Microrrelatos de Daniel Rivallo

 

PANTA REI

Se acercó al río y decidió entrar en él sin conocer la vieja sentencia de Heráclito. Nadó a través de un tiempo inalterable e inmóvil y ya cuando braceaba para alcanzar la orilla quedó atrapado en el limo viscoso. Desde un ángulo impreciso, otro bañista, en el mismo momento, volvía a sumergirse en aquellas aguas frías. El tiempo se desperezó y el agua del río cambió antes de que el sedimento engullera la última explosión de oxígeno del primer nadador. Ninguno de los dos se bañó dos veces en el mismo río.

 


NADA

Se le concedió  la posibilidad de ser aquellos que no había sido y pudo llegar a ser.

Fue poeta de persianas de comercio a media asta , paseador de patos, Gran chambelán de Francia, teólogo pelagiano en Tübinga, tasador de grietas, filósofo de golletes biselados, concertista de banjo en óperas Wagnerianas, contorsionista de zócalos húmedos, testador de respiraciones, contemplador de cipreses en noches de novilunio, nada.

SOLEDAD

En el principio era el verbo pero no había con qué conjugarlo.

 

CERTEZA

Dudaba entre una cosa y otra, eso lo tenía claro.

 

BANDA SONORA

En su omnipotente sabiduría e infinita bondad, después de trabajar rudamente durante seis días, Dios pensó que para ser el mejor de todos los mundos posibles, éste, no estaría del todo completo si no existía el ruido. El inefable creó al obrero el séptimo día, después no pudo descansar.

Microrrelatos de Daniel Rivallo

EL LUNAR

Sales del coche y comienzas a caminar algo aturdido. Aquel vehículo ha pasado tan cerca que has estado a punto de colisionar contra él. Todo se ha oscurecido en un instante. Entras en un bar y pides una copa. Sientes una extraña levedad acompañada de una sensación de desprendimiento que no puedes explicar. Los objetos parecen revertirse descomponiéndose en sus unidades más pequeñas. Fuera se oyen voces. Más tarde las recordarás.

Sales al exterior sin que nadie se percate. Un grupo de personas rodean a un hombre desplomado sobre el pavimento. Te alejas de allí con    una contrición a cuestas. Entras en tu vivienda, te acomodas en el sofá hundiéndote en una región infinita y enciendes el televisor que has olvidado apagar.

Entonces recuerdas el coro de voces peraltadas. Te das cuenta de que nunca llegaste a pedir esa copa. Y hasta puedes ver  de forma nítida la imagen del antebrazo del hombre exánime – con un lunar idéntico al tuyo en su mano izquierda– tendido en el suelo entre un rimero de cristales  rotos. Sabes que la puerta nunca ha llegado a abrirse, ni te has llegado a sentar, ni has encendido el televisor porque vas en una ambulancia al lado de ese hombre que eres tú y que acaba de morir.

 

Puedes leer otros microrrelatos de Daniel Rivallo en su blog Microartefactos.

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