Azaña y el equipo del régimen (por José Luis Ibáñez Salas)

Esto era una vez Azaña, Manuel Azaña… Escuchando a Bowie, iba a añadir. Pero me he dicho, Ibáñez, no te excedas. Total, si nadie me lee, me he contestado. Cómo que no, Marga. Marga te lee. Empieza otra vez, anda.

Azaña se ha vuelto a colocar sus gafas de Azaña y lee ahora, mal, el papel que su secretario le acaba de dejar sobre la mesa mientras él ha ido al baño a orinar. Es un memorándum. Un memorándum que él no ha pedido. Escrito por su ministro de Deportes. Deportes, con lo poco que le gustan a Don Manuel los deportes. Aunque su mejor actuación fue en un campo de fútbol. Qué discursos aquellos. A campo abierto. Y la gente… Cómo rompía a aplaudir la gente. Parecía que iba a haber una guerra civil aquel invierno. No que la fuera a haber aquel invierno, sino que, en aquel invierno, lo que nos parecía a todos es que España se abocaba a una guerra civil.

Abocarse a bocados, a caballo de las vísceras de todos los españoles: los unos y los otros, y los de en medio y los de abajo. Especialmente los de abajo, que son los que pierden siempre todas las guerras.

Estaba firmado el informe el 16 de marzo. De 1942. Hace tres días. La firma era ilegible, muy de las que están a la moda. Pero la máquina no dejaba dudas. Lo firmaba Telmo Zarra. ¿Y si hacemos del Madrid el equipo del régimen, Su Excelencia?

Telmo Zarra, el comunista que cumple con ser el comunista que tiene que haber en este gobierno de todos los partidos, menos los que han sido prohibidos por lo de julio de hace seis años. Zarra, que parece un boxeador y que cuentan que juega al foot-ball de maravilla. Con esa cabeza suya que tiene. Es vasco. Pero no se le nota demasiado.

El Madrid, que fue Real hasta que la República hizo real lo cierto y dejó lo regio en el pasado y en el extranjero.

Azaña se vuelve a quitar sus anteojos. Los pone sobre el papel. Le vienen más ganas de orinar. Tiene que ir al médico. Tengo que ir al médico, se dice a sí mismo en voz alta. Y sale de su enorme despacho. Quiere pasear por Madrid. El Madrid tiene también equipos de los demás deportes, le cuenta Zarra en su memorándum. Deportes. Dónde esté la poesía. Y los toros.

Que quiere ir solo, le dice a su edecán. Y, solo, Azaña se va hacia la plaza Mayor. Llueve. (Ibáñez, ¿ya estamos? ¡Siempre llueve en tus cuentos! A la menor oportunidad, zas, llueve).

¿Qué habrá sido de Maura? Piensa, esta vez sí, piensa para sí, sin decirlo en voz alta, porque ha entrado en un bar cercano a la plaza Mayor madrileña donde, claro, todo el mundo le mira.

Se le acerca un caballero de su edad, muy de su estilo, pero con una cabellera arriesgada, como de felón de teatro antiguo. Azaña no se asusta: está acostumbrado. Más bien al contrario. Le gusta el contacto con la gente. Sobre todo, desde que murió su esposa. En aquel verano terrible del 36. El verano de la muerte para Manuel Azaña. Lola. Doña Lola. Lola Muerta. Lola, y su epitafio en la Almudena, “Lola no tiene prisa porque le vuelva a acompañar Manuel”. El señor le quiere estrechar una de sus manos. Y comienza a hablarle…

Me llamo Santiago Bernabéu. Menos mal que prefirió usted el Gobierno a la Presidencia, por cierto. Pero no es eso de lo que quiero hablarle. Siéntese, por favor. Yo soy mucho más de derechas que usted. Pero eso no importa: sigo.

La conversación, es un decir, dura apenas cinco minutos. Azaña se despide educadamente no sólo del señor Bernabéu, sino del resto de la concurrencia del bar Luna. Un camarero le aplaude al salir. Nadie le secunda, hasta que el señor Bernabéu aplaude a su vez y grita algo ininteligible, como en valenciano, en catalán… Azaña se vuelve ya desde la calle y abre el paraguas que no ha soltado desde que salió del palacio de Gobierno. Y eso que ahora no llueve. Pensativo, camina dudando si regresar a su despacho o si entrar a comer algo cerca, en un sitio donde dan muy bien de comer.

Finalmente, decide continuar trabajando. Ya en su mesa, Manuel Azaña descuelga el teléfono y le pide a su secretario que le ponga con el ministro Zarra. Es urgente.

José Luis Ibáñez Salas

Entrevista a José Luis Ibáñez Salas, autor de El franquismo

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