Las aventuras de Arthur Gordon Pym, la única novela de Edgar Allan Poe

Las aventuras de Arthur Gordon Pym es la primera y única novela escrita por Edgar Allan Poe. Se publicó el año 1837. Se encontraba en la ciudad de Filadelfia, que por entonces era el corazón editorial de Estados Unidos. Allí se editaban las prestigiosas revistas Saturday Evening Post y Gentleman’s Magazine, además de un total de siete diarios de la mañana y dos tabloides vespertinos.

Había viajado desde Nueva York hasta allí en busca de trabajo. Pero el empleo era algo esquivo para él y siempre regresaba a su alojamiento con una desilusión y rabia. Estaba por regresar a Nueva York, donde estaba su familia –su esposa Virginia y su suegra María Clemm– cuando alguna varita mágica (que no fueron muchas en su vida) lo tocó en el hombro y vio publicada en la revista Harpers, en forma de volumen, Las aventuras de Gordon Pym, una narración un poco sincopada sobre el viaje de dos jóvenes a bordo de una ballenero que se pierde en las tinieblas de los océanos y que cae en manos de un sector de la tripulación en un motín sangriento. Uno de los jóvenes es el hijo del depuesto capitán (Augustus) y el otro es el narrador en primera persona y que va en la nave de polizón, escondido en la cala del barco.

Las aventuras de Arthur Gordon PymLa novela presentaba verdaderos méritos, pero su autor siempre la consideró “un libro tonto”. Quizá fue demasiado severo consigo mismo, porque Las aventuras de Arthur Gordon Pym está con propiedad dentro de los clásicos de las novelas de terror. Sin duda, todavía es un terror un poco burdo. Poe no poseía aún la maestría para erizarles los pelos a medio mundo. Sin embargo, en sus páginas hay atisbos de canibalismo, mucha fantasía y presencia de seres terroríficos. O sea, los elementos del Poe verdadero.

Todo es producto y fruto de la naturaleza fantástica y morbosa de Poe, que en este libro muestra ciertos aires del arte narrativo de Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe. En sus páginas encontraremos un mundo de verosimilitud en medio de las inverosimilitudes más desquiciadas.

El siguiente es el Cap. II de la novela, cuyo final es bastante abrupto. Quizá un fallo en la construcción del argumento, porque para entender o ver un punto aparte verdadero es necesario adentrarse en las primeras veinte líneas del capítulo siguiente. Es decir, cosas de un genio.


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


 

Las aventuras de Arthur Gordon Pym
El ilustrador argentino Luis Scafatti ideó esta y muchas otras imágenes sobre los acontecimientos que ocurren a bordo del ballenero donde viaja de “pavo” Arthur Gordon Pym

 

Las aventuras de Arthur Godon Pym/ Cap. II Pág. 26, de Edgar Allan Poe (cuento oculto)

 

Era el día 17 de junio.

Tres días y tres noches, según colijo, permanecí en mi escondite, no saliendo de él más que dos veces para estirar los miembros cómodamente, manteniéndome de pie entre dos cajas frente por frente a la abertura. Ninguna noticia de Augustus tuve durante aquel tiempo, bien que esto no me causó mucha inquietud, porque sabía que el bergantín iba a hacerse a la vela de un momento a otro, y con la agitación que por esta circunstancia reinaría a bordo, no tendría la ocasión mi amigo de bajar a verme.

Al cabo oí que la trampa se abría y se cerraba y Augustus me llamó con voz sorda preguntándome si seguía bien y si necesitaba algo.

―Nada ―contesté―, estoy tan bien como puedo estarlo. ¿Cuándo se hace a la vela el bergantín?

―Antes de media hora levará anclas ―me respondió―. He venido para participártelo y temiendo que mi ausencia te tuviese inquieto. No podré volver hasta pasados algunos días, quizá tres o cuatro bien largos. A bordo no hay novedad. Cuando haya subido y cerrado la trampa, deslízate siguiendo la cuerda hasta encontrar el clavo. En él te dejo mi reloj que puede serte de utilidad, supuesto que no ves la luz del día para apreciar el tiempo. Apuesto a que no podrías decir cuánto tiempo hace que estás enterrado ahí. Sólo hace tres días, hoy estamos a veinte. Te llevaría el reloj; pero temo que me necesiten a bordo.

Dicho esto, se retiró́.

Cerca de una hora después, sentí distintamente que el bergantín se daba a la vela y me felicité por emprender un viaje con tan buena fortuna. Poseído de esta idea, resolví conservar mi alegría y esperar tranquilamente los sucesos, hasta que me fuera permitido cambiar mi estrecha caja por las comodidades más latas, bien que difícilmente más codiciadas, del camarote.

Mi primer cuidado fue ir a buscar el reloj. Dejé encendida la bujía y anduve a tientas en la oscuridad, siguiendo la cuerda por entre vueltas y revueltas tan complicadas, que varias veces pude ver que a pesar de todo mi trabajo y de todo lo andando, me hallaba muy a corta distancia del punto de partida. Al cabo pude, sin embargo, llegar al término y apoderándome del objeto de tan largo viaje, logré regresar fácilmente al escondite.

Me puse luego a examinar los libros de que Augustus me había provisto con tanta amabilidad y empecé a leer la Expedición de Lewis y Clarke a la embocadura de la Columbia. Así me recreé un buen rato, y luego, apagué con cuidado la bujía y me dormí profundamente.

Al despertarme tenía turbados los sentidos y fue menester que pasara algún tiempo antes de poder recordar mi situación. Poco a poco, sin embargo, fui acordándome de todo. Encendí la luz y miré el reloj. Se había parado y no podía por consiguiente apreciar cuánto tiempo había durado mi sueño. Tenía entumecidos los miembros y para aliviarme me vi obligado a estar de pie entre las cajas.

Sintiendo entonces un hambre devoradora, pensé en el carnero fiambre del que había comido un pedazo antes de dormirme y que me había parecido excelente: pero ¡cuál fue mi sorpresa al verlo en completo estado de putrefacción! Esta circunstancia me lleno de la más viva inquietud, porque comparándola con la pesadez que experimenté al despertarme, sospeché que debía haber dormido durante muchísimo tiempo. La temperatura de la sentina podía haber contribuido a ello y producir los resultados más deplorables.

La cabeza me dolía excesivamente; me parecía que respiraba con dificultad, y en fin, me hallaba como oprimido por una multitud de sensaciones melancólicas. No me atrevía a arriesgarme a abrir la trampa ni a tentar otro medio que hubiera podido descubrirme, y habiéndome limitado a dar cuerda al reloj, hice todo lo posible por resignarme.

Durante el largo tiempo de veinticuatro insoportables horas, nadie acudió en mi auxilio, y, sin poderlo remediar, acusaba a Augustus de la más grande indiferencia. Lo que principalmente me alarmaba era que el agua había quedado reducida a una media pinta, y me abrasaba la sed a causa de haber comido salchichón de Boloña, viendo que no podía aprovecharme del fiambre.

Sentí una inquietud extraordinaria y los libros ya no tuvieron para mi interés alguno. Me dominaba también un pesado sueño, y me estremecía al pensar que pudiera dormirme, temiendo no hubiese en la atmósfera de la sentina alguna influencia nociva como la del carbón ardiendo.

 

El movimiento del bergantín me probaba, sin embargo, que estábamos en alta mar, y un ruido sordo, un mugido, que llegaba a mis oídos como viniendo de una gran distancia, me convencía de que la brisa que soplaba no era una brisa ordinaria. No encontraba razón alguna que me explicase la ausencia de Augustus. Seguramente habíamos andado ya bastante para poder subir a cubierta. Quizás le había sucedido algo; pero no acertaba con accidente alguno que me explicase la razón de tenerme prisionero durante tanto tiempo, a no ser que hubiese muerto de repente o que hubiese caído al agua; detenerme en semejante idea un solo segundo me era insoportable.

Podía ser que hubiésemos tenido vientos contrarios y que nos hallásemos aún a corta distancia de Nantucket, idea a la que desde luego hube de renunciar, porque, si esto hubiese sucedido el bergantín hubiese virado de bordo varias veces, y estaba íntimamente convencido, a juzgar por la continua inclinación a babor, que no había dejado de navegar con brisa de estribor. Por otra parte, aun concediendo que permaneciésemos en las inmediaciones de la isla, ¿no hubiera podido Augustus visitarme y ponerme al corriente de lo que ocurriese?

En estas reflexiones sobre mi embarazosa situación, deplorable y solitaria además, determiné esperar otras veinticuatro horas, con ánimo de dirigirme a la trampa, si transcurridas no recibía socorro, y de hacer lo posible para obtener ya una entrevista con mi amigo ya, a lo menos, respirar un aire más puro por entre la abertura y llevarme de su camarote una nueva provisión de agua. Ocupado en esta idea, caí, a pesar de toda mi resistencia, en un profundo sueño o más bien en una especie de sopor.

Mis sueños eran de los más horribles; me abrumaba toda clase de calamidades y de horrores; entre otros tormentos, sentía que una legión de demonios de siniestro y feroz aspecto me ahogaba bajo enormes almohadas; inmensas serpientes rodeaban mi cuerpo mirándome de hito en hito con ojos ardientes y horrorosamente brillantes; luego desiertos sin límites, devastados y sin hojas, se levantaban como una procesión sin término en toda la extensión que mi vista abarcaba; sus raíces estaban sumergidas en inmensos charcos cuyas aguas se extendían a lo lejos, horriblemente negras, siniestras y terribles en su inmovilidad; y aquellos árboles extraños parecían dotados de cierta vitalidad humana, y, agitando aquí y allá sus brazos de esqueleto, pedían perdón a las aguas silenciosas y clamaban misericordia con el acento vibrante, agudo de la desesperación y del estertor de la agonía. Después cambiaba la escena, y me hallaba de pie, desnudo y solo en los ardientes arenales de Sahara: a mis pies yacía agachado y recogido un león feroz de los Trópicos que me miraba con sus ojos extraviados; de un salto convulsivo se ponía en pie y descubría la horrible hilera de sus dientes; en seguida, de sus fauces rojas se escapaba un rugido semejante al trueno del firmamento y yo me echaba impetuosamente al suelo.

Sofocado por el paroxismo del terror, me sentí al cabo casi despierto. Mi sueño no había sido completamente sueno. Recobré el uso de mis sentidos. Las patas de algún enorme y verdadero muestro se apoyaban pesadamente en mi pecho, y sus colmillos blancos y siniestros brillaban sobre mí en la oscuridad.

Si para salvar mil veces mi vida no hubiera tenido que hacer otra cosa que mover un miembro o pronunciar una sílaba, no habría podido moverme ni hablar. El animal, cualquiera que fuese, seguía en su posición, sin intentar ataque alguno, y yo continuaba tendido debajo de él en un estado de debilidad para mi próximo a la muerte. Mis facultades físicas y mentales me abandonaban por momentos ; en un palabra, sentí que me moría y me moría de terror.

Me atormentaba el vahído me invadían las náuseas mortales del vértigo, perdía la vista, y las pupilas resplandecientes fijas en mí parecían también oscurecerse. Haciendo un supremo y violento esfuerzo, dirigí a Dios una débil plegaria y me resigné a morir. Pareció que el sonido de mi voz despertaba todo el furor latente del animal que se echó cuan largo era sobre mi cuerpo. Pero júzguese mi asombro cuando exhalando un prolongado y sordo gemido, empezó a lamerme el semblante y las manos con las mayores caricias y las más extravagantes demostraciones de cariño y alegría.

A pesar de mi postración y de mi sorpresa, no pude menos que reconocer en aquellas caricias las que solía prodigarme Trigre, mi perro de Terranova. Efectivamente era él, y al convencerme de ello sentí que un torrente de sangre circulaba por mis venas, sentí entre vértigos que recobraba la libertad y la vida. Me levanté precipitadamente sobre el colchón donde había estado agonizante, y estrechando a mi fiel compañero entre mis brazos, desahogué mi corazón derramando un torrente de las más afectuosas lágrimas.

Como ya me había sucedido, al levantarme del colchón, me cerebro estaba confuso y en el mayor desorden. Durante algún tiempo me pareció casi imposible reunir dos ideas, pero recobré lenta y gradualmente la facultad de pensar y recordé al fin las diferentes circunstancias de mi situación.

Con respecto a la presencia del Tigre, en vano traté de explicármela, y después de perderme en conjeturas, me contraje simplemente y sin ulteriores investigaciones a alegrarme de que hubiese venido a compartir mi lúgubre soledad y a animarme sólo con sus caricias. Son muchos los que tienen cariño a sus perros; pero yo profesaba a Tigre un afecto mucho más ardiente que el común, y de seguro ningún otro ser viviente lo mereció mejor. Durante siete años había sido mi compañero inseparable, y en muchísimas ocasiones había recibido de él pruebas de todas las nobles cualidades que hacen apreciable un animal. Lo habían arrancado, siendo aún muy pequeño, de las garras de un mozalbete de Nantucket que lo arrastraba al mar con una cuerda al cuello; y cuando fue grande, me pagó esta deuda, tres años después , salvándome del ataque de un ladrón que me asaltó en una calle.

Miré el reloj y aplicándolo al oído observé que se había parado de nuevo; pero no lo extrañé, pues estaba convencido , a juzgar por el estado de mis facultades, de que había dormido, como la otra vez, durante mucho tiempo. ¿Cuánto? Me era imposible decirlo.

Estaba consumido por la fiebre y no podía resistir la sed. Busqué a tientas la poca provisión que debía quedarme de agua, porque no tenía luz a causa de que la bujía se había consumido completamente, y no daba con los fósforos.

Por fin hallé la vasija, pero estaba vacía; sin duda Tigre no había podido resistir la sed, ni tampoco al hambre, porque se había comido el fiambre de carnero cuyo hueso estaba echado completamente sin carne fuere de la caja. Podía comerme los salchichones medio podridos, pero desistí de esta idea al pensar que me faltaba agua.

Sentíame excesivamente débil, de modo que al menor movimiento, al más ligero esfuerzo, temblaba de pies a cabeza, como en un fuerte acceso de fiebre. Para mayor tormento, el bergantín cabeceaba con gran violencia, y las barricas de aceite colocadas encima de la caja amenazaban a cada instante en venirse al suelo, tapiando la única salida de mi escondite. El marco aumentaba mis padecimientos, y no pudiendo sufrirlos por más tiempo, resolví dirigirme a la ventura hacia la trampa en busca de auxilio, aunque para ello me faltasen las fuerzas.

Tomada esta resolución, procuré dar a tientas con los fósforos y las bujías: descubrí la caja de aquéllos con gran trabajo; pero no encontrando las bujías tan pronto como esperaba, no me cuidé de ellas por entonces, y , mandando a Tigre que se mantuviera tranquilo, emprendí decididamente mi viaje en dirección a la trampa.

En esta tentativa me convencí todavía más de mi debilidad. Difícilmente podía arrastrarme por el suelo; mis miembros cedían bajo el peso de mi cuerpo cuando menos lo esperaba; hasta que cayendo posternado, permanecí durante algunos minutos en un estado poco menos que de completa inmovilidad.

Luchando, sin embargo, avanzaba lentamente, temiendo a cada instante desmayarme en el laberinto estrecho y complicado de la estiva, en cuyo caso no debía esperar otro resultado que la muerte.

A fuerza de lucha y haciendo un esfuerzo con toda la energía de que podía disponer, mi frente chocó con el ángulo agudo de una caja forrada de hierro.

Este accidente sólo me causó un aturdimiento de pocos instantes, pero descubrí con indecible dolor que el movimiento del buque había arrojado la caja en medio de mi camino, obstruyendo completamente el paso.

En vano procuré, apelando a todas mis fuerzas, apartarla siquiera una pulgada, tan ajustada estaba entre las demás. Era preciso, pues, a pesar de mi debilidad, o soltar la cuerda conductora y buscar otro camino, o encaramarme por el obstáculo y saltar al lado opuesto. El primer partido presentaba muchos peligros y dificultades cuya sola consideración me estremecía. Rendido moral y físicamente, intentar semejante imprudencia era perderme sin remedio y morir miserablemente en aquel lúgubre y repugnante laberinto de la cala. Empecé, sin vacilación alguna, a reunir las fuerzas que me quedaban con ánimo de subir por la caja si era posible.

Al levantarme para conseguirlo, me di cuenta de que la empresa era superior a mi previsión y exigía más trabajo del que yo me había imaginado.

A cada lado del estrecho pasillo se levantaba un verdadero muro formado por una multitud de materiales de los más pesados; el menor descuido mío los podía derrumbar sobre mi cabeza, o si escapaba a esta desgracia, la masa de los objetos caídos podía cerrarme la vuelta, y éste era un nuevo obstáculo.

Con respecto a la caja era muy alta y maciza, y el pie no podía encontrar en ella ningún apoyo. Por todos los medios posibles probé en vano de coger el borde superior, creyendo poder levantarme después apoyado en los brazos; pero a poderlo alcanzar, es indudable que no habría tenido bastante fuerza para levantarme, y al fin y al cabo valía más que no lo hubiese conseguido.

Últimamente haciendo un esfuerzo extremado para desviar la caja de su sitio, oí como una vibración del lao que tenía más inmediato. Recorrí vivamente con la mano los intersticios de las tablas y me apercibí que una de las más anchas se movía. Con un cuchillo que felizmente tenía, logré, no sin trabajo, separarla enteramente de las obras, y , pasando por la abertura que dejó, descubrí con la mayor alegría que la caja no tenía tablas por el lado opuesto, o mejor dicho, que le faltaba la tapa y que me había abierto paso por el fondo.

Ya pude entonces seguir el camino sin dificultad, hasta que al fin encontré el clavo. Me levanté, latiéndome el corazón, y empujé suavemente la puerta de la trampa que no se levantó tan pronto como yo esperaba. La empujé con más fuerza, temiendo que en aquel momento hubiese en el camarote alguna persona que no fuese Augustus; pero con gran asombro mío, la puerta no cedió y empecé a inquietarme, pues sabía que antes se levantaba a la menor presión. La empuje vigorosamente; no se movió: con todas mis fuerzas; no cedía: con rabia, con furor; con desesperación; resistió a todos mis esfuerzos. Ya no me cabía duda, a juzgar por la inflexibilidad de la resistencia, que el agujero había sido descubierto y sólidamente cerrado, o que habían puesto encima un enorme peso que no debían pensar en levantar.

Sobrecogido del más profundo horror, traté en vano de adivinar la causa probable que me emparedaba en aquella tumba. Ninguna suposición me convencía, y me dejé caer en el suelo, entregándome sin resistencia a las más negras reflexiones , entre las que descollaban principalmente, poderosas y terribles, la muerte por sed, la muerte por hambre, la asfixia y el enterramiento anticipado. Sin embargo, después de algún tiempo recobré parte de mi serenidad, y, levantándome. busqué con los dedos las junturas y las quiebras de la trampa. Habiéndolas encontrado, las examiné escrupulosamente para ver si dejaban pasar alguna luz del camarote; pero no había ningún resplandor apreciable.

Entonces introduje la hoja del cortaplumas por entre la junturas hasta que encontré un obstáculo duro. Raspando, descubrí que era una masa enorme de hierro, y por la sensación particular de ondulación que noté en la hoja del cortaplumas, pasándola a lo largo, comprendí que aquello debía ser una cadena.

El único partido que me quedaba era volver a la caja y resignarme allí con mi triste suerte, o consagrarme a calmar mi espíritu para hacerlo capaz de combinar un plan de salvación.

Inmediatamente puse manos a la obra, y después de innumerables dificultades, pude conseguir mi vuelta. Al dejarme caer extenuado enteramente sobre el colchón, Tigre se tendió a mi lado, como tratando de consolarme de mis penas y de exhortarme a soportarlas con valor por medio de sus caricias.

La singularidad de su actitud llamó vivamente mi atención. Después de haberme lamido la cara y las manos durante algunos minutos, se detenía de pronto y lanzaba un sordo gemido. Cuando extendía la mano hacia él , lo encontraba invariablemente echado sobre el lomo y las patas en el aire. Esta posición me parecía extraña y no podía de ningún modo darme cuenta de ella. Como el pobre perro parecía estar triste, creí que había recibido algún golpe, y tomando sus patas entre mis manos, las tenté una a una, pero no hallé síntoma alguno de mal. Supuse entonces que tenía hambre y le di un gran trozo de jamón que devoró con avidez, colocándose luego en la posición que tanto me preocupaba. Pensé que tal estaba sufriendo, como yo, los tormentos de la sed; e iba a adoptar esta conclusión como la única verdadera, cuando me ocurrió que sólo había examinado sus patas y que podía tener una herida en algún punto del cuerpo o de la cabeza. Le palpé ésta con todo cuidado, sin encontrar nada en ella; pero al pasarla la mano por el lomo, sentí una ligera erección del pelo que le cruzaba por todo su ancho. Hundiendo los dedos en el pelo, toque un cordel que seguí con la mano y que rodeaba todo su cuerpo.

Procediendo a un examen más minucioso, tropecé con una pequeña tira que me pareció de papel para cartas. El bramante la atravesaba y había sido colocada debajo de la espalda izquierda del animal…..

 

*** Biblioteca Popular “Violeta Parra”. Villa La Reina. Santiago. Chile. Ediciones Orbis 1982. Bruguera

 

 

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados

Deja un comentario

Límite de tiempo se agote. Por favor, recargar el CAPTCHA por favor.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.