Claudia Piñeiro. La literatura como salvación

Uno se pregunta cómo una contadora pública puede convertirse, de pronto, en escritora. ¿De qué manera ese cambio de identidad y de menester? Cuesta creer que una persona que vive todo el día entre números, columnas del debe y el haber, sumas, restas, etc… pueda un día agarrar un lápiz y construir una frase narrativa con un lenguaje diferente al de las auditorías.

Verdad, es difícil ese cambio, aunque sea sólo un impulso para matar el tiempo.

Sin embargo, Claudia Piñeiro lo hizo.

Ella es contadora y gerenciaba una empresa dedicada a la fabricación de tornillos, o algo parecido. Cuenta que un día iba en avión a una ciudad (San Pablo), donde debía hacer un arqueo de los tornillos vendidos, de los que estaban en el almacén de acopio y las pérdidas. Dice y confiesa que iba llorando. Quizá “stress”; quizá angustia…. ¡Puta vida! Hallaba que esa tarea no constituía un acto de felicidad; por el contrario, era un suplicio. Así lo sentía al cabo de diez años de estar todos los días rodeada de números, cuentas, informes y porcentajes.

Pero en pleno vuelo surgió una especie de flash, porque por arte de magia se instaló ante sus ojos un avisito en un periódico sobre un concurso de Cuentos. Lo recortó con sus dedos y lo metió al bolsillo de su chaqueta.

No sabía de qué se trataba realmente; sin embargo, creyó que quizá esa podría ser la forma de arrancar y poner distancia a la vida monótona que llevaba. El concurso correspondía al certamen “La sonrisa vertical” de la editorial Tusquets.

“Yo ni siquiera sabía que se trataba de un concurso de literatura erótica. Lo único que pensé fue: Vuelvo y me pido vacaciones y escribo una novela para esto, porque si no, yo me voy a quebrar”.

La novela se llamó El secreto de las rubias y quedó entre las diez finalistas, aunque luego no se publicó. “Me di cuenta –dice Claudia– de que escribir era algo demasiado fuerte y, aunque siempre escribí, ya no podía postergarlo. Apareció como un salvavidas que me tiró (desde el fondo de la caverna) en ese momento”.

Y desde ese entonces no paró. Ha escrito mucho y han escrito mucho sobre ella. Acaban de traducir una de sus novelas al árabe.

Hoy tiene 59 años. Nació en 1960, en Burzaco, provincia de Buenos Aires. Inicialmente estudió para Contadora Pública, y ejerció el oficio numérico durante diez años hasta estrellarse un día con el impulso irrefrenable de ocuparse por completo a la escritura como forma de recobrar la felicidad.

Obras de Claudia Piñeiro

Novela, cuento, guiones de televisión…

Ahora es escritora a tiempo completo, de reconocido prestigio; es también dramaturga, guionista de televisión y colaboradora de distintos medios de comunicación.

Entre sus publicaciones se destacan las novelas Las viudas de los jueves” que recibió el Premio Clarín de Novela 2005, Tuya; y Elena sabe. A la vez están Una suerte pequeña, Un comunista en calzoncillos y Betibú. De esta última se filmó una película que agradó a la crítica del celuloide.

Piñeiro es una de las escritoras argentinas más traducidas a otros idiomas, lo que hace que sus libros sean leídos y disfrutados por miles de lectores en todo el mundo. Es superventas y ha publicado, también, cuentos para niños y jóvenes, y obras de teatro.

En Elena sabe narra una historia de suspense. Poco después de que Rita aparece muerta en la iglesia que suele frecuentar, la investigación se da por cerrada, y su madre es la única que no renuncia a esclarecer el crimen. Sin embargo, atacada por una enfermedad, es también la menos indicada para encabezar la búsqueda del asesino.

Un penoso viaje de los suburbios a la Buenos Aires Capital, una vieja deuda de gratitud, una conversación reveladora. Estos son los hechos que pone en escena esta novela que, como Las viudas de los jueves, no sólo desnuda los secretos de sus personajes sino también las facetas ocultas del autoritarismo y la hipocresía que conforman nuestra sociedad.

Las viudas de los jueves

Novela

Detrás de los muros perimetrales, más allá de los portones reforzados por barreras de fierro y flanqueados por garitas de vigilancia, se encuentra el Condominio Altos de la Cascada. Afuera, la ruta, la barriada popular de Santa María de los Tigrecitos, la autopista, la ciudad, el resto del mundo.

Las viudas de los jueves,

En Altos de la Cascada viven familias que llevan un mismo estilo de vida y que quieren mantenerlo a cualquier precio. Allí, en el country-house, un grupo de amigos se reúne semanalmente lejos de las miradas de sus hijos, sus empleadas domésticas y sus esposas, quienes, excluidas del encuentro varonil, se autodenominan, bromeando, “las viudas de los jueves”.

Sin embargo, una noche de rutina todo aquel castillo se quiebra y ese hecho permite descubrir, en un país que se derrumba, el lado oscuro de una vida “perfecta”.

Rebajas
Las viudas de los jueves (HISPANICA)
  • Claudia Piñeiro
  • Editor: ALFAGUARA
  • Tapa dura: 256 páginas

Su colega Eduardo Belgrano Rawon dijo: “Se trata de una historia atrapante, de ritmo cinematográfico, sobre una clase social a la cual desnuda sin piedad, con la contundencia de un impacto en el estómago”.

Nota: El padre de Claudia fue durante la dictadura de Videla un enconado opositor. Militaba en el Partido Comunista; tenía un importante rol en la clandestinidad. Claudia era muy pequeña y sólo veía a un hombre ya mayor que fumaba, tomaba mate y sacaba puzles. Claudia dice que el comportamiento de su progenitor le ayudó a saber qué pasaba en el mundo.

Las viudas de los jueves

Claudia Piñeiro

Fragmento inicial del libro

Los alumnos formaban en el patio. Mariana averiguó cuál era la fila de primer grado y la dejó allí. La observó desde lejos. Era la más alta. La más grandota. Y la más oscura. El sol de la mañana rebotaba sobre su cabello. Mariana se puso a un costado. Algunos padres se quedaban hasta que se izara la bandera. Una mujer a su lado le hablaba. Ella también era nueva. Se acababan de mudar a la zona, como ellos. “¿Ustedes de qué colegio vienen?”, preguntó. Mariana fingió no escuchar. Contó las cabezas de todas las chicas en la fila de primero “A”. Seis rubias, ocho castañas claras, dos castañas oscuras. Y la nena. “¿La tuya cuál es?”, insistió la mujer a su lado. “Aquella”, dijo Mariana sin señalar. “¿La rubiecita del moño azul?” “No, la morocha grandota.” La mujer buscó con la mirada y antes de que la encontrara, Mariana agregó: “Es adoptada”.

1.

Abrí la heladera, y me quedé así, descansando con la mano apoyada en la manija, frente a esa luz fría que iluminaba los estantes, con la mente en blanco y la mirada inútil. Hasta que la alarma que indicaba que la puerta abierta dejaba escapar el frío empezó a sonar, y me recordó por qué estaba ahí, parada frente a la heladera. Busqué algo que comer. Junté en un plato algunas sobras del día anterior, las calenté en el microondas y las llevé a la mesa.

No puse mantel, apenas un individual de rafia, de aquellos que había traído hacía un par de años de Brasil, de las últimas vacaciones que pasamos los tres juntos. En familia.

Me senté frente a la ventana, no era mi lugar habitual en la mesa, pero me gustaba comer mirando el jardín cuando estaba sola. Ronie esa noche, la noche en cuestión, cenaba en la casa del Tano Scaglia. Como todos los jueves. Aunque ese jueves fuera distinto. Un jueves de septiembre de 2001. Veintisiete de septiembre de 2001. Ese jueves. Todavía seguíamos espantados por la caída de las Torres Gemelas, y abríamos las cartas con guantes de goma por temor a encontrarnos con un polvo blanco. Juani había salido. No le había preguntado con quién ni adónde. A Juani no le gustaba que le preguntara. Pero igual yo sabía. O me imaginaba, y entonces creía que sabía.

Casi no ensucié platos. Ya hacía unos años había aceptado que no podíamos pagar más personal doméstico de jornada completa, y sólo venía una mujer dos veces por semana a hacer el trabajo grueso. Desde entonces aprendí a ensuciar lo mínimo posible, aprendí a no arrugarme, a casi no desarmar la cama. No por la carga de la tarea en sí misma, sino porque lavar los platos, hacer las camas o planchar la ropa me recordaban lo que alguna vez había tenido, y ya no tenía más.

Pensé en salir a caminar, pero me detenía el temor de cruzarme con Juani y que él creyera que lo estaba espiando.

Hacía calor, era una noche estrellada y luminosa.

No tenía ganas de acostarme y empezar a dar vueltas en la cama, sin sueño, pensando en alguna operación inmobiliaria que no terminaba de poder concretar. Por aquel entonces parecía que todas las operaciones estaban destinadas a caerse antes de que yo pudiera cobrar una comisión.

Veníamos de varios meses de crisis económica, algunos lo disimulaban mejor que otros, pero a todos de una manera u otra nos había cambiado la vida. O nos estaba por cambiar. Fui a mi cuarto a buscar un cigarrillo, iba a salir a pesar de Juani, y me gustaba caminar fumando. Cuando pasé frente al dormitorio de mi hijo pensé en entrar y buscar ahí un cigarrillo. Pero sabía que no habría encontrado lo que buscaba, que hubiera sido sólo una excusa para entrar y mirar, y ya había estado mirando esa mañana cuando había hecho su cama y ordenado su cuarto, y tampoco entonces había encontrado lo que buscaba. Seguí, en mi mesa de luz tenía un atado nuevo, lo abrí, saqué un cigarrillo, lo prendí y bajé la escalera dispuesta a salir. En ese momento entró Ronie, y mis planes cambiaron. Esa noche todo fue distinto de lo planeado. Ronie fue directo al bar. «Qué raro tan temprano…», le dije al pie de la escalera. «Sí», dijo él y subió con un vaso y la botella de whisky.

Esperé un momento, parada ahí, y luego lo seguí. Pasé por nuestro dormitorio, pero no estaba. Tampoco en el baño. Había ido a la terraza y se había instalado ahí, en una reposera, dispuesto a beber. Me acerqué una silla, me senté junto a él, y esperé mirando en la misma dirección, callada.

Quería que me contara algo. Nada importante, ni divertido, ni siquiera necesitaba que me dijera algo con sentido, sólo que me hablara, que hiciera la parte que le correspondía en esa charla mínima en la que se habían convertido nuestras conversaciones con el paso del tiempo. Un pacto tácito de frases hechas encadenadas, palabras que iban llenando el silencio, con el propósito de ni siquiera tener que hablar del silencio. Palabras huecas, caparazones de palabras.

Cuando me quejaba, Ronie argumentaba que hablábamos poco porque pasábamos demasiado tiempo juntos, que no podía haber mucho que contar si no nos separábamos durante buena parte del día. Y eso era así desde que

Ronie se había quedado sin trabajo seis años atrás, y no había vuelto a tener otra ocupación, a excepción de un par de proyectos que nunca terminaban de concretarse. A mí no me importaba tanto descubrir por qué la relación se había ido descascarando de palabras, sino por qué yo recién me di cuenta cuando el silencio se había instalado en la casa, como un pariente lejano al que no queda más remedio que hospedar y atender. Y por qué no me dolía. Tal vez porque el dolor fue ganando su lugar de a poco, en silencio. Igual que el silencio. «Me voy a buscar un vaso», dije. «Traé hielo, Virginia», me gritó Ronie cuando ya había salido.

Fui a la cocina y mientras cargaba la hielera, especulé con distintas alternativas acerca del regreso temprano de Ronie. Me incliné por la alternativa de que habría discutido con alguien. Con el Tano Scaglia, o con Gustavo seguramente. Con Martín Urovich no, Martín hacía rato que había dejado de pelear con nadie, ni siquiera con él mismo. Cuando volví a la terraza se lo pregunté directamente, no quería enterarme al día siguiente en un partido de tenis, y por la mujer de otro. Desde que se había quedado sin trabajo, Ronie guardaba cierto resentimiento que afloraba en el momento menos oportuno. Ese mecanismo de adaptación social que hace que no digamos lo que no tenemos que decir, en mi marido hacía rato que fallaba.

«No, no me peleé con nadie.» «¿Y por qué volviste tan temprano? Nunca venís un jueves antes de las tres de la mañana.» «Hoy sí», dijo. Y ya no dijo otra cosa ni dejó lugar para que yo dijera. Se levantó y acomodó la reposera más cerca de la baranda, casi dándome la espalda. No fue un desaire sino la actitud de un espectador que está buscando el mejor lugar desde donde ver un escenario. Nuestra casa está ubicada en diagonal a la de los Scaglia, enfrentada, con dos o tres casas de por medio, pero como la nuestra es más alta, y a pesar de los álamos de los Iturria que entorpecían la visión, desde esa ubicación se podían ver los techos, el parque y la pileta casi en su totalidad. Ronie miraba hacia la pileta. Las luces estaban apagadas y no se veía gran cosa. Sí las formas, el contorno; se podía adivinar el agua moviéndose y dibujando distintas sombras sobre los azulejos turquesa.

Me paré y me apoyé detrás de la reposera de Ronie. El silencio de la noche era confirmado por el ruido de los álamos de los Iturria, que se movían cada tanto con el viento caliente y sonaban como si estuviera lloviendo en medio de esa noche estrellada. Dudé de si quedarme o irme porque, más allá de su actitud ausente, Ronie no había insinuado que me fuera, y eso para mí ya era mucho. Lo observaba desde atrás, por sobre el respaldo de madera. Se movía cada tanto en la reposera sin encontrar la posición adecuada, estaba nervioso. Más tarde supe que no eran nervios sino miedo, pero entonces no lo sabía. Y era difícil sospecharlo, Ronie nunca le había tenido miedo a nada. Ni siquiera a lo que yo le tenía miedo, al miedo que había aparecido hacía unos meses y que no me dejaba ni de día ni de noche. Ese que hacía que parada frente a la heladera me olvidara de lo que estaba haciendo. El miedo que me acompañaba siempre aunque fingiera, aunque me riera, aunque hablara de lo que fuera, aunque jugara al tenis o estuviera firmando una escritura. El que esa noche, y a pesar de la distancia que había impuesto Ronie, me hizo decir con fingida naturalidad: «Juani salió». «¿Con quién?», quiso saber. «No le pregunté.» «¿A qué hora vuelve?» «No sé. Se fue en los rollers.» Otra vez el silencio, y luego dije: «Había un mensaje de Romina en el contestador, decía que lo esperaba para salir de ronda. ¿Ronda será alguna palabra clave de ellos?». «Ronda es ronda, Virginia.» «¿No me preocupo entonces?» «No.» «Estará con ella.» «Estará con ella.» Y otra vez los dos quedamos en silencio.

Después hubo más palabras, creo, pero que no recuerdo. Fórmulas repetidas del pacto tácito. Ronie se sirvió otro whisky, le acerqué el hielo. Él agarró un puñado de cubitos y algunos se cayeron al piso y resbalaron hasta la baranda. Los siguió con la mirada, parecía como si por un instante se hubiera olvidado de la casa de enfrente. Él miraba los hielos, y yo lo miraba a él. Y tal vez hubiéramos seguido así, encadenando miradas, pero en ese mismo momento se encendieron las luces en la pileta de los Scaglia y se oyeron voces en medio de la lluvia de álamos. La risa del Tano. Música; sonaba algo así como un jazz contemporáneo y triste. «¿Diana Krall?», pregunté, pero Ronie no contestó. Se puso tenso otra vez, se paró, pateó los hielos, se volvió a sentar, se llevó los puños cerrados a la boca, apretó los dientes. Supe que me ocultaba algo, lo que apretaba en esa boca para que no saliera. Algo que tenía que ver con lo que no podía dejar de mirar. Una discusión, celos, algún desprecio que no pudo tolerar. Una humillación disfrazada de chiste; la especialidad del Tano, pensé. Ronie se paró otra vez y fue a la baranda para ver mejor. Vació su whisky. Parado entre los álamos, miraba y no dejaba que yo pudiera ver. Pero oí un chapuzón, e imaginé que alguien se había zambullido en la pileta de los Scaglia. «¿Quién se tiró?», pregunté. No hubo respuesta. Y no me importaba quién se hubiera tirado sino el silencio, una pared contra la que chocaba cada vez que quería acercarme.

Harta de esfuerzos inútiles, bajé. No estaba enojada, pero era evidente que Ronie no estaba ahí conmigo sino allá, calle por medio, zambulléndose en la pileta de los Scaglia con sus amigos. Apenas empecé a bajar la escalera, el jazz que llegaba desde la casa del Tano dejó de sonar partiendo al medio un compás, dejándolo quebrado.

Bajé a la cocina y enjuagué el vaso con más detenimiento del necesario, otra vez mi cabeza se llenaba de pensamientos que parecían no caber en ella. Pensaba en Juani, no en Ronie. Aunque trataba de no hacerlo y buscaba artilugios. Como esa gente que cuenta ovejas para dormirse, traía a mi mente las operaciones inmobiliarias pendientes, a quién le mostraría la casa de los Gómez Pardo, cómo lograría que le financiaran la compra a los Canetti, el depósito que me había olvidado de cobrarle a los Abrevaya.

Y otra vez aparecía Juani, no Ronie. Juani más nítido, más intenso. Sequé el vaso y lo guardé, pero lo volví a sacar para cargarlo con agua, iba a necesitar tomar algo para dormir esa noche. Algo que me desplomara sobre la cama.

En mi botiquín debía haber una pastilla que sirviera. Por suerte no llegué a tomar nada porque fue entonces cuando sentí los pasos apurados en la escalera, y luego el grito y el golpe, seco, duro, contra la madera. Salí corriendo y me encontré con mi marido caído, con un hueso de la pierna saliendo a través de la carne, envuelto en sangre.

Me mareé, sentí que todo daba vueltas a mi alrededor, pero tenía que recuperar el control porque estaba sola, y tenía que atenderlo, y agradecí no haber tomado nada, porque también tenía que hacerle un torniquete, y no sabía cómo se hace un torniquete, atarle un trapo aunque sea, una servilleta limpia, parar la sangre, y llamar a una ambulancia; no, ambulancia no porque tarda mucho, mejor directo al sanatorio, y dejarle una nota a Juani. «Nos fuimos con papá a hacer algo pero enseguida volvemos, cualquier cosa llamame al celular. Está todo bien. Espero que vos también. Un beso. Mamá.»

Mientras lo arrastraba hasta el auto, Ronie gritó del dolor, y ese grito me despabiló. «Virginia, llevame a lo del Tano», gritó. No le hice caso, supuse que era una especie de delirio por la situación y lo subí al asiento de atrás como pude. «Llevame a lo del Tano, la puta madre», volvió a gritar y después se desmayó. Del dolor, me dijeron más tarde en el sanatorio, pero no. Manejé a toda velocidad, de la peor manera, sin respetar carteles de «Cuidado. Niños jugando», ni lomos de burro. Ni siquiera me detuve cuando vi cruzar por una calle transversal a Juani a toda velocidad corriendo descalzo. Detrás de él, Romina. Como huyendo de algo, esos dos siempre huyendo de algo, pensé. Y olvidando en alguna parte sus patines. Juani siempre pierde sus cosas. Pero no podía ocuparme de pensar en Juani. Esa noche no. En el camino hacia la entrada, Ronie se despertó. Todavía mareado, miró por la ventana tratando de ver dónde estaba, pero parecía no terminar de entender. Ya no gritaba. Dos calles antes de salir de La Cascada nos cruzamos con la camioneta de Teresa Scaglia. «¿Ésa es Teresa?», preguntó Ronie. «Sí.» Ronie se agarró la cabeza y empezó a llorar, primero bajo, como un lamento, y después ahogado. Lo miré por el espejo retrovisor, acurrucado, lastimado. Intenté calmarlo con palabras, pero no fue posible, y me fui acostumbrando a su letanía. Como al dolor que se instala de a poco, como a las conversaciones llenas de palabras huecas.

Cuando llegué al sanatorio ya no escuchaba el llanto de mi marido. Pero el llanto estaba. «¿Por qué llora así?», le preguntó el médico de guardia. «¿Duele mucho?»

«Tengo miedo», respondió Ronie.

Claudia Piñeiro

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