Las carreteras de Lamar Herrin: Un viaje al paraíso perdido

Si hay un libro de viajes por las carreteras de Estados Unidos reseñado, elogiado, comentado e imitado hasta la saciedad, ese es En el camino, de Jack Kerouac. Emblema de la Generación Beatnik, la citada novela no solo nos proponía un viaje de costa a costa por Estados Unidos sino que además, apoyado en su mitología, con el paso de los años acabó por “imponernos” valga lo impreciso del verbo– un imaginario narrativo canónico del que nos iba a costar desprendernos.

Un imaginario asociado al acto de viajar que pasaba por la Ruta 66, el jazz, las drogas, el sexo libre, la satisfacción de los deseos más viscerales, la admiración por la espiritualidad oriental y la ruptura con el conservadurismo de unos padres adocenados. Confesémoslo: cuando se habla de Estados Unidos, literatura, coches y carreteras, no podemos evitar pensar en Kerouac y en su indomable amigo Neal Casady/Dean Moriarty, “el mejor conductor de América”.

Lamar Herrin

Homenaje póstumo y otros relatos

Bien mirado, el libro que hoy nos convoca, Homenaje póstumo y otros relatos, de Lamar Herrin (en edición conjunta de Chamán Ediciones y El Problema de Yorick, 2018), ajeno a evocaciones generacionales, podría ser el reverso de la famosa novela de Kerouac. Cierto que los cuentos de Herrin también pisan suelo estadounidense, cierto que también nos invitan al viaje por carreteras interestatales, gasolineras, moteles, etc., pero, al contrario de lo que sucede en el libro de Kerouac, los personajes no corren velozmente en pos de la libertad luminosa que solo podría concederles un futuro desenfrenado, sino que persiguen, con lírico ensimismamiento y raciocinio, la comprensión del pasado. Los relatos de Homenaje póstumo y otros relatos no nos empujan hacia la aventura liberadora, sino que se limitan por así decirlo– a hurgar en el libro de memorias personal que urge racionalizar en un intento de asimilar el presente.

El paraíso perdido de Lamar Herrin

Herrin, deudor de autores como él sureños (William Faulkner y Eudora Welty, por ejemplo), habla en el prólogo del libro del “paraíso perdido”. Abundando en la idea antes apuntada, si la literatura beatnik proponía encontrar el paraíso en esas interminables carreteras abandonadas de la mano de Dios, en estos cuentos de Herrin ya damos por casi perdido ese paraíso. No se trata tanto de encontrar el paraíso ni de crearlo, sino, en el mejor de los casos, de recuperarlo.

Personajes en busca de sí mismos

Parece como si los personajes de Homenaje póstumo y otros relatos estuvieran siempre en el sitio equivocado en el momento equivocado, y que necesitaran ajustar cuentas consigo mismos. Esa desazón les obliga a viajar de manera literal (sea en busca de la tumba de una chica de la que el personaje estuvo enamorado cuando estudiaban el segundo año de la universidad, o del reencuentro después de treinta y dos años con unas viejas amistades que viven en Texas), o viajar al pasado (para rescatar la figura de un padre vendedor que se ausentaba de casa de lunes a viernes, para honrar la memoria de una amiga recién incinerada o para recordar el linchamiento y asesinato de un hombre negro). A estas últimas narraciones el propio autor las define, en contraposición con las primeras, como “sedentarias”.

En unas y en otras, Herrin destila elegancia y lirismo. Por lo que yo he leído de él hasta la fecha, su narrativa se aparta de cierto realismo norteamericano sanguíneo, muy apegado a la acción y a la voluntad de impresionar, y se acerca a otro realismo más poético, centrado en las emociones humanas, como puede ser el de Wallace Stegner (En lugar seguro, Ángulo de reposo).

Aunque aparentemente sea fácil describir a grandes rasgos de qué van los cuentos de Herrin (es decir, esbozar la trama), y aunque la prosa sea sencilla, no son, en mi opinión, de fácil lectura. Poco apegados a la acción –como ya dije antes–, estos relatos indagan en los meandros de las sensaciones más recónditas del ser humano y en la admiración por la Naturaleza, y lo hacen con tanta sutileza e introspección, lejos de alusiones directas, que requieren suma exigencia por parte del lector.

Siete historias, no seis

Homenaje póstumo y otros relatos recopila seis narraciones publicadas por Herrin en prestigiosas revistas americanas (Harper´s Magazine, Virginia Quarterly Review, The Columbia Review, The New Yorker…) desde los años 80 del pasado siglo hasta la actualidad. Seis cuentos que ahora, por primera vez, podemos leer en castellano gracias a la gestión del escritor Eloy M. Cebrián, desde hace años inmerso en la tarea en difundir en nuestro país la obra de Herrin. La publicación en España de estos relatos y de dos de sus novelas traducidas al castellano (Las mentiras que cuentan los niños y La casa de los sordos, en Mario Muchnik Editores y en Chamán Ediciones, respectivamente) nos ha permitido acercarnos, aunque sea de manera insuficiente, a la obra de un escritor de trayectoria dilatada que cuenta con buenas críticas de Lorri Moore, William Kennedy o James Salter.

¿Pero he escrito “seis cuentos”? Yo diría más bien que son siete, pues el propio prólogo del libro narra una historia escrita por el azar (a Paul Auster le gustaría), quien se empeñó en unir la trayectoria literaria y humana de ambos escritores: Herrin y Cebrián.

La casualidad (algunos dirán que es causalidad), aliada con el artero correo electrónico, puso los cimientos de este interesante libro de relatos, todo un homenaje a la literatura y, por qué no decirlo, también a la amistad entre dos excelentes escritores.



Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de blogs de literatura y corrección lingüística. Los zapatos de Knut Hamsun (De la Luna Libros, 2018) es su último libro de cuentos.

Entrevista a Lamar Herrin (La casa de los sordos)

Eloy M. Cebrián, sobre La casa de los sordos

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