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2 cuentos de la escritora argentina Laura Nicastro

Las revistas literarias de Abelardo Luis Castillo (San Pedro, 1935 – Buenos Aires, 2017) marcaron un época en la vida intelectual de la Argentina entre fines de los 50 y pasados los 80. Hubo tres expresiones de este tipo: El Grillo de Papel, que salió en octubre de 1959 y que fue clausurada por el presidente Arturo Frondizi, al año siguiente de su aparición. Junto a un par más, El Grillo cayó bajo la censura inquisidora del Estado, quien le reprochó ser una publicación subversiva.

Después, casi a renglón seguido, Castillo sacó El Escarabajo de Oro, donde dio cabida a tres o cuatro jóvenes escritoras. El primer manifiesto se hizo con el mismo material del último número de El Grillo de Papel, aquel que fue confiscado cuando éste aún no entraba a prensa.


El tercer intento tomó el nombre de Ornitorrinco y en él trabajaron unas aguerridas escritoras (verdaderas gladiadoras de las palabras) entre las que se contaba a Liliana Heker, su fiel secretaria de redacción; Silvia Ipalaguirre, quien sería pareja de Abelardo Castillo hasta el día de su muerte; la periodista chilena Elia Parra; y una chica veinteañera que se llama Laura Nicastro.

Todas las nombradas fueron protagonistas de esta aventura de tinta y papel emprendida por un Castillo, obcecado con darle a la literatura un rol social de cambio y transformación. En cada edición aparecieron artículos, crónicas y textos de grandes escritores como Hemingway, Jean Paul Sartre, Julio Cortázar y un sinfín de nuevas figuras o figuras incipientes de las letras latinoamericanas.

El leitmotiv de las tres publicaciones era buscar la controversia, el debate de ideas, la confrontación de distintos puntos de vista, aparte de divulgar una literatura comprometida o al menos disidente del imperio conservador de esos años. El tono de los artículos de opinión era mordaz, irónico y satírico. La publicación debía “sacar roncha”. A los lectores se les entregaba una cantinela, o una suerte de estereotipo estilístico de transgresión a todo lo establecido. Aquello que se debatía o el punto de vista que se lanzaba al ruedo tenía que crear un suspenso, una expectativa de una especie de combate, para la próxima publicación. Todos entendían la idea de que “esto no va a quedar así”.

Cuentos reunidos
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Cuando un lector reaccionaba rechazando una opinión editorial, se le respondía al número siguiente, pero la respuesta era a veces una receta de cocina para hacer un budín…… Era pura irreverencia.

De esta manera o forma de plantear objetivos y sacudir viejas estructuras literarias, participó, como decíamos más arriba, una joven Laura Nicastro. En varios números del Ornitorrinco están sus relatos, sus cuentos, sus colaboraciones. Hoy Laura sigue activa y no deja de publicar, de dictar charlas y participar en congresos sobre literatura. Nació en Buenos Aires hace varias décadas. Nunca ha querido, por coquetería, revelar su edad. Debe andar por los sesenta y algo. Luce joven y buenamoza. Su risa contagia.

Su obra contiene títulos como Los ladrones de fuego (cuentos); Pueblos de arena; Libro de los amores clandestinos; La tigra; Intangible; y Jueves para siempre, estas dos últimas en el formato de novela. Por Intangible recibió el Premio Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. .

De su autoría es el cuento “La corona y premio”. Apareció en el Nº 3 de la Revista “Ornitorrinco” de junio-julio de 1978. Es una historia que ocurre en un parque de diversiones, donde una pareja –supuestamente marido y mujer– entran para matar el tiempo y distraerse un poco, en un momento en que la relación entre ambos agoniza.


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


 

Cuento de Laura Nicastro: La corona y el premio

 

Una pareja se acerca a la entrada del parque. Él es muy alto y muy rubio y pálido. Ella parece cansada.

–¿Entramos?

–Como quieras –La respuesta de la mujer es indiferente.

–Sí, realmente. Entremos.

Y se suman al desfile de turistas.

Cuento de Laura NicastroDe un pabellón cercano llegan las notas discordantes de un rock a toda orquesta. A ratos salen jóvenes desmelenados y se unen a los grupos que caminan, sin prisa. Hay un chiquilín que se suelta, intempestivamente, de la mano de su madre, pero después de una corta carrera entre risas y saltos, vuelve.

El pabellón de espejos ofrece gratuitamente deformidades pasajeras. Al lado, hay otro de tiro al blanco.

Un grupo se ha congregado frente a un kiosko de juego. En medio se levanta una columna de metal de dos metros de altura con un surco en el centro. El juego consiste en pegar con una gran maza la plataforma sobre la que está apoyada la columna para que una pelotita salga disparada a lo largo del surco. Hay premios que nadie sacó. Muchos lo intentaron; otros ni se atreven a probar.

 

–¡Tres golpes por una corona! ¡Pruebe su fuerza, señor! ¡Hasta ahora nadie hizo llegar la pelotita al tope! ¡Pruebe!

El hombre se desgañita, congestionado, desafiante, por encima del rock y del arrastrarse de los pies (se refiere a los paseantes del parque).

La pareja, tomada del brazo, se detiene a observar el juego.

El hombre vacila como si fuera a adelantarse y dudara. Su mujer lo está mirando, la cara levantada, la mano en su mano, y le dice algo. Es tan fuerte la música que él tiene que inclinarse para oírla. Ella insiste. El hombre se endereza, contestando con un encogimiento de hombros, una leve negación de la cabeza, la boca distorsionada en una mueca indecisa:

–No, ahora no… vamos a ver después….

 

***

 

Hace un buen rato hay una italiano parado entre la gente. También podría ser griego: bajo, de espaldas anchas y tez aceitunada, y el cabello muy negro y crespo le cae rebelde sobre la frente hundida. La mujer lo mira con insistencia. El italiano recoge la mirada al vuelo, pañuelo arrojado desde las gradas de un circo. Se adelanta unos pasos, mientras el murmullo crece como la marea.

–¡Pruebe su fuerza, señor! ¡Hasta ahora nadie consiguió el premio! ¡Pruebe Usted!

El grito sale al vacío, sin dirigirse a nadie en especial.

La decisión está tomada y ya dos manos morenas y anchas empuñan con firmeza el mango de la maza. Lo acarician, sopesándolo, mientras su dueño calcula, avanzando y retrocediendo, la distancia hasta la plataforma.

El murmullo ha cesado en el grupo. Se oye sólo la música de rock, ahora más lejana. La tensión y la curiosidad crecen en los segundos que pasan. El italiano da vuelta y echa una larga mirada a la mujer que lo ha estado observando. Ella, entonces, hace un comentario a su marido. El hombre desvía la cabeza como buscando, en una y otra dirección, algo que se le hubiese extraviado. La maza vuela contra la plataforma en un movimiento armoniosamente circular, atlético.

La pelotita trepa, trepa, trepa con fuerza descontrolada y pega violentamente contra el tope máximo de la columna. Se diría que  ya no es redonda.

Un grito unánime, sobrepasando todos los ruidos, aclama al ganador, quien se vuelve a mirar nuevamente a la mujer. Ella inclina la cabeza y le devuelve la mirada, con una casi sonrisa, apenas una luminosidad que le aclara las facciones. El italiano apoya con suavidad el mango de la maza contra la pared del kiosko y rechazando el premio con una sacudida de hombros, se aleja.

Lentamente, la pareja prosigue el paseo por los senderos, perdiéndose entre los tulipanes apagados y las notas de un nuevo rock.

 

Ornitorrinco, n.º 3 Junio-Julio 1978

 

 

Cuento muy corto Laura Nicastro: La enemiga

 

Pequeña, toda rizos oscuros y ojos claros, acecha a la rival desde la orilla. Ve cómo, más allá de la rompiente, abraza a su hombre, lo salpica, cómo ambos ríen, abrazados y felices, cómo se besan. Ella quiere estar ahí, grita, no la oyen. Inicia un llanto seco que parece rugido áspero. La carita se le ha puesto roja. Semeja una gárgola. Por fin, la pareja la ve, se separa. La enemiga se le acerca saltando entre la espuma mientras exclama “¡Pobrecita, mi nena! Venga con su mami”. La abraza estrechamente, la acaricia, la consuela. La niña no deja de mirar a su hombre.

Él, indiferente a la escena, se ha mantenido lejos, inmóvil en medio del agua.

La pequeña estalla, ahora sí, en un llanto copioso.

 

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