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Relato de Miguel Bravo Vadillo sobre la Muerte: Saraband

La llamada de la Muerte, representada en forma de esqueleto con capa, una afilada guadaña y cara de pocos amigos, es un tema muy recurrente en la literatura. Esta imagen, que procede de la mitología griega, ha llegado hasta nuestros días y son muchos los escritores que recurren a ella para escribir sus narraciones. Un ejemplo podría ser “El gesto de la muerte”, de Jean Cocteau, seleccionado por María Carvajal para nuestra sección Los 1001 Mejores Cuentos de la Historia.

El último ejemplo, más cercano en el tiempo, es este relato corto de Miguel Bravo Vadillo, “Saraband”, que mezcla el habitual toque tenebroso en este tipo de relatos con ciertas dosis de humor. Una historia breve ambientada en la Nochebuena de 1723 que seguramente os arrancará una sonrisa.

Si el tema de la Muerte os interesa, aquí tenéis otros cuentos que la tratan.


 

Cuento corto de Miguel Bravo Vadillo: Saraband

La madrugada del 24 de diciembre de 1723, La Muerte entró por la chimenea en la residencia de la familia Brown. Todos dormían, excepto Cecilia Brown, la distinguida viuda del general Robert Brown –un veterano de las guerras anglo-holandesas que falleció el 15 de agosto de 1699, a la edad de cincuenta y dos años, a causa de una insuficiencia hepática de origen vergonzante–. La anciana señora Brown, que a la sazón contaba la misma edad con la que el alegre general perdió la vida, releía su novela favorita en el que antaño fuera su lecho conyugal; ya que su hijo Charles, heredero único del difunto señor Brown, había tenido la gentileza de permitir que su madre siguiera utilizando su antigua alcoba, aun siendo esta la más espaciosa del suntuoso inmueble. Mientras tanto, en una de las habitaciones restantes, él y su nueva y joven esposa descansaban en los brazos de algún apacible oniro después de haber espantado los fantasmas de la muerte entregándose a las delicias del amor. A su vez, en otra pieza de la enorme casa, dos niños pequeños (hijos de un primer matrimonio de Charles) soñaban, como es natural, con angelitos regordetes y traviesos.

La Muerte subió lentamente las escaleras desde el salón hasta el dormitorio de Cecilia Brown, en donde, haciendo gala de sus pésimos modales, entró sin llamar. Sobra decir que cuando aquella ridícula figura se presentó, de forma tan inesperada y con la cara ennegrecida por el hollín de la chimenea, delante de la cama de la señora Brown, esta, que estaba abstraída en la lectura, se llevó un susto formidable, un auténtico susto de muerte.

–Hola, Cecilia –dijo La Muerte, impasible.

–¿Quién es usted? –preguntó, sobresaltada, la mujer.

–Soy aquella que más temes.

–¡Dios mío, la tía Gertrudis!

–No, no soy la tía Gertrudis. Por cierto, su tía aún goza de muy buena salud, debo reconocer que es una mujer con una constitución de hierro.

–¡Qué me va a contar usted! –ratificó la señora Brown, que conocía a la perfección la complexión física y el temperamento irascible de la hermana de su padre, a la que nunca pudo perdonar el hecho de que influyera de manera decisiva en su concertado matrimonio; y luego añadió con más calma, como dando muestras de admitir su error–: La verdad es que así, a simple vista, me pareció usted demasiado delgada para ser la tía Gertrudis.

–Soy aquella que a todos iguala –insistió La Muerte con voz neutra y solemne.

–Entonces, si hubiera justicia en este mundo, debería ser usted la Ley –atinó a decir la señora Brown en un soplo de inspiración.

–Puedo asegurarte que no hay ley más negra que mi ley –dijo La Muerte, con gélido orgullo.

A Cecilia se le pasó por la mente la ley que ese mismo año aprobara el Parlamento contra los llamados negros de Wokingham, y luego se fijó con más detenimiento en aquel extraño personaje de rostro tiznado, que vestía una especie de hábito oscuro y portaba un arma cortante decididamente ofensiva.

–¿¡No será usted uno de esos desalmados que se dedican a la tala de árboles!? –exclamó la mujer sin esperar respuesta, y añadió acto seguido–: Llévese el abeto del patio, si le place; lo cierto es que nunca me gustó: me tapa la vista del Támesis. Pero lo plantó el padre de mi marido el año de la peste, y por respeto a su memoria mi hijo se empeña en que permanezca ahí donde está. Yo no había nacido aún, ¿sabe?, cuando la peste, quiero decir; y el que habría de ser mi marido luchaba contra el enemigo allende los mares. En ese sentido tuvimos bastante suerte –hizo una breve pausa, para tomar aliento, y continuó–: Esta casa, aquí donde la ve, ni siquiera llegó a chamuscarse durante el gran incendio, a pesar de que las llamas llegaron muy cerca: algunas casas vecinas fueron completamente arrasadas por el fuego. Murió mucha gente, créame. Pero no quisiera aburrirle con historias lúgubres. ¿Sabe una cosa?: mi marido llegó a conocer en cierta ocasión a la célebre Aphra Behn. ¿No le parece algo extraordinario? Se lo digo porque sus comedias son mis favoritas. Se las recomiendo de todo corazón. También a mí me hubiese gustado conocerla: fue una gran mujer, sin duda; pero murió pocas semanas antes de mi… –aquí se turbó e hizo una pequeña inflexión en el tono de su voz– mi matrimonio forzado. Porque a mí me casaron a la fuerza, ¿sabe? Aunque no creo que eso a usted le importe mucho, claro. Mire: este librito es suyo, de la señora Behn, quiero decir; lo publicó un año antes de morir. Si lo desea, puedo dejárselo; pero no olvide devolvérmelo en cuanto lo haya terminado, porque me gusta leerlo de vez en cuando. ¿A usted le gusta la lectura? No se ofenda, pero no tiene usted aspecto de leer mucho. Tampoco es muy hablador que digamos. Pero, por el amor de Dios, diga usted algo y no se quede ahí como un pasmarote.

El sombrío visitante sonrió ante la inopinada locuacidad de la mujer. Luego, murmuró condescendiente:

–El año de la peste… –y añadió con acento evocador, casi nostálgico–: Aquel sí que fue un buen año.

–¿Cómo puede usted decir semejante barbaridad?

–Verás, Cecilia, yo no talo árboles precisamente.

–Pues, la verdad, no atino a comprender qué hace usted aquí. ¿Es amigo de mi hijo? Últimamente se junta con gente muy rara: tahúres, borrachos y gente de mal vivir, como yo le digo; pero sea usted razonable y comprenda que estas no son horas de…

–Yo no tengo amigos, ni escucho razones.

–¿No habíamos quedado en que no era usted la tía Gertrudis?

–Soy La Muerte, Cecilia. ¡La Muerte!

–Entiendo. ¿Y qué quiere usted de mí? –preguntó la señora Brown, como si la cosa no fuera con ella.

–He venido a buscarte.

–Tendrá usted que disculparme, pero de repente he sentido un ligero malestar y no me encuentro con fuerzas para salir a la calle. Lo cierto es que hace ya algún tiempo que me noto fatigada con bastante frecuencia, ¿sabe? Pero no se alarme: creo que si consigo dormir un poco, se me pasará. ¡Claro que a veces me cuesta tanto dormir! –y, esbozando una forzada sonrisa, añadió–: En una de las gavetas de mi escritorio guardo algo de dinero, coja lo que quiera y cierre la puerta al salir si es tan amable..

Dicho esto, Cecilia Brown cerró su libro, se estiró en la cama cuan larga era y se arropó hasta la barbilla. Desde luego, estaba completamente convencida de que no acompañaría a ningún desconocido fuera de la casa, y menos aún en una noche tan fría como aquella. Y para que al intruso no le cupiera la menor duda de su resolución, se esforzaba por aparentar la mayor serenidad posible; una serenidad teñida de sarcasmo, sí, pero serenidad al fin y al cabo. No obstante, poco a poco, la inquietud fue arraigando en su alma, su rostro palidecía por momentos, los ojos se mostraban más hundidos en el cráneo y sus labios se tiñeron de un color frío y sepulcral. A pesar de todo, aún reunió fuerzas para preguntar con fingido entusiasmo:

–¿Qué es esa música?

–Es una pequeña danza.

–Me gusta, es deliciosa. Ahora que lo pienso, tiene usted cierto parecido con el maestro Händel, ya sabe, el director de la Royal Academy, con ese aire tan alemán…

–¿Quieres bailar, Cecilia? –preguntó La Muerte, que sujetaba la guadaña con la mano derecha mientras le tendía la mano libre, pues se había dejado olvidado el reloj de arena en casa, encima de la cómoda.

–Me encantaría, pero me siento tan débil…

–No te preocupes, con mucho gusto te ayudaré a ponerte en pie.

–Es usted muy amable –y sonrió con encantadora espontaneidad, porque aquella música de danza revivía en ella el recuerdo de años que ahora juzgaba felices: cuando bella y joven se deslizaba por los salones de la corte, como liviana Terpsícore, en compañía de su condecorado esposo o de algún joven artista, galante y apuesto.

La Muerte y Cecilia ensayaron algunos pasos por los estrechos límites de su habitación. Fue una danza pesada y torpe, sin ninguna gracia. Pronto la señora Brown volvió a sentirse indispuesta.

–Lo siento. No me encuentro bien, ¿sabe usted? Estoy algo mareada –se excusó la enferma, y deshaciéndose de los brazos de su improvisada pareja, agregó con tono delicado y pálido semblante–: Necesito volver a la cama.

–Eso no es posible –dijo La Muerte, tajante como si hubiese hablado con el filo de su cuchilla–. Debes venir conmigo, no hay tiempo que perder.

–Estoy cansada.

–Lo sé. Pero si me acompañas, podrás descansar en paz y para siempre. Después de todo, eso es lo que quiere todo el mundo: descansar en paz.

–¿Quién dijo que era usted? –preguntó Cecilia, tratando de ganar tiempo.

–La Muerte.

–La Muerte ¿qué más?

–Nada más, solo La Muerte.

–¡Vaya!, debe de ser usted de muy mala familia cuando sus padres no le dieron siquiera un apellido. Yo, desde luego, sí tengo apellido, ¿sabe?

–Sé cómo se llama usted –por primera vez, no la tuteó–. La verdad es que sobran las presentaciones, señora Barry.

–¿Señora Barry?

–¿No es usted Cecilia Barry, la señora de Redmond Barry?

–¡Por supuesto que no! –exclamó la señora Brown con señorial indignación, como si el fisco la obligara a pagar una deuda que no era suya–. Me llamo Cecilia Brown, la viuda del general Robert Brown. Es evidente que ha cometido usted un error, querido amigo –dijo la mujer, al tiempo que recuperaba el color natural de su rostro; y añadió con sonrisa triunfal y semblante mezquino–: La señora Barry (su marido es de origen irlandés, por si no lo sabe) vive dos casas más abajo. Y, por cierto, es una mujer joven y sana, que está a punto de dar a luz a su primer hijo.

La Muerte dudó un instante. No tardó en comprender que sí, que había cometido un error: era evidente que se había equivocado de chimenea; después de todo, en esa zona de Londres todos los tejados son iguales. Pero al cabo de no más de un minuto, sentenció con macabra indolencia:

–Bueno, eso ya no importa, señora Brown. Lo cierto es que nadie baila conmigo y vive para contarlo.

 

Cuento de Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev: El soldado y la muerte

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