El primer cuento de Silvina Ocampo

“Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro”.

Carta de Adolfo Bioy Casares a Elena Garro (fragmento)

Para Silvina Ocampo, la sufrida esposa de Adolfo Bioy Casares, las fechas constituyen pilares fundacionales en su vida. Ella nació el 28 de julio de 1903, trece años después que su hermana Victoria. Cuando conoció a su esposo, éste era once años menor que ella. Se fueron a vivir junto a la casa de Adolfo (una especie de casa quinta o estancia en los suburbios de Buenos Aires). Gran escándalo social, grande. En 1940 se casaron. Uno de los testigos de la boda fue Jorge Luis Borges. El año 1936 publicó en la Revista Sur, dirigida por su hermana mayor Victoria, su primer cuento “La siesta en el cedro”. En 1937 éste apareció incluido en el libro El viaje olvidado, el primero de la escritora. El año 1949 fue con Adolfo, a París, donde conocieron a Octavio Paz y Elena Garró. Unas pocas semanas después comienza el flamígero romance entre su esposo y la mujer de Paz. Se amaron en un bosque, en las afueras de la Ciudad Luz. Elena Garro y Adolfo Bioy Casares solo se vieron dos veces más: en 1951 en París, de nuevo, y en 1956, en Nueva York. El amorío fue a través de muchas cartas, entre setenta y noventa. Se especula que Elena, en uno de los encuentros, quedó embarazada de su amante y que habría habido un aborto por exigencia de Paz. (“Ese hijo es mío y lo criará mi madre”, le habría dicho un colérico Octavio a su mujer adúltera). Entre tanto, en 1954 Silvina y Adolfo hicieron un nuevo viaje a Francia, donde nació Marta, hija de Bioy con una de sus amantes; días después de su nacimiento Silvina la adoptó legalmente en París. Pero Elena y Adolfo Bioy continuaron amándose a distancia, a través de misivas y telegramas.  En 1968 algo extraño sucedió entre los dos. El episodio entra en el campo de la anécdota. La cuestión es que, durante un viaje de la escritora, Garro le pidió a Bioy que le cuidase los gatos (una de sus manías) porque tenía que irse de México. Se los mandó por avión a Buenos Aires en una caja. Adentro iban las instrucciones. Bioy los tuvo algunos días en su casa y luego los llevó a una quinta. Cuando él se le comunicó, ella montó en cólera, se lo reprochó, agriamente, y experimentó una reacción inesperada: “Se me secó el amor”, confesaría. También diría: “Fue un gran amor y creo que fui el amor de su vida”. Agregó: “Adolfo fue la más feliz aventura de mi creación. ¿Por qué no nos fuimos nunca a vivir juntos?”.


El cuarteto de París: Elena Garró, Adolfo Bioy, Octavio Paz y Silvina Ocampo

El cuarteto de París: Elena Garró, Adolfo Bioy, Octavio Paz y Silvina Ocampo

En el último tramo de su vida, Silvina sufrió de demencia y murió en 1993, a la edad de noventa años. Menos de un mes después murió en un accidente automovilístico su hija Marta. Adolfo Bioy Casares, notablemente devastado por la doble pérdida, murió a su vez cinco años más tarde. Habrá que creer en su abatimiento…

Obras de Silvina Ocampo

Viaje olvidado (1937). Cuentos.

Autobiografía de Irene (1948).

La furia (1959).

Las invitadas 1961.

Los días de la noche. (1970).

Y así sucesivamente. (1987).

Cornelia frente al espejo (1988).

Las repeticiones (2006).

Los que aman, odian (1946) (novela).

La torre sin fin 1986 (novela).

La promesa 2011 (novela).

Antología de la literatura fantástica (1940).  Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares.

Rebajas
Antologia: Cuentos de la nena terrible
  • Silvina Ocampo
  • Editor: Stockcero
  • Tapa blanda: 280 páginas

El primer cuento de Silvina Ocampo: La siesta en el cedro

Hamamelis Virginica, Agua Destilada 86 % y una mujer corría con dos ramas en las manos, una mujer redonda sobre un fondo amarillo de tormenta. Elena mirando la imagen humedecía el algodón en la Maravilla Curativa para luego ponérsela en las rodillas: dos hilitos de sangre corrían atándole la rodilla. Se había caído a propósito; necesitaba ese dolor para poder llorar. Hamacándose fuerte, fuerte, hasta la altura de las ramas más altas y luego arrastrando los pies para frenar se había agachado tanto y había soltado tan de golpe los brazos que, finalmente, logró caerse. Nadie la había oído, las persianas de la casa dormían a la hora de la siesta. Lloró contra el suelo mordiendo las piedras, lágrimas perdidas –toda lágrima no compartida le parecía perdida como una penitencia–. Y se había golpeado para que alguien la sintiera sufrir dentro de las rodillas lastimadas, como si llevara dos corazones chiquitos, doloridos y arrodillados.

Cecilia y Ester, sus mejores amigas, eran mellizas, delgadas y descalzas; eran las hijas del jardinero y vivían en una casa modesta, cubierta de enredaderas de madreselva y de malvas, con pequeños canteros de flores.

Un día oyó decir al chauffeur: “Cecilia está tísica. Van tres que mueren en la casa de esa misma enfermedad”. Enseguida corrió y se lo dijo a la niñera, después a su hermana. No sé qué voluptuosidad dormía en esa palabra de color marfil. “No te acerques mucho a ella, por las dudas”, le dijeron y agregaron despacito: “Fíjate bien si tose”: la palabra cambió de color, se puso negra, del color de un secreto horrible, que mata.

Cecilia llegó para jugar con ella, al día siguiente con los ojos hundidos; sólo entonces la oyó toser cada cinco minutos, y era cada vez como si el mundo se abriera en dos para tragarla. “No te acerques demasiado”, oía que le decían por todos los rincones; “No tomes agua en el mismo vaso”, pero ávidamente bebió agua en el mismo vaso.

Cuando Cecilia se fue sola a las cinco de la tarde por los caminos de árboles, Elena corrió al cuarto de su madre y dijo: “Cecilia está tísica”: esa noticia hizo un cerco asombroso alrededor de ella y una vez llegada a los oídos de su madre acabó de encerrarla.

Desde aquel día vivió escondida detrás de las puertas; oía voces crecer, disminuir y desaparecer adentro de los cuartos: “Es peligroso” decían. “No tienen que jugar juntas. Cecilia no vendrá más a esta casa”. Así, poco a poco, le prohibieron hablar con Cecilia, indirectamente, por detrás de las puertas.

Y pasaron los días de verano con pesadez de mano blanda y sudada, con cantos de mosquitos finos como alfileres. A la hora de la siesta miraba el jardín dormido entre las rendijas de las persianas. Las chicharras cantaban sonidos de estrellas: era en los oídos como en los ojos cuando se ha mirado mucho al sol, de frente; manchas rojas de sol. Veía llegar a Cecilia desde el portón juntando bellotas que parecían pequeñísimas pipas con las cuales fingía fumar intercambiándolas, como hombres cuando toman mate. Sintió que era para ella para quien las estaba juntando, esas bellotas verdes y lisas que contenían una carne blanca de almendra.

Después de alzar la cabeza insistentemente como si la persiana fuese de vidrio, se acercó corriendo hasta la puerta y tocó el timbre; alguien le abrió y dijo palabras que no se oían. Le entregaban paquetes de dulces y juguetes antes de cerrar la puerta y decirle que Elena no estaba, que Elena tenía dolor de cabeza o estaba resfriada. Pero volvía todos los días juntando coquitos y bellotas, mirando la persiana cerrada detrás de la cual se asomaban los ojos de su amiga. Hasta el día en que no volvió más.

Elena permanecía detrás de las persianas a la hora de la siesta. El jardinero estaba vestido de negro. Elena esta vez huía de los secretos detrás de las puertas, corría por los corredores, hablaba fuerte, cantaba fuerte, golpeaba sillas y mesas al entrar a los cuartos, para no poder oír secretos. Pero fue todo inútil; por encima de las sillas golpeadas y de las mesas, por encima de los gritos y de los cantos, Cecilia se había muerto. Cecilia descalza corriendo por el borde del río se había resfriado, hacía dos semanas, y se había muerto. Elena guardó el vaso en que bebían el agua prohibida.

Pocos días después Micaela, la niñera, la llevó a escondidas de visita a casa del jardinero. Elena trató de reproducir su rostro más triste, sus movimientos más inmóviles; la nerviosidad le robaba toda tristeza, trataba en vano de llegar al estado de sufrimiento anterior para no interrumpir el dolor numeroso. Pero cuando llegaron a la casa, la familia hablaba de manteles bordados, cuellos tejidos, la mejor manera de ganarse la vida, casamientos, todo interrumpido de risas. Nada parecía haber sucedido dentro de esa casa. Micaela escuchaba con severidad, como si alguien la hubiera engañado. Esa visita no podía terminar así; ella no había ido para hablar de manteles ni casamientos, había ido para reconfortar a los deudos y apiadarse de ellos. Trataba de entrar una frase triste en la conversación, como los chicos cuando entran a saltar a la cuerda. Al fin pudo: preguntó si no conservaban ningún retrato de la finada.

Hasta ese instante la familia entera parecía esperar la llegada de Cecilia de un momento a otro; esperaban que llegara del almacén, que llegara del río, o de las quintas vecinas. Inmediatamente hubo un revuelo de accidente, en los cuartos, adentro de los armarios y de los cajones, en busca de retratos como de medicamentos. Luego un silencio en el que Elena oyó unos pasos: los pasos descalzos de Cecilia. No, no había ningún retrato, salvo la fotografía de la cédula de identidad.

Una nube oscurísima se cernía sobre la casa; la madre trajo la fotografía que ya estaba medio borrada, sólo se veía claramente el dibujo de la boca. Ester era lo único que quedaba de ella, habían nacido juntas pero no se parecían nada. Ester, sentada en una silla, se reía; la madre le gritó: “Andá, laváte la cara” –y volvió con urgencia la conversación de los manteles–. La madre pasó la mano por sus ojos al despedirse. Micaela la miró intensamente buscándole lágrimas. Abrió la pequeña puerta y se quedó parada en la vereda con las manos cruzadas sobre el delantal gris, sonriendo.

Hamamelis Virginica, Agua Destilada 86 %, la mujer corría enloquecida sobre la caja de cartón. Elena se levantó y se asomó por la persiana, el jardinero vestido de negro se reía con el otro jardinero. Nadie sabía que Cecilia, como ella, se había muerto, y al fin y al cabo, quién sabe si esperándola mucho en la persiana, no llegaría un día juntando bellotas; entonces Elena bajaría corriendo con una cuchara de sopa y un frasco de jarabe para la tos, y se irían corriendo lejos, hasta el cedro donde vivían en una especie de cueva, entre las ramas, a la hora de la siesta, y para siempre.

Autobiografía de Irene
  • Silvina Ocampo
  • LUMEN
  • Versión Kindle
  • Español
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La invención de Morel (Contemporánea)
  • Adolfo Bioy Casares
  • Editor: Austral
  • Tapa blanda: 160 páginas
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Cuentos completos (Contemporanea (debolsillo))
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Cuentos completos (Contemporanea (debolsillo))
  • Jorge Luis Borges
  • Editor: DEBOLSILLO
  • Edición no. 1 (01/10/2013)
  • Tapa blanda: 560 páginas

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