Entrevista a Fernando Morillo Grande

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Fernando Morillo Grande

Escritor y editor

Fernando Morillo Grande lleva veinte años consolidando una extensa obra en lengua vasca, en la que destacan sus libros infantiles y juveniles. Ha ganado numerosos premios [Premio Euskadi de Literatura Infantil y Juvenil en 2003, Finalista del Premio Euskai en 2009 con la novela Leonardoren hegoak, que, traducida al castellano, fue también Finalista del Premio Hache 2012, de Cartagena, concedido por los propios lectores de la ESO…, el Premio Gaztea Saria (Premio Joven), 2006, por Gloria Mundi…].

Y fruto de su compromiso con la literatura, los lectores y con la lengua vasca, tiene su propia editorial, Gaumin, que ha publicado sus propios libros y los de autores como Yoseba Peña, Laida Martínez, Onintze Goitiz, Mikel Rodriguez, Ander Izagirre, Montse Flores, Núria Martí, Íñigo Ibarguren o Karlos Zurutuza.

Hablamos hoy con Fernando sobre su trayectoria literaria.   

Francisco Rodríguez Criado: Ante todo, gracias por responder a nuestras preguntas. Me gustaría empezar preguntándole por sus orígenes como escritor. ¿En qué momento empezó a escribir y cómo fueron sus primeros pasos en el mundo editorial?

Fernando Morillo Grande: Me recuerdo, siendo muy niño (¿con seis o siete años?), mostrando a mis padres un librito hecho por mí. Un libro no solo “escrito”, sino confeccionado a mano en papel y cartón. Recuerdo el orgullo (creativo) que sentía.

Me recuerdo siempre rebosante de historias y de fantasía que se me confundía con lo que (ellos, la gente, el mundo) llamaban realidad. Para mí no era tan sencillo separarlas, la fantasía y la realidad. Y considero que tengo la suerte de decir que sigue sin serlo. La realidad “cotidiana” se me hace mucho más rica de lo que suele contarse, ya que está contagiada de imaginación y de ensueño, que aparecen en cuanto uno se pone de veras a buscarlos (como decía William Blake, y yo no puedo sino repetirlo: “Para el hombre de imaginación, la naturaleza es la imaginación misma.”)

Recuerdo una voz interna, un algo que me narraba lo que sentía de varias maneras. Para mí era como recorrer varios caminos… ¡simultáneamente! Esa voz sigue conmigo, y si no la descorcho, si no la extraigo, escribiéndola, duele a morir. Sin embargo, si la escribo me siento lleno.

Así que creo que para mí escribir, expresarme, crear era inevitable. Era escribir o asfixiarme.

Y luego, por supuesto, llegó la adolescencia y el estallido de nuevos sentimientos. Como me enamoraba (íntegramente) varias veces al día, me lancé a escribir tentativas de poesía y relatos como un poseso. Y ya tomé carrerilla y nunca he podido parar.

Respecto al mundo editorial, tuve mucha suerte (me la trabajé, sí, pero no puedo negar que también tuve muy buena estrella). Recorrí un camino inverso al habitual, de forma inconsciente. El aprendiz de escritor suele ir golpeando puertas de editoriales, a menudo sin ningún resultado.

En mi caso, yo escribía para mí. Para no ahogarme. No pretendía enseñarle lo escrito a nadie. Era algo simplemente personal. Entonces, alguien me habló sobre varios certámenes literarios, y como yo tenía montones de papeles escritos, me dije que no perdía nada por probar.

Mis relatos formaban ya una torre de papel. Elegí algunos, los envié y me olvidé. Hasta que me llamaron. Ahí es cuando sonó la campana del buen azar. Me otorgaron algún que otro pequeño premio. Me encendí, y me puse a enviar relatos a todo certamen que encontré. Me dieron más premios, algunos de renombre. Yo no me lo podía creer. Fue una época extraña y feliz para mí. De pronto me supe escritor. Siempre había escrito. Siempre había necesitado escribir. Pero fue entonces cuando me miré a los ojos y me dije: eres escritor.

Y fue entonces cuando se interesaron por mí varias editoriales. Yo no era consciente de lo atípico de la situación. Y me dejé llevar. Comencé a publicar. Me gustaba. Escribí más. Siguieron publicándome ¡y comenzaron a llamarme para dar charlas sobre aquello que tanto me apasionaba: escribir, crear! Así que lo aposté todo a la casilla de escritor. Y acerté.

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Las alas de Leonardo (Alandar)
  • Fernando Morillo Grande
  • Editor: Editorial Luis Vives (Edelvives)
  • Edición no. 1 (09/10/2010)
  • Tapa blanda: 182 páginas

Es usted joven, pero ya tiene una prolífica obra literaria en el mercado. Es sabido que los libros no se escriben solos, por lo cual deducimos que consagra gran parte del día al sacrificado oficio de escribir. ¿Cuáles son sus pautas de trabajo? ¿Escribe a mano y luego lo pasa al ordenador, o escribe directamente en el ordenador? ¿Planifica sus narraciones, o prefiere escribir sin un plan estratégico? ¿Repasa al tiempo que avanza con la escritura, o prefiere dejarlo para el final?

Respuesta: La creatividad suele sacudirme como un volcán… con lo bueno y malo que ello conlleva. Cuando escribo soy capaz de aislarme del mundo y de crear puñados de páginas al día. Luego salgo de mi cueva y vuelvo al mundo cotidiano. Y a menudo me siento perdido, claro. Porque lo estoy. Mi mundo “real” es el otro. El de Blake. El de Yeats. El de Bastián Baltasar Bux o el Principito.

Respecto al papel, tengo una letra horrorosamente mala (pero mala, mala; a menudo no la entiendo ni yo, y no es una forma de hablar), y tengo asimismo una infinita capacidad de perder y enmarañar papeles. Así que más me vale no escribir a mano.

Antes del ordenador comencé con una viejísima Olivetti. Ahí entendía mi letra, pero el problema de extraviar papeles era el mismo.

Luego ya llegó el ordenador personal. Para mí fue uno de los mayores regalos que podía darme la vida. ¡Crear sin parar, sin problemas de tinta y papel, y además poder aprender de forma mucho más rápida! Y eso que aquel Internet primerizo no tenía nada que ver con el de hoy. Aún hay veces en que me gusta sentir el papel en los dedos, y garabateo ideas a mano. Pero por lo general, por practicidad, escribo a ordenador (o en el móvil… pero siempre con teclado físico; ¡no digito nada bien!).

Respecto a la planificación, cuando creo, creo. No puedo (ni debo) hacer otra cosa, ya que los personajes me arrastran. No soy un director externo, sino un mero observador de sus pasiones y sus miedos. Son los personajes los que me escriben las historias. Como decía Robert Howard, él no inventaba; él recordaba. En mi caso, narro lo que las voces internas me narran. Llámense musas, inconsciente o daimon. No lo sé. Pero sí sé que (me) funciona así.

Los repasos (varios, y a distintos niveles) vienen después. Es el trabajo artesano, que también disfruto. Aunque si me dan a elegir (como en la canción), entre todas las vidas, yo escojo la del pirata cojo. Es decir, me quedo con el momento creativo y artístico. Con el volcán. Lo otro es casi burocracia. Que está bien. Pero no tiene nada que ver. Por eso las separo. Cuando bailo creatividad, no quiero corregir. Quiero bailar.

Usted maneja con soltura tanto el castellano como el vasco, pero a la hora de desarrollar su obra ha optado por la lengua vasca. A modo didáctico para todos aquellos que no hablamos el vasco, ¿qué diferencias destacables hay entre ambas lenguas a la hora de la creación literaria?

Respuesta: Mi respuesta no puede ser sino muy personal. Para mí escribir (como leer) consiste en percibir una especie de música, de cadencia que palpita en las palabras. Respecto a esa música, el castellano y el vasco ¡son dos lenguas tan distintas! Cada característica tiene, como todo en la vida, una parte radiante y otra claroscura. Una fuerza y una debilidad.

Por ejemplo, el vasco es un idioma que me resulta increíblemente lúdico. Permite engarzar las palabras de una forma tan simple como sorprendente y poderosa. Eso da lugar a múltiples juegos de palabras fascinantes… y peliagudos de traducir. A mí siempre me ha resultado algo casi mágico. Un ejemplo rápido. Uno de los poemas más queridos por los vascos es “Txoria txori”, escrito por Joxean Artze y magníficamente cantado por Mikel Laboa. En vasco tiene una fuerza literaria extraordinaria, pero (¡siendo un poema aparentemente tan simple!) cualquier traducción es tan lejana al original que hiere, me suena a increíblemente vulgar, torpe y casi tonta, cuando en su lengua es simplemente sublime. Por eso no os puedo traducir ni siquiera el título… porque no sabría. No sería capaz. Es el hechizo que lleva cada lengua. Cuántas obras perderán tanto al ser traducidas. ¡Qué pena no poder conocer (bien) todos los idiomas!

El vasco es además una lengua que lleva en su mismo uso cotidiano una etimología autoexplicable que me parece maravillosa. Una muestra: “relación”, por ejemplo, se dice “harreman”, que proviene de unir “har” y “eman”, que significan “recibir” y “dar”. Así se define una relación: recibir-dar. Inmediato y soberbio. Otros ejemplos rápidos: “hilerria” es “cementerio”, y proviene de “hil” (muerto, morir) y “herria” (pueblo), y sería “el pueblo de los muertos”; el punto cardinal “este” es “ekialdea”, y proviene de “eki” (sol) y “aldea” (lado), y sería “el lado del sol”; “eztabaida” es “discusión”, y proviene de “ez” (no), “ta” o “da” (y), y “bai” (sí), y sería “es no, es sí”; arcoiris es “ortzadar”, y proviene de “Ortzi” (cielo, dios del cielo) y “adar” (cuerno), y sería “el cuerno del cielo”. ¡Es tan visual, tan natural!

Como a menudo no debemos acudir por ejemplo al latín o al griego para comprender el significado que encierran (literalmente) sus propias palabras, esa cercanía autoexplicada (me) da un inagotable juego literario.

Por otro lado, el castellano tiene sus ventajas, obviamente. Es el claroscuro que mencionaba antes. Por ejemplo, desde mi perspectiva de escritor que busca esa especie de musicalidad (no sabría llamarlo de otra manera), la cadencia propia del idioma castellano permite conectar frases largas de forma natural y, de nuevo, muy melódica y a la vez comprensible. En vasco (al menos a mí) no me resulta tan sencillo.

Muy resumidamente: en la distancia corta de la palabra, de la frase breve, el vasco me ofrece una panoplia de herramientas lúdicas muy cercanas al lector. Al extenderse, desde la distancia media de las frases y los párrafos, puede resultarme más satisfactorio el castellano.

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Como contaba en la introducción, quedó finalista en dos certámenes literarios con la novela Leonardoren hegoak (Las alas de Leonardo, una vez traducida al castellano).¿Se ha planteado alguna vez repetir esa fórmula y traducir al castellano sus otros libros?

Respuesta: Siempre he sido curioso y juguetón. Escribir es bailar con la vida. Jugar a muerte con ella. Y como cada lengua tiene su sinfonía propia, siempre tuve ganas de escribir en todas las lenguas posibles. Aunque por (in)capacidad y opciones realistas estaba limitado a dos: euskera y castellano.

Mis primeros enamoramientos fueron en vasco. Aquello me llevó a escribir (o perpetrar, me temo) montones de poemas que a menudo guardaba en los cajones. De una u otra forma, escribir en vasco se tornó una consecuencia sentimental inevitable. Me emocionaba, me divertía, me llenaba y me desafiaba.

Por otra parte, varios de mis familiares no hablan vasco. Entre ellos mi madre, que es una lectora voraz. A medida que iba publicando en vasco, me repetía de cuando en cuando que a ver cuándo traducía algo, para que ella pudiera leerlo. Evidentemente, es una gran motivación. Y siempre he tenido intención y ganas de ir traduciendo algunos de mis libros (he traducido cuatro de ellos, aunque dos apenas llegaron a promocionarse y ahora no sé ni si existen). Sin embargo, casi cada vez que decido traducir algún texto… acabo enfrascado en la siguiente historia (en vasco) y termino aplazándolo.

Vuelvo a la carga, y esta vez sí que espero sacar en breve algunos de mis libros en castellano. El primero será dentro de muy pocos meses, una traducción de un libro que gusta mucho a los lectores jóvenes, sobre un aventurero con vivencias extraordinarias y asombrosas, y que edificó un castillo casi mágico en Hendaya: Antón Abbadia. El libro se titula “El misterio del Castillo de Abbadia”… y me ha ayudado a mejorar y corregir el estilo el caballero autor de las presentes preguntas: Francisco Rodríguez.

Y pronto, vendrán más. Se lo he prometido a mi madre. Y esas promesas hay que cumplirlas.  🙂

Y buscando el reverso de la pregunta anterior, ¿cree que es aceptable el número de libros de narrativa escritos en español (y en otros idiomas) traducidos al vasco, o habría que hacer un esfuerzo extra en este asunto?

Respuesta: Hoy en día la situación no tiene nada que ver con la que viví en mi niñez. Entonces apenas existía un puñado de libros juveniles en euskera. No había casi originales, ni traducciones, y menos aún de los libros que yo quería. La traducción de ✅ La historia interminable , por ejemplo, solo pude conseguirla ya de (muy) adulto.

Tal vez por eso nos empeñamos varios escritores en crear nosotros mismos aquello que hubiéramos deseado de niños, por el hambre literaria que pasamos entonces.

En los últimos años ha cambiado totalmente el panorama. Ahora la selección (y la calidad) es notoriamente mayor, tanto en originales como en traducciones. Los jóvenes (y mayores) que lo deseen hoy pueden elegir a placer su lectura en vasco.

Durante la recepción del Premio Nobel, Isaac Bashevis Singer dijo que tenía 500 razones para escribir historias infantiles. Por falta de tiempo, reprodujo solo diez de esas razones. Me interesa especialmente la razón número 9, porque pone el foco en lo exigentes que son los lectores más pequeños: “Cuando un libro es aburrido, bostezan abiertamente, sin ningún tipo de vergüenza o miedo a la autoridad”. ¿Cómo consiguen los autores (adultos) conectar con el público infantil y ofrecerles una historia que bajo ningún concepto puede ser aburrida? ¿Quizá rescatando al niño que todos llevamos dentro?

Respuesta: ¡Exactamente! Sin conocer las otras 499 razones, creo que para mí la que mencionas es una de las que más me ha motivado siempre.

Trabajo mucho con niños y jóvenes, en talleres creativos. La espontaneidad infantil, la ingenua crueldad de un niño que te espeta: “no me gusta” o “vaya rollo”. Eso es tensión creativa en estado puro. Yo mismo tiendo a aburrirme soberanamente con muchas supuestas profundidades adultas (algo que me resulta casi imposible con niños o incluso adolescentes). Al crecer, tendemos a olvidarnos de bailar con nosotros mismos, solemos volvernos sordos a nuestra propia música.

Escritor Isaac Bashevis Singer
Escritor Isaac Bashevis Singer

Cuando susurras una historia al público infantil, ahí no hay disimulo, ni hay freno. Si no entran en la historia, te lo van a hacer saber. Pero si lo hacen, ay, si entran, entran con todo. Y la magia crepita en cada pestaña, en cada respiración entrecortada. Pocas cosas pueden igualar un momento literario así. Es la argamasa de la historia perfecta, de la fuerza pura de la poesía. Es la pasión absoluta que intentamos recuperar durante toda la vida.

Ese niño que llevamos dentro, que debemos hacer nacer de nuevo, es el que nos hace sabernos vivos. Es el abuelo con sonrisa burlona, la anciana de ojitos encendidos… Ahí está el niño. Ahí está lo (¿único?) que puede hacernos sentir que todo merece la pena: caminar, vivir, amar desde esa sensación de creación pura.

Es usted propietario de una editorial “pequeña” (el adjetivo es suyo). Pero por muy pequeña que sea una editorial, necesita un trabajo grande que la sustente. ¿Cuál fue su objetivo a la hora de crear la editorial Gaumin?

Respuesta: Creo que tengo que contar algunas etapas del trayecto que me llevó a querer (¡necesitar!) crear la editorial, para poder explicarlo mejor.

Gran parte de mi trabajo como escritor, ya desde el inicio, consistía en asistir a grupos de lectura, sobre todo en escuelas, para, como dijo Paco Umbral, hablar de mi libro. He impartido cerca de tres mil charlas y talleres desde que comencé (algo que nunca jamás imaginé). Eso me proporciona un contacto directísimo y continuo con los lectores. Me cuentan de primera mano qué les resulta dulce, qué provocador o desafiante, qué les ha hecho abrir los ojos de sorpresa y qué les ha resultado un pedrusco (y suelen hacerlo sin vergüenza alguna). Es el mejor laboratorio de aprendizaje posible para un escritor.

Como pequeño secreto añadido, cuando comencé, esas charlas eran el infierno para mí. Era como tragar hierro fundido. Lo pasaba mal (mucho) y no me atraía nada hablar en público, además de ser la persona menos dotada para hacerlo: entre mi estado de brújula desorientada constante y mis bloqueos por los nervios debido a mi necesidad de soledad social… aquello era un calvario.

Pero sucedió algo que no esperaba. Sucedió que como no sé permanecer sin crear, las charlas se fueron transformando en otra cosa. De hablar de mi libro, fui mostrando a los lectores qué era la creatividad para mí. Luego fui creando con ellos. Al final, mis charlas se han terminado convirtiendo en un taller creativo total donde puede (y suele) pasar cualquier cosa. Para enseñar a crear a la gente, tienes que conseguir que pierdan sus (malas) vergüenzas, sus miedos, sus bloqueos; y a su vez tienes que conseguir que se relajen y se enciendan simultáneamente. Todo se vuelve muy emocional e intenso. Y descubrí hasta qué punto me divertía y me llenaba enseñar a “renacer” (de forma creativa ¡y a menudo vital!) a la gente, y que eso hacía que se me diera razonablemente bien.

A menudo me preguntan por mis talleres, que fueron la semilla de la editorial y de algo aún más importante para mí: ser un creador a tiempo completo (luego lo explico con algo más de detalle). En cuanto a mis talleres, son eso: pura creación literaria para mí, en directo y con retroalimentación instantánea de los lectores. O ya creadores. En los talleres procuro que cada persona aprenda a escuchar mejor su propio poema interior, ese que nos hace ser nosotros. Ese que si escuchamos nos sentimos más vivos que nunca, y que si no le hacemos caso, hace que merme nuestra llama interior. Y el resultado me sigue sorprendiendo siempre, por lo bueno: cuando creamos es cuando nos percatamos de cuánto lo necesitamos para saber quiénes somos, para volar sin miedo. Y los lectores/oyentes/creadores no dejan de agradecerme que haga con y junto a ellos eso que tanto me apasiona: crear y hacer crear. ¡Cómo voy a quejarme!

Y vuelvo al hilo, aunque no me he ido del todo. Resumiendo: tras ese contacto tan intenso con los lectores, me dejan claro cuánto necesitan una historia… de la forma más “inmersiva” posible (de nuevo hablo en sentido creativo), agradecen mucho cuando se añade algún material especial a un libro, y explican qué es lo que desearían: vídeos y audios que amplíen o desarrollen la historia, audiolibros, fotos, guías especiales de lectura… Todo ello funciona especialmente bien en escuelas, por ejemplo.

Propuse crear algunos de esos materiales a varias editoriales y siempre me daban a entender que era imposible. O, dicho de otra forma, inviable. Que no es lo mismo, pero es igual. Y tenían razón, si se examina desde la perspectiva económica: no puedes crear un montón de material (que lleva muchísimas horas de trabajo) y regalarlo. Que es lo que yo pretendía.

Así que me propuse crear una editorial, que por otra parte no deja de ser el sueño de casi todo escritor, y ver si así podía (más allá de publicar mis propias obras) darle forma a todas las ideas que me hacían llegar los lectores o que se me iban ocurriendo alrededor de cada libro. Cometí muchos errores de todo tipo (algunos graves), y de cada diez proyectos “locos” solo sobrevivían dos o tres. Pero lo que he aprendido estos años no tiene precio. Y lo que he ayudado a crear menos. Y sigo alumbrando locuras. Y lo seguiré haciendo mientras pueda. Así que en buena hora nació la editorial. Y que siga viva muchos años.

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  • Fernando Morillo Grande
  • Editor: Elkarlanean, S.L.
  • Edición no. 1 (03/09/2002)
  • Tapa blanda: 260 páginas

¿Qué es más fácil, ser autor o editor?

Respuesta: Voy a obviar la parte económica (un editor “tipo” va a cobrar poco; un escritor “tipo” simplemente va a tener que aprender a vivir del aire).

En cuanto a la parte emocional (que es la que me importa), hace 10 años habría respondido sin duda que autor. Porque para mí escribir era (y es) algo absolutamente pasional, irracional, una inundación de necesidad y placer creativo. ¿Qué se podía comparar a algo así? Por mucho que (a veces) doliera escribir, me daba infinitamente más de lo que me tomaba. Ser editor, para mí, era un trabajo que podía ser interesante (y también creativo). Que no es poco. Pero no había color entre ambos. Ser editor me hubiera parecido más pesado, sin duda.

Ahora, tras algunos años muy difíciles como editor, he tenido que aprender qué significa tener una empresa. Para un autor eso es espinoso. Mucho. Tuve que dejar de escribir durante más de tres años para hacerme cargo de varios problemas dolorosamente mundanos de la editorial. Nada podía compensar el tormento de no poder escribir. Creía que me había equivocado al fundar la editorial (¡lo que yo quería y necesitaba era escribir!), hasta que me di cuenta de algo que ahora me resulta evidente: ¡TODO se puede “creatificar”!

Decidí convertir cada tarea en la editorial (cada faena de la empresa) en algo artístico. ¿Que había que negociar algo? Lo hacía con la diversión y el reto del artista. ¿Un presupuesto? ¿Problemas de administración? Todo se convertía ahora en otra pregunta que me salvó y me llevó a ser la persona más feliz de la Tierra: ¿cómo puedo convertir ese problema en algo creativo? Y siempre ha habido alguna forma. Ahora, siempre creo. Creo de crear y creo de creer. Y siempre escribo. Aunque en ocasiones sea sin escribir palabras, sino talleres, reuniones… ¡o incluso cuestiones administrativas!

Y ahí cambió todo. Ahora ya no solo el trabajo de editor. Ahora lo aplico a todas y cada una de las facetas de mi vida. Por ejemplo, como ya he dicho, imparto docenas de talleres creativos al año. Antes eran una “mochila” que tenía que cargar para luego poder escribir. ¡Ahora se han transformado en momentos únicos! Ya no “sufro” una charla, la convierto en algo absolutamente creativo. Ahora las abrazo, las deseo, son un cúmulo de magia inacabable. La mejor manera de mostrar a la gente cómo desbloquear su parte creativa es creando y haciéndoles crear. Superando miedos, vergüenzas o bloqueos. Para mí es pura delicia y me hace ser eso que más quiero.

Toda mi vida es ahora más juego que nunca. Antes quería ser escritor las 24 horas del día. Ahora lo soy.

En los últimos años ha surgido una generación de escritores que viven de espaldas al mundo editorial tal como lo conocíamos. En vez de enviar manuscritos a las editoriales convencionales, prefieren maquetar y publicar sus libros en plataformas online como Amazon o similares. Otros siguen optando por el libro en papel, pero si no encuentran editor (a veces ni lo buscan), optan por la autoedición. ¿Cómo ve estos movimientos editoriales de “autores sin editor” asociados a las nuevas tecnologías?

Para mí todo ello forma parte de algo mayor: la revolución de Internet. Hay quien habla de la necesidad de la criba profesional, del colador oficial (en libros, prensa…). A mí me parece simplemente miedo a lo inevitable. O querer controlar qué sí y qué no, obviamente. Son excusas, a veces muy torpes.

En toda (r)evolución hay un efecto perverso. Es el manido ejemplo del cuchillo: vale tanto para cortar o defenderse, como para matar. Lo segundo no invalida su necesidad. ¡Internet ha traído una libertad y un potencial impensable antes! Diría que tal vez sea el mayor invento de la historia. No en el sentido de ser fundamental (mayor invento fue el fuego), pero sí en el de darnos más opciones, más libertades, el que nos va a permitir probarnos mejor qué queremos o podemos ser. En lo bueno y en lo malo, como siempre. Hay más información basura que nunca, cierto. Y las Redes Sociales pueden convertirse en una droga letal para la sociedad. También cierto. Pero para el que tenga claro qué quiere, y lo tome bajo su responsabilidad, también hay más opciones de las que ha habido jamás.

De niño siempre quise aprender todo lo que llegara a mis manos. ¡Muchos recordaréis lo difícil que era a veces conseguir libros entonces! El niño que fui pasaba horas indagando qué libros merecía la pena leer, y a menudo luego los rastreaba durante años, para encontrar en no pocas ocasiones, decepcionado, que cuando los tenía en mis manos no eran lo que prometían. ¡Ahora toda esa información está a un clic! Si quieres aprender de verdad, no hay mejor época que la nuestra. Y yo quiero aprender.

Respecto a la criba profesional, un libro puede mejorar mucho tras pasar por las manos de una editorial competente. Evidente y lógico.

Sin embargo, el precio de limitarlo todo a esa única vía es que demasiados libros valiosos jamás verían la luz. Hay demasiadas ideas, ideas excepcionales, flotando por ahí. No quiero filtros. Defiendo absolutamente la libertad de que cada uno pueda decidir qué y cuánto publicar. Qué y cuánto leer. Sin coladores. Sin embudos. Sin ideologías que coarten.

Es muy posible que estemos en los inicios de una nueva era. Solo podría detenerse si se delimitara toda esa información a ciertos cauces “convenientes”. Que por otra parte es lo que parece que se está intentando hacer. Espero que no sea posible… y creo que no lo será. Si vas con tiento y atento, entre toda esa basura hay más tesoros de los que ha habido nunca. Bienvenidos sean, y ojalá que los autores sigan (y sobre todo puedan seguir) autopublicándose cada vez más. Sería una muy buena señal.

¿En qué medida los premios literarios han sido un acicate para seguir desarrollando su carrera literaria?

Respuesta: Mi camino literario, como el de casi todos, imagino, se inició en soledad. No lo ocultaba, pero tampoco lo pregonaba. Me quemaban dentro las voces de los que luego serían personajes, y necesitaba darles forma y escribirlos. Eso era todo. Decía el poeta Yeats (y yo no lo dudo) que cada uno de nosotros lleva un mito dentro, su mito, y que lo más importante en la vida consiste conocerlo, y así conocerse uno mejor. Y actuar en consecuencia, imagino. Yo sentía aquellas voces como parte de ese mito propio, como trozos de mi poema interno.

En ocasiones (cuando las pasiones me atrapaban aún más, en momentos de enamoramiento o intenso deseo por aprender) aquellas voces me zarandeaban, me rogaban atención. Y algo en mí sabía que me convenía hacerles caso, si quería crecer como quería crecer.

Como ya he comentado antes, pese a escribir en cantidad, al principio no pretendía enseñar mis historias a nadie. Era un antojo mío. Un juego, pese a la seriedad con la que me lo tomaba.

Los premios llegaron por sorpresa, y como ya he narrado, fueron un buen impulso a la hora de publicar. Además de editoriales, comenzaron a llegarme mensajes de lectores a los que les gustaban mis textos.

Yo habría seguido creando en cualquier forma y situación, y sin ninguna duda, y habría intentado (y seguramente conseguido) publicar antes o después, casi por mera inevitabilidad “creativo-numérica”. Con o sin galardones. Aunque es cierto que la inesperada lluvia de premios aceleró el salto, junto a la pequeña red que daban los ánimos ajenos.

Y decidí saltar. Y vaya si salté. Ahí sigo aún, sin aterrizar. Ni ganas de hacerlo.

Muchas gracias. Le deseamos suerte en todos sus proyectos.

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