Dos cuentos metaliterarios de Elías Moro

Hoy contamos con la colaboración de Elías Moro (Madrid, 1959), autor de una valiosa obra narrativa y poética. En esta ocasión nos ofrece dos cuentos metaliterarios en los que homenajea a autores (Franz Kafka, Augusto Monterroso) y personajes literarios (Drácula, Frankenstein) harto conocidos.

Además del cuento, Elías Moro ha cultivado el género de las memorias (mediante la fórmula “Me acuerdo de”, de Georges Perec) en colaboración con Daniel Casado, las misceláneas (El juego de la taba), la poesía (Hay un rastro, Poema de los colores), los aforismos (Algo que perder) o los microrrelatos (Microrrelatos domésticos).

En Narrativa Breve hemos publicado varios de sus textos narrativos. Puedes saber más sobre su obra en su blog El juego de la taba.


 

 

Cuento de Elías Moro: Kafka versus Monterroso

Aquella noche, en Praga, el oficinista tuvo un sueño muy extraño: después del trabajo, regresaba a su casa por la ciudad vieja y vacía, asediada por la niebla y la nieve (hasta el Moldava fluía en un silencio temeroso), y en cada esquina, en cada rincón, encontraba pegado a las paredes un cartel con un insólito texto escrito en un extraño idioma.

Aunque lo más extraño de todo era que estaba firmado por alguien que no había nacido aún, alguien al que, sin embargo, le parecía conocer de toda la vida: un pequeño (de estatura) escritor guatemalteco llamado Monterroso –al que sus amigos apodaban “Tito”–, y cuya endeble apariencia física (retaco, alopécico, feas gafas de pasta…) no hacía sospechar su enorme talento literario, el cual, pasando el tiempo, escribiría también un brevísimo cuento universal sobre sueños y dinosaurios.

El texto del pasquín, apenas unas escasas y turbadoras líneas, comenzaba al modo de los cuentos infantiles, llevaba por título “La cucaracha soñadora” y rezaba así:

Erase una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.

Después de leer aquel texto decenas de veces durante su camino, el oficinista llegó a su casa y se acostó con una rara e indefinible sensación; en su sueño –inquieto, desasosegante–, ese dinosaurio que surgía del futuro también estaba dormido.

El oficinista, que, lo diremos ya, se llamaba Franz Kafka, se despertó sobresaltado, bañado en sudor, y lo aplastó de un zapatillazo.

✅ Elías Moro, Manga por hombro, La Isla de Siltolá, 2013. Comprar en 

 

Cuento de Elías Moro: Peligros del ayuno

Después de tres semanas de casi completo ayuno, con la tez más cadavérica que de costumbre de resultas del hambre, el conde Drácula andaba desesperado.

Habitualmente más tiernos y apetecibles los cuellos de fémina que los masculinos, y aunque prefería los de las primeras, ya no podía permitirse el lujo de andarse con remilgos aristocráticos: el primer gaznate que se pusiera a tiro esa noche sería su alimento.

De un tiempo a esta parte, sus festivos y provechosos revoloteos nocturnos por la comarca en busca de sustento se habían revelado totalmente infructuosos: el toque de queda impuesto por las autoridades para combatir la oleada de crímenes recientes -en gran parte por culpa suya-, con la gente temerosa encerrada a cal y canto en sus casas a partir de las cinco de la tarde, antes de la anochecida, le estaba pasando una dolorosa factura al negarle su ración cotidiana del rojo y nutritivo néctar.

Tras otra noche en blanco al acecho de sus cada vez más escasas víctimas, resignado ya a volver al ataúd en su castillo un poco más débil y macilento, unas fuertes pisadas retumbando en el silencio y la quietud de la noche acercándose deprisa por el callejón en sombra, le hicieron concebir esperanzas de lograr al fin su ansiada pitanza.

Con la capa embozándole el rostro y todos los músculos en tensión por la emoción de la caza, con el estómago gruñéndole su urgencia y casi salivando de gusto, el conde se emboscó en un zaguán, y cuando el dueño de las pisadas llegó a su altura se lanzó de lleno y por sorpresa a la yugular de su desprevenida víctima.

En el silencio espeso de la noche se oyó un fuerte crujido y, al punto, un lamento desgarrador salió de la noble garganta atravesando de parte a parte la madrugada transilvana: se había partido un colmillo al morder con todas sus fuerzas en una de las tuercas del cuello de Frankenstein.

Para aguantar una jornada más no le quedó otra que chupar de su propia sangre.

Aquel aciago suceso fue el inicio de su decadencia sin remedio.

✅ Elías Moro, Microrrelatos domésticos, Takara Editorial, 2017. Comprar en 

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