Cuento corto de Poli Délano: Amor a control remoto

Había nacido el 22 de abril de 1936 en España, en plena Guerra Civil. En Europa restaban todavía dos años para que Hitler invadiera Polonia. En Chile las fuerzas políticas de izquierda comenzaban a perfilarse para tomar algún día el Gobierno a través de las urnas. Lo lograron el año 38 con el triunfo del Frente Popular y Pedro Aguirre Cerda (radical). Salvador Allende ya era una figura de proyección dentro y fuera  del partido socialista. El mundo intelectual era muy amplio. Délano y Neruda estaban en primera línea. Eran combativos y contestatarios. Délano fue nombrado por el presidente Aguirre Cerda cónsul en Ciudad de México. Neruda, por su parte, fue enviado por el mandatario, a quien llamaban “Don Tinto”, a España. Allí se involucró con los republicanos y, una vez terminada la guerra, encabezó la cruzada de sacar de los campos de concentración franceses a los perseguidos por el franquismo. De aquella tarea nace la epopeya del Winipeg, un barco carguero que contrató Neruda para traer a Chile a más de cuatro mil refugiados.

Ernesto Bustos Garrido

Vida y obra del escritor Poli Délano

Fue ni más ni menos nuestro poeta Pablo Neruda quien “bautizó” al escritor Enrique Délano Falcón con el apelativo de “Poli”. Su padre, el también escritor Luis Enrique Délano, era muy amigo de Neruda, se visitaban en sus respectivas casas y compartían las mismas salidas nocturnas. Cuando nació Enrique, Pablo le comentó a su amigo que el niño era un poco extraño; muy cargado de hombros y pesado. “Creo que tu hijo se parece a Polifemo”. De ahí quedó como “Poli”, y con ese nombre actuó todos sus años como escritor.

Había nacido el 22 de abril de 1936 en España, en plena Guerra Civil. En Europa restaban todavía dos años para que Hitler invadiera Polonia. En Chile las fuerzas políticas de izquierda comenzaban a perfilarse para tomar algún día el Gobierno a través de las urnas. Lo lograron el año 38 con el triunfo del Frente Popular y Pedro Aguirre Cerda (radical). Salvador Allende ya era una figura de proyección dentro y fuera  del partido socialista. El mundo intelectual era muy amplio. Délano y Neruda estaban en primera línea. Eran combativos y contestatarios. Délano fue nombrado por el presidente Aguirre Cerda cónsul en Ciudad de México. Neruda, por su parte, fue enviado por el mandatario, a quien llamaban “Don Tinto”, a España. Allí se involucró con los republicanos y, una vez terminada la guerra, encabezó la cruzada de sacar de los campos de concentración franceses a los perseguidos por el franquismo. De aquella tarea nace la epopeya del Winipeg, un barco carguero que contrató Neruda para traer a Chile a más de cuatro mil refugiados.


De aquella pléyade de intelectuales destacan el historiador Leopoldo Castedo, el pintor Luis Balmes, su esposa Gracia Barrios, el politólogo y lingüista Abelardo Clariana y el maestro en las artes de la tipografía Mauricio Amster. (A estos dos últimos me cupo el honor se tenerlos como profesores cuando yo estudiaba periodismo en la Universidad de Chile).

“Poli” también fue uno de mis maestros en aquellos años en la mítica escuela de calle Los Aromos, en un edificio que había donado a la Universidad de Chile la familia Otero Vizcarrondo de Venezuela. Enrique Délano nos enseñó literatura inglesa y norteamericana. En 1953 había comenzado a estudiar inglés en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. En esos años ya escribía. En 1960 hace un viaje a China y al año siguiente gana el Premio Municipal de Literatura de Santiago.

El presidente Ricardo Lagos homenajea a Poli Dëlano
El presidente Ricardo Lagos homenajea a Poli Dëlano

El 73 empieza su “terremoteada vida”. En el 74, después de estar escondido en diversos lugares, tuvo que huir del país a raíz del golpe de estado Pinochet. Era militante del Partido Comunista. Vivió el exilio en México entre 1974 y 1984. De sus años de estudiante en el Pedagógico es el libro Un ángel de abrigo azul. A su regreso al país se dedicó a la enseñanza de la literatura, ofreciendo distintos talleres de escritura donde alguna vez husmearon Carlos Cerda, Antonio Skarmeta, Ariel Dorfman y Mauricio Wacquez.

Es autor de numerosos libros de cuentos y antologías. Su primera publicación fue Gente Solitaria, un libro pequeño de siete relatos. También Cambio de máscara, Editado por Casa de las Américas, La Habana, en 1973. Contiene 6 cuentos: “Cambio de máscara”, “Consultorio sentimental”, “La lluvia sobre el metal”, “Terremoto”, “Las vacas flacas” y “El apocalipsis de Daniel Zañartu”.

El mismo año sacó Como buen chileno, Centro Editor de América Latina, Argentina, 1973. Contiene 10 cuentos: Como buen chileno; Un ‘patín’, un ‘mateo’ y los ‘verdes’; Uppercut; Lloró la milonga; Cuadrilátero; Las arañas; ¿Te dormiste?; Estribo amargo; Su mañana y Bajo la ducha.

En formato novela están:  Cero a la izquierda, Editorial Zig-Zag, Santiago, 1966; Cambalache, Nascimento, Santiago, 1968; En este lugar sagrado, México, 1977 (Catalonia, Santiago, 2014); Piano-bar de solitarios, México, 1983 (RIL, Santiago, 2005); El hombre de la máscara de cuero, Chile, 1984 (Atenea-Galinost, Santiago, 1989); El verano del murciélago, novela corta, Sin Fronteras, Santiago, 1986; Como si no muriera nadie, Planeta, Santiago, 1987; Casi los ingleses de América, Planeta, Santiago, 1990; y Muerte de una ninfómana, LOM, Santiago, 1996. Contiene cuatro novelas cortas: Los caminos de una víbora, Aria para la cuerda de sol, Muerte de una ninfómana y El verano del murciélago.

Su producción literaria es mucho más amplia y comprende cerca de 50 o 60 títulos. Uno de los finales es Policarpo en Manhattan, Editorial Zig Zag, (Chile, 2016). Al año siguiente, es decir el 2017, falleció la noche del 10 de agosto, en el Hospital del Tórax, en Santiago de Chile.


Ernesto Bustos GarridoAutor de la introducción: Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


 

 Cuento corto de Poli Délano: Amor a control remoto

 

“Creo que la persona que lee tiene chance de ser mejor, una persona más completa, más perceptiva, de mayor imaginación.” (Poli Délano)

 

 

Quizás antes de sumergirme en las sinuosidades de mi acelerada pasión, debo confesar que pertenezco a la cofradía de personas que ven debajo del agua, una persona “rara”, para decir lo menos y no apartarme de la especie de título que desde niño me otorgaron mis padres y mis hermanos, los compañeros de escuela, el vendedor de helados, hasta la puta Lorenza que se paraba en la esquina de Lyon por las tardes. “Raro el muchacho”. Yo también –a fuerza de remache– llegué a sentirme raro, aunque ahora, ya entrado en años, tengo la absoluta convicción de que los raros son los otros, y yo el normal.

La revelación se dejó caer una tarde mientras hacíamos las tareas en la mesa del comedor y la lluvia parecía demoler el tejado. Le dije a Fabián que no fuera idiota, que le devolviera el trompo a Genaro. Él no me había contado nada sobre el robo, de manera que abrió los ojos muy grandes y me preguntó: “¿Cómo supiste?”.

En otra ocasión, caminando rumbo a Providencia por Avenida Suecia, le informé a un sujeto desorientado que la callecita que no podía encontrar estaba a dos cuadras hacia la derecha. Me miró como si no creyera lo que acababa de oír y se alejó asustado, porque en realidad se lo dije antes de que él me hiciera la pregunta. Y casos semejantes, podría contar por docenas.

Mi voluntad nada tiene que ver con esta condición. Se trata de una facultad impuesta y la verdad es que preferiría ser como cualquier cristiano, aunque debo admitir también que son estos poderes los que abrieron el camino hacia los laberintos de la intensa historia de amor que avasalló mi vida.

A lo largo de mis años, más tranquilos que agitados, nunca presté demasiada atención a los sueños que cada cierto tiempo se me repetían como películas obsesivas; ni tampoco a esas intuiciones que de pronto me permitían saber lo que mi hermano, mi amigo o mi profesora pudieran estar tramando. Ni siquiera me llegué a convertir en un fanático de la misteriosa teoría de la reencarnación. Pero mi espíritu fue incapaz de pasar por alto el hecho de haberme enamorado a control remoto, y transgrediendo no solo las fronteras de la distancia, sino también las del tiempo.

La flecha asesina me perforó el corazón cuando en la semipenumbra de un pequeño museo en la ciudad de Aragón, mis ojos chocaron con la mirada entre plácida y risueña de doña Leonor de Santiago. Jamás había contemplado belleza más deslumbrante, intensidad mayor de sentimiento, concentración tal de antojos y locuras. Era como si toda ella ardiera de pasión por el pintor que a su frente sostenía paleta y pincel para ir estampándola en esa tela; como si la totalidad del amor se empozara en ese preciso punto del tiempo en que la felicidad de los sentidos y del alma parece rebasarlo todo; como si la suma final de las fuerzas cósmicas hubiera determinado sintetizarse en esa belleza indivisible y única.

Aun a riesgo de que se me atribuya locura, debo admitir con humildad que durante las tres semanas que por motivos de trabajo pasé en Aragón, me dediqué a visitar el museo cada vez que encontraba hasta el más mínimo rato libre, sin otra pretensión que la de extasiar mis sentidos aunque fuera unos brevísimos minutos ante los perturbadores encantos de doña Leonor.

Por las noches, amparado en la quietud provincial de la posada donde había tomado habitación, me desvelaba conversando con ella, contándole historias tristes o alegres, preguntándole una y otra vez cómo podía recaer en ella sola la propiedad absoluta y exclusiva de la gracia, asegurando que yo sería sin alternativa su único destino, jurándole amor más allá de la vida y del tiempo. Me agitaba sudoroso, abrazando las almohadas, revolcando entre las sábanas mi imbatible ansiedad.

Una de aquellas inquietantes tardes de museo, tuve la ocurrencia de preguntar si vendían reproducciones del cuadro que tanto me venía perturbando. Compré las doce que restaban y por la noche logré dormir más tranquilo.

Prefiero no detenerme en los detalles de tanta indagación que emprendí para obtener noticia acerca del pintor, así como datos de la historia personal de Leonor de Santiago; viejas crónicas de Indias, documentos ya perdidos en el polvo de las bibliotecas. Solo diré que alrededor de 1580, en vísperas de su boda con Eduardo de Villaverde, la joven de tanto sueño fue condenada por la Santa Inquisición a morir en la hoguera, bajo la acusación de brujería que promovió la siniestra Laura Treviño –una verdadera encarnación del mal–, al parecer llena de ira por haber perdido el amor de don Eduardo, quien también habría de ser abrasado por las llamas mientras seguía jurándole a Leonor amarla hasta más allá de la muerte. Los desafortunados hechos tuvieron lugar en la ciudad de Zacatecas, México central.

Cuando regresé a Santiago, hice enmarcar las doce reproducciones para colocarlas estratégicamente en diversos puntos de la vieja casona familiar de Lyon. Empecé también a averiguar si algún pintor de cierta nota se mostraría dispuesto a convertir esa mínima imagen en un cuadro de tamaño natural.

Todos los días, todas las noches, a muchas distintas horas, pensaba en Leonor. La veía de pronto muy seria, entreabriendo la boca para decir que no me amaba, debido a que su amor estaba fatalmente ligado a don Eduardo, y la veía también escuchándome asombrada contradecir sus palabras al asegurarle que cometía un error, por supuesto que sí me quería, al que en realidad amaba era a mí, y la veía cediendo poco, primero un tanto dudosa, después más segura, cediendo, cediendo, entregándome tímida sus encantos, y la veía aceptando ya el beso que sellaba sus labios como un poderoso filtro de amor, y una vez hasta la vi ofreciéndome dócil su exquisita desnudez. Muchas tardes, al caminar de regreso a casa bajo la bóveda arbolada de mi calle, me sorprendía sonriendo por la dicha de saber que muy pronto vería su imagen.

No fue absoluta mi consternación la noche que encendí el televisor. Siempre intuí que algo semejante tendría que ocurrir alguna vez en la vida.

La imagen que desde la pantalla atacó mis sentidos fue la de doña Leonor, semisonriente, en el cuadro de mis devociones. Me sacudió un estremecimiento, aunque no tardé en comprender: se trataba de la segunda etapa de mi largo viaje en pos de su amor. La película trataba del “extraño retorno” de Diana Salazar desde el pasado y esa Diana era nada menos que la reencarnación de mi amada Leonor. Venía a nuestro mundo de hoy muy decidida a ajustar cuentas con los malvados que la inmolaron y a recuperar la felicidad y la pasión. Resulta lógico que la actriz que interpretó el papel, Lucía Méndez, sea de indescriptible hermosura. Cuando terminó, sentí alivio y ansiedad al descubrir que se trataba de una novela televisiva y que, por lo tanto, podría seguirla viendo cada noche.

La pasión por aquella Leonor de Santiago que siglos antes fue un ser de carne y hueso se había centrado ahora en Diana Salazar, su reencarnación. Pobre Diana, tanta intriga a su alrededor, tantas venganzas, tanto mal concentrándose para destruirla, tenía que defenderse de esas acusaciones y quién sino yo para salvarla, no, ella no era loca, no lo era, yo sabía, podía jurarlo, no era loca; y sabía también que sus poderes mentales no fueron responsables de la muerte de su padre (que la dejaran en paz) y que esos poderes tampoco se prestaron jamás al auxilio del mal.

Sin embargo, debido al carácter ficcional de Diana, mi loco sentimiento tuvo que volver a transferirse, centrándose en un ser real y, además, presente esta vez en la historia, verdadero, contemporáneo, si bien no a simple alcance de la mano, al menos ahí, cerca, posible. Lucía Méndez, la insuperable Lucía, que acaso también estuviera como Diana y antes Leonor, intentando angustiosamente desentrañar la complicada madeja de su pasado.

Busqué fotos y estampas de Lucía en cuanta revista de cine encontré. Encargué posters con su imagen y su nombre, escribí cartas confesándole mi amor sin remedio, suplicando que respondiera, que pensara en mí, que me enviara mensajes y asegurándole también que ella de veras estaba fundida con Diana y que, por lo tanto, tenía la identidad de doña Leonor, es decir, me pertenecía. La instaba a que comprendiera estos hechos y los aceptara como única verdad, jurándole que desde ya, ella poseía un ángel guardián capaz de entregar toda su devoción para evitar que esa nefasta suerte de otros tiempos volviera a repetirse. “Recuerda siempre que eres mi amor”, le decía, “que he venido a este mundo con la clara misión de interponerme entre tú y el cúmulo de siniestras garras que te acechan, para hacerlas retroceder y arrastrarse avergonzadas hasta los fuegos del infierno”.

Mi felicidad creció, creció, se fue haciendo a cada instante más intensa, y comencé de pronto a vender algunas antigüedades para financiar un viaje a México en su busca. Si la había encontrado, ahora tenía que atraparla con mi desbordante amor, retenerla para siempre, igual que don Eduardo, más allá de la muerte.

Pero llegó la tercera etapa del viaje cuando cierta noche encantada, en la fiesta de cumpleaños de mi hermano Fabián, la vi de lejos, al otro lado del salón lleno de gente. Once you have found her, never let her go es la letra de lo que cantaban. La saqué a bailar y empezamos a deslizarnos lenta, sensual y rítmicamente por el piso del salón, yo mirándola asombrado, ella siempre sonriente, a pesar de sus quemaduras.

–Hola Leonor –le dije.

Sonrió con poco entusiasmo y dijo:

–No soy Leonor. Me confundes.

–Sí eres. Claro que eres. Jamás te confundiría. Eres Leonor. Eres Diana.

–Tampoco soy Diana. Y tú deberías saber muy bien cuál es mi nombre, no juegues.

–Sí: antes, Leonor de Santiago. Hoy Diana Salazar. Eres Lucía, ¿verdad?

–No. Me llamo Marcela.

–¿Marcela –me dije. ¿Qué tenía que ver Marcela? ¿Se trataba quizás de una impostora? Observé detenidamente sus cicatrices.

–Tu rostro… El fuego… Los malditos

–Marcela Montoya –insistió Leonor.

Leonor, Diana, Lucía y Marcela. Cuatro nombres de una misma mujer, pensé, y supe con certeza que nunca la dejaría ir, que seríamos desde antes del diluvio hasta después del juicio final el uno para el otro, derrotando al tiempo, sobrepasando la historia, porque yo también era un retorno, también había vuelto desde más allá y estaba cobrando mis deudas.

 

*** Cuento extraído del libro “Cuentos chilenos contemporáneos”, Lom Ediciones, Chile, 2001.

 

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