burlador de carácter campestre que esta capaz de hacerun pacto con el “garrudo” para alcanzar sus propósitos. Está basado en el personaje mítico español del medioevo Pedro de Urdemalas.

 

***

 

En una ocasión el diablo trabajó una noche entera limpiando una hectárea de pampa. Sacó todos los troncos y emparejé la  tierra. A la mañana siguiente decidió sembrar papas en sociedad  con Pedro Urdemales. Pasó el tiempo y llegó la época de la  cosecha.

—Señor Diablo —dijo Pedro—, como vamos a medias, le propongo que todo lo que esté arriba sea suyo y lo que esté bajo  la tierra sea mío.

—Acepto —contesté de inmediato el Malo.

Ambos trabajaron intensamente. Y una vez que Pedro terminó la  cosecha, para celebrar este acontecimiento preparé unos  deliciosos milcaos. En eso estaba cuando llegó el Diablo.

—¿Qué estás haciendo, Pedrito?

—Unos ricos milcaos.

El Diablo observó todo el proceso de elaboración de los milcaos: el rallado de las papas, el amasado y cómo los enterraba en la  ceniza caliente para que se cocieran.

Cuando el Diablo probé los milcaos no pudo evitar una  exclamación de elogio: —¡Puchas que están buenos! Yo también haré en mi  casa.

Allí intentó asar las hojas de las papas en las cenizas. Cuando las  fue a ver se habían transformado en carbón.

Al otro día, el Diablo se encontró con Pedro:

—Me engañaste —fueron sus primeras palabras—.

Ahora —agregó— haremos otra sociedad; sembraremos trigo.

El tiempo pasó rápido y de nuevo llegó el momento de cosechar.

—Ahora —dijo el astuto Pedro al Diablo—, la parte de  arriba será la mía y la de abajo la tuya.

—Acepto —exclamó el Diablo.

Terminada la cosecha, Pedro Urdemales se quedó con los  granos de trigo y el Malo con las cañas. Pronto éste visitó la casa  de Pedro y vio cómo preparaba una deliciosa chuchoca. Cuando el  Malo la probó, expresó su agrado por tan deliciosa comida. Partió  raudo a su casa para hacer lo mismo con las cañas cosechadas por  él. Apenas las puso al fuego ardieron rápidamente, perdiendo de  nuevo todo lo cosechado.

—Puchas —exclamó—, otra vez este Pedro Urdemales  me engañó.

El enojo del Diablo ya no tenía límites. Estaba decidido a  tomar venganza. Se hizo una reflexión.

—Este Pedro me ganó las dos apuestas eligiendo,  primero, lo de abajo y, después, lo de arriba. Ahora le propondré  que se quede con lo del medio. Pronto conversó, una vez más, con Pedro y de nuevo le  propuso sembrar a medias, colocando una condición:

—Ahora, pues, Pedrito, tú te quedas con la parte del medio.

—Bueno, don Sata—replicó el astuto Urdemales—, acepto esa condición. Esta vez sembraremos maíz.

El Diablo quedó muy satisfecho, con la seguridad de alcanzar, en esta ocasión, el triunfo.

Al llegar el tiempo de la cosecha Pedro se quedó con los choclos, que estaban al medio de la planta, y el Malo con las raíces y las hojas. Grande fue la furia del Diablo al percatarse de que, una vez más, había sido engañado y derrotado.

—Puchas —exclamó—, me ha vuelto a ganar.

Totalmente enojado, le dijo a Pedro:

—Haremos la última apuesta, pelearemos a uña.

—Ahora sí que me vas a ganar —expresó Pedro  Urdemales—. Tú tienes una uña muy larga y la mía es muy  pequeña.

A la mañana siguiente, antes del desafío, Pedro visitó a una  viejita que tenía una inmensa y profunda cicatriz en el rostro.

Conversó con ella y le pidió que cuando pasara el Diablo le dijera  que Pedro Urdemales le había hecho el corte en la cara.

—¡Listo no más! —le dijo ella—. Haré lo que me pides.

Cuando el Diablo pasó frente a su ventana le hizo un comentario:

—Hoy tengo una pelea a uña con Pedro.

—Señor Diablo, no lo haga. Mire cómo ese bandido de  Pedro Urdemales dejó mi rostro con su uña.

Grande fue el susto que dominó a Satanás al ver la profunda  cicatriz de la anciana.

—Entonces no —exclamó el Malo–. No, no voy a pelear.  De un solo uñazo capaz que Pedro me destripe.

Hecha esta reflexión, el Diablo se alejó rápidamente, evitando  cumplir el desafío con Pedro Urdemales.

 

***

 

 

Nota aclaratoria

 

Dos pequeños “gazapos” se han filtrado en esta breve historia. Uno es el que se refiere a la hectárea de pampa. Pampa es una gran extensión de terreno, en la Argentina, sin accidentes geográficos, donde comúnmente no hay árboles, ni casas y la vista se pierde en el horizonte. Es por lo general una tierra estéril donde sólo crece algo de pasto para ciertos animales. Si la localización del relato es Chile, como parece ser, el autor no debió usar la expresión pampa, porque en Chile lo hay es desierto. Segundo gazapo: la “chuchoca” es un alimento que se hace a base del grano de maíz y no del trigo. Del trigo se saca la harina para hacer pan y un subproducto que se llama harina tostada, la cual mezclada con agua fría de manantial, quita el hambre y la sed.

Ernesto Bustos Garrido

 

(Cuento extraído del libro “Los siete ahorcados” de Leonid Andreiev, en la Biblioteca “BiblioMetro”– Estación Plaza Egaña – Santiago de Chile)

 

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