Relato literario de Pedro Benengeli: Creta

Pedro Benengeli nos ofrece un cuento literario narrado a su vez por dos personajes que conversan sentados frente a una chimenea. La historia narra las vicisitudes de uno de los personajes con una pareja de griegos que, cosas del destino, habían recalado en Extremadura, España.

El relato va intercalando dos momentos narrativos: el de los personajes que conversan entre sí y los sucesos que uno de ellos vivió con la citada pareja de griegos años atrás.

CRETA, una historia corta de Pedro Benengeli

Conocí una pareja de griegos en España.

Joby y yo estábamos sentados frente a la chimenea, en la que crepitaba un fuego amable, rodeados apenas por la luz mortecina de algunas velas. Fuera se extendía la noche invernal sobre el valle, con el ladrido de algunos perros en la lejanía. Mi amigo escuchaba resignado. A esas horas ya habíamos libado bastante, y nuestros sentidos estaban sobreexcitados por el exceso de alcohol. Encendí un cigarrillo y continué mi relato.

Era el otoño. En esa época yo trabajaba bastante como guía y un día me llamaron de la oficina de turismo de Cáceres. Resulta que habían llegado dos griegos que, al parecer, necesitaban ayuda en inglés. Así conocí a María y Nikos. Ella era unos diez años mayor que él. María quizás rondaba los treinta y Nikos los veinte. No me acuerdo con seguridad, ya que en aquel tiempo yo era considerablemente más joven que ahora. María llevaba siempre la voz cantante Ella, según supe más adelante, había trabajado como profesora de inglés en Atenas durante algunos años, y él era peluquero de profesión. María no era fea, una mujer delgada de amplia cabellera negra, pero Nikos era hermoso como un efebo.

—A ver si es que ahora te da por la otra acera —surgió la voz cavernosa de Joby con un toque de ironía. Di una calada a mi pitillo y moví algún tronco para acomodarlo mejor sobre las brasas. El humo cegaba mis ojos, pero no mis recuerdos.

¿Por qué se hallaban los dos en España, concretamente en Extremadura? Eso lo supe más tarde. Me contaron que habían vivido una odisea en otras partes de la península en busca de un lugar adecuado para quedarse La Coruña, entre otras—, sin que les acabara de convencer el clima o el ambiente. Lo cierto es que les ayudé hasta tal punto que les ofrecí mi casa para que se alojaran mientras encontraban algo más duradero. No habían venido para unos días y largarse, no estaban de vacaciones, o por lo menos no eran unas vacaciones convencionales. María, además, tenía la curiosa costumbre de adoptar algunos perros callejeros que iba encontrando, así que dos o tres de esos animales entraron en el patio trasero de mi casa. El corral en la Plaza de Canterías era amplio y ruinoso, cubierto de maleza y rico en escombros, es decir, muy adecuado para perros abandonados. Era un caserón vetusto que me veía obligado a mantener con mucho esfuerzo.

Así que poco a poco nos hicimos amigos. Cocinábamos juntos e incluso llegaron a enseñarme algunas recetas para guisos de puchero, tan parecida a la nuestra es la cultura mediterránea de los griegos.

Joby sonrió, pues él mismo es un buen cocinero que disfruta preparando platos tradicionales e invitando a los amigotes. Fuera, la noche empezaba a llorar, se escuchaba el repiqueteo de las gotas sobre los cristales.

Al cabo del tiempo me hicieron saber que buscaban una casa apartada de todo, un lugar solitario con espacio suficiente para mantener algunos perros. Como yo los llevaba de excursión a Mérida, pasamos una vez por el embalse de Proserpina y allí decidieron quedarse, en un chalé un poco retirado del resto.

Pasaron los meses y llegó el invierno. Yo los veía poco en Cáceres y les visitaba raramente, porque apenas tengo trabajo en Mérida durante esa estación y porque parecían buscar intencionadamente la soledad. Un día de primavera me comunicaron que regresaban a Grecia. Habían transcurrido cerca de seis meses desde que los conocí. Los acompañé, por supuesto, hasta la estación de trenes y me despedí de ellos cariñosamente. Mi vida transcurría por otros derroteros laborales o pasionales y tampoco es que ellos dos significaran mucho para mí. Simplemente los había conocido y ayudado sin esperar nada a cambio, como se acostumbra en las culturas hospitalarias del sur. Lo digo porque más tarde fue una sorpresa empezar a recibir noticias de María, incitándome a que los visitara. Quizás había olvidado decir que eran de Creta, aunque los padres de María tenían un apartamento en Atenas. Yo no encontraba nunca el tiempo, pero ella insistía una y otra vez y, finalmente, me decidí a viajar por varias razones. Una era que realmente necesitaba un descanso para quitarme un poco el estrés de las numerosas visitas guiadas; la otra es que andaba metido en una relación pasional-amorosa, más pasional que amorosa, y me figuré que podría escapar así de una historia que en el fondo no deseaba. Luego me arrepentí, por supuesto, y pensé a posteriori en haber invitado a mi amante, pero tú ya me conoces en cuestión de mujeres.

—Porrita dulce —rio Joby. Nunca hacía muchos comentarios cuando narraba una historia. Simplemente escuchaba, fumaba y bebía. Yo también tomé un trago de whisky, el licor atemperado por el agua pura de aquellas sierras entró como fuego líquido por mi garganta reseca. Éramos desde luego bastante machistas, pensé con una sonrisa, ¡nuestra generación! Hasta las mujeres eran machistas.

En cuestión de mujeres permíteme un inciso, querido amigo. Quizás hayas oído hablar de Creta. Es una isla rodeada de playas espectaculares, pero con escarpadas montañas en su interior. De hecho, en Creta se encuentra la cueva de Psicro —también llamada cueva de Dicte—, que es donde la cabra Almatea alimentó con su leche a Zeus recién nacido, ocultándolo allí de las ansias devoradoras de su progenitor, Cronos. La cabra a veces se representa como una ninfa que hizo las funciones de nodriza para el tierno infante. Según otra tradición, la cueva de Zeus estaría situada en la falta del monte Ida, pero en todo caso también en las montañas cretenses. La cabra sagrada proveía de fresca leche, y seguramente Zeus saboreó además los excelentes quesos y yogures que todavía hoy hacen famosa la gastronomía de la isla. Desde el punto de vista histórico, Creta destaca por su tardía liberación del yugo turco tras una penosa guerra de guerrillas a finales del siglo XIX y por su apasionada resistencia a los paracaidistas alemanes en 1941. Todavía hoy, cuando hay una festividad importante, los cretenses acostumbran a disparar al cielo sus armas de fuego…

—Muy interesante —dijo Joby—, ¿pero no me ibas a hablar de mujeres?

Efectivamente. Resulta que al final de mi estancia allí, María me sugirió acompañar a un grupo de senderismo que venían a cruzar la isla de norte a sur. Justo al lado de su casa vivía un alemán casado desde hace años con una mujer griega. El alemán, Walter era su nombre, había llegado en los años sesenta y todavía se ganaba la vida como guía de naturaleza por Creta. Era un hombre de ojos azules alto y fuerte, con una melena aún exuberante, aunque cana, y una barba a juego con aquella. Trabajaba para una agencia de aventuras organizadas radicada en París, y daba la casualidad de que estaba a punto de llegar un grupo de turistas, en su mayoría mujeres francesas y belgas con buenas profesiones, alguna incluso funcionaria de la Unión Europea, porque el tour era caro. También llegaba su hijo mayor, que vivía en Alemania, el cual quería aprender de su padre el oficio. María se ofreció a hablar con Walter y proponerle que yo acompañara al grupo completamente gratis, cosa a la que accedió sin problemas. En los primeros kilómetros se unió Nikos, a instancias de María, pero a poco de partir ella no soportó la idea de quedarse sola tanto tiempo, o por cualquier otra razón, y le hizo regresar.

Las etapas las hacíamos cómodamente porque la agencia había previsto un furgón para trasportar las mochilas. El conductor era también el cocinero (francés) que nos preparaba la comida al llegar al punto de acampada, pero también el desayuno cuando despertábamos por la mañana después de dormir al raso. El clima era excelente en esa época del año. Como es típico en los países mediterráneos, los arroyos de montaña secan en el estío y forman un lecho que en muchos casos transcurría paralelo al sendero. Cruzábamos la isla por un cañón espectacular que elevaba enormemente sus paredes rocosas cubiertas de vegetación. Una tarde que acampamos algo más temprano, a mitad del recorrido, descubrí un sendero que se adentraba en el bosque. A la hora de caminar se abrió un claro en el que yacía una pequeña iglesia ortodoxa de piedra completamente abandonada. Dentro se podían admirar todavía algunas pinturas bizantinas sobre las paredes y, curiosamente, alguien había colocado un icono en el altar con una vela encendida. No sería la última ermita desierta que encontramos en el camino, pero en todas había iconos en forma de cuadros que aparentemente la población local respetaba. En este caso, la soledad resultaba aún más absoluta por los huesos y calaveras de los monjes que un día vivieran allí, amontonados en un par de sarcófagos semiabiertos a la puerta del templo.

Una vez salimos del exuberante cañón, el valle se abrió hacia el sur de la isla y empezamos a recorrer senderos a lo largo de la costa. El azul del océano se recortaba en calas y rompientes al tiempo que nuestros pasos transcurrían entre el matorral típicamente mediterráneo de tomillo, enebro, salvia y fragante lavándula. Una enorme caverna que abría sus fauces al Pontos se me antojó la gruta de Polifemo —o así nos lo presentó nuestro guía—, aun cuando Odiseo y sus hombres sufrieran ese episodio en la Isla de los Cíclopes, de ubicación indeterminada. En todo caso, no permanecimos mucho tiempo en la cueva (el cíclope de único ojo, aunque ciego, todavía olisquea carne la humana), sino que llegamos de acampada a una hermosa bahía desierta, con su ermita y pequeño embarcadero.

Y allí empezaron a suceder cosas extraordinarias. El agua transparente y en perfecta calma invitaba a zambullirse en eróticas aventuras que tal vez instigó la traviesa Afrodita, nacida de las espumosas olas. En todo caso, yo me encontraba rodeado de mujeres no muy jóvenes, pero todavía deseables, que se metieron en el agua conmigo para jugar cual ninfas del mar. Persiguiéndolas y dejándome perseguir, nadando y buceando, rozando piernas y torsos, transcurrió buena parte de la tarde. La cena, como siempre, la preparó al atardecer nuestro eficiente cocinero francés, y entre risas y vino llegó la noche. Como no disponía de tienda de campaña, yo me solía retirar un poco para extender mi saco de dormir en un lugar confortable, a cielo abierto. El calor del día se prolongaba casi toda la noche. Después que hube conciliado el sueño, una sombra de mujer desnuda se introdujo suavemente en el saco y me despertó para hacerme sentir su calor maternal y sus caricias. Por la mañana había desaparecido de mi lecho sin dejar rastro, y hasta podría haber pensado que se trataba de un sueño si no fuera porque el persistente olor que había dejado en mi cuerpo. Las etapas se fueron sucediendo a partir de ahí con visitas amorosas cada noche, aunque cada aparición traía un cuerpo nuevo y unas sensaciones diferentes. Los contornos, los labios, los cabellos, la forma de los senos, el calor o el olor eran siempre distintos, como si la perversa Afrodita se divirtiera metamorfoseándose continuamente para hacerme sufrir los placeres un amor cambiante. Nunca supe sus nombres porque ninguna me lo dijo —tal vez se habían puesto de acuerdo—, pero sí percibía sus sonrisas maliciosas y sus ojos brillantes durante el día, cuando nos veíamos las caras. Nunca indagué, nunca rompí el hechizo que me encadenó esas pocas jornadas antes de llegar a nuestro destino.

Por fin arribamos a un tranquilo pueblecito costero con un hotel, en el que como excepción pernoctamos, y un amplio embarcadero para veleros, buques de turistas y ferris que se movían entre las islas. Walter y su hijo me invitaron a tomar algunas copas en la única discoteca del pueblo, y a la fiesta se apuntaron dos hermosas suizas de la parte francesa. La juerga fue espantosamente alegre, la música atronadora y el baile frenético gracias al poderoso ouzo que toman los griegos. Bebimos mucho, y cuando de madrugada y bastante borrachos nos retiramos a nuestros aposentos, las suizas me ofrecieron acompañarlas al hotel, puesto que yo no disponía de habitación.

Al amanecer el grupo había desaparecido para embarcarse en el ferri, y yo, que debía volver en autobús a Heraklion, me encontraba desolado y abandonado en medio de una cama deshecha. Tenía resaca, cómo no, pero una de esas resacas placenteras que invitan a los movimientos reposados y a la contemplación. Frente al puerto, sentado en una encantadora terraza tradicional cubierta de emparrados, me sirvieron el mejor desayuno griego que he comido en mi vida, mientras veía alejarse el barco con mis compañeras de aventura en la lejanía. Encendí el primer cigarrillo del día. El sol se elevaba resplandeciente por el este. Pocas veces he sido tan feliz.

Joby se había quedado dormido en su asiento bajo el porche, pero cuando hice ademán de levantarme, abrió los ojos y me dijo:

—¿Es que no vas a contar el final de la historia?

—¿Qué historia? —respondí vacilante.

—¿Cómo llegaste a Creta?

Un día de verano, al final de la temporada turística, hice mi equipaje con el corazón encogido y me eché al camino. El vuelo de Madrid a Atenas se me hizo corto, pensaba como siempre en lo que había dejado atrás y en lo que me esperaba. Son las eternas cuitas del viajero impenitente a la búsqueda de un pedacito de felicidad. Una vez aterrizado el avión, me dirigí directamente al puerto del Pireo y al atardecer estaba embarcado en un enorme ferri cargado de coches y de pasajeros. Todavía recuerdo la mágica noche que pasé navegando por las aguas del Egeo. Paseaba, fumaba mirando pasar las olas junto al barco y también dormitaba un poco en las hamacas de cubierta. El ferri se deslizaba con dulce rumor sobre un mar mediterráneo en perfecta calma; el firmamento cuajado de estrellas y una melancólica música griega —que sonaba turca— llenaban el ambiente de ensueños. Con las primeras luces del amanecer entrábamos en el puerto de Heraklion. Allí se encontraban María y Nikos, esperándome en un coche viejo bastante usado. Con ese mismo nos dirigimos a su pueblecito encajado en la costa norte de Creta, a pocos kilómetros del mar y no excesivamente lejos de la capital. En la aldeúca apenas se veían paisanos por la calle, y algunas cabras campaban por sus respetos entre las fachadas blanqueadas que ya relucían al sol. El azul tan típicamente griego se veía a menudo compensando por el brillante color de las buganvillas, así que todo el ambiente parecía respirar una suave paz y una armonía que llenaron mis sentidos inmediatamente. La casa que poseían los padres de María era amplia y destartalada, como mi caserón de Cáceres, y en una de esas grandes habitaciones de techos elevados, con una alta cama de hierro y una mesa vieja, instalé mis reales. Leía a menudo un libro de mitos sobre la Antártida, dormitaba en mi cubículo durante las horas de siesta y salía a ducharme en el viejo patio de la casa, un enorme corral cercado de piedra que contenía un huerto variado, olivos, frutales y hasta una cabra amarrada a un palo. Nikos preparaba para todos jugosas ensaladas griegas con feta y cocinaba deliciosas musacas, entre otras cosas, mientras que María se pasaba las horas metida en su habitación viendo la televisión o no haciendo absolutamente nada. Los días transcurrían despacio y placenteros, yo había olvidado a mi amante en Cáceres. Mi libro y mi diario, mis caminatas por el bosque o a la playa, mis comidas con María y Nikos, las breves conversaciones que sostuve con ellos, llenaban todas mis horas.

En los escasos paseos que di por esa pequeña aldea cretense conocí a una inglesa jubilada que, según me dijo, llevaba más de diez años allí. Vivía rodeada de gatos en una casita tradicional de las afueras del pueblo. Había trabajado duramente toda su vida y había viajado mucho, como yo mismo, a la búsqueda de un rincón donde poder arañar algo de paz. Me extrañé de que no hablara nada de griego después de todo ese tiempo en la isla, pero su explicación fue que todo el mundo la entendía en inglés para lo esencial, y que aprender la lengua local la hubiera metido de lleno en las pequeñas rencillas que toda vida aldeana implica. Para librarse de esa carga y poder mantener vivo el paraíso en su corazón, nunca se esforzó por aprender el griego.

Como yo tenía curiosidad por conocer el famoso palacio de Cnosos cerca de Heraklion, un día organizamos una excursión con el coche. No quisiera ahora describirte el conjunto arqueológico Patrimonio de la Humanidad, como hago con los turistas, porque esa información la puedes encontrar con facilidad en cualquier guía, pero sí quisiera referirme a que me impresionó la arquitectura y, sobre todo, las pinturas que se han conservado de aquel tiempo. Estamos hablando de unos dos mil años antes de Cristo, la primera civilización desarrollada en Europa poco después del Neolítico. La cultura minoica está estrechamente vinculada a la legendaria figura del rey Minos, soberano de Creta y de las islas Cícladas cuya esposa Parsifae se apareó con un toro blanco dando origen al feroz Minotauro, mitad hombre, mitad toro. Para aplacar su insaciable apetito, los atenienses se veían forzados a enviar cada año siete doncellas y siete mancebos al palacio del rey en Creta. Cuando la bestia se volvió incontrolable, Dédalo construyó para Minos el intrincado laberinto donde se escondía el Minotauro y donde finalmente entró Teseo, ayudado por el hilo de Ariadna, para acabar con la vida del monstruo. El desagradecido Teseo, héroe de Atenas, no cumplió su promesa de casarse con Ariadna, sino que la abandonó en la isla de Naxos dónde, por suerte, la encontró Dionisio, dios de la fertilidad y del vino, para convertirla en su mujer. En todo caso el laberinto de Dédalo parece encontrarse en el palacio de Cnosos de una manera algo esquemática, pero lo más espectacular son las pinturas en colores celestes que nos hablan de la felicidad de “los pueblos del mar”, una próspera civilización que vivía comerciando entre los micénicos en el continente griego y el Imperio Medio de Egipto. Delfines, ondas marinas y peces envueltos por una maravillosa luz mediterránea se reflejan en las esquemáticas pinturas del palacio. Las frecuentes representaciones de mujeres con falda circular y torso desnudo parecen sugerir el culto a una Diosa Madre minoica, trasunto quizás de los últimos coletazos del matriarcado en el sur de Europa. Por si fuera poco, la figura del toro está estrechamente relacionada con todo lo minoico, porque, aparte de los cuernos o bustos de este animal, se han descubierto frescos en los que se ven bailarinas “saltando” por encima de un toro bravo.

—Todo eso me parece fascinante, ¿pero qué pasaba con María y Nikos?

Todo a su tiempo, mi querido amigo. Podía deducir que María sufría depresiones, pero no imaginaba el porqué. Al recorrer los pasillos de la casa veía a menudo, sobre una cómoda en el recibidor, la foto de un chico muy joven con ojos penetrantes, hermoso semblante de un muchacho del sur lleno de vida. Intrigado por el parecido con María que emanaba de la fotografía, un día le pregunté quién era. María me explicó que se trataba de su hermano, que había muerto a los dieciocho años de edad, y que precisamente hoy era el primer aniversario de su entierro. Así que al atardecer, cuando la luz lucía aún rabiosa sobre las blancas fachadas, nos encaminamos por la angosta y solitaria carreterita comarcal que partía del pueblo. Al cabo de un rato, bajo el calor sofocante de la canícula, avistamos la tapia encalada del minúsculo cementerio local. Las tumbas ortodoxas se esparcían ordenadas y sencillas con sus iconos, templetes y farolillos. María fue a poner las flores que había traído sobre la tumba de su hermano, y encendió la vela dentro de una urna de cristal. El aroma del incienso se esparció por el campo reseco, y permanecimos allí unos instantes, en silencio, antes de regresar a la casa.

En el camino de vuelta, María me fue contando que era su único hermano, que fue un muchacho brillante en las artes y en las letras, pero muy especialmente dotado para la música. Tocaba con fluidez el piano y otros instrumentos musicales, pero no se limitaba a la música clásica, sino que también amaba la moderna. El hermano de María era además un jovencito apasionado y vital que provocaba la alegría allá donde iba, con su sonrisa, con su amistad y con su inteligencia. Tenía novia, cómo no, pues las muchachas le adoraban tanto en el pueblo, cuando se hallaba de vacaciones, como en Atenas, donde estudiaba. Acostumbraba a salir de marcha por los numerosos garitos que se esparcen por la costa de Creta, llena de turistas en verano como nuestra costa del sol.

No te lo tengo que recordar, padre Joby: farra, mujeres y baile, amigos y alegría de vivir, de ser joven, de respirar libertad y hormonas:

La juventud: dormir la noche toda

con alguien de tu edad, abandonado

a las obras de amor; bailar, cantar

mientras la flauta suena. No, no hay cosa

para muchacha o chico más sabrosa.

¿Qué la riqueza, qué el honor a mí?

En el placer con la alegría, todo.

Elegías. Teognis de Mégara (s. VI–V a.C.)

Tarazona: Escritos del Moncayo, 2006

En alguno de esos clubs nocturnos, discotecas varias o antros de perdición tropezó con una hermosa muchacha serbia poco menos joven que él. Poco a poco se abismó en un una pasión irresistible que ocupaba sus días y sus noches y que, entre otras cosas, le hizo separarse de la novia. Una fiesta que se alargó hasta el amanecer no le vio regresar a la casa familiar en el pueblo, así que avisaron a la policía y finalmente le descubrieron muerto, con un  disparo en el pecho, en el asiento delantero del coche paterno. Las puertas estaban abiertas y el vehículo se encontraba en un lugar apartado, frente a un acantilado. El caso nunca se esclareció. María me contó que las pesquisas no arrojaban ninguna pista sobre el asesinato, pero que en ocasiones se vio al comisario jefe paseando con la muchacha serbia. Finalmente la chica despareció de la escena y, según parece, regresó a una Serbia que se agitaba con los últimos estertores de la guerra. Un día que la madre lloraba la muerte de su hijo en su apartamento de Atenas, sonó el teléfono y la voz de la serbia le hizo saber que conocía al autor del crimen y que, por una cantidad determinada, se lo rebelaría. La madre de María, deshecha, colgó sin querer saber más y así fue, nunca más se supo de esta bella y peligrosa muchacha serbia. O tal vez sí, porque otras fuentes a las que tuve acceso en mis correrías por la costa croata me hicieron recobrar esa pista perdida. Pero esa es otra historia.

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