Cuento de Rafaela Contreras Cañas: La turquesa

Rubén Darío conoció a Rafael Contrera Cañas, “Rafaelita”, cuando era director del diario La Unión. Darío, aunque muy joven (veintidós años), ya era famoso gracias a la publicación de su libro Azul.  Rafaelita enviaba cuentos al diario, que eran publicados. Él no sabía quién era la autora, pero finalmente se conocen gracias a un amigo común, Tranquilino Chacón. Finalmente, se enamoran y se casan, tal como cuenta Ernesto Bustos Garrido en su artículo “Rubén Darío, el lilóforo celeste de las letras hispanas“.

Hoy damos uno de los cuentos de Rafaela Contrera Cañas, “La turquesa”. Una historia sobre las falsedades (las falsas amistades, los falsos amores), que se lee casi como un cuento infantil con un valioso mensaje. 

 


Cuento de Rafaela Contrera Cañas: La turquesa

Angelo era por fin libre. Tenía veintiún años, el capital mayor de Nápoles y el título de Marqués de Castelfiore. Era un joven verdaderamente seductor, hermoso como la mayor parte de los que nacen bajo el cielo azul de la bella Italia. Su corazón era perla de un valor inestimable, y estaba dotado de grandes virtudes; pero desgraciadamente su cabeza era bastante ligera. Así, pues, una vez terminado el luto que llevaba por el difunto Marqués, su padre, lanzóse en ese torbellino del que muchas veces no se sale ileso y que se llama “sociedad”. Su belleza y su figura eran dos tarjetas de entrada tan valiosas, como no lo es sino rara vez otra alguna.

Abrió el mundo su boca de monstruo, y el joven inexperto se precipitó en ella ansioso de placer.

Angelo se divertía, !y tanto! Estaba siempre contento, siempre risueño y feliz. Y su madre, la buena y virtuosa Marquesa, sonreía al verle y gozaba con la satisfacción suya. Angelo era mimado. Los hombres gozaban con su dinero; para las mujeres era un partido soberbio.

En sus palacios se veía el oro, la plata y el bronce en vajillas y estatuas. Las lámparas de rica porcelana o alabastro, los jardines de mármol y las columnas de pórfido brillaban por doquier. Allí se daban festines en que corría la champaña en tanta abundancia, como el oro en las mesas de juego. En los bosques de sus posesiones había frecuentes cacerías, a las que asistió la nobleza. Era, pues Angelo, el señor más poderoso de Nápoles. El llegó, por desgracia, a comprenderlo, y una embriaguez más peligrosa que la del alcohol, invadió su cerebro.

–Angelo –le dijo un día un amigo–, ¿has notado una cosa?

–¿Cuál?

–Que Lucrecia te ama.

–Bah! –dijo él soltando una carcajada–, parece que hasta las feas se atreven a amarme.

–¿Y tú?

–¿Yo? ¡Pues me dejo amar! No amo sino a la duquesita de Rossi.

–Hola! ¿Y es tu prometida?

–Ya lo creo.

–Pobre Lucrecia!

Era ésta una joven de diez y nueve años, delicada, sumamente delgada y pálida; tenía los ojos hermosísimos, negros y brillantes; pelo castaño, corto y muy lacio; nariz recta y clásica, y boca adorable. Su corazón era de ángel y su talento superior. Era bastante pobre, pero pertenecía a la nobleza.

Vivía con su abuela materna, pues sus padres habían muerto. La Marquesa, madre de Angelo, quería mucho a la pobre niña, y fue allí, en su propia casa, donde conoció al joven. Comprendió las cualidades que le adornaban, vio la real hermosura y le amó con toda la fuerza de un corazón grande como el suyo, y con todo el estoicismo de la Abnegación, pues creyéndose sumamente pequeña, le amaba sin aspirar a la recompensa. Sin embargo, no pudo guardar su secreto de manera que nadie le descubriese. El fuego vivaz de su mirada, cuando estaba cerca del joven, la denunciaba. Así llegó aquel amigo del Marqués, que era muy sus– picaz, a comprender la pasión de la joven, haciendo luego mofa de ella. El tiempo pasado locamente así, no era para Angelo, si no breves instantes. Así, pues, no vio tampoco cómo en breve tiempo había derrochado la mitad de su fortuna, y cuando su madre se lo advirtió, alzó desdeñoso los hombros, y contestó:

–Ya lo repondremos. No hagáis caso.

Un día paseando solo por los alrededores de Nápoles, vio a varias muchachas del pueblo y algunos jóvenes que rodeaban a una turba de gitanos, que vendían dijes, collares, aretes y mil chucherías más, a las cuales atribuían cualidades particulares, que podían influir en el destino de aquellos que las llevasen siempre consigo. Acercóse él y púsose a escuchar al gitano vendedor.

–El que lleve siempre este collar, conservará su juventud, mientras viva. Un florín y se queda con él alguno de vosotros.

Vendido o rechazado el collar, volvióse a oír el grito:

–Un alfiler que tiene la virtud de lograr el amor de aquél o aquélla a quien desee el que llegue a ser su dueño.

El alfiler fue vendido inmediatamente, pues las muchachas todas se lo disputaban.

–Este anillo es una magnífica turquesa. Preservará al que lo lleve constantemente puesto de ser engañado por nadie, pues da la doble vista. El que lo posea verá el fondo de las conciencias y lo más profundo del corazón de todos los que lo rodeen.

Pareció curioso a Angelo esto y tiró al gitano un bolsillo lleno de escudos. Luego se alejó colocando en su mano la turquesa.

Por la noche había prometido ir al círculo. Cuando dieron las ocho dirigióse hacia allá, sin quitarse la turquesa, de la que ni se acordaba.

Cuando entró, un grupo de socios, al verle venir, le salió al encuentro. Díjole uno de ellos:

–Mi querido Angelo! Te esperábamos y ya empezábamos a estar inquietos, temiendo que no vinieras. Ya sabes cuánto te queremos.

El Marqués detúvose al empezar a hablar el joven, y viéndole fijamente, le escuchaba con muestras de marcado espanto y cólera.

–Pero, ¿qué te pasa? –volvió a decirle el joven, tendiéndole la mano. Angelo la rechazó gritándole–: Déjame. –Y volviendo bruscamente la espalda a todos aquellos que le vieron alejarse llenos de asombro, se dirigió al salón donde encontró a otros.

Llegó, les saludó y se sentó asustado de lo que había leído en la conciencia de aquel que primero le dirigió la palabra. ¿Qué fue?: “¿Qué me importaría que vinieses o no, si te aborrezco porque eres más bello y tienes más oro que nosotros? ¡Pero debo adularte, porque a costa tuya nos divertimos tanto!”.

Esto vio como si estuviera escrito detrás de aquella sonrisa de amistoso afecto y de aquel rostro al parecer franco.

–Angelo, te veo triste. Tienes penas, tú, a quien todos amamos por tu bondad y excelentes prendas –díjole otro de aquellos.

Miróle él y leyó:

–”Tienes penas, tú, que escuchas siempre lisonjas, porque eres rico y lo suficientemente estúpido para derrochar tu oro en festines, para obsequiarnos!”.

Levantóse y sin responder nada, salió medio loco y se dirigió a la calle. Una vez allí, empezó a caminar a la aventura, sin saber qué hacer. Después de andar mucho, paróse en una esquina, de donde se alejó. Luego, desesperado, pues veía pasar a muchas personas que, al verle, le decían sonriendo:

–Buenas noches, Sr. Marqués, me alegro mucho de veros.

–Hola, Angelo! ¿Cómo va tu salud? Hace días que no te he visto y he temido estuvieses mal. Adiós, Marqués, que os divirtáis mucho.

Y como éstas, otras tantas protestas de cariño y amistad, tras de las cuales leyó:

“No quisiera volverte a ver porque te detesto”. –”He creído que estabas enfermo y me alegraba, porque te tengo envidia. Eres hermoso y rico, y yo feo y pobre”.

Dos lágrimas de fuego quemaron sus mejillas, pero pensó en su prometida y se dijo: ¡Tal vez ella! Esta idea le calmó un tanto y tomó entonces el camino de la casa de su amada. Entró, todavía un poco triste, pero al verla tan hermosa, olvidó todo, y volvió a sonreír, ya contento.

–Mi querida Adela –le dijo–. He querido acelerar nuestra unión. Me es imposible esperar más. ¿Lo deseas tu también?

–Sí, Angelo; ya sabes con qué ansia espero ese momento. Te amo demasiado.

Miróla él, y aterrado leyó: “Deseo casarme contigo porque eres el hombre más hermoso de Nápoles y, sobre todo, el más rico. Me tienen envidia y esto halaga mi vanidad, que es lo principal. Te amo por mí misma”.

Levantóse pálido como un muerto, y tendiendo su mano a la joven, le dijo:

–Me siento acometido de una repentina indisposición. Adiós.

–¿De veras? Me afliges, Angelo. Cuídate mucho: no quiero que vayas a enfermar.

Clavó él en ella sus ojos, escudriñó hasta lo más recóndito de su corazón, y vio, lleno de amargura, que aquellas frases habían tan solo brotado de sus labios. En el interior había una indiferencia completa.

Salió el desgraciado joven tambaleándose como si estuviera ebrio. Llegó a su casa, entró a su alcoba sin ver a nadie, se encerró con llave, y se dejó caer en un sillón. Allí, con la cabeza entre las manos, permaneció por mucho rato olvidado de todo el mundo. Todo había desaparecido para él: no veía, no pensaba, estaba como aletargado. Sería como media noche cuando volvió en sí. Entonces se quitó de la mano aquella turquesa, causa de su desgracia, y después de ponerla sobre su velador, volvió a sentarse y empezó a llorar de una manera desesperada. Después que se hubo desahogado un tanto, comenzó a reflexionar con más calma. La esperanza, esa compañera que jamás debería abandonar al hombre, ocupó su puesto en el corazón del joven.

Sin embargo, no queriendo hacerse ilusiones, propúsose tocar la realidad antes que todo, y para esto se trazó un plan, con el corazón henchido de hiel; prometióse tener valor, y se acostó cuando ya despuntaba el día, rendido de tantas emociones terribles.

Al siguiente día nadie habría sospechado lo que el pobre joven había sufrido, lo que sufría y lo que meditaba. Durante un mes pareció tan espléndidamente obsequioso y disipador, que causó admiración a todos, y a su madre espanto. Al cabo de este tiempo, una noche se encerró en su cuarto, se metió en cama y mandó llamar al médico. Su madre pidió entrar a verle, pero él no quiso en manera alguna consentirlo. Largo rato permaneció hablando con el doctor, que salió de allí dirigiéndose a ver a la Marquesa a quien encontró llorando. Cuando salió, la buena señora quedaba contenta y enteramente tranquila. Al siguiente día, todo el mundo sabía que Angelo estaba acometido de la viruela, y agregaban que quedaría horriblemente desfigurado. Sin embargo, todos acudían a saber de él y su prometida no faltó un solo día a visitar a la Marquesa, para obtener personalmente noticias de su salud. Muchos días estuvo él en cama, y cuando al fin se levantó, llevaba el rostro completamente cubierto con una especie de máscara que dijo haberle ordenado el médico llevara puesta.

Una noche mandó poner su carruaje y fue a ver a su amada, llevando siempre la máscara y también la turquesa. Cuando entró, vio el movimiento de horror de todos los allí reunidos, pero hizo como si no lo hubiese notado, y sentándose al lado de Adela, le dijo en voz baja: –Querida Adela, he venido a verte así, porque no podía ya resistir tanto tiempo.

–Ah, contestó ella, ¿pues y yo?

Sonreíase él sin contestar; había leído:

–¡Qué horror! ¡Mas valiera que no hubieses venido!”.

– Estoy muy triste, continuó él, porque temo que ya no me ames. He quedado horriblemente desfigurado. Si me vieras!

Palideció ella, pero se repuso y le contestó: “¿Y qué me importa que estés o no desfigurado? ¿Te amo acaso por tu rostro?

Volvió él a sonreírse, pues veía que en realidad, no era tanto por su rostro por lo que ella le aceptaba, sino por su riqueza. Era el hombre más rico, y le veía cubierto por una máscara de oro. Temblaba de despecho.

Pasó un mes, y él aún no se quitaba la mascarilla. Por este tiempo corrió la noticia de que el Marqués estaba arruinado, y que sus palacios, último resto de su fortuna, iban a pasar a poder de un extraño. Todo el mundo corrió a verle y a saber la verdad a casa del Marqués, que confesó ser cierto el suceso. Enseguida, los dueños del palacio fueron a habitar una casa de alquiler, modestamente arreglada. Allí recibió Angelo una carta de Adela en que rompía formalmente sus compromisos, porque, según decía, no podía convenirle un hombre que de tal manera malgastaba su capital.

Tenía puesta su turquesa, y por lo tanto, podía ver claramente. Levantóse cuando concluyó de leer la carta, y dirigióse a ver a su madre, a quien encontró con Lucrecia, la pobre huérfana de rostro feo, pero de alma de ángel.

–Madre, leed –le dijo entregándole la carta.

Leyó la buena señora, y dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Abrió los brazos y estrechó a su hijo entre ellos.

Miróla él conmovido, y le preguntó en seguida:

–¿Y vos no decís otro tanto? ¿No me dirigís recriminaciones hoy que todos lo hacen?

–No, hijo mío, contestó ella; debes sufrir demasiado, y si estando pobre vuelves al buen camino y comprendes lo que es el mundo, me consideraré dichosa en mi pobreza. Mi cariño jamás te faltará, porque el amor de una madre aumenta en vez de disminuir, cuando la desgracia aqueja al hijo.

Las palabras de la Marquesa eran sinceras como las de toda buena madre; así lo comprendió él y sus ojos se llenaron de lágrimas.

–Además –continuó ella–, nos queda una amiga, la buena Lucrecia, que nos quiere sincera y desinteresadamente.

La pobre niña, roja de vergüenza, bajó los ojos al oír este elogio, pero cuando los levantó, Angelo la miró profundamente y la preguntó:

–¿Eso es verdad, Lucrecia? ¿No me desprecias, no huyes de mí?

–No, amigo mío, contestó ella; lo que os pasa es puramente una desgracia; pero sois joven, tenéis buenos sentimientos y podéis, con valor y constancia, reparar lo perdido.

–Y mi rostro que hoy es espantoso, ¿cómo componerle?

–Y ¿qué os importa tenerle o no hermoso? ¿Es únicamente por la belleza por lo que puede apreciarse y amarse?

–Tenéis razón –dijo él conmovido ante la lealtad, la virtud y la grandeza de una niña a quien Dios no dio mucha belleza, pero sí una bondad angélica y una inteligencia superior.

Muchos días permaneció Angelo sin salir de su pobre morada, y cuando al fin lo hizo, fue a pie a recorrer la ciudad. Algunos de sus antiguos amigos le vieron; aun hubo quienes pasasen a su lado, y ninguno le reconoció ni le saludó. Ya no era rico. Era casi un mendigo.

Volvió a su casa, donde encontró a Lucrecia con su madre, en lo que tuvo un verdadero placer y un gran consuelo. Así se lo dijo, y la pobre, casi llorando de placer, le dio las gracias. ¡Ese ser grande, generoso, le amaba a pesar de todo! El conocimiento de esta desinteresada pasión hizo brotar en el corazón de Angelo un amor profundo por la pobre huérfana, cuyo único patrimonio era la fuerza de su alma. Se lo confesó, y escuchó de los labios de ella la promesa de unirse a él a quien tanto había amado. Procuró él entonces que todo el mundo lo supiese, y luego se informó de lo que decía. Todos se reían diciendo que sólo Lucrecia era capaz de unirse a un hombre que tenía el rostro espantoso, y cuyos bolsillos estaban vacíos. Preparó él todo y sin decir nada ni a su madre ni a su amada, hizo repartir invitaciones a toda la nobleza, que las recibió llena de asombro, pues las señas de la tarjeta eran las del antiguo palacio, la morada casi real que antes habitaron. Mandó, la víspera de su enlace a traer un carruaje, y llevó a su madre y a Lucrecia, atónitas, a su antigua morada, contándoles la historia de la turquesa y confesándoles que todo lo que había pasado, era un farsa para convencerse de lo que son los amigos en la prosperidad y en la adversidad.

Arrancóse luego la máscara, y su hermoso rostro, tan hermoso como antes, apareció, pues la enfermedad tampoco había sido cierta.

Al segundo día, todos acudían presurosos al palacio, llenos de curiosidad. Mudos de admiración, vieron aparecer a Angelo, siempre hermoso y siempre vestido con un lujo asiático, llevando del brazo a Lucrecia, a quien la felicidad transformaba y hacía aparecer casi bella en medio de la riqueza con que iba ataviada.

Ninguno se quedó sin ir a dar el parabién a Angelo, que sonreía con tal ironía, que hacía enrojecer o palidecer los semblantes de todos.

Cuando la inmensa comitiva entraba en la iglesia, pasaba, casualmente, Adela de Rossi, la antigua prometida del Marqués. El la vió, y lanzándole una mirada de desprecio, y sonriéndola de una manera burlona, la saludó. Todos volvieron el rostro y también sonreían al pensar en lo que debía sufrir aquella mujer, que medio loca de despecho, de envidia y de rabia, entró en la primera puerta que halló, y allí esperó oculta hasta que desapareció la comitiva en el templo.

Aquel mismo día, por la tarde, cuando ya todos se habían marchado, Angelo regaló a Lucrecia la turquesa, pidiéndole la colocara en su mano cuando quisiera convencerse de su amor. Para el mundo, jamás. Valía más bien vivir en el engaño.

Desde aquel día se concluyeron las fiestas y las locuras. Solas, amándose siempre, profundamente, vivieron aquellas dos almas generosas, en medio del mundo ruin y mezquino, que en su felicidad olvidaron. Stella

 

* Publicado el 12 de abril de 1890, en el diario “La Unión”, San Salvador. Archivo de la intelectual costarricense Arlina Rojas. Hoy se encuentra en “Cuentos y poemas en prosa completos”.

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