El cuento de los dos árboles

Hace cuatro años plantamos un árbol en un terrenito virgen que está junto a la casa. No teníamos ni idea de árboles, pero pensamos que sería una buena idea salir cada tarde a leer o a escuchar música a la sombra de nuestra criatura. Y con la mejor intención del mundo, plantamos la semilla.
 
Pero ocurrió que el árbol apenas crecía. Era hermoso, muy hermoso, pero también frágil. Las ramas eran extremadamente delgadas y sus hojas se caían con excesiva frecuencia. A nosotros nos seguía pareciendo el árbol más hermoso del mundo, pero algo no iba bien. Estábamos tan preocupados por su salud que decidimos contactar con varios especialistas. Los jardineros que acudieron a verlo nos enseñaron a cuidarlo. Tuvimos que hacer un improvisado curso de jardinería en un corto intervalo de tiempo. Afortunadamente, aprendimos mucho. Y ahora que sabíamos cuándo había que regarlo y cuándo podarlo, notamos en él una envidiable mejoría.
 
Un año y medio después decidimos plantar otro árbol, cerca del primero. En esta ocasión, aunque al principio nos preocupara que creciera igual de frágil, no tardamos en descubrir que era un árbol fuerte y frondoso, con un tronco sólido y unas ramas que crecían rotundas hacia el cielo. Apenas había que regarlo ni podarle las hojas.
 
Y por esos caprichos de la Naturaleza, las ramas de ambos árboles fueron creciendo hasta abrazarse entre sí, tanto que en ocasiones parecían ser un solo árbol. Vistos desde la distancia –y también de cerca–, a nosotros que los hemos plantado nos cuesta mucho distinguir a uno del otro.
 
La escena era –y es– irrepetible. El fruto de esa hermandad es una sombra espectacular.
 
Muchos vecinos vienen de paseo por la zona y para aliviar el cansancio se toman un respiro en el banco de madera que hemos habilitado a la sombra de los dos árboles. Cada vecino tiene sus propias preferencias. A algunos les gusta más el frágil (el que requiere cuidado extremo) mientras que otros se decantan por el más fuerte. Pero todo el mundo coincide en afirmar que forman una pareja perfecta al tiempo que alaban lo hermosos y saludables que están creciendo, cada cual a su ritmo.
 
A veces comentamos la paradoja de que dos árboles que proyectan una sombra tan copiosa irradien tanta luz en nuestro humilde jardín.
 
En fin, qué voy a deciros: queremos tanto a nuestros árboles que incluso les hemos puesto nombres. El primero se llama ChicoChico y el segundo, señor Mario.
 
¡Feliz Día Mundial del Síndrome de Down!

Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de blogs de literatura y corrección lingüística. Es autor, entre otros libros, de El Diario Down (Tolstoievski, 2016), donde narra su experiencia como padre de un bebé con el síndrome de Down.

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