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Cuento de Jorge Ávila: El escondrijo

Jorge Ávila (Malpartida de Plasencia, Cáceres, 1975), psicólogo de profesión, es autor de la novela Tambores de Pareja, publicada en 2015. Después de colaborar con sus narraciones en diversas antologías y revistas culturales, ha sacado en la editorial extremeña De la Luna Libros, en la colección Luna de Poniente, un libro de relatos titulado Conversaciones antes del despertador.

El libro está compuesto por ocho piezas, y a modo de muestra os ofrecemos la última: El escondrijo.

Cuento de Jorge Ávila: EL ESCONDRIJO

En uno de los coquetos dúplex de vía San Lorenzo, el señor Antonio Cuaresma, farmacéutico discreto, generoso, algo ingenuo según algunos, se vio de pronto obligado a ocultarse bajo la cama de su amante, la señora de… Hacía tan solo unos segundos la señora de… había dado un pavoroso brinco sobre el colchón porque la puerta de entrada al piso acababa de abrirse. ¡Sí!, parecía imposible, pero era la puerta de su piso y no la del vecino la que había sonado y, entretanto la puerta se cerraba, ella exclamaba: «¡Hostias, hostias!», empujaba a Antonio compulsivamente de la cama, se enfundaba un jersey y se colocaba el pelo, todo de forma muy apresurada, desquiciante. Antes de salir del cuarto, le hizo señas a Antonio ordenándole que se deslizase por allí en el suelo, bajo la cama. Antonio Cuaresma se tiró casi desnudo, y el primer contacto con el suelo le hizo consciente de cuánto había cambiado el asunto. De inmediato supo que se enfrentaba a una situación de esas críticas en la que la primera respuesta ha de ser refleja y rapidísima, y por eso estaba allí tirado, encogiendo las piernas como podía, con las manos cruzadas sobre el pecho para no asomar nada por ningún lado. Junto a él había arrastrado los pantalones, la camisa y los zapatos, pero el reloj se había quedado en la mesilla; un reloj de pulsera dorada mate, sí, pero que se veía bastante, más aun teniendo en cuenta que no había nada más en la mesilla, ni un cuenco o un joyero de esos de mujeres, solo recordaba una lamparita que, por suerte, estaba apagada, y el reloj… quizá también un paquete de pañuelos anduviese por allí, lo cual era, naturalmente, peor todavía. La señora de… se había cuidado de cerrar la puerta al salir, aun así, Antonio podía escuchar con bastante nitidez la voz del hombre que había entrado.

—Esto sí que no te lo esperabas, ¿eh? —le decía la voz a la mujer.

Tenía un timbre grave, redondo, varonil. Antonio nunca se lo habría imaginado con aquella voz, porque los pocos datos que ella le había dado de su marido invitaban a dibujarle como un hombre apocado, más bien pusilánime, no sabría si enfermizo era mucho decir, pero, sin duda, las descripciones con las que contaba hacían referencia a un marido débil. Sin embargo, aquella voz… Antonio intentó concentrarse un poco más en los detalles, pero le resultaba difícil, su mente no paraba de anunciarle posibles soluciones, todas de escape. Barajó la alternativa de salir por la ventana, en caso, eso sí, de que hubiese una buena cornisa, dado que se trataba de una tercera planta. La posibilidad de caminar por la cornisa hasta encontrar una ventana abierta por donde colarse y que la misma diese acceso a un tiro de escaleras y no a otra vivienda era del todo rocambolesca, de película de acción con poco presupuesto para guiones; sin embargo eran este tipo de imágenes las que supuraba el cerebro de Antonio.

—No pareces muy contenta de verme… —dijo la voz. Y en ese momento, Antonio confirmó que se trataba de un vozarrón lleno de aplomo. Solo dudaba si no sería por su propia situación tan delicada, allí escondido, la que le hacía verle incluso un matiz hosco… Lo que sí tenía ya claro es que el sonido era un punto dominante, casi intimidatorio.

—Es que ha sido tan… —dijo ella. Y se notaba que trataba de convertir el miedo en sorpresa—, tan inesperado, tan…

—¿Excitante? —completó el otro, que ahora debía de haberse metido algo en la boca, porque apenas vocalizaba.

Antonio se lo imaginó volviendo de la cocina. Entonces anticipó que el hombre no tardaría en entrar a la habitación para dejar la maleta o algo así. De lo poco que Antonio sabía sobre el marido es que trabajaba como piloto comercial de líneas aéreas, que estaba a punto de jubilarse, pero que aún le encasquetaban vuelos transoceánicos; por eso precisamente, y solo en ese tipo de viajes largos, con estancias quincenales en el país de destino, incluso con escalas y transbordos durante la vuelta, Antonio accedía a verse en el piso de ella, si no, ¿de qué? De hecho, ella siempre le decía: «Tranquilo, que no es un taxista que pueda darse media vuelta a por el mechero». Y aun así Antonio se lo había advertido muchas veces, mira que se lo había dicho, que mejor en su casa, joder, que cuánto mejor porque él era soltero y no había riesgo de nada. ¿Qué le costaba a ella?, tenía que coger el coche, sí, de acuerdo, pero ¿cuánto separaba a una ciudad de la otra?, ¿40 kilómetros?, ¿y eso era distancia?

—No te preocupes ahora por la maleta —le decía ella al hombre—, déjala ahí.

Cuento de Jorge Ávila
Escritor Jorge Ávila

Luego él soltó un gemido raro que a Antonio le pareció un tanto obsceno, e imaginó que ella habría acompañado la sugerencia de la maleta con algún gesto provocativo. Era lógico, pensó Antonio, pues la frase de la maleta por sí sola podía levantar sospechas… Sí, la señora de… había actuado de forma inteligente. «Ay, no seas bruto», creyó entender ahora Antonio, que había adoptado una posición sobre el suelo que estimó la más precavida, con la cabeza pegada en la pared, prácticamente acogotado, pero eso le permitía estirar las piernas y entallar la puntera de los pies en una lama del somier, de tal forma que al tenerlos subidos, si alguien quería verle, tenía que agacharse mucho, porque si se agachaba solo un poco lo único que vería sería el suelo. Esto que parecía una estrategia tan simple, no sabía si porque le obligaba a hacer un esfuerzo físico abdominal para mantener las piernas alzadas o por qué, pero le había devuelto cierta serenidad. En realidad, Antonio Cuaresma se había culpado infinidad de veces por acostarse con aquella mujer casada, y en el fondo sabía que jamás dejaría de recriminarse dichos actos, podía decirse que tener amantes era algo común hoy día, que la mayor culpa recaía sobre ella, sí, se podía decir todo eso y lo que quisiera, pero en lo más hondo repudiaba sus propios actos y si seguía manteniendo aquellos encuentros en contra de su ética se debía a unas carencias no solo sexuales sino afectivas, en definitiva, a su debilidad. ¿No tenía entonces ahora, allí angostado, lo que se merecía? Si estaba sudando, con los ojos encendidos y con el corazón en la garganta, era porque había ido demasiado lejos… Con todo el tiempo que había tenido de retirarse… Si ya había catado el almíbar, si se había emborrachado de lujuria, si había mancillado a la mujer de otro, ¿no era suficiente con haberlo mantenido unos meses, un año a lo sumo? No, tenía que perpetuar el adulterio, consagrarse en la perfidia… Su conducta era del todo impugnable, un boticario odioso, y hacer ahora el sacrificio abdominal durante media hora, dos horas, cuatro, una noche, lo que fuera, sería poco, ¡qué diablos! sería nada, con una simple postura no se obtiene la redención en absoluto. Entretanto aquellos dos habían hablado un poco más, alguna cosilla suelta. Ella le había preguntado sobre la llegada y él hablaba del fallecimiento del jefe de la empresa, o de algún familiar del jefe de la empresa, que habían cancelado algo o que había pernoctado en no sé qué escala, luego había escuchado como ronroneos, pero ahora callaban… ¿Qué hacían en silencio? Antonio se la figuró fingiendo arrumacos…, pero se la imaginaba meramente complaciente, en modo alguno le atribuía otra voluntariedad a ella que no fuera la de fingimiento o simulación y, sin embargo, algo más explícito sonó en ese instante… era una especie de gemido ahogado al que le siguió esto: «Quita, bruto», y Antonio juraría que había sido un «bruto» más bien meloso, al menos, vacilante. ¿Cuadraba eso de bruto con la información que él tenía? Según ella, su marido hacía mucho ya que se mostraba apático sexualmente, deprimido, en una ocasión llegó a emplear la palabra «marchito», aunque lo de marchito tal vez lo dijese con la boca pequeña, y con una mueca ambigua que él ahora interpretaba como un gesto encubridor… ¿No sería que ella le había estado mintiendo acerca de los atributos de su marido?, ¿qué mujer, ardiente y morbosa como era ella, aguanta tantos años con alguien que realmente no le satisface? ¿Pero estos datos, en realidad, no le habían extrañado a él, Antonio, ya desde hacía tiempo? ¿No era esa una mentira consentida por Antonio porque a ambas partes les venía bien? Si a ella le convenía el discurso de la casada desatendida para justificar sus andanzas e industrias sexuales, ¿no era igual de cierto que a él le venía bien el rol de amante ibérico que acude a llenar el hueco? «Es evidente ―se dijo en ese punto Antonio― que me ha engañado, es evidente». Entonces sonaron unas risitas simultáneas a un chirrido de muebles y a él ya no le quedaron más dudas; aquellos dos habían empezado algún jueguecito. «Pero ¿cómo es posible que ella… estando yo aquí…?», pensó una vez más, concediéndose una última duda, aunque ya descreída de antemano. Sí. Por más inverosímil que fuera la escena, los gemidos iban en escalada y Antonio debía admitir que, además del aprieto, esa tarde había descubierto que, aun siendo él un amante, también había sido vilmente engañado, y este descubrimiento le hizo sentir que, en el fondo, de una u otra forma, quería a esa mujer no solo como amante. Pero qué poco le apetecía saberse uno de esos que tras la máscara del sexo desarrollan sentimientos paralelos, y a la vista estaba que esos sentimientos afloraban con un estupendo fervor; no es que fueran celos tan agudos como para desarbolarle, pero le sobrevenía en el pecho un aleteo molesto al pensar que ella, lejos de fingir, lo estaba pasando bien con su marido.

—¡Fuerte no, por favor! —le entendió entonces a la mujer. Y Antonio quedó del todo alerta, sin saber dónde encajonar mentalmente dicho mensaje.

—Pero si es como más te gusta —dijo él, con una voz picarona, llena de voluptuosidad.

Antonio no quiso imaginar dónde tendría el hombre las manos, aunque finalmente lo imaginó y lo hizo de forma prolongada, recreándose en las texturas. Realmente la situación comenzaba a desbordarle, no era el momento de digerir nuevas sensaciones porque sentía que estas se le amontonaban y que si seguían colándose sin filtro, su organismo llegaría al colapso. Por eso intentó trasladar su imaginación a otro sitio, pero ¿adónde? Cualquier escena que arrastraba hasta su conciencia se resistía a permanecer en su mente tan siquiera, ¿cuánto?, ¿milisegundos?, ¿cómo se medía eso tan insignificante, eso que era lo mínimo? Al final, lo único que Antonio obtenía era un esfuerzo frustrado, y los juegos de aquellos alcanzaban ya tal grado de… Los jadeos de él eran ahora los jadeos de un hombre altamente pasional, sería ingenuo encuadrarlos dentro de la media, como mínimo se correspondían con los de uno de esos hombres que llaman fogosos, aunque también pusiera ser que, al llevar el hombre unos días fuera, no se hubiese consolado de ninguna manera y este ardiente episodio no fuese más que un arrebato puntual. De cualquier forma, lo que era innegable es que a Antonio aquel atracón de cotas reseñables podía acarrearle un buen trauma. Despegó las manos del plexo solar para taparse con ellas los oídos, pero aun así las obscenas frases del hombre seguían penetrándole, y con más recrudecimiento si cabe, porque el hecho de que la voz atravesara las manos suponía para Antonio un latigazo de impotencia, pero, sobre todo, el sonido, ahora amortiguado, adquiría un cariz más íntimo e invasivo. Era curioso, no obstante, que a pesar de lo perverso, aquel hombre vertía las expresiones con una naturalidad… aun las rudezas desprendían un aire rutinario que dejaban patente que el juego no era algo excepcional para ellos. Pero ¿y ese punto de ordinariez sucio y casi bárbaro, traído al día a día, como lo estaba haciendo ese tipo, como una dosis de pan reciente, no era en cierta forma meritorio, casi original? Antonio tuvo que esforzarse para creer que aquello era una cosita común. Tenía que obviar el sonido de los cachetes, hacer con que no había escuchado la risilla de ella tras ser llamada… ¿había dicho cerda?, y tenía que ignorar que si algunos gemidos llegaban debilitados era, obviamente, porque se estaba tapando la boca con el cojín. Esto último fue lo más doloroso para Antonio. Cada uno de los gritos reprimidos estarían expandiéndose en el interior de la señora de… como las ondas de un oasis gozoso, el equivalente al oasis de dolor que Antonio experimentaba con cada empellón que daba aquel hombre. Deseó que terminaran de una vez, que todo eso no fuese más que un sueño, tener otro sueño largo y profundo que le llevase a despertar en otro lugar, con unas circunstancias muy distintas, ajenas a todo ese infierno. Y ahora Antonio ya no escuchaba, había caído en un ligero trance. Y, sin embargo, los sonidos continuaban. Era un acto largo, con mucho rodaje por parte de ambos y que no tenía nada de piscolabis, sino que se trataba de algo ambicioso y con buen gusto de por medio, una gesta épica, pero ¿qué podía ya afectarle eso a Antonio? El suelo estaba frío como un témpano y él estaba allí tumbado en manga corta, ¿y?, ¿y?, ¿acaso le afectaba el frío ahora en la espalda? Si alguien le preguntase si tenía frío, él, sin duda, respondería que no. ¡Pero si el suelo está helado! Sí, el suelo puede estar helado y lo que tú quieras, pero a mí no me afecta, ¿entiendes? Esa era la respuesta: a mí, escúchame bien, no me afecta. Los músculos de Antonio Cuaresma comenzaron a distenderse, se hacía ahora consciente de lo comprimido que había estado, si algunas partes del cuerpo no le dolían era porque estaban entumecidas. Entretanto aquellos dos habían terminado. Ella reanudaba el tono diplomático y parecía distraer al otro con frases tontas para que no entrase en la habitación. Antonio volvió a reconocerla en esas frases, pues durante los últimos minutos para Antonio aquella que jadeaba no era más que una perfecta desconocida. Ahora volvía a pensar que tal vez la señora de… había hecho lo correcto, que no le quedaba otra. Le pidió ahora al hombre que por la mañana temprano la acompañase, que tenía que salir. ¿No era eso otra nueva mentira para que aquel cornudo despejase el piso cuanto antes y Antonio pudiese salir de una vez del escondrijo? El cornudo, sí, porque en realidad aquel tipo era la víctima y no Antonio. No, Antonio era, como siempre lo había sido, el que consolaba a la señora, es el marido quien tiene siempre la papeleta porque cree que su esposa es de su pertenencia. Por el contrario, Antonio no, a Antonio la señora de… no le debía lealtad alguna; ¿quién era entonces el apaleado? Además, si la señora de… había disfrutado hoy, eventualmente, por una parte mejor para Antonio, así él mitigaba sus problemas de conciencia: mira, eso es, mucho mejor, porque eso significa que el marido tampoco es ningún pobrecito y que reparte lo suyo, aunque lo haga de higos a brevas, y a ella, naturalmente, se le haga poquísimo. Luego había algo más. ¿No llegó él, Antonio, en un momento dado, a dudar si era cierto que ella tuviese marido? Aquello de que no hubiera fotos por el piso porque ella las guardaba para evitar situaciones embarazosas, ¿no le había hecho dudar a Antonio si realmente lo de su matrimonio con el piloto ausente era una farsa para justificar que no quería con Antonio ningún tipo de compromiso? Pues bien, esa duda que tiempo atrás le dejaba a Antonio a la altura del betún quedaba hoy del todo disipada. En verdad era para estar contento; lo que pasaba, simplemente, es que su situación adversa, allí entallado bajo la cama, no le permitía asimilar los logros, pero en lo que el bosque se despejase y pudiera salir de allí, recuperaría una posición airosa desde donde valorarlo todo en su justa medida. Y todas esas expresiones que acababa de tragarse, eso de: «fuerte, burro, fuerte», etcétera, pasarían a ser vistas como meras estratagemas que ella empleó para salir del paso. En realidad, por qué no, estaba ante la típica anécdota para contar con unas cervezas. Pero Antonio tuvo que volver a comprimirse de repente. El hombre acababa de abrir la puerta del dormitorio. A Antonio le había cogido de improviso porque al venir el hombre descalzo no había hecho ruido. Obviamente, la señora de… no habría podido retenerlo más y el baño del dormitorio era el único que tenía plato de ducha. El hombre estaba girado en el umbral de la puerta de la habitación, contestando algo con su voz grave. Luego dio unos pasos hacia el interior del cuarto y Antonio pudo verle los calcetines grises: tenía los tobillos gruesos y los pies muy grandes, bastante más que los suyos. Se giraron dejando los talones a la vista de Antonio, después se alejaron y se plantaron en un punto cercano a la puerta del baño, donde se volvieron a girar, cara a Antonio… ¿Por qué no había entrado al baño, por qué se había dado la vuelta? ¿Qué miraba allí plantado? Antonio se arrepintió de no haber recogido antes el reloj, mientras aquellos dos le daban a la coyunda, en vez de haber estado lamentándose. Ahora la realidad volvía a ponerle las cosas bien claritas: se trataba de supervivencia, de salvar el pellejo. Era muy posible que el hombre hubiese visto el reloj desde el principio y ahora, con frivolidad, estuviese jugando a destrozarle a él los nervios. Antonio tenía las manos perfectamente pegadas al tórax, los pies de nuevo entallados en la lama, más no podía hacer, era la posición ideal, de sarcófago, y ni siquiera respiraba para impedir el más mínimo movimiento o sonido. Esperaría a que el hombre entrase al baño para soltar todo ese aire.

—Por cierto —dijo la voz, ahora mucho más penetrante, aún agitada por el esfuerzo—, llevas el perfume que tanto me pone, ¿eh? No lo había notado antes…

Ella no respondió de inmediato, pero, al cabo, alzando la voz:

—Claro, con el trajín… —Y enseguida cambió de tema—. ¿Vas a querer pizza o chistorra?

Pero Antonio se había estremecido al pensar que el perfume que olía era el suyo, o, peor aún, mucho peor, que el hombre se refiriese efectivamente al perfume de ella, pero que, cuando se relajase del todo, percibiese que había también un aroma masculino en la habitación. Quiso tapar la camisa con el cuerpo, por si esta desprendía mucho olor, pero sería mejor no moverse en absoluto hasta que el hombre entrase de una vez en el baño.

Pizza y chistorra —gritó el hombre—, las dos cosas.

Y por fin entró en el baño.

Había dejado la puerta abierta y Antonio veía los pequeños desplazamientos que hacían los pies: ahora paraban, quizá se estaba mirando al espejo, sonó un silbido, como una tonadilla, y los pies se colocaron cada uno a un lado de la base del inodoro. El silbido cesó y sonó un gran pedo. A Antonio le pareció muy largo, de lo más violento. ¡Madre de Dios! Desde luego lo que estaba pasando Antonio no se lo deseaba a nadie. Era muy difícil salir psíquica y moralmente ileso de una situación como aquella, y no, por supuesto, por el tema de las ventosidades, lo cual no dejaba de ser anecdótico, sino porque lo que Antonio estaba librando desde hacía más de una hora era un pulso contra ese mastodonte con el cual podía acabar midiéndose, pero también un pulso consigo mismo, con toda esa rueda de sentimientos que le tenían allí arrinconado, hecho un mártir, y de los que solo podía aliviarse demorándolos, prometiéndose que ya se ocuparía de ellos. Lo bueno es que aquel pedo era la mejor señal de que el hombre creía estar solo. Eso es, Antonio seguía sin ser descubierto y debía confiar aún en una pronta solución por parte de la señora de… Seguro que mientras cocinaba la pizza o lo que fuera maquinaba algo para que, finalmente, no pasaran allí la noche. Después de lo visto, una noche sería demasiado castigo y era probable que el hombre, renovado, iniciase un nuevo juego, esta vez sobre la cama, con lo cual podría hundir el colchón y aplastarle. Por tanto, ya no era solo el daño emocional de una nueva humillación (ya no podía seguir esquivando esa palabra: «humillación»), sino que se trataba de evitar un daño físico que le haría, probablemente, gritar. Debía actuar cuanto antes y para ello necesitaba pensamientos prácticos. Calibró si en lo que el hombre se duchaba, aunque aún no había acabado de defecar o lo que estuviese haciendo, le daría tiempo a él salir de allí abajo y abandonar el piso. Calculó lo que podía tardar con dos modalidades distintas de huidas: una en la que escapaba así casi desnudo, y que le obligaba a vestirse por las escaleras, y la otra, en la que salía de allí incluso calzado. Antonio pensó que, haciéndolo fríamente y como es debido, hasta la segunda modalidad era viable, y en cierto modo la prefería, así evitaba la posibilidad de un encuentro embarazoso con algún vecino. Visto así, la solución a su problema dependía de sí mismo. Tras unos instantes, Antonio Cuaresma se reafirmó en su decisión. Solo tenía que esperar unos minutos hasta que el hombre saliese de la taza y comenzara la ducha. Escrutó aquellos pies que seguían rodeando la taza, ¿por qué coño tardaba?, ¿en qué diablos estaría pensando? Antonio hizo esfuerzos mentales para que los pies se levantaran de allí, pero no solo los pies no se movieron, sino que lo que asomó entre ellos fue mucho peor. Junto a la taza había caído una bolita metálica que venía rodando hacia la cama. Antonio abrió completamente los ojos. No daba crédito, quiso soplar para detener la bolita e incluso dudó si salir directamente de su agujero. La bola avanzaba.

—La puta cadena —dijo la voz desde el váter, ahora con un tono descaradamente áspero. El hombre avanzó hasta la cama. La bolita se había frenado al dar en el muslo de Antonio―. Vamos, no me jodas—dijo la voz. Sobre los calcetines habían descendido ahora unos calzoncillos jaspeados, atrevidos, juguetones. Luego sonó caer algo en la mesilla. Pudiera ser la cadena esa que decía… se la habría quitado antes para ducharse. La cadena, los calzoncillos cantosos…, ¿seguro que ese tipo se iba a jubilar? Pero qué pregunta era esa: ¿tanta era la congoja de Antonio que no dejaba de imaginárselo como un maromo más bien fornido, un joven morlaco? ¿Es que en una situación tan extrema solo cabe pensar en lo peor porque el cuerpo se prepara para lo irremediable? El hombre metió un pie bajo la cama y lo meneó a modo de escoba, como si con el barrido tratara de ahorrarse otras maniobras. Antonio había cerrado instintivamente los puños y contenía de nuevo la respiración; ahora ya no pensaba en nada excepto en sus puños. También las puntas de sus pies, por sí mismas, se fueron descolgando del somier. Todo lo demás parecía haberse detenido para Antonio, ni siquiera se echó para un lado por si el pie de aquel hombre le alcanzaba en su particular barrido, ni siquiera tuvo la lucidez para buscar con la mano la bolita, que estaría cerca del muslo, y acercársela al pie del hombre, no, Antonio Cuaresma solo apretaba los puños, y toda su energía, física y mental, desembocaba en los nudillos, en las uñas, allí plegadas sobre el pecho. Ni siquiera sabía en ese momento lo que estaba bien o mal o si se llamaba Antonio.

—Anda y que le den —masculló entonces la voz.

Y justo la señora de… entró en el dormitorio.

—Si no tendrás toalla —dijo—, ¿qué haces ahí con los calzoncillos bajados?

A Antonio se le hacía inexplicable que la señora de… no hubiera entrado antes, podía entender que estuviese bloqueada por los nervios, pero, aun así, había tardado demasiado.

—Mira a ver si encuentras la bolita del colgante, anda —dijo el otro—, que se me ha caído debajo de la cama.

Junto a la cama solo quedaron los pies de ella, calzados en unas sandalias de color crema, y el agua de la ducha empezó a correr. Las sandalias se dirigieron hasta los umbrales del baño y Antonio interpretó que la mujer estaría haciendo como de pantalla; era el momento de escapar. Salió raudo del agujero y comenzó a vestirse ante la mirada compungida y el gesto casi deshecho de la mujer. Al mismo tiempo, la voz del hombre salía intercalada entre el agua.

—¿La has encontrado?

Ella no sabía si mirar al baño o a la habitación. Hacía y deshacía una mueca ambigua con la boca.

—¿Encontrado el qué? —preguntó.

—Pues la bolita, qué va a ser.

Antonio ya no prestaba atención a las palabras. Se ató los cordones y se abrochó el reloj sin demasiada prisa, confiado por el ruido de la ducha. Antes de abandonar el dormitorio no le hizo ningún gesto a la señora de… ni trató de mirar al baño para ver al hombre, simplemente se esfumó. Aunque ya junto a la puerta de salida, Antonio reparó en una frase de las que sonaban entre el agua y que le pareció necesario entender:

—¿Y seguro que tu marido pasará la noche fuera? Mira que, aunque esté de guardia, a veces las boticas cierran.


Contraportada

Los cuentos de este libro mantienen una delicada relación con la angustia. A veces se acercan a ella con una cautela anticipatoria y otras con un pavor realmente sentido, pero en ningún caso sus protagonistas quedan abocados a la desgracia, sino que, de forma responsable, se les ofrecen emociones más alentadoras, normalmente de esperanza, ternura y amistad. A su vez hay en estas  narraciones una fina linde entre lo obsesivo y el humor, y aunque todas ellas se encuadran en contextos diversos, no impide que acaben igualándose, pues los más fantásticos están marcados de realidad y los cotidianos de extrañeza.

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