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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: El aullido del olvido, de Ferran Gerhard Oliva

Tenemos nuevo relato en la sección Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia, que hoy nos llega de la mano de la escritora y traductora búlgara Rossi Vas, de la que ya publicamos alguna narración.

 

El aullido del olvido, un relato corto de Ferran Gerhard Oliva

Vivo lo brutal y cruel que es despellejar una sonrisa. Nando no tiene piedad. Llegamos puntuales al despacho del edil Cruz de Santos. Muy amable nos ofrece asiento. El bastonazo lo derriba: “Ruperto, te tenemos cogido por los huevos. Sabemos que te tirabas a Irina, la puta que mataron en la playa. ¿Me conoces, verdad? Voy a soltarlo todo. Tú y Juan Pedro Molina, pringareis. Quiero información. Es la única manera de que salgas sin quemarte de este merdé. ¿No querrás que tu mujer conozca cómo y dónde te desabotonas la bragueta fuera de casa? Así que suéltalo. ¿Por qué os la cepillasteis y quién lo hizo?”.

Cruz de Santos balbucea. Junta sus manos. Es un ridículo gesto, como si solicitara el perdón ante una condena a muerte inmediata e inevitable. No entiendo por qué Nando Gallart ha entrado a saco, pero no lo cuestiono, él tiene la hostia de experiencia. Yo voy sacando fotos. Nando eleva la voz: “Venga, hipócrita, lárgalo todo de una vez”. De Santos jura que no tiene ni idea de quién se cargó a Irina, que Molina ha contratado a un detective, a Jaime Losilla para que averigüe que hay detrás del crimen. Nando se desconcierta, conoce a Jaime. Pero insiste: “Mira, mamón, o me das algo o te vendo”. Deduzco que lo hace para no quedar con el culo al aire, para evitar el ridículo o el fracaso que, en esta operación que torea, se asemejan como siameses. Quiere sacar alguna cosa, ignora cual. Y acierta. El malandante de Cruz nos llenaría de oro para salir del embrollo que lo ahoga. Tiene la certeza de que ha de brindarnos un tesoro. Se le nota cantidad. Me viene a la mente “Camino del Hoyo” de Tomasito y debo reprimir la risa. “Gallart, si me das tu palabra de que no dirás a nadie quién te ha pasado la historia, te cuento todo lo que sé de Molina, y es muchísimo”, ofrece. Nando lo tranquiliza: “Para mí, las fuentes son sagradas y, puedes creerme, no tengo nada personal contra ti, aunque no me caes bien, como comprenderás”.

Ruperto suspira y habla. El empresario ha comprado a agentes y mandos de la Policía Local de diversos municipios. No se ha de preocupar por inspecciones ni multas a sus pubs y discotecas. Además, logra que los urbanos sancionen y persigan a sus competidores. Bofias han llegado a extorsionar y amenazar a los dueños de negocios rivales que ha acabado comprando él. También tiene en nómina –en negro, claro– a concejales del PSC y del PP de Tarragona, y a políticos de otras poblaciones. Así, a lo bestia, se ha hecho el amo de la noche de la Costa Daurada.

Nando no deja de llenar hojas de su libreta con funda de cuero. Al acabar, deja el rotulador entre las páginas, la cierra y la coloca en el bolsillo interior de su chaqueta. Ruperto tiene una de aquellas miradas que tardarás en borrar. Bajo los ojos, le doy la espalda y deposito la cámara en mi bolsa. Nos despedimos, Gallart siempre tan educado, de aquel trémulo montón de miedo. Me invita a un vino en el Entre Molles. Está contento, diría que feliz. Levantamos las copas y me deja seco: “Roberto, eres joven, lo sé, ¿a que no te acuerdas, no tienes ni puta idea de quién era Kaspar Hauser?”. Desconozco a qué coño se refiere. Y me confunde: “Lo importante nunca es el resultado, sino el proceso. Lo aprendí en mis inicios como periodista. Y por eso hoy tenemos una exclusiva”. Me cuenta que Buenaventura Durruti era un perro, un bóxer del novelista Josep Maria Sonntag que bebía cerveza. Le pregunto por qué no escribe sobre ello. “No olvides que cada relato acabado es otra muerte”, responde. En la calle Salinas desfila un viacrucis. Los tambores apagan la conversación. La religión amamanta cadáveres. Es el último refugio del fracaso.

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