Modernistas: Manuel Gutiérrez Nájera

El mexicano Gutiérrez Nájera  fue el más modernista de todos los modernistas del nuevo continente. Su identificación con Rubén Darío se expresa en la fundación junto a un colega y amigo, Carlos Díaz Dufoo, de la revista Azul, un semanario que aparecía junto a la edición dominical del diario El Liberal. La citada publicación, con Gutiérrez Nájera primero como secretario de redacción y luego como director, circuló entre los años 1894 y 1896. Desapareció cuando el diario Imparcial sustituyó al Liberal. Durante esos dos años, por sus páginas desfilaron los más connotados modernistas de toda América Latina, además de reseñas, resúmenes, fragmentos de muchos escritores franceses, incluidos los simbolistas (*).

Manuel Gutiérrez Nájera escribía allí con el seudónimo de “El Duque Job” (también utilizaba otros como El cura de Jaltlaco, Recamier, Mr. CanCán, Memo y Omega). Poseía una pluma distinguida, fina, delicada, cuidadosa del idioma y del sentido de las palabras.


Pero, lamentablemente, vivió muy poco. Tenía una complexión achacosa. Su salud no era de hierro, como hubiera sido deseable para un talentoso creador. Se había educado bajo la férula de su madre, una matrona tremendamente católica, apostólica y romana. Como tal soñaba con su hijo Manuel como cura. Algo le falló y el muchacho, a los trece años, se soliviantó y comenzó con sus afanes literarios y periodísticos. De cualquier modo, la señora, mientras lo mantuvo bajo su tutela, lo obligó a gastarse las pestañas con san Juan de la Cruz, santa Teresa, y fray Luis de León. Entremedio Manuel cogía, de donde podía, a los clásicos franceses. Por ese conducto se acercó primero al simbolismo, a Baudelaire, a Víctor Hugo  (quizás muy clásico) y luego al modernismo de Darío.

De su producción literaria, destaca su poesía, cargada de romanticismo, aunque él no profesaba de ningún modo dicha corriente artística. Un fragmento de su célebre poema “La Duquesa de Job”, exhibe su tendencia:

 

(1884) 

En dulce charla de sobremesa,

mientras devoro fresa tras fresa,

y abajo ronca tu perro Bob,

te haré el retrato de la duquesa

que adora a veces al duque Job.

 

No es la condesa de Villasana

caricatura, ni la poblana

de enagua roja, que Prieto amó;

no es la criadita de pies nudosos,

ni la que sueña con los gomosos

y con los gallos de Micoló.

 

Mi duquesita, la que me adora,

no tiene humos de gran señora:

es la griseta de Paul de Kock.

No baila Boston, y desconoce

de las carreras el alto goce

y los placeres del five o’clock.

 

Pero es en su narrativa donde destaca, clara y explícitamente, la corriente modernista de la cual Manuel era devoto, con una temática apegada estrechamente al canon del movimiento (texturas clásicas, lenguaje fino, atildado). Destacan en ella el libro de relatos Cuentos frágiles , el único que se editó en vida (murió  con escasos 36 años), y una serie de compilaciones de aquellas historias publicadas por entrega en los periódicos y revistas dd México capital y otras ciudades importantes: Cuentos del domingo, Cuentos vistos, y Cuentos color de humo).

Un dato curioso: antes de entregar algunos de sus relatos: Manuel Gutiérrez Nájera era médico cirujano.

 

 

NOTAS

El modernismo

Fue una corriente enemiga de lo tradicional; reunió poetas de tendencias diferentes bajo la falsa sensibilidad de la instrucción, de la descripción. Theophile Gautier objetiva mejor. Los seguidores del modernismo adoptaron una postura contra el realismo y romántico e instauraron al espíritu de moda, una poesía caracterizada. El modernismo tomó como símbolo la expresión “el arte por el arte” y el gusto por lo refinado, es decir, perfección en lo formal.

Los principales rasgos del modernismo son: libertad creadora y el sentido aristocrático del arte. El poeta está por encima de la realidad cotidiana. Mente abierta hacia todo lo nuevo. Correspondencia de las artes (literatura, pintura, la música, la escultura) Practica el impresionismo descriptivo. Gusto por los diferentes temas como pintorescos decorativos exóticos de la fauna y la flora, etc…

La modernidad: Es el tema esencial del movimiento, ser moderno es decir estar en tono con el mundo. El arte: represento la realidad y la búsqueda del texto literario de una manera más reflejada. La innovación: se trató de buscar, explorar, andar e inventar nuevos caminos, nuevas lenguas, otra geografía. El asombro y el misterio: la complejidad que nos muestra la vida, la forma literaria y artística de mostrar en general sus misterios.

La poesía como principal género: Fue el género más empleado por los modernistas. Un gran número de poemas de altísima sensibilidad y belleza se dieron a conocer en este género literario. Como las obras de Rubén Darío, José Martí, Leopoldo Lugones, José Asunción Dilva El ensayo: Con este género decidieron hacer una literatura mas seria y solida; buscaron un horizonte intelectual con mayor propósito de un mundo en expansión y la mejor forma que encontraron de expresarlo fue el ensayo. Entre ellos se destacaron: José Martí, Rubén Darío, José Enrique Rodó. La novela: el tipo de novela que más se destacó en el modernismo fue la novela De sobremesa, de José Asunción Silva, en  la cual el artista es también el objeto de la trama.

 

El simbolismo

El simbolismo fue un movimiento artístico, principalmente literario y de artes plásticas, que se originó en Francia en la década de 1880, de forma paralela al postimpresionismo. Dentro de los representantes del simbolismo, encontramos como figuras principales al poeta Charles Beaudelaire (quien tuvo mayor impacto dentro de lo que fue el simbolismo francés). El simbolismo tiene como objetivo la búsqueda interior y la búsqueda de la verdad universal. Se buscaba interelacionar el mundo espiritual y el mundo sensible, haciendo uso de imágenes que expresaban distintas emociones.

Origen: El Simbolismo nace como una reacción literaria contra el naturalismo y el realismo durante el siglo XIX. Ambos movimientos eran anti-idealistas y pretendían exaltar la realidad cotidiana. Surge así el movimiento del simbolismo como una fuerte reacción frente a estos movimientos pues los acusa de “agotamiento plástico” que logran anular la fantasía y la imaginación.

Temática principal: La temática principal del simbolismo francés es la espiritualidad, los sueños y la imaginación.

Objetivo: El simbolismo tiene como objetivo la búsqueda interior y la búsqueda de la verdad universal. Se buscaba interelacionar el mundo espiritual y el mundo sensible, haciendo uso de imágenes que expresaban distintas emociones.

Intencionalidad o mensaje: Las intensiones de este movimiento son metafísicas donde se halla presente el misticismo con la idea de unificarse con lo sagrado. Intentan evocar expresiones más que manifestar ideas o pensamientos concretos, pretendiendo despertar la intuición en el receptor.

Rol del lenguaje: Se considera que el lenguaje es la forma de conocer el mundo. Por tanto se lo sobrevalora por encima de la percepción.

Musicalidad: Los poemas del movimiento del simbolismo hacen a un lado el verso (presentan versos flexibles) y se enfocan en la armonía y belleza de la musicalidad.

Relación entre lo sagrado y lo profano: El simbolismo hace el intento de hallar correspondencias entre lo sagrado (divino) y lo profano (mundano). Es decir, que intenta encontrar elementos en común.

Autonomía del arte: Hace referencia a la independencia del arte en relación al resto de los ámbitos de la vida.

Estilo: Posee un estilo con formas planas y grandes sectores (áreas) provistas de color. Predomina el color verde y el azul pues son sinónimos de un estilo de arte distante e intelectual pero a la vez de belleza junto con delicadeza. Intentará expresar la angustia y el desconsuelo interno del autor. No se limita a un estilo personal, sino que trasciende nacionalidades, estilos particulares e incluso tiene un alcance atemporal.

Uso del símbolo: Tal como su nombre lo indica, este movimiento utiliza un alto contenido de símbolos con el fin de comunicar emociones. También tiene características irracionales, fantásticas y subjetivas. Algunos de sus recursos eran:

La figura de la mujer. Se coloca a la mujer en un lugar idealizado.

Lirios. Representan la delicadeza o la melancolía.

Cisnes. Son símbolos de pureza.

Pavos reales. Como símbolos de belleza y de vanidad.

Paisajes. Como la soledad.


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


 

Dame de coeur, de Manuel Gutiérrez Nájera

(La joven desposada que nunca volverá)

 

Allá, bajo los altos árboles del Panteón Francés, duerme la pobrecita de cabellos rubios, a quien yo quise durante una semana… ¡todo un siglo!… y se casó con otro. Muchas veces, cuando, cansado y aburrido del bullicio, escojo para mis paseos vespertinos las calles pintorescas del Panteón, encuentro la delicada urna de mármol en que reposa la que nunca volverá. Ayer me sorprendió la noche en esos sitios. Comenzaba a llover y un aire helado movía las flores del camposanto. Buscando a toda prisa la salida, di con la tumba de la muertecita. Detúveme un instante, y al mirar las losas humedecidas por la lluvia, dije, con profundísima tristeza:

–¡Pobrecita! ¡Qué frío tendrá en el mármol de su lecho!

Rosa-Thé era, en efecto, tan friolenta como una criolla de La Habana. ¡Cuántas veces me apresuré a echar sobre sus hombros blancos y desnudos, a la salida de algún baile, la capota de pieles! ¡Cuántas veces la vi en un rincón del canapé, escondiendo los brazos, entumida, bajo los pliegues de un abrigo de lana! ¡Y ahora, allí está, bajo la lápida de mármol que la lluvia moja sin cesar! ¡Pobrecita!

Cuando Rosa-Thé se casó, creyeron sus padres que iba a ser muy dichosa. Yo nunca lo creí, pero reservaba mis opiniones, temeroso de que lo achacaran al despecho. La verdad es que cuando Rosa-Thé se casó, yo había dejado de quererla, por lo menos con la viveza de los primeros días. Sin embargo, nunca nos hace mucha gracia el casamiento de una antigua novia. Es como si nos sacaran una muela. Sobre todo, lo que aumentaba mi disgusto era el convencimiento profundo de que iba a ser desgraciada. Me ponía como furia al escuchar las profecías risueñas de su familia. ¡Cómo! ¿Qué iba a ser Pedro un buen marido? Pero ¿no saben estas gentes –decía yo para mí– que Pedro juega?

Atribuyen a la funesta ociosidad tan serio vicio; creen que una vez casado va a enmendarse… pero los jugadores no se enmiendan. Y –en descargo de mi conciencia, lo diré– yo habría visto, si no con alegría, con resignación a lo menos, el casamiento de Rosa-Thé con un buen chico. Pero lo contrario de un pozo es una torre; lo contrario de un puente, un acueducto; lo contrario de un buen marido, eso era Pedro. No porque le faltasen prendas personales, ni salud, ni dinero, ni cariño a la pobre Rosa-Thé, pero sí porque aquel pícaro vicio había de seguirlo eternamente, como un acreedor a quien nunca acaba de pagársele.

Rosa-Thé no sabía que Pedro jugaba. En los primeros meses de matrimonio, fue, con efecto, lo más sumiso y obsequioso que puede apetecerse para la vida quieta del hogar. Pero, ¡ay!, a poco tiempo, la pícara costumbre le arrastró al tapete verde. Comenzaron entonces los pretextos para pasar las noches fuera de la casa, la acritud de carácter, los ahogos y las súbitas desapariciones del dinero. Cierta vez, Rosa se preparaba para asistir a un baile. Pedro estaba ya de frac, esperando en el gabinete a su señora. Mas como estaba embebida aún en su toilette, tardóse todavía muy largo rato, Pedro entornó la puerta del tocador y dijo a Rosa: –Mira, mientras acabas de peinarte, voy a fumar al aire libre. Dentro de media hora volveré. Eran las nueve y media.

En punto de las diez Rosa estaba dispuesta para el baile. Sentóse en un silloncito y esperó. Sonó el cuarto, la media, los tres cuartos, y Pedro no volvía. Entonces comenzó a entrar en cuidado. ¿Qué le habría sucedido? A cada instante se asomaba al balcón, estrujando los guantes y el pañuelo. ¿Le habría atropellado un coche? ¡Anda tan embobado! –decía Rosa. ¿Habrá tenido riña con alguno? ¡Nadie está libre de enemigos! Sobre todo, ¡hay tantos malhechores en la calle! Y adelantando los sucesos con la impaciente imaginación, se figuraba ver entrar a su marido en angarillas con una pierna rota o muerto acaso. Y cada vez era más aguda su congoja, tanto que, al dar las once, mandó a un mozo a que fuera buscarle por las calles, y luego a otro, en seguida a tres, hasta que el camarista y el lacayo, el cochero, el portero y cuantos hombres había en la servidumbre, se emplearon en buscarle por calles y cafés sin dejar punto de reunión por registrar ni detuvieron un instante sus pesquisas.

Llegaban los sirvientes fatigados y sin noticia alguna de su amo; salían después con nuevas órdenes y siempre regresaban lo mismo que se iban. Por fin, pasada ya la medianoche, Rosa ordenó que se pusiera el coche. Iba a buscar a Pedro. A todo escape, los caballos partieron del zaguán. Llamó Rosa a la puerta de muchas casas; apeábase el lacayo presuroso, y después de conferenciar con los porteros, subía luego al pescante, y el carruaje se lanzaba de nuevo por las calles con la mayor velocidad posible. A cosa de la una, pasó Rosa por una calle y vio abiertos e iluminados los balcones de una casa. Aquello debía ser un club o cosa así. ¿Estaría Pedro en ese lugar? Paróse el coche, y el lacayo, sin necesidad de llamar, porque estaba entornada la puerta, entró al patio; subió las escaleras y, a poco rato, volvió a bajarlas más aprisa todavía. Llegó a la portezuela del carruaje, por la que asomaba el semblante lívido de Rosa, y dijo, con la satisfacción del que trae una noticia largamente esperada: –El amo está arriba: está jugando… Dice que no puede venir… que irá luego a la casa.

Y, efectivamente, a las seis de la mañana, Pedro se presentó en las habitaciones de la señora. La infeliz había pasado la noche en claro, sentada allí en aquel sillón, viendo, con la mirada fija de una loca, las manecillas del reloj que giraban alrededor de la carátula, vestida aún con su traje de baile, con flores en el cabello y en el pecho. Cada vez que sonaban pasos en la calle, Rosa-Thé se asomaba al balcón. Pero eran los pasos del gendarme o de algún ebrio que volvía tambaleando a su casa. Y las estrellas fueron brillando menos y los gallos cantando más. De rato en rato, Rosa escuchaba el ruido de un carruaje: era el de alguna de sus amigas que volvía del baile. Poco a poco, la luz, primero tímida y blanquizca, se fue diseminando en todo el cielo.

Pasó una diligencia por la esquina y se oyeron las campanas de La Profesa llamando a misa. Rosa no quiso entonces permanecer más tiempo en el balcón. ¿Qué dirían los que la vieran? Además, sus dientes chocaban unos con otros, y un desagradable escalofrío culebreaba en su cuerpo. Rosa, tan débil, tan cobarde y tan friolenta, había pasado una buena parte de la madrugada en el balcón, y lo que es peor, en traje de baile, con los hombros y la garganta descubiertos.

Tan poseída de dolor estaba que no observó la ligereza de su traje. Sólo cuando la luz, entrando brusca por las puertas emparejadas del balcón, fue a retratarla en el espejo del armario, Rosa se vio ataviada para la fiesta y cubierta de flores, como una virgen a quien llevan a enterrar. Entonces, acurrucada en el sillón y cubiertos los hombros por un tápalo, soltó a llorar. ¡Había pensado en divertirse tanto en aquel baile! Porque Rosa era, al fin y al cabo, una chiquilla. ¡Se había puesto tan linda, no para cautivar a los demás, sino para que Pedro la llevase con orgullo! Y en lugar de la fiesta, las congojas, la angustia, y luego… luego la certidumbre horrible de que su esposo, sin tener piedad de sus dolores, la dejaba a las puertas de una casa de juego, donde probablemente se arruinaba. Rosa lloraba como una niña, y poco a poco iba arrancando de sus cabellos aquellas flores que tan primorosamente la adornaban. Y así pasó todavía una hora, oyendo el ruido de las escobas y las conversaciones de los barrenderos que barrían la calle.

Por fin, conoció los pasos de Pedro. ¡Sí, era él! Secó sus lágrimas precipitadamente, tuvo vergüenza de haber llorado, la cólera venció en su ánimo al dolor y se dispuso a reñir, a desahogarse, a increpar con justicia a su marido. Pero… ¡en vano! La vista de Pedro la desarmó; venía lívido, derrengado, con los ojos de un hombre que ha perdido la razón, deshecho el lazo de la corbata blanca y erizado el pelo del sombrero. Apenas pudo hablar. –Tienes razón… soy un miserable… He perdido todo… tus coches, tus alhajas… mis caballos… ¡Nada tenemos! ¡Te he arruinado! ¡Te he arruinado! ¡Soy un canalla!

La cólera de Rosa-Thé se disipó como las sombras cuando viene el alba. Ante aquella desgracia inmensa, quiso recuperar su sangre fría. ¡Era tan buena! Una ternura inmensa reemplazó las frases duras con que se proponía recibir a su marido. Y abrazando su cuello, acercando la cabeza descompuesta de Pedro a su seno, le atrajo a sí y lloraron juntos largo rato, mientras la luz, indiferente a todo, saltaba alborozada y se veía en los espejos, en los muebles y vidrieras.

Rosa aceptó la pobreza con mucho valor. Tuvieron que buscar una casa humilde, quitar el coche, despedir a casi todos los criados, reemplazar el raso de los muebles con cretona e indiana 4; vivir, en suma, como la familia de un pobre empleado que gana ochenta pesos cada mes. Pero Rosa ponía tal arte en todo, economizaba tanto con su vigilancia y su trabajo, era tan decidora y tan alegre, que Pedro sentía menos el terrible peso de la pobreza. Al principio, Pedro, avergonzado de sí mismo y orgulloso de su mujer, se dedicó con alma y vida a trabajar. Y Rosa estaba más contenta que antes, porque ya no se iba por las noches y porque siempre le veía a su lado. Sin embargo, no fue muy duradera esta ventura. Pedro volvió a juntarse con ciertos amigos que le arrastraron nuevamente al juego. Ya no podía apostar grandes cantidades como antes, pero sí dos, cinco o diez pesos. Primero se excusaba a sí mismo, diciendo en su conciencia: «No hago mal. Ahora que nada tengo, es cuando debo jugar. Es preciso que busque a toda costa el medio de sacar a mi mujer de la situación precaria en que vivimos. El juego me debe toda mi fortuna. Voy por ella.» Y comenzó de nuevo a fingir ocupaciones perentorias, y a pasar buena parte de las noches fuera de su casa. No tardó Rosa en descubrir la verdad. Las exiguas cantidades que ganaba Pedro –y eran antes suficientes para cubrir su reducido presupuesto– no lo fueron después.

Convencida de que aquel vicio era incurable y radical en su marido, cayó en el más profundo abatimiento. ¿A qué luchar? Sin atender a sus consejos ni oír sus súplicas, ni apreciar sus cuidados y trabajos, Pedro la abandonaba por los naipes. Una terrible consunción se fue apoderando de ella. Ya no reía, ya no cantaba, perdió los colores frescos de su cutis, el brillo de sus ojos, la gracia de sus desembarazados movimientos, y se fue adelgazando poco a poco. Al cabo de algunos meses cayó en cama. Los médicos dijeron que no atinaban con la cura de su mal; y con efecto, el único capaz de aliviarla era el marido. Éste, instintivamente comprendiendo que era la causa de la enfermedad, se enmendó en esos días, y buscando dinero a premio, pidiendo prestado a sus amigos, se allegó los recursos necesarios para atender a la enfermita. Le llevaba los mejores médicos y compraba todas las medicinas por caras que fuesen. Un doctor dio en el clavo, al parecer (ahorro a mis lectores la descripción minuciosa de la enfermedad), y dijo: –Esto se cura nada más con tales y cuales medicinas.

Las compró Pedro y, con efecto, Rosa-Thé se mejoraba visiblemente. ¿Por qué empeoró después? He aquí lo que ni Pedro ni el doctor se explicaban. Las medicinas eran infalibles y habían surtido al principio un efecto maravilloso. ¿De qué provenía, pues, la recaída? Sólo yo lo sé, y voy a contarlo. Rosita me lo dijo la noche en que murió, mientras yo la velaba, porque habíamos vuelto a ser buenos amigos.

–No quiero aliviarme –me decía–. Tú sabes todo, las tristezas y las angustias que he pasado, la invencible fuerza de ese vicio que detesto y que domina a Pedro, mi amor a éste y mi despego de la vida. ¡Estoy tan contenta así, enfermita! Pedro no juega, pasa los días a la cabecera de mi cama, y cuando estoy mala y cierro los ojos, fingiendo que duermo, oigo que solloza y siento la humedad de sus lágrimas en mi mano. Ahora me quiere, ahora no me abandona, ahora me cuida con las tiernas solicitudes de una madre. Si me alivio, volverá a escaparse, volverá a buscar, lejos de mí, las emociones del juego. Ya no le tendré a mi lado ni sentiré sus labios en mi frente. Se irá, como se ha ido tantas veces, dejándome muy triste y solitaria. Si me muero, tal vez el recuerdo de la pobre víctima le aparte del camino por que va. No, no quiero aliviarme. Quiero estar enfermita mucho tiempo. Por eso, cuando me trae la medicina, recurro a algún pretexto para quedarme sola, y derramo el elixir en el suelo…

Allá, bajo los altos árboles del Panteón Francés, duerme la pobrecita de cabellos rubios a quien yo quise durante una semana… ¡todo un siglo!… y se casó con otro.

 

Cuento de Manuel Gutiérrez Nájera: Los amores de Pepita

Puebla ha sido fatal para los franceses. Allí fueron vencidos por los ejércitos republicanos y allí se casó el soldado Juan Provat con Pepita Romero. Pepita era hija de una buñolera. Tenía la nariz chata y la boca morada; su color era trigueño; de los negros ojos le salían como ráfagas de fuego; y en conjunto, podía muy bien decirse de ella lo que decía su esposo a los amigos: “No es bella, no, pero es apetitosa”. Pepita nació, sin duda alguna, para representar papeles trágicos. Tenía todas las condiciones requeridas para una heroína de Echegaray: la prueba es que a los tres meses de casada arañó al marido. La historia de las infidelidades de Pepita podía escribirse en muchos tomos, como la historia de las Variaciones que escribió Bossuet. Sólo que sería mucho menos edificante. Era Pepita una mujer de fuego; una escopeta con el gatillo levantado y dispuesta a lanzar sus proyectiles; un barril de aguardiente en cuya tapa paveseaba una vela agonizante. En sus ojos podía encenderse un puro. Desprendíase de su cuerpo un vago olor a horno de panadería, a fragua de herrero, a pasteles calientes, a leña verde puesta al fuego. Cuando se lavaba, el agua helada, cayendo sobre su cutis ardoroso, chirriaba evaporándose, como si hubiera caído sobre un hierro candente. ¡Sopla…! ¡Eso mismo decía el marido cuando pensaba en semejante petrolera! ¡Sopla!

Pero aquella poblana era capaz de derretir al polo Norte y de volver fogoso al galán joven que trabaja en el Teatro Principal. Sus pupilas gritaban: ¡Quemazón! Y lo más raro es que no se alarmaba el vecindario, ni mandaban traer las bombas, ni recurrían a los gendarmes. Nada. El marido, confuso y asombrado, sufría con paciencia las flaquezas de sus prójimos, y se reservaba a colocar este epitafio sobre la tumba de su esposa: ¡Aquí fue Troya! Pepita Romero abandonó su patria y fue a París con los soldados de la intervención. Pero el cielo castiga, y el soldado que vino a México en son de conquista, conquistó en su mujer una preciosa alhaja. El infeliz marido tuvo que sufrir una intervención tripartita, de rusos, de alemanes y de ingleses. Ya perdía la cuenta y todo se volvía conjeturas. Si será éste… Si será aquél… Si será el otro… Lo cierto es que éste, y el otro, tenían que ver con el asunto. Provat no luchaba ya con un amante, sino con una sociedad anónima. La esposa era una mujer universal, traducida a todos los idiomas, impresa a veinte tintas, como el Quijote que se publica en Alemania. Provat llegó a cansarse. También la resignación tiene su límite. Sorprendió a la mujer en casa de un amante, y la plantó en mitad del arroyo con absoluta indiferencia. Los dos amantes se formaron un nido, cuyo alquiler costaba dos mil francos al año, y vivieron muy lejos del marido. Pero éste, a pesar de todo, no podía ya vivir sin su mujer. Suspiraba por su compañía, como Mignon suspira en la ópera por la tierra en donde florecen los naranjos.

Una noche, no pudo resistir a su pasión, y dirigiendo sus pasos a la casa de los cómplices, se dijo para sus adentros: ¡O me mata o yo lo mato! Como era de esperarse, el joven usufructuario de aquella propiedad que a Provat le costaba su dinero, no quiso desocupar la casa fácilmente. Rotundamente se negó a devolver lo robado. Pero Provat, que iba resuelto a cometer cualquier atrocidad, sacó su revólver y mató al amante.

Fue una errata de imprenta: Alejandro Dumas ha dicho: Mátala: Provat cambió la postrera vocal y dijo: ¡Mátalo! Yo no soy partidario de esos terribles expedientes. El “¡mátalo!” de Provat es inmoral; el “¡mátala!” de Dumas, es inútil; yo hubiera dicho: ¡Mátalos! El asunto ha pasado a los tribunales franceses, en donde la heroína mexicana está causando furor como el Iroquois. Un periódico, destinado a hablar siempre de las causas célebres, publica algunas cartas del amante, leídas públicamente en el jurado. Entre éstas hay una peregrina. Dice el amante a su propia madre: “Todo marcha bien. El viejo nos ha dejado descansar algunos días. ¿Puedes tú comprender la increíble tenacidad de este marido que se empeña en quitarme a su mujer?” Este detalle no tiene precio. Si Ernesto Feydan lo hubiera conocido, lo habría puesto en su Fanny.

En efecto, vamos llegando a los calamitosos días en que el amante se encela del marido y va a pedirle una satisfacción.

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