Relato de ciencia ficción: Traficantes de sueños

El doctor Max registra, en un pendrive, la codificación de la fórmula del antídoto. Es necesario que la esconda, al instante, en un lugar totalmente seguro. ¡Ya está!, en medio de los chips de Nightmare, su robot-ayudante. Nadie lo encontrará ahí, se promete.

Por fin lo ha logrado. Años y años de frenético estudio contra-reloj. Su famosa tesis ya no es ningún fuego de artificio. Ahora podrá retornar la felicidad a la humanidad, a la última colonia de terráqueos. La Gran Epidemia, por lo tanto, ha muerto. Después de medio milenio, del todo estéril, los humanos podrán volver a soñar. Gracias sólo a él y a su fecunda investigación.

Cuando el Gobierno se desesperó, lo escogieron para llevar a cabo la misión que tenía que rescatar de la oscuridad a todos los habitantes del planeta. El Presidente —una decisión que había provocado un auténtico estruendo en el Parlamento— había confiado en él y sus revolucionarias hipótesis. Innovación y esperanza; tenían derecho a una oportunidad.

Lo trasladaron al anexo lunar. En una cápsula secreta, se alejó de la civilización selenita. Disponía a su alcance de todos los medios técnicos que había solicitado. Asimismo, se le había asignado un androide, programado de antemano para realizar diferentes funciones, tanto puramente científicas como militares. Se trataba, no obstante, de un modelo del todo experimental: razonaba y podía tomar decisiones propias en situaciones extremas.

Acompañado en todo momento por Nightmare, el Dr. Max aprovechó su estancia en el satélite para documentarse, más y mejor. Releyó un montón de crónicas, todas anteriores al siglo XXI. En aquellos ensayos científicos de la época intentaban plasmar, por escrito, sus recuerdos, sus sueños y pesadillas de antaño, el llamado hechizo onírico. Pero ni él ni sus antepasados más remotos habían podido gozar de ese placer mental durante las horas de sueño. Inclusive los investigadores más alocados afirmaban, rotundamente, que algunos sueños se cumplían.

Está demasiado agotado para soñar despierto. Ese pendrive contiene el conmutador para que la vid de los últimos humanos cambie radicalmente. De la noche al día. Con una sonrisa sesgada, recuerda que se comprometió, cabezón y profesional como él solo, que no volvería a casa hasta que no encontrara la solución, la fórmula, el antídoto. Primero, no obstante, antes de despegar hacia la Tierra, tenía que probarlo. Él mismo se ofreció para ser el primer conejillo de Indias de la historia.

Mientras el androide manipula el ordenador central y controla todos los mandos auxiliares de la cabina, Dream se encarga de encender la cámara de video y conectar, seguidamente, el adaptador virtual. Acto seguido se lo coloca en la cabeza.

—Teclea Programación de Sueños, por favor —ordena a su robot.

Inmediatamente, tan solo transcurridos un par de segundos, el Dr. Max Dream visualiza en la pantalla la maraña virtual en que se ha convertido su imaginación relativa al mundo de los sueños. Está totalmente atrofiada, como siempre. Acto seguido, abre un pequeño estuche y extrae dos jeringuillas. Se inyecta el líquido de la primera: es el sedante. Que no se equivoque, que si no no haría ningún efecto. La otra hipodérmica; el antídoto.

La imagen, de primeras difuminada, poco a poco más clara. Está soñando. La angustia le impregna de pies a cabeza. Lo había imaginado de mil maneras, pero nunca tan verosímil…

Se reconoce en el sueño. Duerme, como un catatónico. De repente, se gira, violento. Suda. Convulsiones. Un espasmo tras otro. Chilla, cada vez más fuerte. No es un sueño cualquiera; está sufriendo una pesadilla. En la misma escena, primero apartado y diluido pero enseguida diáfano y cercano, aparece otra figura; también es él. El que dormía ya se ha despertado. Ambos se miran, miedosos y pasmados a la vez. De las palabras subidas de tono pasan a las manos. Un empujón. Un puñetazo. Una patada. Cojín contra cojín. Uno ya no respira. El otro todavía sí. Pero ¿quién es quién?

Empapado de sudor y con los ojos eclosionados, Max despierta de su pesadilla. El primero y el último. Esa locura no podía llegar más lejos. Tenía que destruir el antídoto, lo antes posible.

—¡Devuélveme el pendrive, Nightmare!

—¿Por qué, Doctor?

—A ti qué te importa. Dámelo, es una orden, ¡ya!

—Lo va a destruir, ¿verdad?

—¡¿Me lo das o tendré que cogértelo por la fuerza?!

—No, lo va a hacer.

—¿Cómo? ¿Qué estás diciendo?

—Quiero saber lo que es soñar.

—No digas más tonterías, Nightmare, por favor… Sabes, de sobras, que los robots no podéis soñar, ni antes ni ahora. Este antídoto se ha creado para los humanos. Los androides no habéis soñado nunca, ¿quieres que te lo recuerde?

—Eso no lo puede demostrar. Es una de tantas mentiras con que nos han envenenado.

—Sabes, perfectamente, que te estoy contando la verdad. Devuélveme el pen, ¡va!

—Me engaña. No me quiere conceder la oportunidad de ser como usted.

—¿Por qué me haces esto?

—Es lo único que me falta. Entonces ya me podré considerar humano, en su totalidad…

—No puede funcionar, ¡¿que no te das cuenta, Nightmare?!

—Acabo de ver las imágenes por el monitor. Me parece que sí que funcionará.

—¿Por qué quieres arriesgarte? ¿Que no has visto que ha sido monstruoso?

—Quiero sufrir una pesadilla, sabiendo que todo ello es mentira.

—¿Qué harás después, si consigues soñar?

—Iré a la Tierra y repartiré el antídoto entre los humanos.

—¿Estás loco? ¿Qué no ves que los matarás? ¡¡Nadie lo resistirá!!

—Ya lo sé. Por eso mismo…

—No te comprendo, de verdad te lo digo…

—Quiero vengarme, es así de simple.

—¿Vengarte? ¿De todos nosotros?

—Sí. Ni yo mismo ni nadie de los míos les podrá perdonar, nunca, que nos hayan mentido todo este tiempo, que nos hayan ocultado la esperanza de volver a soñar.

—No te lo voy a permitir…

Seguidamente, Max volvió a poner en marcha el circuito virtual. Sobredosis de antídoto. Otro sueño. En él también aparece Nightmare. El androide lo fulmina con la pistola-láser. La última visión de Max es la de su androide que huye hacia la Tierra. A medio camino, no obstante, la nave estalla en infinitos fragmentos metálicos.

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Octavi Franch

Escritor

Octavi Franch (Barcelona, 1970). Escritor de todos los géneros en todos los formatos, ha publicado unos 75 libros y ganado más de 100 premios literarios. Retirado de las letras por motivos laborales durante 7 años, en 2015 resurgió de la penumbra. Actualmente está acabando de reeditar su obra en catalán, publicándola en castellano y empezando a editarla en inglés. Además, es dramaturgo, guionista audiovisual y articulista. También lleva a cabo, por encargo, cualquier función dentro del sector editorial.

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Imagen: Pixabay

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