Cuento infantil de Margarita Schultz: El otro Neko

La siesta de verano era pesada y calurosa. En el bosque, la humedad se levantaba armando figuras de brumas y vapores, con ayuda del sol.

Allí estaban Neko, Kashikoi y Usagi. Dormían su siesta bajo la sombra de un sauce que crecía feliz junto al río. Ya se sabe que los sauces aman a los ríos…

¿De dónde venía ese camino de agua pura que atravesaba el bosque Shinrin de extremo a extremo? ¿Hasta dónde llegaba el río con sus movimientos, espumas y sonidos?

Una vez que despertaron, los tres amigos fueron a beber. Lo hicieron con prudencia para no caer a la corriente incansable. Usagi se había desplomado una vez mientras bebía agua; se salvó de que lo llevara el flujo de la corriente gracias a un remanso donde el río descansaba un poco. ¡Tuvo que secarse un buen rato al sol!

Fue entonces que Usagi dijo algo que dejó a sus dos amigos sorprendidos:

–Neko, la otra tarde te vi junto a la laguna donde vive la rana Kaeru –comentó Usagi, mientras apoyaba su cabeza en el musgo tierno–. Te llamé y no me escuchaste. No habrás comido nuevamente las hojas olvidantes ¿no? Pero, no es posible… recuerdo que cortamos todas las que quedaban por allí. Ya se iban poniendo blandas, sin energía, ¡como si se hubieran comido a sí mismas!

–¿Me viste junto a la laguna de Kaeru? ¿Cuándo fue? Hace mucho que no voy a la laguna… ¡Te equivocas, Usagi! –respondió Neko, mientras se pasaba una de las patas delanteras por los bigotes después de haberla humedecido con su lengua–. ¡No puede ser! Hace días que ando en este otro extremo del bosque. Vine al río a ver si encontraba algún pececito distraído.

–No me equivoco, ¡estoy seguro! ¡Te vi junto al inmenso Abuelo, el arce que enrojece tanto sus hojas en otoño que parece enrojecer el cielo y el agua también! Es cerca de la laguna de la rana Kaeru…

–Mira Kashikoi –dijo Neko a su amigo–. Usagi está equivocado o inventó esa historia.

–¡No inventé nada! –replicó enojado Usagi.

–A ver, a ver –puso orden Kashikoi el sabio–, nadie puede estar en dos lugares al mismo tiempo, ¿cierto?

–Cierto –dijeron los otros dos a la vez…

–Entonces, Usagi, o tú viste mal, o Neko no dice la verdad, ¡o los dos me están haciendo una broma!

–Bueno –se defendió Usagi–. No creo que Neko esté mintiendo. Eso no se hace entre amigos… Tampoco te hacemos una broma, Kashikoi. ¡Y yo me siento seguro de haber visto a Neko junto a la laguna!

–Pero, ¿quién era ese Neko? –siguió Kashikoi–. ¿Y por qué pensaste que era Neko, mi querido Usagi?

–Porque lo vi y me pregunté ¿qué hace Neko por aquí? –respondió Usagi–. No pensé que era Neko, solo lo vi, y punto. Tampoco pienso ahora: –¡es Kashikoi! Te veo y ¡eres tú! Todo lo que veo y oigo es lo que hace y dice Kashikoi. ¡No tengo dudas!

–Y si vieras ahora mismo dos ‘Kashikoi’, ¿cómo sabrías cuál de los dos es tu amigo? ¿y si el segundo no fuera Kashikoi, sino una copia de Kashikoi? –saltó Neko con picardía.

Usagi quedó desconcertado, mudo y pensativo.

–Bueno –dijo Kashikoi buscando resolver las cosas–, hay que hacer algo… ¿cómo vamos a quedarnos así? Se me ocurre esto… Podemos ir hasta la laguna de Kaeru, puede ser que vuelva a andar por allí ese Neko que Usagi dice haber visto. Nos acercaremos, y veremos si es tan igual, le preguntaremos ¡quién es! y todo quedará claro…

–Sí y tal vez Kaeru sepa algo también esta vez –aceptó contento Usagi, quien estaba molesto por la situación–. ¡Podría ser un hermano mellizo de Neko! –dijo para justificarse.

–¡No tengo hermanos mellizos! –siguió defendiéndose Neko con voz firme…

Los tres amigos se dirigieron por el centro del bosque hacia la laguna donde vivía Kaeru, la rana informada.

En el camino, entusiasmados con las novedades de la próxima Primavera, dejaron a un lado sus rencillas. Aquí encontraron un huevito vacío partido en dos que reposaba sobre las últimas hojas secas del otoño. Seguramente su habitante ya estaba aprendiendo a volar con mamá… Allá, unos brotes temerosos asomaban en las ramas de un sauce. Más lejos, un árbol de acer, espléndido, iba despojándose de sus hojas rojizas para dejar lugar a las nuevas muy verdes.

Y por todos lados, ¡ese aire maravilloso de la Primavera! que se adivina al respirar y solo se comprende cuando se camina por los senderos, entre los árboles del bosque.

De lejos los recibió el croac sonoro de Kaeru. Casi aturdía con su canto y eso era señal de alegría para la hermosa y húmeda rana. Nuevamente oyeron –¡plump!

–Tendremos que aguardar –dijo Neko con un suspiro–. Cuando ella se tira al agua, demora un poco. Esperemos, seguramente pasará ese gato que por error creíste que era yo, Usagi.

–No me confundí, no me equivoqué, y ningún otro gato Neko pasará, porque Neko eres tú ¡y estás aquí con nosotros! Y ese día estabas en la laguna de Kaeru!

–Calma, calma… esperemos –serenó Kashikoi el sabio a sus amigos…–, ¡esas discusiones no conducen a nada!

Mientras esperaban a Kaeru los tres se dedicaron a observar los alrededores de la laguna. Cada uno tenía un motivo diferente. Usagi no quería encontrar a ese Neko que había visto. Porque sería la prueba de su equivocación. Neko sí esperaba encontrarlo para hacerle una ‘tapa’ a Usagi, sería la gran prueba de su error.  Kashikoi no tenía un motivo claro, pero sí quería resolver el enigma y que terminara el conflicto entre sus dos amigos.

De pronto ¡¡Oh!! Los tres se quedaron inmóviles y mudos. Un gato idéntico a Neko caminaba cerca del borde de la laguna. Miraba hacia el frente y pasó como si ellos no existieran.

–¡Eh! ¡Tú! ¿Quién eres?– preguntó Usagi preocupado por la aparición del gato que parecía Neko.

–Lin-do-día, lin-do-día –se oyó decir al gato.

–Espera, ¡espera! –le gritó Neko, sorprendido por la apariencia del otro, que parecía él mismo en toda su entera apariencia–. ¿Por qué no respondes a la pregunta de Usagi?

–Lin-do-día, lin-do-día –dijo nuevamente el gato.

Ni siquiera Kashikoi el sabio podía explicar esa situación. Decidió acercarse un poco al gato que solo repetía una frase. Con asombro vio que era en todo ¡parecido a Neko! Miraba al gato y volteaba la cabeza para mirar a Neko, una y otra vez.

–¿Cómo haremos para resolver esto? ¡Espera! ¡Espera! –le gritó al otro Neko.

–¡Espera! –le gritaron en coro Neko y Usagi.

Pero el otro Neko seguía su camino como si fuera sordo.

–Nunca vi a un gato así –comentó Kashikoi–, es como Neko pero no es como Neko. Este es tan indiferente. ¿Cómo va a tener amigos, siendo así?

En eso estaban cuando vieron a un humano que llegaba al lugar. Miraba en todas direcciones y levantaba las hojas de las plantas para observar por debajo de ellas.

–¿Será posible? –dijo el humano–, ¡ya se escapó otra vez ese gato robótico! Me estoy cansando de ellos. Algo está mal ahí. Obedecen poco ¡y se toman demasiadas libertades! ¡Y eso que todavía no les instalamos inteligencia artificial!

Los tres amigos se miraron. Habían entendido, finalmente. Y, una vez que el humano desapareció de la vista tras el otro Neko, salieron en dirección a la laguna para contarle todo a la rana. Kaeru estaba con los ojos cerrados, muy quieta sobre una hoja de loto.

–¡Kaeru! –llamó Kashikoi.

–Ojalá sea Kaeru y no su copia robótica –murmuró Usagi, quien no quería volver a equivocarse…

Pero ya no tuvieron dudas cuando Kaeru abrió los ojos y soltó su más sonoro ¡croac! antes de sumergirse. ¡Plump!


 

Margarita Schultz es Doctora en Filosofía. Ha publicado libros para niños y adultos (Filosofía Estética y Narrativa). Es colaboradora de “Narrativa Breve”.

Alejandra Ramírez se formó como artista visual en la Universidad de Chile. Continuó estudios en Educación escolar y se desempeñó como Profesora de arte en colegios. Es ilustradora de cuentos para niños. www.momoilustraciones.cl

La serie Historias de Neko se desarrolla con el método de interacciones propositivas entre autora e ilustradora.

Cuento infantil: Neko y las hojas hojas sorprendentes

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