Cuento corto de Miguel Bravo Vadillo: Las cuentas claras

El jurado declaró al acusado culpable, y el juez lo condenó a morir en el toro mecánico. La madre del condenado, furiosa y doliente, dijo que aquello no era justo, que su hijo era un hombre bueno y temeroso de Dios, así que era indudable que el jurado había cometido un error y el juicio debía repetirse. El marido, por su parte, trataba de consolarla con buenas palabras. Pero ella le dijo que cómo se atrevía a pedirle calma en un momento así, y que si para eso traían hijos a este mundo. Nadie tiene derecho a quitar la vida a nadie, continuó diciendo; ni siquiera un juez, por mucho que sepa de leyes. También dijo que no podía creer que él pensara que su hijo fuese culpable de ningún crimen, y añadió que estaba segura de que él sabía, tan bien como ella que lo había parido, que su hijo era inocente. El marido le dijo que sí, que él creía en la inocencia de su hijo, pero no en la de ellos, que eran sus padres. Fueron ellos, y no el juez, quienes al darle la vida lo condenaron a su vez a muerte; porque solo quien nace puede morir. La mujer dijo entonces que ya estaba harta, y más que harta, de él y de todas sus tonterías. Le dijo, además, que ella no había condenado a su hijo a nada, pero que a él le daba igual lo que pudiera pasarle porque nunca lo quiso lo suficiente. Ella sabía muy bien que nunca lo quiso, insistió. Y el marido dijo que él quería a su hijo tanto como ella o incluso más aún; pero que hubiesen hecho mejor en no tenerlo, y que fue ella y solo ella quien se empeñó en ser madre. Y añadió que las mujeres solo pensaban en parir y llenar el mundo de hijos que luego solo habrán de servir para darles disgustos, pero que eso es algo que no les importaba; porque, en el fondo, a las mujeres les encanta sufrir por las personas a las que quieren. Pero que ya que quiso parir, continuó diciendo, haría mejor ahora en dedicarse a sufrir en silencio. Y ella dijo que su hijo le había dado muchas alegrías en esta vida, pero que él, su marido, siempre había tenido celos de él y que por eso nunca lo quiso, porque no soportaba que le prestara más atención a su hijo que a él mismo. Entonces él dijo que si solo iba a decir tonterías por el estilo haría mejor en callarse de una vez por todas. Y ella contestó que no le apetecía callarse, que tenía la boca para hablar si le daba la real gana. Entonces el marido dijo que de acuerdo, que si se ponía en ese plan él le diría toda la verdad, y nada más que la verdad, sobre aquel asunto. Y ella preguntó que cuál era, según él, la verdad sobre aquel asunto. Y él dijo que la verdad era que tener hijos es un acto de puro egoísmo. La gente cree que es al revés, continuó diciendo, pero se equivocan: el instinto materno no es un instinto generoso, sino egoísta; como todos los instintos. Y dijo también que las mujeres no pensaban en el bien de sus hijos cuando decidían ser madres, porque si lo hicieran no traerían hijos a este podrido mundo (eso dijo: «podrido mundo»); que solo pensaban en ellas mismas, en su propia felicidad y en satisfacer ese diabólico instinto suyo: el peor de los instintos, según su parecer, del mismo modo que procrear es el peor de los delitos. Y aclaró que ya Calderón dijo que el delito mayor del hombre es haber nacido, pero que había una cosa que Calderón no sabía, y era que el delito no puede cometerlo quien nace, porque a nadie se le pregunta si quiere nacer o no; sino que el delito, el verdadero delito, lo cometen los padres cuando traen hijos a este mundo corrupto y desalmado (eso dijo: «corrupto y desalmado»), porque ellos sí pudieron evitarlo y no lo hicieron. Son ellos, los padres, quienes cometen el crimen por el que, tarde o temprano, habrán de pagar sus hijos. Y terminó diciendo que su hijo pagaba ahora con su vida el crimen que ellos habían cometido al tenerlo; y también ellos mismos pagaban su falta con la muerte del hijo. Así que todo estaba pagado y más que pagado, por activa y por pasiva. Y ella, que llevaba un rato mirándolo con mucha seriedad y sin decir palabra, dijo al fin que el mayor delito que ella había cometido fue el de escogerlo para que fuese el padre de su hijo. Y ya no volvió a dirigirle la palabra nunca más durante el resto de su vida. Así que cada vez que él hablaba con ella, era como si hablara solo.

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