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Rubén Darío, el “lilóforo celeste” de las letras hispanas

Empieza desde pequeño escribiendo garabatos –engendros de poesía– en los cuadernos de sus amigas y conocidas, durante las fiestas en casa de su tía Rita Darío de Alvarado, en la ciudad de León. Tiene trece años y ya lo motejan de bardo. Aprovecha este don para hacer conquistas o intentar hacerlas, y como es enamoradizo, obtiene algunos logros. Se enamora perdidamente de una chica que pertenece a un circo. Pareciera que es trapecista. Se llama Hortensia Buislay. Está prendido de ella, de sus formas, pero no tiene dinero para cubrir el costo de la entrada. Entonces, para verla en cada función, se ofrece para cargar los instrumentos de la banda o realizar cualquier tarea de mozo y muchacho de cuerda. Logra que la chica le preste atención. Algo sucede entre ambos y cuando el circo debe partir, Rubén decide unirse a la tropa. Le preguntan si tiene alguna habilidad. No sabe qué responder. Les dice a tontas y a locas que puede hacer de payaso. Lo ponen a prueba, pero no da el ancho y debe quedarse en tierra como el aspirante a marinero. Ahí termina su enamoramiento con la trapecista. E.B.G

Rubén Darío, el “lilóforo celeste” de las letras hispanas

Por Ernesto Bustos Garrido

 


Hablamos de Modernismo y surge de inmediato el nombre de Rubén Darío, tal como aconteció con Zola y el Naturalismo, Juan Gris y el Cubismo, Picasso en lo abstracto, Duke Ellington y el jazz, Neruda y la poesía Cósmica, y Mahatma Gandhi con la Libertad. Cada uno es una ecuación, o más bien una simbiosis entre sus vidas y su obra o legado. Y en el caso del poeta nicaragüense, se agrega un sonido nuevo en las palabras, una estética en los parlamentos dirigida claramente hacia la belleza y una forma elegante y pulcra de crear prosa, lírica y canto, buscando la perfección.

El Modernismo literario se puede definir  como un movimiento de ruptura con el canon vigente en las letras, la escultura, el diseño y hasta la pintura, que se inicia en torno a 1880 y alcanza su desarrollo pleno cuando estalla la Primera Guerra Mundial (1914). Tal ruptura se enlaza con la amplia crisis espiritual de fin de siglo XIX.

Cuando Darío llega a Europa, en los albores del nuevo siglo, trae el embrión del cambio y la renovación, en las solapas de sus gabanes, en las bastillas de sus pantalones y en la cinta multicolor de su sombrero. Quiere decir cosas bellas, alentar a las alondras, mover las nubes, hacer sonreír a las musas, con un lenguaje hecho de escogidas palabras, leídas y vistas en los textos del medioevo.

Empieza desde pequeño escribiendo garabatos –engendros de poesía– en los cuadernos de sus amigas y conocidas, durante las fiestas en casa de su tía Rita Darío de Alvarado, en la ciudad de León. Tiene trece años y ya lo motejan de bardo. Aprovecha este don para hacer conquistas o intentar hacerlas, y como es enamoradizo, obtiene algunos logros. Se enamora perdidamente de una chica que pertenece a un circo. Pareciera que es trapecista. Se llama Hortensia Buislay. Está prendido de ella, de sus formas, pero no tiene dinero para cubrir el costo de la entrada. Entonces, para verla en cada función, se ofrece para cargar los instrumentos de la banda o realizar cualquier tarea de mozo y muchacho de cuerda. Logra que la chica le preste atención. Algo sucede entre ambos y cuando el circo debe partir, Rubén decide unirse a la tropa. Le preguntan si tiene alguna habilidad. No sabe qué responder. Les dice a tontas y a locas que puede hacer de payaso. Lo ponen a prueba, pero no da el ancho y debe quedarse en tierra como el aspirante a marinero. Ahí termina su enamoramiento con la trapecista.

Sigue escribiendo versos y su familia se traslada a Managua, la capital de su país. Ahora los cuadernos de las chicas le llegan hasta la puerta de su casa. Conoce a una que le desfonda los bolsillos de sus pantalones. Es la tal Murillo, una mujer que resultará fatal en su vida. La joven no es una belleza en el sentido clásico del término, pero posee una mirada profunda y escrutadora. Rubén la empieza a cortejar y el polo positivo hace contacto con el negativo. Salen chispas…..

Él la describe así: rostro ovalado, color levemente acanelado, boca cleopatrina (!!!), ojos verdes, cabellera castaña, cuerpo flexible y delicadamente voluptuoso que traía al andar ilusiones de canéfora. ¿Qué más podía pedir? Ella, además, cantaba y tocaba el piano. Por las tardes van al lago Managua a ver las puestas de sol. Rosario, tal es su nombre, le ataca y le da un beso en la boca. Él lo recordará como el primero en su vida. Pero viene un viaje, casualmente a Chile, donde toma contacto con el mundillo social y literario de Valparaíso y Santiago, algo más desarrollado que el del mundo centroamericano. El viaje pone distancia con la Murillo. La relación a nada bueno podría conducir. Años más tarde probará la hiel de esa relación. En Chile hace nuevas amistades, entre ellas el hijo del presidente Balmaceda. Comparte en los salones de la casa de gobierno (La Moneda) con el mundo intelectual. Como resultado de este intercambio, sale Azul, según muchos la piedra fundacional del Modernismo. Pero la estadía es breve –tres o cuatro años– y cruza Los Andes y llega a Argentina. Hace de corresponsal y dicta charlas.

Cuando cumple 22 años regresa a Nicaragua, donde es recibido con aplausos y la crítica lo alaba. Azul le ha abierto las puertas. Entonces retoma aquellas antiguas amistades, especialmente una que había quedado en suspenso. Se trata de Rafaela Contreras Cañas, “Rafaelita”. Ella es costarricense. Es corta de estatura, pelo castaño, tez morena y grandes ojos negros. De gran simpatía y oculto encanto. Escribe cuentos. A través de un amigo común los hace llegar a la redacción del diario La Unión, donde Rubén es el director. Él, sin saber a quién pertenecen (ella los firma con el seudónimo de Stella), los publica en el suplemento literario. Hay buena acogida de los lectores. Son piezas frescas, de prosa diáfana y sencilla. El amigo –Tranquilino Chacón– debe dar a conocer la identidad de la autora. Darío se lleva una grata sorpresa y emprende el ataque final a esa amistad antigua, la que unos años más tarde se plasmará en matrimonio. el 21 de junio de 1980. De esa unión nace el primer hijo del poeta, Rubén Darío Contreras, quien es criado por los tíos de Rafaelita. Estando la pareja en San José de Costa Rica, año 1892, el poeta recibe el nombramiento de secretario de la Delegación Oficial de Nicaragua a España para las celebraciones de Cuarto Centenario del Descubrimiento de América. Dicho acontecimiento marca el inicio de la separación con Rafaela y el comienzo de una infidelidad decisiva cuando él se enamora en Madrid de la hija del jardinero de la casa de campo de los Reyes de España. Ella es analfabeta, sin mucha fineza ni trato social, pero con gran carácter. Es doña Paca, la mujer que ocupa el sitio más importante en la vida amorosa de nuestro “lilóforo celeste”.

Así, en la bitácora sentimental de Darío quedan los recuerdos de Rafaelita, ese hijo que está al otro lado del océano y los cuentos que ella firmaba como Stella.

En la próxima entrega reproducimos uno de ellos, como una curiosidad. Junto a otros está en una colección privada y es muy difícil encontrarlo. Para Costa Rica y los seguidores del poeta, estos textos son un tesoro. Doña Rafaelita Salvadora Contreras Cañas es una figura emblemática de las letras “ticas”.

Cuento de Rafaela Contreras Cañas: La turquesa


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


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